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El Rey dejará de fumar en enero de 2011. Quizás

Un rápido silogismo para amenizar las neuronas en un martes cualquiera.

1.- Sanidad prevé que en enero ya no se pueda fumar en espacios públicos cerrados (A ver quién es el guapo que se lo cree. Era enero de 2010, luego marzo, luego junio… Hay más indecisión que cuando el médico que operó a Belén Esteban de la nariz se planteó si, ya que estaba, seguía con las ojeras, los ojos, la boca, la orejas y el resto de la cara. Finalmente pensó “bah, aunque la mona se vista de seda…”)

2.- El Palacio de la Zarzuela es un lugar público en el que vive el Rey (Rey, por cierto, que ha tenido problemas de salud importantes por fumar. Amigos, fumar mata. Me pregunto si ahora las tabacaleras deberían plantearse poner en las cajetillas un mensaje del tipo ‘Fumar puede cambiar su sistema de gobierno y derrocar su Monarquía Constitucional Parlamentaria’. Lo mismo alguien deja de fumar. O empieza a hacerlo, a saber.)

Luego, 3.- El Rey dejará de fumar en enero de 2011 (al menos en su casa)

Bendita hipocresía

Después de todos estos años en el mismo planeta me he dado cuenta de que el secreto para ser un humano de pro es saber llevar con estilo la virtud que mejor nos define: la hipocresía . Sí, sí: virtud. ¿Por qué? A ver, sin ella no seríamos capaces de levantarnos cada mañana y mirarnos a la cara sin decirle al espejo: “Das pena”. Ni tampoco podríamos ir al Parlamento a defender leyes que sin duda necesitamos pero que no somos capaces de cumplir . Pobres criaturas las que no sean hipócritas y prefieran atenerse a las consecuencias de la cruda verdad.

Por ejemplo, imagínense que un irremediablemente estúpido y joven sin experiencia dijera que está hasta las soberanas narices de entrar a un bar y salir apestando a tabaco . “¡Pardiez, qué desvergonzado! Otro que quiere cargarse las más profunda definición del ser humano: ¡la libertad!”, dirían. O el clásico tipo adicto a charlar con sus amigos por el mero placer de tener buena compañía que se tiene que cambiar de mesa porque los sensacionales protagonistas de la próxima revolución poético-cultural están versando sobre el amor con tres cigarrillos en cada mano… “¿¡Cómo, acaso es mejor la  charla vana e intrascendente que la salvación de la poesía?!” Dios nos libre.

Este tipo de ‘non-hipócritus-personus’ son los típicos irreflexivos, carentes de lógica y utópicos retoños que caen en el error de pensar que es posible que el fumador salga a la calle a saciar su vicio, como hacen en el resto del planeta. Además, el ser hipócrita es lo que nos permite estar fumando en un local cerrado y mirar de reojo y con reprobación al que acaba de liarse un porro . “Qué poca vergüenza y qué poca educación, eso en tu casa”, dicen. Yo he visto a los camareros pedir a los porristas en cuestión que se “corten un pelo” . Para mí es lo mismo: humo. Ojo, sin ánimo de no parecer hipócrita.

Fumadores, a la calle

Que sí. Que cada uno es libre de hacer lo que quiera. Bendita libertad y bla, bla, bla. Me parece estupendo que usted fume. Cada uno tenemos nuestros vicios personales. Yo, por ejemplo, soy adicto al helado de natachoc de los italianos. Me cuesta horrores pasar por Gran Vía y no comprar una tarrina de medio litro y pimplarmela en cero coma. Total: yo como helado, tú fumas. ¿Diferencia? Yo, a ti, no te molesto. Que yo me tome mi helaico en una cafetería no va a hacer que tú tosas, carraspees, abaniques el aire con la mano, que tu ropa apeste a humo y que tus pulmones, sin querer, se llenen de mierda.

Que conste que todo este dilema de fumar o no fumar en restaurantes, bares y demás capeas me parece absurdo. Tenemos cienes y cienes de ejemplos a nuestro alrededor de cómo se deben hacer las cosas. Yo viví un año en Londres, por ejemplo. Allí la gente fuma. Y mucho. Pero a nadie se le pasa por la cabeza que en un local cerrado (los metros cuadrados no importan) sea educado encender un pitillo.

¿Qué hacen? Se salen a la calle y fuman. Y no les pasa nada, oigan. Ahí siguen tan felices ellos con sus beers y sus chips.

¿Tan grave sería que aquí fuera igual? Mis colegas fumadores me dicen que “es una cosa muy tradicional, muy nuestra, una seña de identidad”. Puede que tengan razón, pero, en serio, si sabes que algo molesta y hace daño al que tienes al lado, ¿no merecería la pena cambiar esas señas?

Otro ejemplo. Mi hermano, en su boda, se negó a dos cosas: “no regalo puros y no está permitido fumar en la celebración”. Efectivamente, al entrar al salón, los fumadores se echaron las manos a la cabeza: “¡¿Pero esto qué es?!”, “¡Qué barbaridad!” Horas después, los humeantes salían y entraban sin más misterio de la sala. Se daban su paseo y punto. Y dentro, mientras, respirábamos hondo mientras disfrutábamos de un rico postre. Vale, el dulce no era helado de natachoc, pero estaba rico y a la mayoría le encantó.