El muro que no derribamos en Granada

El día 9 cayó un muro en Berlín. Hoy lo celebramos como lo que fue: un ejemplo a seguir. Sin embargo, cuanto más miro a nuestro alrededor, más me doy cuenta de que hay muros que decidimos no ver. Y, por supuesto, no tirar.

Atención, pregunta: ¿Dónde está la barriada de Las Parcelas? ¿Y La Paz? Si les suena de algo ya saben mucho más que un enorme porcentaje de Granada. Porque sí, ambas barriadas son granadinas. Y, posiblemente, las áreas peor tratadas de la ciudad. Tres kilómetros en línea recta separan Puerta Real de la Avenida Julio Moreno Dávila, el centro de la Zona Norte. Allí no llegaron el espíritu del 78, no llegaron los derechos y las obligaciones y, por supuesto, nadie sabe dónde quedó la dignidad de la democracia. Ni siquiera la dignidad. Tres kilómetros y un siglo de diferencia.

Entrar en las barriadas de la Zona Norte supone un enorme pellizco estomacal. Un retortijón de conciencia: Calles desoladas por la prostitución y la droga, niños jugando en la puerta de lo que, por la noche, será el picadero donde emplear energías contaminadas por el vicio. Favelas por casas y clanes por familias. Coches que aún huelen a quemado, basura amontonada en las esquinas, navajas de reluciente rojo y un aroma a pólvora que nunca abandona el barrio.

Una vez estuve allí y casi se me olvida; cuando nadie habla de ti, es fácil que pases a un lugar oscuro de la memoria. El caso es que, cuando fui, un niño intentó robarme la cámara de fotos. Por suerte, la llevaba atada a la muñeca y no pudo dar el tirón. Cuando me di la vuelta y le vi a mis espaldas, el zagal me sonrió y dijo: “Había que probar”. No sé porqué, pero le devolví la sonrisa. Joder, me cayó bien. Me pareció uno de esos truhanes con honor, un pirata que se atiene a las reglas que marca la vida. El Luís Tosar de la Celda 211.

Aquel muchacho vivía en Las Parcelas. Una barriada que no tiene muros infranqueables físicos, pero de la que procuramos que no salga nadie. Que no entre nadie. Que no hable nadie. Que todos olviden. Es un gueto. Nuestro gueto. No tengo ni la menor idea de qué habrá sido de aquel chaval, pero sí sé que no va a celebrar hoy la caída de ningún muro. En su mundo, la intransigencia empieza a partir de la Carretera de Jaén.

Preferimos no tirar ningún muro, vayamos a que haga ruido.

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