La penúltima

La primera vez que vi a Luis –el del Chikito– fue para una entrevista con motivo del Día de Andalucía. Me contó que había llegado a Granada hacía mucho tiempo, cuando el fútbol era todavía una forma de malganarse la vida, y que le sorprendió que en esta ciudad tuvieran a García Lorca poco menos que como un escritor de pandereta -el apelativo es mío-. Fue aquella misma mañana que me reconoció emocionado que le temblaron las manos al acercarse al piano de la Huerta de San Vicente.

Para hacer la foto, a Juan Ortiz se le ocurrió cocinar un balón de fútbol sobre una sartén y Luis mandó comprar una pelota rojiblanca. Al terminar, le dijo a su hijo: “Sal a la calle y se la regalas a un niño”.

Entonces comprendí quien era Luis Oruezabal, el del Chikito, un tipo tan desprendido que aprendió a vivir sin corazón porque algún día, sin percatarse, había regalado el suyo.

Después me contó cuando Bilardo le hizo un marcaje y al llegar al vestuario tenía los brazos en carne viva; aquella jornada que coló el gol de tacón, que es como pegarle un puntapié al enemigo; la tarde en la que soñó que coreaba su nombre la Bombonera rindiéndose ante un porteño de Vélez Sarsfield.

El tango que bailó sobre el lateral izquierdo; la de veces que volvió del revés las medias y la de vueltas que le dio a la vida. Siempre con la esperanza de que el Granada sería campeón y habrían merecido la pena las patadas de Fernández, cuya mujer todavía dormía con espinilleras. Cuando el deporte del balón consistía en salir al campo a jugarse la honra y los futbolistas no se dejaban la mitad del honor en el vestuario y la otra mitad en la cartera.

Me contó la noche en que fue rey mago y otras que le tocó encajar un gol en propia puerta. Me describió emocionado su cruz de mayo, que era un atardecer de clavel reventón; y la de chavicos que había soltado para que Granada sonriera.

Cuando Carlos Cano cantaba y bebía en blanquiverde en el viejo café Alameda. La tarde en la que el Príncipe pidió permiso para entrar en este reino de los sentidos. La noche que los astronautas descubrieron el planeta Chikito; y los días que le quemaban los pies en la tierra.

Siempre en una esquina de la barra, desde donde las madrugadas se ven pasar insolentes, pendiente de que alguien te eche la penúltima.

Y la última vez que vi a Luis fue hace dos semanas. Me regaló una bandeja de cerámica con mi nombre y el de Laura. Con la plaza del Campillo pintada a mano y, al fondo, el restaurante Chikito.

No lo interpreté. Pero la plaza estaba irremediablemente vacía.

Esa desesperada soledad que sufres cuando te quedas solo. Maldita sea.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *