Categoría: Local

Horario de cierre de tabernas, bares y lecherías

Una curiosidad histórica. Aquí les dejo el horario de cierre de las tabernas, bares y cafés de Granada y la provincia publicado en IDEAL el 4 de octubre de 1939. Hay un dato que me llama la atención. Las bebidas alcohólicas podía despacharse hasta la 1,30 de la mañana. Los locales con horario de apertura más amplio eran las lecherías, que podían cerrar a las 2 y media y abrían a las seis de la mañana.

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La romería de San Miguel

Las fiestas de San Miguel eran de una sencillez encantadora.

Romería de San Miguel. Fecha desconocida. Torres Molina/Archivo IDEAL
Romería de San Miguel. Fecha desconocida. Torres Molina/Archivo IDEAL

 

Recién estrenado el otoño, cuando septiembre pinta las manzanas de color verde, los granadinos suben al Cerro del Aceituno.  Antaño eran tres los caminos para acompañar al Arcángel: por la Carrera del Darro y Cuesta del Chapiz;  por el camino de San Diego, el utilizado para carruajes, y por la cuesta de San Gregorio, aunque este último era el preferido por los romeros, por transcurrir a la sombra de los cármenes y porque estaba salpicado de altares de ánimas, bandejas con frutas y flores y puestos con jarras de agua pura de Alfacar.

Poco a poco, el cerro se llenaba de gente…

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…Se colocaban los puestos de baratijas y los de frutas del Albaicín. Se instalaban los juegos giratorios de sortija, los de tiro de ballesta, los corrillos de copleros y, a veces, aparecía por allí una banda de italianos que con arpas y violines amenizaban uno de los días más alegres de la ciudad.

La ermita era un ir y venir de peregrinos. Fuera, las chicas se sentaban con sus mamás para lucir los adornos a la última moda mientras jóvenes a caballo  invitaban a pasear a las muchachas y todos se agolpaban en torno a los puestos de sabrosos bollos de aceite, con las nueces del Castillo, acerolas, camuesas, priscos y granadas… al menos, así la recordaba Eduardo Gómez Moreno, en la revista literaria ‘El Liceo de Granada’,  esta bonita tradición a principios del siglo XX.

Romería del año 1962. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Romería del año 1962. Torres Molina/Archivo de IDEAL

Aunque, desde siempre, estas fiestas han reafirmado la identidad del Albaicín y han abierto el barrio al resto de la ciudad.

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Escribía Federico García Lorca:

 

San Miguel lleno de encajes

en la alcoba de su torre,

enseña sus bellos muslos

ceñidos por los faroles.

Arcángel domesticado

en el gesto de las doce

finge una cólera dulce

de plumas y ruiseñores.

San Miguel canta en los vidrios

efebo de tres mil noches

fragante de agua colonia

y lejano en las flores…

San Miguel se estaba quieto

en la alcoba de su torre,

con las enaguas mojadas

de espejitos y entredoses.

San Miguel, rey de los globos

y de los números nones

en el primor berberisco

de gritos y miradores

Un día en Granada

Artículo publicado en IDEAL el 22 de septiembre de 1949

“Esto era, señores, un día en Granada. Uno de tantos días granadinos en los que el sol sale por la mañana y se pone al atardecer. En que los hombres se levantan por las mañanas y se acuestan por la noche. En que las gallinas siguen su sana costumbre de poner huevos, aunque, a tenor de los tiempos, suelen ponerlos más caros cada día. En que las vacas dan al hombre dos o tres tipos de leche, según la cantidad de agua que en ellas, misteriosamente se filtra. En que los tranvías arrastran, penosamente, racimos de gente que se apretujan en su interior desmintiendo la ley física de la impenetrabilidad. En que los hombres, ya de vuelta de su veraneo y otra vez en sus quehaceres, sudan y resolplan con ansias de un otoño de verdad. En que las señoras y señoritas, ansiosas de estrenar sus nuevos trajes de entretiempo, miran con desprecio a este verano ya pasado, pero aún presente. En que los estudiantes se examinan entre sudores físicos y temblores psíquicos. En que las gentes caminan durante la noche por las calles de la ciudad tropezando los unos con los otros. Esto era, señores, un día en Granada sin pena ni gloria, un día de tantos. Uno de esos días en que la vida se repite monótonamente como esta letanía que acabamos de escribir.”

