De Guardia Civil a Chorrojumo

Corría el mes de febrero de 1950. IDEAL publicaba en la contraportada una imagen de un hombre tocado con un sombrero cordobés, capa española y anchísima faja grana. Lleva en su mano un raro bastón con dos cabezas artísticamente talladas. Se llamaba Enrique García Roldán y era un aspirante al trono calé que dejó vacante el mítico Chorrojumo tras su muerte en 1906.

Una saga de Chorrojumos

No fue el primero que quiso heredar el título de ‘rey de los gitanos’. Eran muchos los que lo imitaban y, ataviados con un pañuelo de colores, chaquetilla de botones y calzones adornados con caireles posaban, con una varilla de avellano en  la mano, con los turistas a cambio de unas monedas. Lo curioso de la historia de Enrique García Roldán es que, al parecer, era un antiguo Guardia Civil que todavía vivía en la casa cuartel de la Benemérita en Úbeda y que se había hecho muy popular unos años antes porque aseguraba que, a diez metros de profundidad, bajo la Fuente de los Leones, había un tesoro oculto. De nada le valió, dice el redactor de IDEAL en su crónica, que le advirtieran que, no siendo gitano mal podía aspirar al nombramiento. García Roldán ya había escrito una carta al alcalde solicitando el cargo y pidiéndole ser coronado en las fiestas del Corpus «un número interesantísimo para la atracción de turistas», comentaba el buen hombre. El candidato a ‘rey de los gitanos’ rozaba los setenta años y se ganaba la vida de recadero entre su pueblo natal y la capital granadina. Enrique todavía esperaba el permiso municipal para buscar su tesoro (lo había solicitado en agosto de 1948), una cantidad fabulosa de lingotes de oro guardados en un arca de hierro. Tenía previsto comenzar a excavar en un subterráneo que había descubierto en los solares de  la antigua casa de los juzgados en Plaza Nueva.

 

Uno de los sucesores de Chorrojumo, conservando su atuendo pintoresco junto a un grupo de turistas.
Uno de los sucesores de Chorrojumo, conservando su atuendo pintoresco junto a un grupo de turistas.

 

“Estás más negro que Chorrojumo”

Chorrojumo se llamaba Mariano Fernández Santiago.   Andrés Cárdenas, contó así en IDEAL la historia de este personaje: “Parece ser que quién descubre el “glamour” gitano de Chorrojumo (le llamaban así porque su piel tenía el color de un chorro de humo) es el pintor Mariano Fortuny, que en un paseo por el Sacromonte ve en una fragua a tres hombres trabajando el hierro. Corría el año 1868 y el pintor había venido a Granada en viaje de novios. Eran tres gitanos harapientos que machacaban un hierro al rojo vivo a base de martillazos. «Uno de ellos tenía la piel del color del cuero viejo, unas enormes patillas que bordeaban su boca y unos ojos del color del acero. Ese era Chorrojumo», dice Manuel Anguita.
Fue este pintor (que curiosamente era tocayo del gitano) el que le metió en la cabeza que él, con su pintoresca figura, podría vivir de otra forma que no fuera la fragua. Para ello, con la intención de hacerle posar para él, convence al gitano para que se hiciera un traje con polainas, camisa de chorreras y sombrero de catite, como si fuese de otro siglo. Él mismo pintor le pagaría el traje a cambio de que posara para él, cosa que hizo para numerosos cuadros en los que está inmortalizada la figura del popular calé. Fue entonces cuando nació el mito de Chorrojumo, quizás el personaje más pintoresco de cuantos han nacido en Granada.

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Mariano Fernández Santiago, Chorrojumo, nació en 1824 y a los 19 años fue llamado para servir al rey. «Él mismo se vanagloriaba de haber sido uno de los pocos gitanos que habían ido al ejército», dice Manuel Anguita. A su vuelta, Chorrojumo se casó con Dolores Román, también gitana del Sacromonte y tan pobre como él. Del matrimonio nacieron seis hijos, que se ganan el sustento diario pidiendo a los turistas extranjeros que llegaban a ver la Alhambra.
Cuando Chorrojumo dejó la fragua familia para dedicarse a vivir de las limosnas, tenía 46 años. Tan popular llegó a ser que era continuamente buscado por personas que venían a Granada. «Llegó a ser un reclamo turístico importante. Junto a la Alhambra, los turistas que venían, por supuesto no tantos como ahora, querían fotografiarse con él. En aquellos años, sin duda, era el granadino más fotografiado», dice Francisco Ruiz, antropólogo autor de un estudio sobre las cuevas del Sacromonte. Ruiz señala que tal vez eso, el que fuera constantemente reclamado, fue lo que hizo que «se le subieran un poco los humos», dice en plan irónico. De “Príncipe de los Gitanos” pasó a llamarse “Rey de los Gitanos” e incluso se agenció un cetro hecho con una vara de almendro. También, gracias a los beneficios que sacaba limosneando, dejó de vivir en el Sacromonte y se mudó a una humilde casa al final del callejón Niños del Royo. «Su popularidad era tanta que llegó a ser el granadino más conocido. Vendía postales con las fotografías que le habían hecho García Ayola o Camino, grandes retratistas granadinos, en mil poses diferentes», dice Ruiz.
Decadencia
Igualmente eran populares las historias que contaba sobre la Alhambra y que alguien le había contado a él. Muchas de estas historias ya habían sido escritas por Washington Irving pero él las contaba como propias. Tenía una buena y atractiva voz y dejaba a mucha gente extasiada cuanto contaba historias sobre el monumento nazarí», dice Antonio Rodríguez, profesor de Historia.
Así, pidiendo y posando para todos aquellos que querían fotografiarse a su lado, estuvo viviendo mucho tiempo, hasta que vino la decadencia.
Él mismo, en un escrito que envía al gobernador, se queja de que a comienzos de 1900 es llevado varias veces a la cárcel porque había quien pensaba que se ganaba la vida ilegalmente engañando a los turistas. «En los años finales de su vida todo fue amargura. Se quedó casi ciego. Por otra parte le salieron algunos competidores que se vestían como él y que confundían a la gente. El negocio se le vino abajo», dice Manuel Anguita.
El 10 de diciembre de 1906 sufrió un infarto cerebral cuando subía por el Paseo de la Alhambra. Cayó al suelo como fulminado por un rayo. Tenía 82 años. Había muerto Chorrojumo, “Rey de los gitanos” y “Señor de los bosques de la Alhambra” (“Estás más negro que Chorrojumo”. Andrés Cárdenas IDEAL 17/03/2010)

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El pintor que quiso soñar

Tenía nombre de detective de una novela de Raymond Chandler y su muerte podría haber sido uno de los casos investigados por Marlowe. El lugar: una habitación de una humilde fonda de la calle San Matías. Granada, 6 de febrero de 1935. El cadáver yacía sobre la cama. Una funda de hule le cubría la cabeza y tenía una mascarilla sobre su boca y nariz. Los brazos estaban cruzados sobre el pecho. Vestía  un pantalón de paño grueso, chaleco gris, camisa rosa desabrochada y corbata anudada. En la mesita de noche, había un frasco pequeño de unos 100 gramos de una extraña sustancia que olía a acetona, un paquete de cigarrillos canarios largos junto  a un cenicero repleto de colillas y un librito sin pastas en cuya primera hoja se leía «Capítulo I. El culto a Satán». No llevaba zapatos y un abrigo cubría sus pies. En la americana cuidadosamente colgada sobre el respaldo de una silla, los guardias encontraron una cartera con documentos y un pasaporte. En su maleta se ocultaban una pistola pequeña, una caja de cápsulas y las facturas de varias fondas de Málaga y Motril. El pálido cadáver correspondía a Philip Bauer Parker, pintor de San Diego, California, de 39 años. Llevaba muerto unas diez horas. Había llegado a Granada el 4 de febrero y había pagado la habitación por adelantado. Pero el misterio no fue tal. La autopsia descubrió que el norteamericano había muerto de un síncope producido por asfixia cuando aspiraba cloroformo para llegar a un sueño artificial. «No quiso suicidarse sino soñar», contaba la crónica de IDEAL. Lo sepultaron en el cementerio de San José en un «entierro de pobre» costeado por el ayuntamiento de Granada.

Carlos Hernández
Carlos Hernández

Feliz día de nieve

Ya no nieva como antes… así que, a la espera de que los copos cubran de blanco la Gran Vía, les dejo esta bonita panorámica de Torres Molina que publicó IDEAL el 17 de diciembre de 1960 de la plaza del Triunfo. Una imagen histórica, pues fue la primera nevada de un paseo que se inauguró unos días antes, el 8 de diciembre de aquel año.

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Granada sube al Monte

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Cuenta la historia que a finales del siglo XVI, coincidiendo con una gran epidemia de peste los reinos de Sevilla, Galicia y Granada, aparecieron en el Sacromonte las reliquias de SanCecilio, el primer obispo de Granada, y sus compañeros mártires, que habían venido a predicar el Evangelio. Junto a los restos, se encontraron los libros plúmbeos que contaban las doctrinas del Santo, un sincretismo de las islámicas y cristianas con un fondo monoteísta. Para salvar a la población de la violenta epidemia, el Cabildo pidió protección a los Santos Mártires con un voto solemne por el que la ciudad subiría todos los años, cada 1 de febrero, a ofrecerle al Patrón una ofrenda de incienso y flores. Y así ha sido desde entonces. Aunque en los años 60 la celebración perdió el esplendor de antaño, a finales de los setenta el ayuntamiento se preocupó por poner en valor una tradición tan popular y granadina, recuperándose la ceremonia tal y como se planteó en sus orígenes: un acto cívico religioso con un estricto ritual (elección de comisarios por parte del Ayuntamiento y Abadía, visitas protocolarias, ceremonial durante la procesión y eucaristía…), al que suceden festejos populares en la explanada frente a la Abadía, mientras se degustan las tradicionales habas con ‘salaíllas’ regadas por vino mosto granadino. La tradición, incluía la invitación a las autoridades de tortilla del Sacromonte, jamón con habas y glorias de bizcochos del convento de Zafra.

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A partir del año 91 el ayuntamiento trasladó la celebración al primer domingo de febrero para mantener como fiesta el día del Corpus. Y una curiosidad para cumplir con la efeméride de hoy: en 1935, hace ahora 80 años, se abrieron por primera vez desde 1599 las cuevas en cuyas galerías subterráneas cuenta la leyenda que fue martirizado el copatrón de la ciudad y los siete mártires. Hasta ese día, la visita sólo podía realizarse el día de la Candelaria.

 

También forma parte de la tradición el besar la milagrosa piedra que tiene la virtud de conseguir casamiento, aunque es justo decir que cerca de ella hay otra que produce el efecto contrario y logra el ‘divorcio’ instantáneo para quien la toque.

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Más información:

 

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El año que se suspendió el Mundial de Esquí

La decepción por el aplazamiento del Mundial de Esquí duró poco.  Tras semanas de incertidumbre por falta de nieve, Sierra Nevada lamentó el desvanecimiento de un sueño y se agarró con fuerza a la esperanza de ‘Sierra Nevada 96’. Se cumplen  ahora 20 años de aquella tarde del 26 de enero de 1995 cuando Gianfranco Kasper, secretario general de la Federación Internacional de Esquí, leyó en directo en TVE la declaración oficial que cancelaba y posponía el evento deportivo. «Hasta el último momento estuvimos haciendo lo que estaba previsto en el programa del Mundial pero notabas que la gente de la organización tenía una expresión oscura en el rostro», comentaba a este periódico un trabajador de la estación. La consejería de Hacienda cuantificó unas ‘no ganacias’ de 600 millones de pesetas  (siempre según la información publicada en IDEAL los días de la noticia). Por su parte, comerciantes y hoteleros evaluaron su perjuicio en 1.500 millones de pesetas. El día 29 de enero, fecha prevista para la celebración de los Campeonatos del Mundo, los Reyes visitaron la ciudad para mostrar su apoyo, dar ánimos a los granadinos e invitar al mundo entero a los Mundiales de Esquí Alpino Sierra Nevada 96 que fueron un éxito, de público y nieve.

Trabajadores de la estación arrían las banderas de un Camoeonato que no llegó a celebrarse. Hubo que esperar un año, para ver a Granada en la élite de esquí mundial. González Molero/Archivo de IDEAL
Trabajadores de la estación arrían las banderas de un Campeonato que no llegó a celebrarse. Hubo que esperar un año, para ver a Granada en la élite de esquí mundial. González Molero/Archivo de IDEAL

‘Nueve vueltas’ por San Antón

Lamentaba un cronista de IDEAL en los años 50 que poco quedaba ya de la castiza fiesta de San Antón. Se mantenía la costumbre de almorzar las habas con los menudos del cerdo, pero había desaparecido la tradición de las ‘nueve vueltas’ (en otros lugares son siete) alrededor de la ermita (que se encontraba por la Avenida de Cervantes) para contemplar, comparar y, si se podía, comprar, los mejores caballos y mulas, barrocamente enjaezadas y, una vez celebrado el  rito, desperdigarse por los olivares cercanos donde las mozas, que no solían estar libres de carabina, aguardaban para ofrecer una demostración de sus habilidades culinarias. Antaño, la gente solía salir a comer al campo, a los ventorrillos de ‘La Pulga’ o de la Bola de Oro para pasar el día tratando de digerir tan suculento banquete.  De la Torre Lacum, contó en IDEAL que era día de merienda al camino de Quinta Alegre en carretas con guitarras dirección al camino de Huétor.

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En Granada la tradición se ha convertido en un guiso, pero la devoción por el Santo continúa en otros lugares. En 1995, los vecinos de Monachil sacaron al santo en procesión hasta el paraje de la Era del Portachuelo para pedir una nevada. El Santo no tuvo la culpa, pero no nevó y los Mundiales de esquí se aplazaron hasta el año siguiente.

Procesión de San Antón en Monachil para pedir al santo que nieve para poder celebrar los campeonatos del mundo de Sierra Nevada. 18 de enero de 1995 Ramón L. Pérez /Archivo de IDEAL
Procesión de San Antón en Monachil para pedir al santo que nieve para poder celebrar los campeonatos del mundo de Sierra Nevada. 18 de enero de 1995 Ramón L. Pérez /Archivo de IDEAL

El incendio de la iglesia de San Cecilio

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Hace poco más de 45 años que ocurrió. Los niños de San Ildefonso habían cantado el ‘gordo’, que aquel año pasó de puntillas por Granada, y la ciudad se preparaba para celebrar la Navidad. En la Iglesia de San Cecilio en el Realejo, los padres Claretianos habían decorado su parroquia con un pequeño belén que colocaron en la capilla de la Virgen de la Salud junto a una guirnalda de luces intermitentes que provocaría una catástrofe. A las dos y media de la tarde del 22 de diciembre de 1969, la iglesia comenzó a arder. A pesar de la rápida intervención de los sacerdotes que estaban en el templo a la hora del suceso y la urgencia con la que actuaron los bomberos, que entonces tenían parque en la calle Parra Alta, el fuego se extendió rápidamente por el artesonado, retablo y altares destruyéndolo por completo.

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La iglesia, que había sido remozada y ‘modernizada’ unos años antes (se habían cambiado bancos e instalado calefacción), se quedó prácticamente en los muros. Su interior amaneció destrozado por las llamas. Quedaron negras sus capillas y sus paredes. En uno de los más evocadores rincones de Granada, el fuego desmanteló una iglesia. «Se destruyó el artesonado, sufrieron las pinturas que colgaban de las paredes y las esculturas se conservaron gracias a que el bulto redondo es más fácil de transportar y la colaboración de vecinos, cofrades y los propios religiosos hizo que se salvara mucho patrimonio», comenta el historiador del arte Emilio Caro, que conoce bien la historia de la parroquia y su patrimonio. Se salvó el Santísimo y el archivo que data de 1518. Se sacaron los bancos para facilitar las idas y venidas por las naves y se protegieron las imágenes. La del primitivo Cristo de los Favores, pequeña pero de incalculable valor, que hoy ocupa un espacio junto al altar mayor, perdió su policromía. La talla del patrón San Cecilio, que se encontraba en un espacio de complicado acceso en la parte alta el altar mayor, no pudo sacarse del templo y casi un milagro lo libró del fuego. La Virgen de Belén, de Alonso de Mena, originaria del convento de la Merced, vio también deslucida su policromía. Las titulares de la hermandad de los Favores mostraban algunos signos de la exposición al calor, pero estaban a salvo.

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No ocurrió lo mismo con el artesonado mudéjar y las pinturas. No había un inventario de los bienes que acogía el templo, pero más o menos se sabía lo que estaba colgado. El fuego destruyó el retablo decorado con pasajes de la vida de San Cecilio obra de Pedro de Raxis, un cuadro del Cristo de la Columna firmado por José Risueño y otras obras procedentes del convento de los Mártires. A las cinco de la tarde el fuego ya estaba controlado. El arroyo que había formado el agua utilizada para su extinción corría cuesta abajo más allá de la calle Molinos.

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La restauración
Desde el primer momento hubo una implicación de las administraciones, Ayuntamiento y Dirección General de Bellas Artes, y las obras, aunque complicadas, comenzaron pronto. Prieto Moreno dirigió la intervención que se desarrolló relativamente rápido. Se trabajó en el artesonado mudéjar, que se reconstruyó pero sin policromar, como estaba en origen. El escultor Domingo Sánchez Mesa se encargó de ‘rejuvenecer’ la imagen del patrón y «poco a poco la parroquia fue recuperando imágenes. Algunas llegaban de otras parroquias, e incluso el arzobispo Emilio Benavent hizo alguna aportación», apunta Mario Camacho, párroco hasta hace unos días de San Cecilio. No obstante, fue un trabajo atropellado y en algunos aspectos desafortunado. Sobre todo en cuanto a la fachada: «Ha sufrido mucho en las últimas décadas. Había una zona baja con una simulación de base de piedra (que ya es una intervención, probablemente del siglo XIX). Se ha utilizado cemento, que es malo para la restauración. Ventanas que se movieron de sitio con lo que se han creado huecos que no estaban originariamente», describe Emilio Caro.

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Una nueva ‘puesta a punto’
Si en los años 70 la parroquia contó con la solidaridad de administraciones y fieles para su rehabilitación, Mario Camacho vuelve a pedir ayuda a los granadinos para una nueva intervención en el templo que devuelva a la fachada el esplendor que lucía antes de aquel fatídico suceso. «Tenemos todos los permisos, lo único que falta es empezar ya. Queremos comenzar de forma inmediata, siempre que el tiempo nos lo permita, ya que hay que trabajar en la fachada, pero esperamos que esté listo para la Semana Santa y que los andamios no desluzcan la salida de la hermandad». La primera parte de la intervención está centrada en la portada para que no alcance más deterioro. En la fachada «hay decoraciones incisas en la superficie y sobre eso se pinta. Es una singularidad de esta iglesia y es lo que permite que la restauración sea más acertada. No se trabaja a ciegas», aclara Caro.
La parroquia y la cofradía financiarán parte de las obras, aunque también se buscan aportaciones de particulares. El coste total es de unos 150.000 euros. «Es importante que el patrón de Granada tenga una iglesia digna. Yo tengo fe en que este proyecto se haga realidad» concluye Camacho al que un problema de salud ha apartado de manera temporal de la administración de San Cecilio. El proyecto de restauración tiene una cuenta en Facebook, donde estar informado sobre del proyecto, y otra en BMN y La Caixa, en la que pueden colaborar con su donativo.

Yo gané el ‘1,2,3’

Una mañana de hace treinta años, José Tamayo recibió en su despacho de la dirección del colegio Federico García Lorca del Zaidín una llamada de Chicho Ibáñez Serrador. Invitaba a su centro escolar a participar en el mítico programa ‘1, 2, 3’, en una edición especial que se emitía cada Navidad y que tenía como protagonistas a los niños.
El director encargó a la señorita Manoli que se hiciera cargo de la selección. Primero se eligieron a veinticuatro alumnos, de ahí quedaron doce y, tras pasar por una pequeña prueba de cultura general, se escogieron a los seis chicos que viajarían a Madrid a conocer el plató del programa más querido de la televisión española. El propio Chicho decidió finalmente que Jorge Iglesias e Inmaculada Romero fueran los representantes granadinos que jugarían con otros chavales de Alicante y de Toledo.

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Jorge e Inma fueron la segunda pareja en contestar a las cuestiones que se planteaban en la primera parte del programa: «Objetos de las fiestas navideñas. 1, 2, 3, responda otra vez», dijo Mayra Gómez Kemp, y los chicos del Zaidín fueron los que ofrecieron el mayor número de aciertos. «Han sido 16 respuestas acertadas a 52 puntos, 832 puntos», apuntó Lidia Boch en su calculadora. En el segundo turno de preguntas, Inma entregó a la presentadora un joyero de taracea granadina obsequio del colegio. «Aquí Chicho podrá poner todas sus joyas, que serán puros», agradeció Mayra. Ganaron 8.320 puntos por contestar a 10 nombres de operaciones aritméticas, «como por ejemplo sumar». Los nombre de afluentes para los ríos que la conductora del programa iba enumerando fue la última de las pruebas de esta primera etapa del concurso que, al ser una edición especial para el público infantil, les llevó directamente a la subasta.

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Jorge Iglesias, aquel chico de 12 años que cursaba séptimo de EGB, lo recuerda con el cariño de haber vivido uno de los momentos especiales de su vida. Las estrellas de la televisión de la época eran los actores que salían en el ‘1, 2, 3’ y en la subasta estaban todos: Beatriz Carvajal, Arévalo, Bigote Arrocet y hasta los Payasos de la tele, «que fue una gran sorpresa», apunta Jorge treinta años más tarde, «porque nadie nos lo había dicho». Los actores y azafatas iban dejando diferentes objetos que los chicos elegían o descartaban con las pistas de las primeras palabras de la tarjetita que los acompañaban: «Y hasta aquí puedo leer», repetía Mayra. El chollo se escondía detrás del gorro de un muñeco de nieve, dos cachorros de San Bernardo eran el regalo del ‘can can’ de Teresa Rabal, unas bicicletas acompañaban una carta a los Reyes Magos… Jorge era más decidido a la hora de descartar los regalos, pero se quedaron con el que a Inma le había gustado desde el principio: el zapato de cristal que les dejó Cenicienta al principio del concurso escondía dos motocicletas que se vinieron a Granada. «Como tenía 12 años no pude estrenarla hasta mucho después. Ahora la estoy restaurando. Es el símbolo de una etapa muy bonita de mi vida». Jorge recuerda que estaba tan nervioso que apenas aplaudía y que Chicho paró la grabación para llamarle la atención y recordarle que no estuviera tan serio, «‘que vas a quedar muy mal cuando te vean en Granada’, dijo y, claro, me puse de todos los colores».

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Recibimiento
Si pasar por el ‘1, 2, 3’ fue inolvidable, el recibimiento lo fue aún más. Todo el colegio les esperaba haciendo un pasillo a las puertas del centro que atravesaron a hombros de sus compañeros. También llegó la prensa y ese chico tímido del Zaidín dejó entonces de serlo.

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Ahora Jorge Iglesias es un zaidinero de pro, empresario, cordial, amable y extrovertido. No ha cesado de luchar por su barrio al que adora. Fundó el club ‘Zaidín 90’, reconocido con el Gorrión de Plata en 2013. «En una época complicada el club cumplió con una importante labor social». En las dos últimas elecciones José Torres Hurtado lo incluyó en su lista electoral y ha formado parte de la junta municipal de distrito y de la asociación de vecinos de la popular barriada. «El Zaidín es el mejor barrio del mundo, es como un pueblo, nos conocemos todos y es muy hospitalario. Todos son bienvenidos».

