I. Pater noster qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum…
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…
Hace una semana escasa, con motivo de la presentación en la Casa de los Tiros de mi versión castellana de la Epístola a los Pisones ( Arte poética) del poeta latino Horacio, hablé brevemente sobre la importancia de la traducción en la literatura.
Comencé reivindicando su consideración de género literario instrumental por lo que tiene de re-creación (sin traductores solo podríamos degustar obras literarias escritas en idiomas que conociéramos) y defendiendo su importancia como género literario auxiliar para la gramática y la historia de la Lengua (gracias a la labor de los traductores de un mismo texto clásico pertenecientes a distintas épocas podemos observar, cotejando las distintas versiones, la evolución del castellano).
Finalmente, quise presentar algunas situaciones en las que puede verse envuelto el traductor cuando se enfrenta con el texto original, haciendo especial hincapié en las dos siguientes:
1) El traductor no entiende el significado último del texto original .
2) El traductor entiende el significado del texto; pero por una u otra razón, le parece inconveniente una traducción fiel, que respete su significado último.
Para desarrollar los dos puntos anteriores llevé elegido previamente dos textos castellanos traducidos del Latín que pudiesen conocer e incluso saber de memoria todos los asistentes, dos textos con cuya interpretación comúnmente admitida yo no estaba de acuerdo. No tuve que pensar mucho dónde buscarlos; elegí el Padrenuestro.
El Padrenuestro, la más bella oración de todas las por mí conocidas, consta de dos partes claramente diferenciadas. La primera está integrada por una invocación y tres deseos. La segunda, por cuatro peticiones. Últimamente la Iglesia Católica ha dispuesto, traducida de la Vulgata latina (traducción al latín de la versión griega de la Biblia), una nueva versión castellana, pues la anterior, ya trasnochada, no respondía al castellano hoy comúnmente hablado. Sin embargo, a mi parecer, no se ha aprovechado la ocasión para dar una versión que recoja el espíritu del primer deseo, santificado sea tu nombre no me sugiere nada y, por otra parte, persiste la versión torticera no nos dejes caer en la tentación, de la penúltima petición. Veamos.
- 0. Invocación: Pater noster qui es in caelis,
Padre nuestro que estás en los cielos
Jesús de Nazaret enseña a sus discípulos cómo deben orar (Mateo, VI,13) y comienza por llamar padre a Dios. Y en esa hermosa palabra puede verse resumida la buena nueva (no otra cosa significa el término eu-angelium), el mensaje que Jesús viene a traer: Dios es padre.
Es difícil para nuestra mentalidad captar la revolución religiosa que supone que Jesús, un rabino judío, le dé a Dios este nombre. Dentro de la ortodoxia judía de aquel tiempo esto constituiría poco menos que una blasfemia. El Dios de Jesús ya no ese Dios terrible del Antiguo Testamento, que no solo castiga cruelmente a sus criaturas, sino que las pone a prueba:
- El Génesis (III,1-24) cuenta cómo Adán no superó la prueba de la dichosa manzana y fue expulsado del Paraíso y, con él, toda su descendencia.
- Más adelante el mismo libro narra (VI-VII) cómo Dios se arrepiente de haber creado al hombre y provoca un diluvio que acaba con todo el género humano, salvo Noé y familia.
- Y la prueba que impone a Abrahán para tentarlo, que le sacrifique el único hijo, habido de su mujer Sara después de desearlo tantos años, tampoco es cualquier cosa (Génesis, XXII).
Jesús, por el contrario, habla de un Dios padre, que ama, protege y, llegado el caso, perdona a sus hijos. Consecuentemente, los tres deseos de la primera parte del Padrenuestro y las cuatro peticiones de la segunda girarán alrededor de esta idea básica que tanto escandalizaba a escribas y fariseos.
1) sanctificetur nomen tuum
santificado??? sea tu nombre
Debo confesar que, hasta hace poco tiempo, he traducido el latín sanctificetur por el castellano santificado sea sin pararme a pensar en lo que significaba la expresión. Mas, cuando un sacerdote amigo me reconoció que llevaba más de cincuenta años rezando la oración y tampoco sabía los que quería decir, comencé a reflexionar sobre el significado del término y, tras su análisis, conseguí llegar a una conclusión que creo coherente.
El término latino sanct-i-ficatus aparece por primera vez en Tertuliano (155-222), primer escritor cristiano en lengua latina. Está compuesto de dos elementos: de los que interesa conocer el primero, sanct(us), del que deriva el castellano santo. El quid de la cuestión está en el significado de sanct-us en latín y consiguientemente de santo en castellano. Es el participio pasivo del verbo latino sanc-io, que básicamente significa dar por bueno. Este significado está recogido en su derivado castellano sancionar:
Ejemplos:
- Un agente de tráfico ve una infracción y la denuncia a la autoridad correspondiente, que la sanciona, es decir, la da por buena.
- El Rey sancionará en el plazo de 15 días las leyes aprobadas por las Cortes Generales y las promulgará y ordenará su inmediata publicación. C onstitución Española, art. 91.
Así, pues, el participio pasivo sanc-tus significa dado por bueno. Este significado está recogido en el adjetivo castellano san(c)to.
Ejemplo:
- Cuando la Iglesia declara a uno de sus fieles difuntos santo, lo da por bueno para incluirlo en la relación (en griego kannoon) de bienaventurados, es decir, lo canoniza.
Por otra parte, la traducción santificado sea tu nombre no tiene sentido; parece hacer referencia al nombre propio de Dios, como si el Dios de Jesús tuviese un nombre, cuando Dios no tiene un nombre propio para invocarlo. Y en el supuesto de que lo tuviera… ¿quién es el hombre para santificar o dejar de santificar el nombre de Dios.
Estimo que, cuando habla de nombre en el Padre nuestro, Jesús se refiere al nombre sustantivo que acaba de dar a Dios, es decir al nombre sustantivo padre.
Consecuentemente, el primer deseo de Jesús es que el nombre padre que acaba de adjudicar a Dios, sea dado por bueno, o bien esté justificado, o bien sea apropiado, o bien esté reconocido, o bien sea conforme, o bien sea adecuado, o bien… ( si le parece buena mi interpretación, ponga aquí la traducción que crea conveniente de no gustarle ninguna de los anteriores; se admiten sugerencias).
Por lo que a mí respecta, no me satisface ninguna; así, pues, me quedo provisionalmente con santificado sea tu nombre, pero sabiendo o creyendo saber la intención de Jesús. Y es que es una pena convertir en un mantra, que se repite automáticamente, la más hermosa oración jamás escrita.
P.D. Dejo para la próxima comunicación la crítica y refutación de la traducción no nos dejes caer en la tentación.