Las despedidas de la soltería

Han empapelado Almuñécar y La Herradura con carteles con la noticia de un chico que se llama Jorge ‘El Cristalero’ que busca a su novia, Emi ‘La Chopi’, que ha sido secuestrada por un grupo de amigas. ‘El Cristalero’ dice que ofrece una recompensa por la pista que puede llevar a dar con su novia: renueva gratis todos los cristales de la casa del informante. Los carteles van acompañados de la foto de la chica comiéndose una cigala, al menos eso parece.

Evidentemente se trata de una manera de llamar la atención sobre dos jóvenes que van a contraer matrimonio. La chica estaría en una de esas despedidas de soltera que duran varios días y el novio la reclama con ese mensaje.

De un tiempo a esta parte se celebra de manera diferente las despedidas de la soltería. Antes, cuando los novios se casaban vírgenes, sólo las celebraban los hombres. El  novio casi siempre terminaba en una casa de putas llevado por sus amigos o por su propio padre, para que aprendiera cuando estuviera con la esposa en la noche de bodas. Pero ahora la cosa se ha salido de madre y, por supuesto, ya no es patrimonio de los hombres. Granada se ha convertido en una de las ciudades más elegidas por chicos y chicas de toda España para celebrar las despedidas de la soltería. Eso decía el otro día una información de este periódico. Para comprobarlo, no tiene usted, querido lector, nada más que darse una vuelta por el centro de Granada un viernes o un sábado. Lo mismo puede usted ver por la calle Navas a una chica semidesnuda montada en un burro con toda una cohorte de amigas con penes de goma en la cabeza, que a unos chicos en Plaza Nueva vestidos de cavernícolas o zombis montados en una limusina y borrachos hasta las trancas. Es lo que se lleva. Me cuentan que una de las bromas preferidas por los participantes en la despedida de soltero es emborrachar hasta los límites del coma etílico al novio y montarlo en el tren que va a Madrid. Allí amanece el hombre sin saber exactamente lo que ha pasado. El objetivo es divertirse hasta perder el sentido, si hace falta. Se trata, según la tradición, de la última noche en la que el novio y la novia tendrán la libertad de hacer lo que quieran antes de estar atados a la columna del matrimonio. Las chicas contratan a un boy para tocarle el paquete y los chicos contratan a una stripper para que se desnude delante de ellos. Emociones baratas que sólo servirán para simular una alegría que no es normal en la temida cotidianeidad. Y alcohol, mucho alcohol, porque, entre otras cosas, lo que hay que enmascarar es la triste realidad de los tiempos que nos ocupan.

Dijo Lawrence Durrel que buscamos llenar el vacío de nuestra individualidad y por un
breve momento disfrutamos de la ilusión de estar completos. Pero es sólo una ilusión:
el amor une y después divide. Por eso tal vez al final de uno de los carteles del ‘cristalero’ de Almuñécar que daba una recompensa por la novia secuestrada, alguien había puesto con rotulador: “No seas tonto y no des ni un euro de rescate. Ahora estás a tiempo. Firmado: un casado”.

 

De la leche en polvo americana a la nocilla de Griñán

El martes por la mañana, en la cafetería de Miguel, nos reunimos tres amigos que fuimos niños en los años cincuenta. Uno de los placeres que nos queda a los que la vida le ha acumulado éxitos o desengaños, es escucharse en la voz del pasado. Sin nostalgias ni tristes melancolías, sino con la verdad del que conoce demasiado un tiempo que se fue. En la misma mesa en la que desayunábamos había un periódico que decía en titulares que la Junta había empezado a repartir gratis bolsas de comida a niños que pasan hambre y cuyos padres las están pasando canutas. Enseguida se nos vino a la cabeza la leche en polvo y el queso de los americanos que se repartían en los colegios nacionales (así los llamaban) en esos años. En eso consistió la ayuda del Plan Marshall entre 1955 y 1963. Los niños de entonces podíamos tomar aquella leche en polvo en un jarrillo de lata que llevábamos a la escuela. Cada uno lo recordaba de manera diferente. Julio, por ejemplo, recordaba que él  no llevaba jarrillo porque había uno en la escuela que utilizaban todos y que estaba atado con una guita a un recipiente de agua. Él se echaba un puñado de leche en polvo a la boca y luego bebía el agua. La leche a veces le hacía una amalgama que se pegaba al cielo de la boca y que tenía que deshacer  con el dedo índice haciendo de improvisado rascador. Luis comentaba que su madre le daba en una papelina un poco de azúcar y canela para echársela a la leche y conseguir así que tuviera mejor sabor. Yo me recuerdo en una cola esperando a que el maestro nos llenara el jarrillo con agua caliente y luego a su esposa, una mujer gorda, echar una o dos cucharadas de leche en polvo.  Había que remover bien para que se disolviera completamente. Se podía repetir, pero casi nadie lo hacía porque, entre otras cosas, no era muy agradable al paladar. Luego estaba el queso, que venía en enormes latas cilíndricas y que el maestro repartía en porciones. Había niños que llevaban el pan que su madre le daba para acompañar el alimento en cuestión, pero otros, ni eso. Eran años de carencias y de dificultades. Julio se acordaba de cuando un grupo de niños iban casi diariamente al Paseo del Salón a quitar algunas piezas de esa remolacha que se transportaba en el tranvía y Luis de cuando en el cuartel de Las Palmas uno de los juegos consistía en sisar las algarrobas con las que se alimentaban a los caballos.