Jorge Iglesias en su despacho de su empresa Ventanas Icalo. Foto Ramón L. Pérez
Jorge Iglesias en su despacho de su empresa Ventanas Icalo. Foto Ramón L. Pérez

Cantinas escolares

Antes que educar, la República se vio obligada a dar de comer a sus niños. En los primeros años de la década de los treinta cobraron fuerza la creación de colonias escolares, roperos y cantinas. El Ayuntamiento de Granada fundó la Cantinas Escolares en el año 1914 con objeto de repartir comidas gratuitas entre los niños pobres que asistían a las Escuelas Nacionales y del Ave María. La institución benéfica pasó por unos años de inestabilidad hasta que, a partir del año 31 comienzan  a funcionar con regularidad. En la capital, la comida que se servía en los comedores escolares se elaboraba en la ‘Cocina Económica’ regentada por las Mercedarias, que cocinaban las raciones a un precio de treinta y cinco céntimos. Se hacían a base de potaje de garbanzos, habichuelas y lentejas con trozos de chorizo o tocino. Dos veces a la semana se servía cocido, «pues la experiencia ha demostrado que los potajes agradan mucho más a los escolares», contaba IDEAL en un artículo sobre las Cantinas publicado el 18 de diciembre de 1934. En aquel año se servían comida en 25 escuelas. Eran 922 raciones, aunque comían unos 1.400 niños. Montejícar, Víznar o Güéjar fueron algunos de los municipios en los que comenzó a funcionar un comedor en aquel frío mes de diciembre de hace 80 años.

Niños almuerzan en el comedor del asilo de San Rafael en una imagen de fecha desconocida. Foto Romero/Archivo de IDEAL
Niños almuerzan en el comedor del asilo de San Rafael en una imagen de fecha desconocida. Foto Romero/Archivo de IDEAL

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Un robo ‘elegante’

Corría el mes de diciembre de 1934 y un  grupo de malhechores planeaba en Granada el ‘atraco del siglo’. El objetivo era la joyería ‘La Purísima’, local que los hermanos López Secano regentaban en la calle Reyes Católicos. La banda, que estaba dirigida por un conocido “pistolero” malagueño (que vestía de forma elegante, se alojaba en los mejores hoteles de la ciudad y conducía un impecable Buick), estaba formada por,  entre otros, dos granadinos, uno de ellos, en prisión en el momento del suceso por un delito de robo.

Pero los criminales no contaban con la astucia del inspector general de Policía, Vicente Santiago, que conoció el plan por un chivatazo y se desplazó desde Madrid hasta la capital granadina para encargarse él mismo de este caso. Los agentes descubrieron el túnel que los delincuentes habían construido para perpetrar el robo.  Se accedía a él por el colector del alcantarillado de la calle Príncipe, y  desembocaba en el sótano de la citada joyería. Durante varios días vigilaron sin cesar los accesos al Embovedado desde la Acera del Darro. Los ladrones llegaron incluso  a realizar el butrón pero, al encontrarse con que las alhajas se guardaban en una caja fuerte, decidieron posponer el robo hasta contar con el material necesario para abrirla. Varios miembros de la banda se desplazaron hasta Algeciras para conseguir las herramientas, lo que permitió a la policía planificar la operación para pillarlos ‘in fraganti’.

Los malhechores debieron tardar unos siete días en la construcción del túnel que tenía una altura de una persona y unos 80 centímetros de ancho. Cuando los agentes inspeccionaron el subterráneo descubrieron huellas junto a la pared de otra joyería de la zona y en  bajo del Banco Español de Crédito.

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César Girón, en la serie “Curiosidades Granadinas” publicadas por este diario, investigó el tema en profundidad. Aquí les dejo el artículo publicado el 11 de noviembre de 2006 con la historia interesantísima del suceso.

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