Una hoguera final entre fuego amigo

Crónica del Granada 1 – Espanyol 2.

Y este cuento se acabó, ardiendo entre ráfagas de fuego amigo. Era lo que le quedaba por ver a Guillermo Ochoa. Que le fusilen los propios compañeros. Aunque quizás este término sea un exceso. Más bien son meros colegas. Tipos que han pasado por aquí, dando pena y alejados de cualquier gloria, para enviar al Granada al pozo, en el enésimo acto desconcertante. La octava derrota seguida.
Semejante bochorno se resume en una anecdótica acción del segundo tiempo. Entrena, el granadino que disfrutaba por primera vez de la titularidad, en el día de su cumpleaños, se abalanzó hacia el área sorteando rivales, quizás algo egoísta en la acción. Al menos provocó una falta en la corona. El hueteño se ilusionó con tirarla. El público secundó el reclamo, un atisbo de algarabía en medio del jaleo. Pero apareció Lombán, desprendido del brazalete de capitán –que portó Ramos, en claro gesto de Adams para recalcar su continuidad–. Le arrebató la posibilidad al chaval y chutó horrible, raso, sin encontrar la puerta. Fue el culmen a su noche más oscura, que empezó temprano en desgracias.
A la hinchada le ha sido imposible asimilar tanta impudicia. Si digerir la pérdida de la categoría ya es complicado, soportar los avatares del lapso como entrenador de Adams ha sido un ejercicio de masoquismo. Su última pizarra pareció obedecer más al criterio de exponer a algunos causantes del fiasco sobre el césped, con honrosas salvedades. La peor defensa que se recuerda por estos lares subrayó su condición desde el arranque. Uche se aturdió, incapaz, en una salida controlada y así nació el primer tanto ‘periquito’, con Piatti centrando al área y Lombán frivolizando con un despeje de espuela, que dejó el esférico muerto a Baptistao. La bala hispanobrasileño le ganaría poco después la espalda a la zaga, al límite del fuera de juego, poniendo un centro al área que Vezo quiso despejar a ras del verde, pero que encajó en su red. Un ‘cuasigol’ en propia puerta y otro sin el cuasi. Este Granada ha llegado al virtuosismo en el horror.
Cualquier contención de los aficionados se desprendió. Comenzaron los reproches, que al único que sensibilizaron fue a Andreas Pereira. A veces necesita un balón para él solo, se recrea y adorna, pero es el único que aúna talento y esfuerzo. De los pocos que puede mirar a la cara a cualquiera.
Pereira se sacó un conejo de la chistera para al menos maquillar el resultado. Ramos, desconectado por la poca frecuencia ofensiva, le dio un toque atrás que el belga-brasileño convirtió en una bomba inteligente hacia el poste de Diego López, que pensaba en las musarañas.
Pereira sacó el carácter y hasta repartió alguna rasca, pero Clos Gómez le perdonó la tarjeta. El árbitro de aquel paraguazo y del botellazo de Benítez vino a dar fe del descenso antes de su retirada. No se cebó. Todo siguió por los mismos derroteros. El ánimo de Andreas, sumado a la pasión de Entrena, sin demasiado armazón. No trabajó mucho más Ochoa, que se va sepultado en dianas. Adams, en otro acto extravagante, sustituyó a Pereira a falta de media hora y amputó el brazo más rígido. Pudo retrasar su ovación. Debutó Jean Carlos, el integrante 35 en esta nave a la deriva, sin timón. La última hoja de una historia que acabó doblada en aviones de papel. Penitencia general en el centro ante el respetable y vuelta al ruedo de cara a la galería de Héctor, que se ganó el cariño a base de carreras en casa, pero que se borró de citas claves exagerando lesiones, aseguran de dentro, y se esmeró en la pura autopromoción. Confundió bastante, al parecer.
Un retroceso tras ocho años
Los ascensos fueron como partos. Dos seguidos, la parejita, con embarazos complicados, aunque menos que el alumbramiento, traumático. Pero al final todo salió bien y la familia rojiblanca lo celebró. Después vinieron las cinco permanencias, como visitas al quirófano. Sorteando la cirugía al principio con enorme problemas, hasta operar a corazón abierto. Escapando indemnes, siempre cerca de la parada cardíaca. Pero el descenso se ha asemejado a una larga enfermedad. Con diagnóstico temprano, sin tratamiento alguno. Ni los conservadores, ni los de choque. Una decadencia hasta el fallo multiorgánico. Hasta que el último hálito se marchó. Lo que vino después, alcanzó lo esotérico. Un espíritu vidrioso que vagó por algunos campos, incluido el suyo.
Ahora toca la resurrección. Enterrar lo que se pueda, quemar lo que reste, limpiar las cenizas y que el muerto se reencarne. No conviene olvidar, más les vale aprender y mejor que se preparen. Todo se emprende en el subsuelo. Con un fútbol más feo, aunque se pueda ser el más estirado entre tanto gnomo. Donde ninguno, da igual el nombre, se siente inferior a nadie. Corren tiempos convulsos pero sólo queda ilusionarse en el viaje. Se agotó el látigo de usarlo tanto para fustigarse.

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