Algunas curiosidades históricas sobre la Semana Santa de Granada

La Segunda República fue un periodo negro en la historia de las cofradías. La Constitución de 1931 estableció la separación de la Iglesia y el Estado. Las continuas crisis y la falta de hermanos menguaron los presupuestos de las hermandades. Además, se prohibieron las procesiones y se limitó la práctica religiosa al interior de los templos. IDEAL, un periódico de la Editorial Católica, vivió su primera Semana Santa en 1933 (se fundó en mayo del 32). Hacía dos años que no se celebraban procesiones,  y no volverían hasta 1935 (aunque al año siguiente, con la Guerra Civil, se suprimieron de nuevo). En aquel año del 33, unos días antes de Pascua, el gobernador de Granada aseguró a la prensa que había recibido un telegrama del Gobierno que avisaba de la derogación del artículo 17 del Reglamento de Espectáculos, y que finalmente aquel año podrían celebrarse desfiles de miércoles a viernes. Pero no fue así, y un año más la ceremonia por parte de las cofradías se limitó a convocar a sus hermanos a actos como la función de palmas del Domingo de Ramos, los oficios  en templos como el Perpetuo Socorro, las adoraciones nocturnas del Viernes Santo o el acompañamiento a la cofradía del Silencio en su Quinario.

Hasta 1931, eran doce las hermandades que desfilaban por las calles de Granada. IDEAL, en su ejemplar del 13 de abril de 1933, publica un reportaje sobre la constitución de las primeras hermandades. Se detiene este artículo en detalles sobre la historia del Santo Entierro y cuenta su estación de penitencia en plena tarde del Viernes Santo y su desfile con guardias municipales de gala, nazarenos a sueldo, personal de sacristías, representantes del clero y autoridades que seguían a los penitentes. Cada año se nombraba una comisión para organizar la procesión que, para sufragar gastos, recorrían los barrios, casa por casa, en busca de donativos. El paso de esta comitiva iba anunciado por los trompetazos a cargo de tres individuos a los que el pueblo llamaba ‘chías’ porque lucían la prenda de ese nombre. Cuenta aquel artículo de IDEAL que un año el dinero recaudado fue tan poco, que estuvo a punto de suspenderse la procesión. José Messeguer, arzobispo de Granada, puso todo su empeño en que esto no ocurriera y organizó a una antigua hermandad que celebraba un víacrucis por el Albaicín y que dio lugar, en el año 1917 a la albaicinera hermandad del Vía Crucis. Salía el Domingo de Ramos de la iglesia del Salvador y subía por las tortuosas calles del barrio para alcanzar al amanecer, entre pitas y chumberas, la ermita de San Miguel.

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Libertad para un preso

Estos cofrades del Vía Crucis tenían otra procesión el Martes Santo en la que recorrían las calles «más modernas» de la capital. Desfilaban las mismas imágenes, la de Jesús con la cruz a cuestas y la de la Virgen. Tapices de Garrigues habían sido previamente colocados en lugares estratégicos para rezar las estaciones. Un año, uno de aquellos tapices se colocó en el edificio del Gobierno Civil de la calle Duquesa. Al llegar la procesión, una comisión de su Junta de Gobierno subió a pedir la libertar de un preso. Después el cortejo se detenía en la calle de la Cárcel, ante la prisión provincial, y el Hermano Mayor exhibía la orden de libertad del elegido que, vestido con túnica y capirote, acompañaba a la procesión hasta la iglesia del Salvador.

El encuentro

En alguna ocasión, el Vía Crucis realizó una ceremonia de encuentro de Jesús con su Madre en el camino del Calvario, una ceremonia que dio origen a la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Descendimiento del Señor. La imagen, la Soledad de Mora, salía de Santa Paula y sus hermanos vestían túnicas de terciopelo negro y capirote de raso amarillo con las insignias bordadas en seda y oro.

 

En 1935, año en el que las procesiones volvieron a la calle en Semana Santa, la Federación de Cofradías contrató a la banda de trompetas de Artillería y a la del Regimiento de Infantería y a cinco cantaores de saetas de «primera fila» para dar brillantez a los desfiles. Procesionaron el Lunes Santo, la Santa Cena y el Rescate; Martes, Vía Crucis y Rosario; el Miércoles, la Humildad y la Esperanza; el Jueves, Santa María de la Alhambra y el Cristo de la Expiración y el Viernes,  la Soledad, Santo Entierro, y el Descendimiento. También cuenta IDEAL que más de veinte mil personas rezaron a las tres de la tarde ante el Señor de los Favores.

