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Mi ceguera

(Columna publicada el 19/06/10 en IDEAL)

Qué necesidad tenía de saber que murió. Díganme. Quiero esa razón tan primordial, tan urgente, tan vital. La ignorancia es un bien poco valorado y nadie les pidió que me informaran. ¿Acaso las páginas se pudrirán, las comas se harán ceniza y las letras olerán a viejo? ¿Tal vez dejen de latir las palabras? ¿Perderá sentido, olvidaré su nombre? “Saramago ha muerto”. Mienten.

Dicen que nadie escapa a los grandes placeres de la vida: el café solo, la cerveza en compañía, Miles Davis, el abrazo de otro, el beso de otra… Tarde o temprano, el universo termina dándote una sonora bofetada, imposible de esquivar. Ese goteo de maná llega con calma, en el momento preciso. Nunca pronto, nunca tarde.

No tienen por qué ser instantes místicos en los que una serie de casualidades consiguen cultivar su fe en un destino superior. Un día, simplemente, aparece un libro encima de la mesa. Alguien dice “léelo, te gustará”. Y la maquinaria conspiranoica te mece de orilla a orilla, como en un vals.

Esos chispazos de genialidad nos abren los ojos. Evitan una ceguera global, engendrada por la rutina y la falta de curiosidad –“empezamos a envejecer cuando perdemos la curiosidad”-, que nos convierte en reyes tuertos con ganas de seguir oteando nuevos horizontes. Perlas que inspiran a otros, como a Fernando Mirelles (‘El Jardinero Fiel’), que, en un ejercicio de alquimia, transmutó la palabra en fotograma con la inquietante ‘A Ciegas’ (2008).

Todos los elefantes mueren. Pero algunos son inmortales:

“Dice aquí el primo maximiliano que salomón. La reina no lo dejó acabar, No quiero saberlo, gritó, no quiero saberlo. Y corrió a encerrarse en su cámara, donde lloró el resto del día” (‘El viaje del elefante’).

Lorca (1898-¿1936?) no estuvo aquí

Fábula y Rueda de los Tres Amigos. Poeta en Nueva York (Federico García Lorca)

Estaban los tres helados:
Enrique por el mundo de las camas;
Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos,
Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados.

Lorenzo,
Emilio,
Enrique.

Estaban los tres quemados:
Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;
Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos;
Enrique por el mundo de los muertos y los periódicos abandonados.



Lorenzo,
Emilio,
Enrique.


Estaban los tres enterrados:
Lorenzo en un seno de Flora;
Emilio en la yerta ginebra que se olvida en el vaso;
Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

Lorenzo,

Emilio,
Enrique,
fueron los tres en mis manos
tres montañas chinas,
tres sombras de caballo,
tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas
por los palomares donde la luna se pone plana bajo el gallo.

Uno
y uno
y uno.


Estaban los tres momificados,
con las moscas del invierno,
con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano,
con la brisa que hiela el corazón de todas las madres,
por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos.

Tres
y dos
y uno.


Los vi perderse llorando y cantando
por un huevo de gallina,
por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,
por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de luna,
por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,
por mi pecho turbado por las palomas,
por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado.

Yo había matado la quinta luna
y bebían agua por las fuentes los abanicos y los aplausos,
Tibia leche encerrada de las recién paridas
agitaba las rosas con un largo dolor blanco.
Enrique,
Emilio,
Lorenzo.
Diana es dura.
pero a veces tiene los pechos nublados.
Puede la piedra blanca latir con la sangre del ciervo
y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.

Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que cl mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

 

“¿Ayala? No sé si fue escultor o escritor”

Hoy la ciudad se levantó a media aspa. Negra, triste, silenciosa, aliterada, metonímica y de luto: Francisco Ayala, insigne escritor granadino, clave en la Historia de nuestra cultura, ha muerto. Una época encerrada dentro de una persona. Más de un siglo de letras y pasión. Padre de padres muertos.

La Cultura se vuelca con uno de los fallecimientos más sentidos en los medios de comunicación del último año -menudos chatos van a caer con el amigo López Vázquez-. García Montero dice que “con él se acaba todo un mundo: el de la Generación del 27”. El escritor Martín Garzo habla de “la lucidez admirable” y su representación de “la tolerancia, la generosidad y la pasión”. Y añade: “Nos habíamos acostumbrado a su presencia”. Benjamín Prado confiesa que “va a dejar un hueco muy grande, que parecía inmortal”.

Un nombre con tantos bonitos ecos tiene que suponer un orgullo para su ciudad. ¿O no? Ayer, al salir del periódico, charlé con un colega. Los dos estábamos un poco sorprendidos de que la noticia no fuera la más leída del día en la web por su absoluta relevancia. Una inundación o un accidente de tráfico a las ocho de la tarde se convierte, con poco esfuerzo, en cabeza de lista. ¿Qué pasa entonces?

