Los estudiantes de Medicina viven en vilo. Novatos y apoderaos no saben qué va a pasar este año con el Lucas, si le cortarán las alas. En la última semana hemos abierto dos debates en naufraJeo -su blog amigo-, con dos visiones casi opuestas: las ganas de fiesta de los alumnos y la sensatez que se exige desde el decanato. En cualquier de los dos, uno de los puntos fuertes a la hora de atacar al Lucas de la generación del botellón, es que “antes no era así”, “cualquier tiempo pasado fue mejor”, “los jóvenes de ahora son tal y pascual”, etcétera.
La insigne periodista M. V. Cobo, me propuso que revisara el archivo de la no menos insigne documentalista Amanda Martínez. Y, oh, sorpresa mía, les adelanto la conclusión: en los últimos 20 años, el Lucas, nunca ha dejado de volar. Ni de beber cerveza, montar follón, cantar canciones, mentar a los hermanos Pinzones, bautizar con harina y champán y el resto del protocolo sanitario. Llevan 20 años divirtiéndose.
20 de octubre de 1992, Ana L. Munain publica un genial reportaje del día grande de los “matasanos”. Nos describe a la perfección la escalada que se da el Lucas “sobre el busto del docto Francisco Suárez mientras la muchedumbre clamaba a cada letanía Lucas huevos de Colón, estribillo que confirma que en Medicina ya han entendido que la tierra es redonda”. Aquél año, por cierto, la fiesta estuvo a punto de cancelarse por culpa de un puñado de alumnos de Odontología que pintarrajearon los pasillos de su facultad. Sin embargo, el decano de Medicina aseguró que la celebración tendría lugar tal como estaba previsto: “Me gustaría que la fiesta fuera de integración, de hacer amigos, que los de primer participen sin ese miedo cerval”, declaró ante los alumnos de cuarto.
Fue Luis Bueno el que suplantó al Lucas en 1993: “Llevo una semana despertándome por la noche, sobresaltado, pensando en Lucas. Y esta noche he dormido como si tuviera un examen, fatal, con los nervios en el estómago”. Él también daba claves sobre la fiesta: “Los principal es ser abierto, conectar con la gente, y ser capaz de realizar todas las barbaridades, aunque siempre ayudan dos copas de más. Bueno, y tener sangre de Lucas, claro”.
Ana Munain lo contaba así: “Algún primerizo se echó las manos a la cabeza cuando vio entrar a Luis Bueno caracterizado de torero -traje de luces rojo y oro- y precedido de una turba de gente con batas blancas, mantillas, claveles, peinetas, monteras, patullas de arte y ensayo, mascarillas moteadas, sondas con sangría y capotes tamaño minitauro (…) La primera prueba, cantar clavelitos, después de ser bautizados en champán y harina a las puertas de la facultad. “Esta fiesta es una acogida, por eso los bautizamos”, decían”.
En 1995 Medicina vivió su primera revolución feminista con la única mujer en su historia que llegaba a encarnar al Lucas: Myriam Arcos. La fiesta, la misma de siempre: cerveza, champán, harina, cánticos y alumnos atados por el cinturón.
Desde hace 20 años, por lo menos, siempre se escucha la misma arenga: “Queremos un milagro, queremos que vuele, queremos un milagro, queremos que vuele”… ¿Volará este año? Desde luego, el camino no está en hacer campañas como ésta:
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