 

Al Rescate (1925) o la Santa Cena (1926), se unen Los Dolores (1937), Los Gitanos (1939) el Huerto de los Olivos (1943) las Maravillas (1944), La Aurora, la Borriquilla (1947)… A partir de 1940  se recuperó definitivamente la celebración de la Semana Santa, hasta la fecha, que luce más bonita que nunca. Que la disfruten.

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La ‘Minerva’ del camarada Fermín

Marzo de 1935. Acción Popular preparaba un gran mitin de Gil Robles en el hipódromo de Armilla y las autoridades policiales habían extremado los controles de seguridad. Hacía varios días que circulaban por Granada unos folletos libertarios y había que buscar a sus autores. El 13 de marzo, la policía realizó una batida en un bar de plaza Nueva para detener a los sospechosos de haberlos escrito y distribuido. Uno de ellos consiguió huir. Era Fermín Castillo, pintor de veintidós años y autor de la propaganda anarquista. Fermín implicó en sus andanzas a José Arenas, el joven que fue detenido en la redada, y a otro chico, Arturo Muñoz Toral, que trabajaba como chófer para una «buena familia» granadina. Arenas confesó que en su casa se escondía la máquina ‘Minerva’ de mano con la que se habían publicado los folletos. Pero, cuando llegó la policía, la imprenta había desaparecido. Poco antes de ser detenido, a Castillo le dio tiempo a llevársela a casa de Toral en la calle Solares. Los agentes no tardaron en localizarla, pero sí en trasladarla a la comisaría. Como no cabía todo el material en el coche de los oficiales, tuvieron que pedir ayuda al dueño de un horno cercano, que les prestó uno de sus burros con los que efectuaba el reparto del pan. Sobre las alforjas y monturas, los guardias fueron colocando la máquina, las cajas, los botes de tinta y la demás herramientas. Dos guardias y un agente se encargaron de la conducción. Los primeros se colocaron a los lados del asno, para evitar que volcasen los capachos, mientras el agente, convertido en arriero, tiraba del ronzal. Y así enfilaron a las siete de la mañana, camino de la jefatura.
En el registro de la casa de Fermín encontraron cartas de compañeros de ideología, relaciones de ‘camaradas’ del comité propresos, una carta en la que se hablaba de la puesta en marcha del ‘Comité de acción’ y las planchas de la reciente impresión del periódico ‘La Voz Confederada’.

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Poco cuenta IDEALdel destino de los tres detenidos. Lo que cuenta la historia es que un Fermín Castillo, enlace de la CNT con grupos guerrilleros, murió asesinado en 1947 por delatar a los conocidos maquis hermanos Quero, pero no es posible demostrar, por la información publicada en este periódico si se trataba o no de la misma persona.

Café y afeitado por 2,20 pesetas

– ¿Café y afeitado, señor? Preguntaba el dependiente de un céntrico café de Granada. Ante la respuesta del cliente, el barman gritó:
–¡Uno solo y un repaso!
Luego, sirvió una taza humeante de moka al mismo tiempo que le entregaba al cliente un ticket: «Vale por un rasurado desde las ocho de la mañana a las tres de la tarde. Día…»
Después de tomar el café, el parroquiano preguntó al empleado por el salón de afeitado.
– Está allí al fondo, le dijo.
Al final del antiguo café, ante un enorme espejo que ocupa toda la pared, se afeitan con maquinilla eléctrica cuatro clientes. No había necesidad de esperar mucho. Un muchacho limpiaba la máquina tras su uso lista para el próximo cliente. El sonido de la cafetera se ocultaba tras el murmullo de los rodillos que iba dejando sin barba a los parroquianos.
El periodista preguntó al barman sobre el invento.
–Fue idea del jefe, contestó. El negocio estaba difícil con la crisis. Ahora se vende más café. Los rasurados han duplicado las ventas.
El periodista salió del café eufórico. En diez minutos había desayunado, se había afeitado y había traído a la redacción una noticia original y divertida. Todo por 2,20 pesetas. Fue una mañana del mes de marzo de 1955.