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La Alpujarra, una “Región Devastada”

En enero de 1938, el gobierno de Franco creó el Servicio Nacional de Regiones Devastadas con el objetivo de dirigir los proyectos de reconstrucción de los territorios del bando nacional destruidos durante la Guerra Civil.

En septiembre de 1944, hace 70 años, las autoridades provinciales visitaron la Alpujarra, comarca donde se concentraban más municipios acogidos a este plan de rehabilitación, para comprobar la marcha de los trabajos. La comitiva, encabezada por el gobernador civil José María Fontana, comenzó el recorrido en Lanjarón donde Regiones Devastadas estaba construyendo la casa cuartel de la Guardia Civil y el grupo escolar. Siguió el viaje por Órgiva y Tablones, en donde apenas quedaban unos detalles para ser entregado, continuaron en Pitres, Pampaneira, Capileira, Bubión, Pórtugos y Trevélez.

La comitiva de políticos conoce el estado de las obras en Pitres. Septiembre de 1944. Torres Molina/Archivo de IDEAL
La comitiva de políticos conoce el estado de las obras en Pitres. Septiembre de 1944. Torres Molina/Archivo de IDEAL

En nuestra provincia fueron varios los municipios que, por haber quedado prácticamente destruidos durante el conflicto, se consideraban “adoptados por el Caudillo”. Guadix, Moclín, Deifontes, Jayena o Limones se unían a los alpujarreños Tózar, Mecina Fondales, Pitres, Órgiva o Tablones, una cortijada de 18 vecinos en la que Regiones Devastadas invirtió más de 1.900.000 pesetas y que convirtió en un pueblo. con nuevas viviendas, una iglesia y un ayuntamiento.

Obras del grupo escolar,  viviendas para maestros e iglesia en Pitres.  Año 1942. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Obras del grupo escolar, viviendas para maestros e iglesia en Pitres. Año 1942. Torres Molina/Archivo de IDEAL

GR14914__pitres5 (3)El 23 de mayo de 1944 el organismo entregó al ayuntamiento de Guadix las obras de rehabilitación realizadas en este municipio, entre las que estaban la plaza, que quedó totalmente destruida durante la Guerra, el cuartel y nuevas escuelas.

Regiones Devastadas Guadix

 

Siesta

Un hombre echa una cabezadita junto al pilar de Carlos V en la Alhambra. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Un hombre echa una cabezadita junto al pilar de Carlos V en la Alhambra. Torres Molina/Archivo de IDEAL

En la Granada de antaño, era muy común ver cómo los parroquianos buscaban una buena sombra (la que dan los plátanos de la plaza del Campillo era muy solicitada) y allí, ajenos al ruido, echaban una cabezadita. Era la síntesis perfecta del verano en la ciudad. Un rincón de la Alhambra garantizaba que el sueñecito no sería interrumpido por algún ‘asesino de siesta’, como en alguna ocasión definió este periódico a los motoristas. Eran los tiempos de la calma. La calma famosa de antaño que abarcaba todo el estío. El tiempo en que iba por los barrios el hombre que vendía ‘cebá y avellana pa los refrescos’. Los días en que Granada, con sus barrios, buscaba  en la esquina de cada calle el lugar más fresco.

 

El verano de 1961

A finales de julio los vendedores de los ramitos de nardo anunciaban que los grandes calores pasarían pronto: «de Virgen a Virgen» solía decirse. Se hablaba mucho del tiempo, porque aquel verano del 61 fue muy caluroso. Por esos días, el Observatorio de Cartuja registró la mínima más alta anotada desde 1935. Fue en la noche del 26 de julio y el termómetro no bajó de los 23,5 grados.
Esos ramitos de nardo, que gustaban tanto a las granadinas castizas como a las extranjeras, iban dejando un olor dulzón por las calles de la ciudad que, con temperaturas batiendo récords nacionales, puso a disposición de los turistas el primer “automóvil veraniego”. Era un pequeño coche descapotable que la gente miraba estupefacta cuando circulaba por las calles. El servicio tal y como cuenta el cronista de IDEAL, tendría éxito, aunque carece del encanto «de subir a un coche de caballos, tirado por uno o dos animales y con las explicaciones clásicas de un cochero, como el veterano Colorín». En fin, los tiempos cambiaban, y «el ritmo acelerado, y la velocidad es lo pide la época», concluía el compañero. Aumentaba el número de turistas que visitaban Granada en automóvil, tanto que los fines de semana era imposible encontrar un aparcamiento en el centro.