Seis horas después de conocer la fatídica noticia llego a casa. Hay tres preguntas que me gustaría hacerle a Granada. Así que, cámara en mano, salgo a la calle, a la mismísima Feria del Libro de Granada. Éste es el resultado:

[vimeo 7422227]

Ahora me siento un poco avergonzado. Por todos nosotros. Sé que no es el día de buscar llagas en ningún cadáver y que se me podría acusar de oportunista o sensacionalista. Pero por cada respuesta dubitativa, por cada “no sé quién es”, por cada “nunca leí nada suyo”, la admiración subraya las palabras manidas por el uso: Profeta en tu tierra.

Existe la remota posibilidad de que las más de 20 personas (no están todas en el video) no sean representativas de la muestra total de la ciudad. Quizás las únicas señoras que conocían algo de su obra se cuentan a cientos lejos de la feria del libro. Incluso, lo mismo Ayala se estudia en los colegios granadinos. Tampoco sé si las mismas preguntas en Madrid o Barcelona o Logroño tendrían las mismas respuestas. Pero sí sé que damos pena.

Si después de 103 años de pura genialidad no hemos tenido tiempo de leer una sola palabra suya, ¿cómo vamos a apoyar a nuevos talentos granadinos? ¿Cómo vamos a creer en que somos capaces de crear grandes cosas? ¿Cómo vamos a sentirnos granadinos con orgullo?

Seguro que dentro de un año, justo 365 días, vivimos una sentida Feria del Libro dedicada plenamente al talentoso escritor Francisco Ayala. Todos los puestos estarán llenos de nuevas ediciones, colecciones de lujo y las últimas biografías publicadas. Y los librófilos comprarán como si se tratara de un Larsson cualquiera. Pero eso será dentro de un año, cuando esté asentado en su fosa. Hoy ya ha muerto.

Antonio Gala, dramaturgo, novelista, poeta y ensayista, atinó al conocer la noticia: “Ha sido mucho menos leído de lo que merecía. Aquí se le ignoró, casi por orden superior”.

Ese hombre no es Francisco Ayala

El pelo canoso y ralo. Una frente profunda, que se extiende entre pliegues que huelen a sabiduría. Unas cejas pobladas por leyendas y un bigote que sisea las palabras que, entre risas, intercambia con su mujer. Su mirada, acompasada con gestos de manos tardías, es pura y cristalina; casi infantil. Casi transoceánica. Pero él no es Francisco Ayala.

Llevo toda la vida cruzándome con él. Por las calles de Granada: Recogidas, San Antón, Alhamar… Su aspecto, su pose, su garbo deshilachado entre el blanco y el negro… Todo hacía pensar que se trataba de nuestro escritor. Pero no. Sólo era un vecino con aires de casualidad.

Es imposible no admirar a alguien que murió 103 años después de haber vivido. Hay gente que muere con la mayoría de edad, sin saber crecer. Otros con el matrimonio. Algunos con la paternidad. La mayoría por la vejez. Pero pocos, muy pocos, mueren exactamente el día en que dejan de respirar. Y hacerlo con más de una centuria es altamente honorable.

En Francisco Ayala siempre vi un niño de Nunca Jamás. Me gustaría ver cuantos Garfios y demás piratas podrían presumir de usar el Facebook -o de haberse creado uno en su 103 cumpleaños-. Siempre fue un hombre de su tiempo. Un siglo que no se marca por la cifra, sino por la experiencia.

De la guerra a la paz, Ayala saltó con alegría por todo tipo de jardines. “La vida es un viaje —un viaje muy largo, en mi caso personal— con jornadas de vario signo, y es bueno a la postre pararse a contemplar el camino recorrido”, escribía el amigo. Porque escribir, casi tanto como el whisky y la miel, fue su secreto para merecer la vida eterna: “La patria del escritor es su lengua”.

Antonio Gala dice hoy que una de las cosas que más le gustaban de su amigo era su “mala follá granadina” que le hacía reir. A mí también me gusta pensar en él así, muy granadino, pese a que tuviera que huir y hacer de su vida una texto escrito en una postal.

Puede que Francisco Ayala haya muerto y que mi vecino no sea más que un tremendo parecido. Pero pese a lo mucho que nos echó de menos, él siempre estará paseando por las calles de Granada.

“Hay que tener en cuenta, debe usted tener en cuenta, que yo he vivido a lo largo de todo un siglo entero; y un siglo es ya mucho tiempo para el decurso de la historia, y más aún cuando se trata precisamente de ese siglo. Todo el pensamiento es una unidad, y a lo largo del tiempo, a lo largo de ese siglo que yo he vivido, mi pensamiento ha ido aterándose conforme se adaptaba a la realidad cambiante según la veía yo y podía interpretarla. Pero dentro siempre de una unidad fundamental, que es mi propia personalidad. Evidentemente todos mis escritos, dejando aparte los de invención imaginaria, está pegados a su tiempo, que es el mío: es decir, el curso del siglo XX”.

(Conversación con Francisco Ayala, Javier Krauel)