MADRID, 1950
Un barbero afeita a un vendedor de tabaco en una imagen de los años 50. Agencia EFE

 

Plaza Larga cambia de cara

12 de marzo de 1935. Los trabajos para pavimentar la Plaza Larga están a punto de terminar. Más de catorce mil pesetas se gastó el ayuntamiento en unas obras que comenzaron a mediados del mes de enero de aquel año y en las que se empleaban, cada día, entre ocho y diez obreros (los últimos días de la obra el número de trabajadores se redujo a seis. Ojo, fueron despedidos por sorteo). En un principio se pensó en pavimentar toda la plaza dejando una acera que la rodeara para el tránsito de peatones, pero este proyecto se desechó por lo imposible que hubiera resultado regular el tráfico. Definitivamente se decidió construir una calzada de tres metros y medio de ancho, alrededor de la plaza para facilitar la circulación de antomóviles “y carros”.

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En el centro se construyó un paseo en forma de andén y rodeándolo, una cenefa con piedrecitas blancas y grises de empedrado artístico con el que también se decorará la parte central de la plaza.

Según la crónica del periódico, parece que los vecinos se alegraron mucho de la desaparición de los seis árboles que estaban plantados, más altos que muchas edificaciones de la vía, y que se talaron. Al parecer, y siempre según la crónica “la extensión de las ramas era tan extraordinaria que tapaban las buenas perspectivas y rompen la estética”. Los árboles se sustituyeron por diez tilos colocados en los laterales del paseo-andén.

Al mismo tiempo se pavimentó el entorno del Arco de las Pesas “para que quede en este tramo de la calle un apartadero de vehículos”.

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El avión que se estrelló en Jérez

 

Una violenta ventisca de nieve azotaba el rostro y pretendía derribar al caminante ya sometido al duro esfuerzo de avanzar sobre la blanda y profunda capa blanca que cubría la montaña». Pero las extremas condiciones meteorológicas no fueron un impedimento para los voluntarios, vecinos de Jérez del Marquesado, médicos de los pueblos de la zona y guardias civiles que integraron el equipo de socorro.  Tenían que llegar hasta la zona conocida como del Picón, donde a las nueve de la noche del 8 de marzo de 1960, había caído un avión de las  Fuerzas Aéreas norteamericanas.

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El accidente pudo haber sido una catástrofe, pero la pericia del piloto, que logró un aterrizaje en una zona relativamente llana y cubierta de nieve, evitó lo peor y se saldó con 28 heridos de los 30 ocupantes del aparato. Dos de ellos,  que resultaron ilesos en el choque, el teniente John Schulick y el cabo Konia Adi, fueron a buscar ayuda y caminaron durante más de cinco horas por senderos desconocidos hasta llegar al pueblo del Marquesado.

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Cuenta la crónica de IDEAL que como en Jérez nadie les entendía, las autoridades pidieron ayuda telefónica al cercano pueblo minero de Alquife.  Pero fue la valentía de los vecinos la clave para el rescate, porque permitió sacarlos de allí pese a las malas condiciones, y  se volcaron después en sus cuidados. Meses más tarde, el embajador norteamericano visitó el pueblo para agradecer el gesto heroico que salvó a sus compatriotas.

 

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Alberti entró en Granada

Del mejor amigo, por los arrayanes.

Sangre por el Darro, por el Genil sangre.

Nunca vi Granada.

Si altas son las torres, el valor es alto. Venid por montañas, por mares y campos.

Entraré en Granada»