Y mientras que los pocos afortunados que podían permitírselo veraneaban en la playa y se divertía en los salones del Hotel Sexi, gracias a la beneficencia, los niños más desfavorecidos podían también ver el mar. Así lo hizo un grupo de chicos de la clínica de San Rafael, que viajaron a Motril, o los chicos del Ave María, que volvieron «tostaícos y gordicos» de su colonia en Almuñécar. Esta imagen, es la del grupo de niños acogidos en la Casa de los Hermanos Obreros de María antes de partir para su casa de Monachil donde pasaban el verano.

Publicada en IDEAL el 4 de julio de 1961. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Publicada en IDEAL el 4 de julio de 1961. Torres Molina/Archivo de IDEAL

El viaje del veraneante por un día

Muchas generaciones de granadinos tardaron algún tiempo en conocer el mar. Para ellos, el mar era el Genil y el viaje comenzaba muy temprano, casi de madrugada, para coger buen sitio en el tranvía de la Sierra cargado con más remolques de los habituales y con viajeros hasta en los estribos. El día preferido para la escapada era la fiesta del 18 de julio, pero también valía cualquier domingo de agosto. Viajaban las familias enteras, con una tortilla de papas, los avíos de una pipirrana y una bota de tinto, lo suficiente para echar el día entre siestas y chapuzones. Los chavales, en calzoncillos o con toscos bañadores de lona, buscaban el lugar donde las aguas del río bajaban rápidas y frescas, mientras los mayores preferían el remanso de alguna poza del Monachil, Aguas Blancas o el Charcón. Era el billete para el veraneo de un día.

Un grupo de niños se baña en el cauce del río Genil. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Un grupo de niños se baña en el cauce del río Genil. Torres Molina/Archivo de IDEAL

Un baño en la fuente

Cuando el calor aprieta, cualquier opción es buena para refrescarse y. cuando no era tan común como ahora hacer la maleta y marcharse a la playa, el frescor de una fuente no era mala opción. Tampoco era la única. Los aguadores que bajaban agua fresca del Avellano o de la fuente de la Bicha, estaban muy solicitados, servida desde las típicas damajuanas al vaso de cristal. Tampoco era extraño ver a algún chico bebiendo directamente del violento chorro de las mangas de riego, ya que para refrescar las calles los riegos eran constantes. Y para refrescar el cuerpo, baños en las piscinas de la capital, del Campo de la Juventud o de Don Simeón,  en el remanso de los ríos o en las fuentes.

Sin embargo, en el verano del año 1947, las fuentes de Granada lucían vacías con sus caños secos y segados. Había sequía y, como medida de ahorro, el ayuntamiento decidió ‘apagarlas’.  Incluso las de la Alhambra, refugio en los días más calurosos, se decidió cortar el suministro los domingos. Esta imagen de Torres Molina de fecha desconocida, reproduce uno de estos momentos.

Chicos juegan en la fuente de la plaza del Campillo. Torres Molina
Chicos juegan en la fuente de la plaza del Campillo. Torres Molina

Las dianas militares de las fiestas del Corpus

Volvían las fiestas  y Granada se despertaba temprano, a las seis de la mañana, oyendo los marciales sones de la diana militar, alegre repiqueteo de las campanas de conventos y parroquias y el fulminante estruendo de los arcabuceros y artilleros de la Alhambra y los del Palacio de Bibataubín.

La diana militar era  uno de los actos más antiguos que se celebraban durante la feria del Corpus. Data de la época de la primera Capitanía General y obedecía a un acuerdo al que llegaron el Ayuntamiento y la autoridad militar con el fin de obtener una armoniosa convivencia entre las poblaciones civiles y militares granadinas, quizás por esto solo tocaban los acordes bélicos ante los edificios de Comandancia militar y el Ayuntamiento y en su desfile por las calles de la ciudad interpretaban una diana de paz a base de piezas musicales del sentir popular.

