Geijo
Aquel día que él corrió hacia ese balón perdido miles de peregrinos veneraban a la Virgen de Fátima a varios kilómetros de distancia. Iluminado por su pasión por el gol, en su cabeza con cabía la reflexión de que en ese momento se truncaría su etapa de gloria como protagonista indiscutible ante la red rival. 24 goles avalaban su hambre, sus ganas de ascender, de volver a Primera y triunfar donde siempre se marchitó. En la élite. Pero a Geijo le torpedeó el infortunio. “¿Por qué disputaría esa pelota?”, se seguirá preguntando a veces, mientras trata de sonreír a la vida. Cabrero, un portero modesto al que nunca olvidará, se anticipó a su arrancada y en el salto para evitar el impacto el espigado delantero hispanosuizo del Granada cayó con todo su armazón sobre el césped, concentrando el impacto en su hombro. Después, el dolor.
A Geijo le valió de poco el sacrificio de operarse con celeridad e iniciar un tratamiento fulgurante de recuperación. Le dio tiempo a volver en los dos últimos partidos, en la doble final ante el Elche. Fue suplente en ambos, pero tuvo su relevancia. Fue objeto de un penalti que falló por dos veces Abel Gómez en Los Cármenes. En el segundo y definitivo sustituyó a un Ighalo que encontró la consagración en la fecha menos esperada, cuando todavía se aguardaba a la resurrección de Geijo. Pudo jugar de hecho, aunque poco, y disfrutar de un salto de categoría al que contribuyó ladrillo a ladrillo, pero allí desperdició esfuerzo de más. El hombro no estaba listo para tanto traqueteo, aunque el objetivo bien valiera jugarse toda una carrera deportiva.
Los hados conspiran contra Geijo, pues parecen afanosos en que nunca se consolide en la máxima categoría. Tuvo sus apariciones fugaces dentro de su historial y, cuando mejor estaba, en su segundo año en el Levante, le llegó una lesión que abortó todo. Pero en Granada los derroteros parecían diferentes. Allí le tenían que esperar. Había sido el ídolo absoluto, el crack indiscutible de un curso para enmarcar. Pero el hombro le hizo entrar tarde y cuando ya estuvo a punto, otros le habían tomado la delantera en las preferencias del técnico. Un Fabri que fue despedido a pesar de todo con Geijo de titular, aunque tuvieran algún desencuentro. Pero si pensaba que no echaría de menos al ‘viejo’, pronto se percataría de que sí. Llegó Abel Resino y sus oportunidades se disolvieron. Compañeros de viaje en el pasado, jamás se supo si había alguna traza que debilitara su relación. Solo que el técnico le ignoró y Geijo continuó en la orilla.
Acabó la campaña, el club se salvó, Geijo apenas disputó un puñado de partidos y Abel acabó marchándose, pero el jugador sabía que su destino estaba ya escrito. No pudo despedirse de Los Cármenes, de aquel estadio donde volvió a sentirse un rematador temible, donde pensó que por fin se instalaría en la factoría estelar para siempre, el justo premio a una carrera bacheada. Pero tampoco pudo ser. Se va discreto, pero el hincha lo mantiene en su altar. Hay demasiadas camisetas con el ’22′ a la espalda para evitar que el olvido cunda.
Aquel 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, en un duelo con el Huesca, su hombro abandonó su cavidad por un momento y su ventura se derramó por el césped también. Nada fue igual desde entonces. Tal vez en otro lugar consiga desenterrar el revólver y vuelva a oficiar de lo que es: un francotirador de precisión helvética.