Alberti
Rafael Alberti había prometido a García Lorca que vendría a Granada. Tras la muerte del amigo, la promesa quedó en el aire. El 25 de febrero de 1980, al pie de la Puerta de Elvira, el alcalde de la ciudad, Antonio Jara, recibía al ‘primo’ de Federico con una bandera blanca y verde. «Este es un momento para sentir, más que para razonar», dijo el primer edil. El gaditano, con la emoción de la promesa cumplida, recibió las llaves de la ciudad. Al cruzar el arco, Alberti inclinó la cabeza y de lo alto del muro se lanzaron banderitas verdiblancas. Luego subió a la Alhambra donde se sintió como un niño jugando en el país de las maravillas. «¡Qué cosa loca, qué maravilla!» decía mientras acariciaba, con un amor entrañable, los arabescos de la Alhambra. Más tarde fue aclamado junto a Santiago Carrillo en un mitin en la plaza Bib Rambla en el que pidió el ‘sí’ para el referéndum andaluz que se celebraría un par de días más tarde.  El mitin del PCE comenzó con un beso en la mejilla a la niña, que en nombre de la ciudad, le entregó un ramo de claveles rojos. Y recordó, con voz grave y mirada al infinito, su amistad con García Lorca y recitó la ‘Balada del que nunca fue a Granada’ ante el silencio expectante de los más de diez mil asistentes.
Alberti volvería a Granada en varias ocasiones. En aquellas visitas se encontró con un grupo de jóvenes poetas, de la llamada Otra Sentimentalidad (Benjamín Prado, Luis García Montero, Álvaro Salvador, Joaquín Sabina, Javier Egea o Luis Muñoz) que leyeron poemas con Rafael en La Tertulia.

En 1986 con Luis García Montero, Javier Egea, Rafael Alberti, Martín Olid, Joaquín Sabina y Benjamín Prado en la presentación, en el Palacio de los Condes de Gabia de la colección "Maillot Amarillo". Charo Valenzuela/Archivo de IDEAL
En 1986 con Luis García Montero, Javier Egea, Rafael Alberti, Martín Olid, Joaquín Sabina y Benjamín Prado en la presentación, en el Palacio de los Condes de Gabia de la colección “Maillot Amarillo”. Charo Valenzuela/Archivo de IDEAL

En junio de 1980 se le hermana con Pablo Neruda y en 1989 con  Federico. Ofrece un recital en la Alhambra: «Nunca he sentido el eco de mi voz resonar más armoniosamente que junto al viejo romance de la pérdida de Alhama», decía en ‘La arboleda perdida’. Alberti fue doctor honoris causa por la UGR.

En 1983, con Fernando Quiñones y Juan de Loxa
En 1983, con Fernando Quiñones y Juan de Loxa

 

De Guardia Civil a Chorrojumo

Corría el mes de febrero de 1950. IDEAL publicaba en la contraportada una imagen de un hombre tocado con un sombrero cordobés, capa española y anchísima faja grana. Lleva en su mano un raro bastón con dos cabezas artísticamente talladas. Se llamaba Enrique García Roldán y era un aspirante al trono calé que dejó vacante el mítico Chorrojumo tras su muerte en 1906.

Una saga de Chorrojumos

No fue el primero que quiso heredar el título de ‘rey de los gitanos’. Eran muchos los que lo imitaban y, ataviados con un pañuelo de colores, chaquetilla de botones y calzones adornados con caireles posaban, con una varilla de avellano en  la mano, con los turistas a cambio de unas monedas. Lo curioso de la historia de Enrique García Roldán es que, al parecer, era un antiguo Guardia Civil que todavía vivía en la casa cuartel de la Benemérita en Úbeda y que se había hecho muy popular unos años antes porque aseguraba que, a diez metros de profundidad, bajo la Fuente de los Leones, había un tesoro oculto. De nada le valió, dice el redactor de IDEAL en su crónica, que le advirtieran que, no siendo gitano mal podía aspirar al nombramiento. García Roldán ya había escrito una carta al alcalde solicitando el cargo y pidiéndole ser coronado en las fiestas del Corpus «un número interesantísimo para la atracción de turistas», comentaba el buen hombre. El candidato a ‘rey de los gitanos’ rozaba los setenta años y se ganaba la vida de recadero entre su pueblo natal y la capital granadina. Enrique todavía esperaba el permiso municipal para buscar su tesoro (lo había solicitado en agosto de 1948), una cantidad fabulosa de lingotes de oro guardados en un arca de hierro. Tenía previsto comenzar a excavar en un subterráneo que había descubierto en los solares de  la antigua casa de los juzgados en Plaza Nueva.

 

Uno de los sucesores de Chorrojumo, conservando su atuendo pintoresco junto a un grupo de turistas.
Uno de los sucesores de Chorrojumo, conservando su atuendo pintoresco junto a un grupo de turistas.

