Una absoluta desvergüenza

Crónica del Granada 0 – Málaga 2.

La absoluta desvergüenza en la que se sumerge este Granada hasta abochornar a sus aficionados encuentra una honda paradoja en que ya sólo se aplauda con unanimidad a algunos de los ‘ex’ que visitan Los Cármenes. Pasó con Siqueira ante el Valencia y también con Recio, uno de los estandartes de un Málaga relajado que no machacó porque le entró un arranque de ternura ante semejante tullido. Sólo se cebó el feroz Sandro, que no entiende de clemencias. Él se dedica a golear, con la frecuencia con que le atraen la presa. Una criatura dócil.
La nostalgia de pasajes más amables, los que evocan los ascensos o las sufridas permanencias, es el mecanismo natural para espantar la frustración por parte de la grada. Una impotencia inclasificable, que es un insulto para el sentimiento del espectador. Es tal cruel con la hinchada este nauseabundo epílogo, que se está alargando por imperativo de la competición, que quien no está ya narcotizado a la espera de tiempos mejores, directamente se lo toma a coña, como en esas palmas sarcásticas que arreciaron cuando la circulación del esférico, enredada y sin profundidad, terminaba muriendo en Ochoa. Un síntoma de la pobreza técnica imperante, que hasta reconoció Tony Adams. Por el bien de la entidad, que su trabajo de inspección esté siendo satisfactorio y cribe bien. La labor es ardua pero simple, porque a casi ninguno se le puede eximir de la fumigación. El inglés ya ha elegido a su sucesor formal, Manolo Salvador, y ahora le tocará despedirse de la caprichosa maniobra de ungirse en entrenador, que ha adoptado sin ninguna mala palabra y sin ninguna buena acción.
Dan igual los ingredientes en la olla. Que ayer el grupo sólo estuviera mermado por las ausencias de Saunier en defensa y Andreas Pereira en la medular. La mezcla se hace un engrudo indigesto, que no se tolera ni empinando el bote de sal de frutas. No existe lo mínimo, que es una dominante predisposición. Salió el Granada con algo de brío por la izquierda, donde se concentraron Héctor, Wakaso y Cuenca. Un mero amago. Ya no brotó nada más que desidia. En la primera y en la segunda parte. Sólo al final, en los minutos de la basura, se espabiló el cuadro, como en el Sánchez Pizjuán. Un efecto cosmético que no maquilla el horror. Fue un monólogo malaguista, silbando mientras sorteaban inocentes rojiblancos.

Dignidad derramada
Los locales han derramado hasta la dignidad de corresponder a los aún miles de fieles que siguen acudiendo al patíbulo del Zaidín, aunque ya aflore el rosa desgastado de los asientos de quienes se niegan a asistir a este oprobio inacabado. Un vaciado que se agilizó en la prolongación, cuando Sandro volvió a sacar su fusil. La vulgaridad es tal que se entumecen hasta los que han mostrado algunas cualidades a lo largo del curso, aunque sea a raciones de rancho. Sólo Wakaso, imperturbable en su apasionado desgaste al enemigo, mantuvo la efigie profesional, pero con esa querencia al impacto que violentó al árbitro Clos Gómez. Rondó la roja, hasta que le sustituyó Adams, al que ni miró en el cambio, flojo de pedagogía.

Los visitantes entonaron una nana soporífera, meciendo a un Granada torpe, tardón e inocuo. Si no se adelantaron en el primer acto se debió a que tanta apatía en el contrario despertó algo de clemencia en un Málaga sin aceleración. Llegó, cató bastante a Ochoa, por los costados y a través de algunos rechaces. El balón se tiñó de blanquiazul.

Ni la vuelta de Ramos aclaró la vanguardia, a leguas de un centro del campo bochornoso, con Uche dilapidando por completo su expediente, bajando al suspenso en asignaturas que parecía haber superado. No se observa proyecto alguno. Nada enmendó Krhin, un eje sin el mapa en la cabeza, de pases prescindibles, escuálido de imaginación, al que la excusa de la falta de ritmo va a dejar de valerle pronto.
No había aire por el costado de Foulquier, como si fuera una cabra loca. Héctor se apagó tras un golpazo con Luis Muñoz, que le hizo echarse la mano a la rodilla. Ya no volvió del reposo. Se veía venir. Con Carcela consumido en batallas secundarias, respondiendo con agresividad al buen cerco del contrario, y Wakaso barriendo tobillos por doquier, el museo de cera nazarí más que miedo, dio pudor. Cada integrante se impregnó de la tendencia patética. Cada pelota brincó entre sus cordones. Los pases se desviaron hacia rumbos inesperados. Kameni bien pudo echar una cabezadita, mientras el que fue su compañero de calentamientos, Ochoa, sobrevivía amenazado como un testigo protegido.

Gastón Silva aterrizó en el flanco zurdo de la zaga por Héctor y el viejo capitán del Arsenal adelantó a Uche a las cercanías del ariete, para dejar a Krhin y Wakaso en los fogones. La idea apenas tuvo tiempo de asentarse pues pronto se escuchó un crujido. El balón flirteó entre visitantes, hasta que apareció en la corona del área, territorio de Sandro, que frenó los preámbulos y lo reventó con furia. Si alguien esperaba un ejercicio de reacción del Granada, se equivocó. Del ruido seco del disparo del canario se pasó al sonido acuoso de la tubería arrastrando los restos del naufragio.
A Wakaso se le vio el hilo de cobre en la sesera, los cables sueltos, y opositó con firmeza a la expulsión, hasta que le sacó de ese previsible contexto Adams, el pacificador. Apostó por Aly Mallé, inadvertido desde hace semanas, y el extremo del filial asomó con más cuajo que muchos compañeros más opulentos. Uno de los pocos con la ilusión juvenil. Seguramente Hongla, incrustado atrás, también tiene ese ímpetu, pero tomó un sinfín de decisiones equivocadas, sobre todo en la salida. A Ingason no hay abogado que le salve. Su debilidad es latente. Desguarnecido, ya es grotesco.

El mejor y único tiro a palos del Granada surgió de una acción embarullada, marca de la casa, que concluyó Krhin con un tiro raso que pidió algo más de esfuerzo a Kameni. Ya nada fue a sus manos con vehemencia, más allá de algún paseo de Carcela y de apariciones de Mallé, escalando en la jerarquía.

Hongla cortó una progresión de Juankar, otro viejo rockero rojiblanco. Clos Gómez se unió al festival de desaciertos, amonestando a Mallé en su lugar. El extremo no alcanzó la aclamación ajena al marcharse por la puerta de atrás. Su papel en aquel curso de la magia definitiva de Sandoval no alcanzó la relevancia de otros, pero ahí estuvo.

Adams pretendió inyectar coraje arriba con Ponce, encajando a Ramos en la izquierda, con Carcela a su aire y Mallé percutiendo desde la derecha. Pero el único con verdadero peso ofensivo lucía el ‘19’ y una camiseta amarillenta. Sandro quebró a Hongla y exhibió el bate de nuevo, pero el poste se interpuso. No hubo misericordia por su parte. Insistió, lo encontró y desalojó un estadio al que le quedan ya pocas tardes en Primera. Sólo la memoria.

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