Bien, de acuerdo. Lo del Granada con el Real Madrid del otro día se puede enmarcar bajo el epígrafe de la mala suerte. Vamos ganando por uno cero. Es el minuto 80 y quedan diez para quedarse definitivamente en primera división. El rival ya ha ganado la liga y ha jugado muy relajado. Pero los aficionados granadinos parecen haberle cogido el relevo a los del Atlético de Madrid en eso del sufrimiento. Hay un penalti y un gol en propia meta. Y una tángana. Y el botellazo a un árbitro.
Pero dejando de lado los antecedentes, ahora atengámonos a la manera correcta de sufrir el próximo domingo en el campo del Rayo Vallecano ante la posibilidad de que nuestro equipo baje a segunda, con el trabajo que nos costó subir a primera. Antes que nada, digamos que el sufrimiento medio u ordinario de un hincha consiste en una contracción general del alma que se traduce en un rostro desencajado y que puede desembocar en un ruido espasmódico más propio del llanto que de la alegría, más propio de la rabia que de la tranquilidad, más propio del cabreo que de la compresión.
Así que, llegado el momento, debe tomar asiento delante de la pantalla del televisor (si es que no ha viajado hasta el barrio madrileño para ver el partido) y tomarse antes un par de güisquis para alegrar la mente y, sobre todo, evitar un posible infarto. Si es posible, vea el partido con un amigo o con varios que, evidentemente, tengan los mismos intereses porque ya se sabe que un sufrimiento compartido es al fin y al cabo más sobrellevable. Entra aquí en juego ese manido refrán que dice que el mal de muchos es el consuelo de los tontos.
Para no sufrir más de la cuenta, en un momento determinado del lance dirija su imaginación a los momentos más felices de su vida, tal vez cuando ganó un boleto de la primitiva o cuando echó su primer polvo. Y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer que no hay mayor felicidad que ver tu equipo ganar, piense que hay un mundo en el que las pelotas no tienen porterías en las que entrar y que nuestros antepasados apenas estaban sujetos a los vaivenes emocionales que produce el fútbol. Piense… ¿somos nosotros acaso más primitivos que los hombres que vivían en cuevas?
Llegado el sufrimiento ante la posibilidad de un gol del contrario, se tapará usted con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Se palpará el pecho para comprobar que al corazón no se le ha olvidado dar alguna puntada y se pondrá tiritas en los dedos para evitar que las uñas sean devoradas por los nervios. Los niños sufrirán tirando de la manga del padre y las mujeres, que serán muchas, también llevarán tiritas en las uñas para evitar marcar los brazos de sus vecinos de butaca en un momento dado.
Duración media del sufrimiento, noventa minutos.
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