 

“Estás más negro que Chorrojumo”

Chorrojumo se llamaba Mariano Fernández Santiago.   Andrés Cárdenas, contó así en IDEAL la historia de este personaje: “Parece ser que quién descubre el “glamour” gitano de Chorrojumo (le llamaban así porque su piel tenía el color de un chorro de humo) es el pintor Mariano Fortuny, que en un paseo por el Sacromonte ve en una fragua a tres hombres trabajando el hierro. Corría el año 1868 y el pintor había venido a Granada en viaje de novios. Eran tres gitanos harapientos que machacaban un hierro al rojo vivo a base de martillazos. «Uno de ellos tenía la piel del color del cuero viejo, unas enormes patillas que bordeaban su boca y unos ojos del color del acero. Ese era Chorrojumo», dice Manuel Anguita.
Fue este pintor (que curiosamente era tocayo del gitano) el que le metió en la cabeza que él, con su pintoresca figura, podría vivir de otra forma que no fuera la fragua. Para ello, con la intención de hacerle posar para él, convence al gitano para que se hiciera un traje con polainas, camisa de chorreras y sombrero de catite, como si fuese de otro siglo. Él mismo pintor le pagaría el traje a cambio de que posara para él, cosa que hizo para numerosos cuadros en los que está inmortalizada la figura del popular calé. Fue entonces cuando nació el mito de Chorrojumo, quizás el personaje más pintoresco de cuantos han nacido en Granada.

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Mariano Fernández Santiago, Chorrojumo, nació en 1824 y a los 19 años fue llamado para servir al rey. «Él mismo se vanagloriaba de haber sido uno de los pocos gitanos que habían ido al ejército», dice Manuel Anguita. A su vuelta, Chorrojumo se casó con Dolores Román, también gitana del Sacromonte y tan pobre como él. Del matrimonio nacieron seis hijos, que se ganan el sustento diario pidiendo a los turistas extranjeros que llegaban a ver la Alhambra.
Cuando Chorrojumo dejó la fragua familia para dedicarse a vivir de las limosnas, tenía 46 años. Tan popular llegó a ser que era continuamente buscado por personas que venían a Granada. «Llegó a ser un reclamo turístico importante. Junto a la Alhambra, los turistas que venían, por supuesto no tantos como ahora, querían fotografiarse con él. En aquellos años, sin duda, era el granadino más fotografiado», dice Francisco Ruiz, antropólogo autor de un estudio sobre las cuevas del Sacromonte. Ruiz señala que tal vez eso, el que fuera constantemente reclamado, fue lo que hizo que «se le subieran un poco los humos», dice en plan irónico. De “Príncipe de los Gitanos” pasó a llamarse “Rey de los Gitanos” e incluso se agenció un cetro hecho con una vara de almendro. También, gracias a los beneficios que sacaba limosneando, dejó de vivir en el Sacromonte y se mudó a una humilde casa al final del callejón Niños del Royo. «Su popularidad era tanta que llegó a ser el granadino más conocido. Vendía postales con las fotografías que le habían hecho García Ayola o Camino, grandes retratistas granadinos, en mil poses diferentes», dice Ruiz.
Decadencia
Igualmente eran populares las historias que contaba sobre la Alhambra y que alguien le había contado a él. Muchas de estas historias ya habían sido escritas por Washington Irving pero él las contaba como propias. Tenía una buena y atractiva voz y dejaba a mucha gente extasiada cuanto contaba historias sobre el monumento nazarí», dice Antonio Rodríguez, profesor de Historia.
Así, pidiendo y posando para todos aquellos que querían fotografiarse a su lado, estuvo viviendo mucho tiempo, hasta que vino la decadencia.
Él mismo, en un escrito que envía al gobernador, se queja de que a comienzos de 1900 es llevado varias veces a la cárcel porque había quien pensaba que se ganaba la vida ilegalmente engañando a los turistas. «En los años finales de su vida todo fue amargura. Se quedó casi ciego. Por otra parte le salieron algunos competidores que se vestían como él y que confundían a la gente. El negocio se le vino abajo», dice Manuel Anguita.
El 10 de diciembre de 1906 sufrió un infarto cerebral cuando subía por el Paseo de la Alhambra. Cayó al suelo como fulminado por un rayo. Tenía 82 años. Había muerto Chorrojumo, “Rey de los gitanos” y “Señor de los bosques de la Alhambra” (“Estás más negro que Chorrojumo”. Andrés Cárdenas IDEAL 17/03/2010)

