La crisis lo replantea todo. Los obreros se bajan a empujones del andamio, los empresarios cierran filas y la filantropía pasa a un irrevocable segundo plano. Nos empeñamos en creer que la solución del problema está en estudiar una carrera de prestigio y en dulcificar los aparatos reproductores que nos darán la estabilidad deseada. O, mejor, sacar una plaza de funcionario y ver cómo los problemas económicos dicen adiós. ¿Quién no querría esa estabilidad?
Pues tú. Tú que tienes vocación. Llevamos una temporada leyendo noticias sobre los estudios universitarios que deberíamos haber hecho y las pasiones que necesitamos olvidar para sobrevivir a la crisis. Amigos, amigas, digan ‘no’.
Vivimos una crisis mucho más relevante. Después de escuchar durante años que para ser feliz hay que ser médico. O informático. O arquitecto. Y no ser filólogo. Ni físico. Ni documentalista. Resulta que es precisamente lo que necesitamos: vocaciones. Gente auténtica que quiera ser feliz cumpliendo con su parte del pastel.
Si le preguntas a alguien cuál es su vocación es posible que, tras un momento para pensarse la respuesta, te lo diga dubitativamente. Puede que se base en lo que estudia o en su trabajo. En muchas ocasiones, no tendrá respuesta. Sin embargo, si la cuestión fuera cuál es tu vocación perdida, todos seríamos capaces de dar una respuesta sincera, absoluta y, probablemente, rápida.
La vocación perdida. El camino que te gustaría estar escalando, la historia que debería ser contada cuando todo termine… ¿No deberían coincidir ambas?
Yo tengo una. ¿Y tú? La crisis muere con una vocación perseguida.

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