Antiguamente, el desfile gozaba de una fastuosidad que se fue perdiendo con el tiempo. Soldados con elegantes uniformes, el lujo de plumeros blancos y de ros brillantes que hacían competencia en despedir destellos a los sables pulidos. También se estableció como costumbre que los ciudadanos se situaran ante el Gobierno Militar y era obligado, tras oír el toque de diana, ir a comer unos churros y una copa de aguardiente.

Soldados desfilan en la procesión del Santísimo el 27 de mayo de 1948. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Soldados desfilan en la procesión del Santísimo el 27 de mayo de 1948. Torres Molina/Archivo de IDEAL

El ayuntamiento solían obsequiar con un desayuno a los soldados que formaban parte del pelotón. También les entregaba entradas para los toros, en mejor o peor situación según la categoría militar de cada uno. Además durante las fiestas tenían libertad para salir del cuartel  hasta las doce de la noche. Cuenta un artículo de IDEAL de 1935, que la gran vistosidad de la diana mermó considerablemente al marchar de Granada el Regimiento de Lusitania. Aquellos uniformes tan vistosos que llevaban los soldados, los gorros con vueltas amarillas, los correajes y espuelas proporcionaban prestancia al espectáculo. Cuenta el periódico que en los años 30 el desfile se había reducido a unos cien hombres, vestidos de caqui y que marchaban muy deprisa.

Desde que se fuera el Lusitania, continúa IDEAL, solo tocan diana pública en el Corpus las bandas de música, tambores y trompetas de los Regimiento de Infantería y Artillería. La del primero estaba integrada por 36 músicos a los que se les unía una comitiva de soldados que formaban la banda de cornetas y tambores. El Regimiento de Artillería colaboraba también con la banda de trompetas que se unía con los primeros en la plaza de las Descalzas. Tocan diana e inician su marcha para cubrir el itinerario que solía ser San Matías, Campillo, Carrera del Genil, Reyes Católicos y Ayuntamiento. Tras el desayuno continuaban la marcha hasta Plaza Nueva, calle del Príncipe, Bibrambla, Arco de las Cuchares, Mesones, Duquesa, San Juan de Dios, Triunfo, Gran Vía y vuelta a la plaza de las Descalzas (“toda la ciudad” decía el redactor).

Soldados al paso de la procesión en una imagen de 1954. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Soldados al paso de la procesión en una imagen de 1954. Torres Molina/Archivo de IDEAL

(IDEAL 20 de junio de 1935. Página 19)

Los 50 años del Club Náutico

Motril quería ostentar con dignidad la capitalidad de la Costa del Sol granadina y uno de los proyectos que contó con más apoyos fue la construcción del Club Náutico de la localidad. La idea nació en el verano de 1960, a raíz del ambicioso “Plan Turístico Triangular”. Un grupo de aficionados a los deportes de mar de la provincia sufragaron, por un total de un millón de pesetas, la base de la primera fase de la obra. Carlos Pfeiffer fue el arquitecto encargado del proyecto y el alcalde y procurador en Cortes, Juan Antonio Escribano Castilla, uno de sus impulsores. En 1963 el flamante edificio estaba terminado y el 10 de junio de 1964 se aprovechó una visita del ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, a la provincia (el mismo viaje en el que se inauguró la emisora de la Sierra de Lújar) para realizar la puesta de largo oficial. En un viaje a bordo de un Land Rover de Obras Públicas, el ministro y su séquito llegaron a Motril. Fraga firmó en el libro de honor del Club, se le entregó el nombramiento de primer patrón del puerto y almorzó en el hotel Costa Nevada antes de seguir el camino hacia Almuñécar donde inauguró el modernísimo hotel Caribe. Desde entonces hasta ahora, las instalaciones sociales del Club han recibido la visita de numerosas personalidades, entre ellas los reyes de España que solían frecuentarlo en el transcurso de sus visitas veraniegas a los monarcas Balduino y Fabiola de Bélgica.

La Reina Sofía saluda tras una cena de la Familia Real en las instalaciones del Náutico con Balduino y Fabiola, en una imagen del verano de 1981. Peña
La Reina Sofía saluda tras una cena de la Familia Real en las instalaciones del
Náutico con Balduino y Fabiola,
en una imagen del verano de 1981. Peña