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El pintor que quiso soñar

Tenía nombre de detective de una novela de Raymond Chandler y su muerte podría haber sido uno de los casos investigados por Marlowe. El lugar: una habitación de una humilde fonda de la calle San Matías. Granada, 6 de febrero de 1935. El cadáver yacía sobre la cama. Una funda de hule le cubría la cabeza y tenía una mascarilla sobre su boca y nariz. Los brazos estaban cruzados sobre el pecho. Vestía  un pantalón de paño grueso, chaleco gris, camisa rosa desabrochada y corbata anudada. En la mesita de noche, había un frasco pequeño de unos 100 gramos de una extraña sustancia que olía a acetona, un paquete de cigarrillos canarios largos junto  a un cenicero repleto de colillas y un librito sin pastas en cuya primera hoja se leía «Capítulo I. El culto a Satán». No llevaba zapatos y un abrigo cubría sus pies. En la americana cuidadosamente colgada sobre el respaldo de una silla, los guardias encontraron una cartera con documentos y un pasaporte. En su maleta se ocultaban una pistola pequeña, una caja de cápsulas y las facturas de varias fondas de Málaga y Motril. El pálido cadáver correspondía a Philip Bauer Parker, pintor de San Diego, California, de 39 años. Llevaba muerto unas diez horas. Había llegado a Granada el 4 de febrero y había pagado la habitación por adelantado. Pero el misterio no fue tal. La autopsia descubrió que el norteamericano había muerto de un síncope producido por asfixia cuando aspiraba cloroformo para llegar a un sueño artificial. «No quiso suicidarse sino soñar», contaba la crónica de IDEAL. Lo sepultaron en el cementerio de San José en un «entierro de pobre» costeado por el ayuntamiento de Granada.

Carlos Hernández
Carlos Hernández

Feliz día de nieve

Ya no nieva como antes… así que, a la espera de que los copos cubran de blanco la Gran Vía, les dejo esta bonita panorámica de Torres Molina que publicó IDEAL el 17 de diciembre de 1960 de la plaza del Triunfo. Una imagen histórica, pues fue la primera nevada de un paseo que se inauguró unos días antes, el 8 de diciembre de aquel año.

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Granada sube al Monte

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Cuenta la historia que a finales del siglo XVI, coincidiendo con una gran epidemia de peste los reinos de Sevilla, Galicia y Granada, aparecieron en el Sacromonte las reliquias de SanCecilio, el primer obispo de Granada, y sus compañeros mártires, que habían venido a predicar el Evangelio. Junto a los restos, se encontraron los libros plúmbeos que contaban las doctrinas del Santo, un sincretismo de las islámicas y cristianas con un fondo monoteísta. Para salvar a la población de la violenta epidemia, el Cabildo pidió protección a los Santos Mártires con un voto solemne por el que la ciudad subiría todos los años, cada 1 de febrero, a ofrecerle al Patrón una ofrenda de incienso y flores. Y así ha sido desde entonces. Aunque en los años 60 la celebración perdió el esplendor de antaño, a finales de los setenta el ayuntamiento se preocupó por poner en valor una tradición tan popular y granadina, recuperándose la ceremonia tal y como se planteó en sus orígenes: un acto cívico religioso con un estricto ritual (elección de comisarios por parte del Ayuntamiento y Abadía, visitas protocolarias, ceremonial durante la procesión y eucaristía…), al que suceden festejos populares en la explanada frente a la Abadía, mientras se degustan las tradicionales habas con ‘salaíllas’ regadas por vino mosto granadino. La tradición, incluía la invitación a las autoridades de tortilla del Sacromonte, jamón con habas y glorias de bizcochos del convento de Zafra.

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A partir del año 91 el ayuntamiento trasladó la celebración al primer domingo de febrero para mantener como fiesta el día del Corpus. Y una curiosidad para cumplir con la efeméride de hoy: en 1935, hace ahora 80 años, se abrieron por primera vez desde 1599 las cuevas en cuyas galerías subterráneas cuenta la leyenda que fue martirizado el copatrón de la ciudad y los siete mártires. Hasta ese día, la visita sólo podía realizarse el día de la Candelaria.

 

También forma parte de la tradición el besar la milagrosa piedra que tiene la virtud de conseguir casamiento, aunque es justo decir que cerca de ella hay otra que produce el efecto contrario y logra el ‘divorcio’ instantáneo para quien la toque.

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Más información:

 

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