La noticia del periódico que decía que la Junta había empezado a repartir desayuno y meriendas gratis a unos once mil escolares, iba acompañada de una fotografía en la que se veía una cola de niños esperando recibir esa ayuda que forma parte del programa de lucha contra la exclusión social que ha puesto en marcha el gobierno andaluz. Niños que dentro de cincuenta años se juntarán una mañana a desayunar y se acordarán de la nocilla y mermelada que les daba Griñán. Los tiempos cambian, sí, pero menos de lo que creemos.

El banco bueno, el banco feo y banco malo

En las corridas de toros animaba al maestro de música para que comenzara un pasodoble o al público para que hiciera palmas. Era el ‘Manolo del Bombo’ del toreo. Me refiero al ‘Diamante Rubio’, un pícaro, un bohemio y un buscavidas que tenía cueva en el Sacromonte y que era conocido en todas las plazas de España. Un poco cegarruto (a pesar de sus gafas sin cristales), panzón, pelirrojo (de ahí su mote) y con su inseparable gorra a cuadros, se tomaba en serio su trabajo. Pedía la música, pedía el apoyo de los espectadores y conseguía la mayoría de las veces que las faenas condenadas al fracaso terminaran por ser ovacionadas o triunfales. Después, claro, se hacía ver en los hoteles donde se alojaban los espadas y rentabilizaba sus intervenciones, aunque, eso sí, sin exigir nunca nada y dejando la gratificación a criterio de los beneficiarios. Recuerdo sus palabras en una sabrosa entrevista que le hice recién llegado yo a Granada: “Niño, de los toros nadie sabe ná, a la gente hay que decirle cuando tiene que aplaudir. Y ahí es donde entro yo”.

El Diamante Rubio, como digo, se tomaba en serio su cometido de animador de la feria. Una anécdota lo sitúa en Sanlúcar de Barrameda. Alentaba al público a voces hasta que alguien le gritó.

-¡Cállese ya, por favor!

A lo que el Diamante Rubio le contestó:

-¡Cállese usted! ¿¡No ve que estoy trabajando!?

El Diamante Rubio, que murió hace nueve años, no confiaba en los bancos. Un día se presentó en una sucursal y pidió que le dieran todo el dinero que tenía en la cuenta. Tras contarlo delante del cajero, dijo:

-Está todo, sí. Ahora dame un poco y guarda lo demás.

He relacionado al Diamante Rubio con doña Esperanza, una anciana que vive en el Zaidín y que cuando oye por la televisión lo que está pasando en los bancos donde, según ella, hay muchos sinvergüenzas que se están llevando el dinero, hace lo que hacía el Diamante Rubio. Todos los meses, cuando cobra, va a una sucursal del barrio y le pide al cajero el dinero ingresado. Lo cuenta y, tras comprobar que está todo, lo vuelve a ingresar. Dice que no se fía.

Y es que desde hace varios meses los telediarios nos hablan de personas que han perdido sus ahorros por las preferentes, de banqueros que se han forrado arruinando a sus entidades, de pretendidos economistas ahora imputados por delitos financieros… Y últimamente se habla de los ‘bancos malos’, que nadie sabe exactamente lo que son pero que nada más que el nombre hace desconfiar a jubilados y humildes ahorradores. ¿Un banco malo? ¿Es que los demás son buenos? ¿Si hay un banco bueno y otro malo, habrá otro que sea feo? En fin, que los bancos están perdiendo credibilidad a pasos agigantados y cada día hay más gente que guarda el dinero en el calcetín y que si entra en una oficina es para constatar que ningún sinvergüenza le ha robado. ¡Música maestro!, que gritaría el Diamante Rubio.

 

La muerte de un humorista (En recuerdo de Guillermo Soria)

Mira que te diga, Willy, el proyecto que teníamos a media va de puta madre. Ya he hablado con los colegas de tu hijo Andrés y nos van a facilitar las cosas. Al no ver tu viñeta diaria en el Ideal empecé a preocuparme y te llamé a casa para contarte que había empezado el texto que me pediste para acompañar a los dibujos de tu hijo. Mi preocupación aumentó cuando tampoco cogiste el teléfono. Claro, yo no podía imaginar que estabas en la UCI con una neumonía grave. Como tampoco podía imaginar que aquella conversación de hace tres semanas que tuvimos en el Zeluán, en la que también estaban presentes Andrés Sopeña y Enrique Bonet, iba a ser la última. Otra vez la jodía muerte se me ha adelantado. Me pasó con mi padre, que se murió de pronto y a mí me dejó una enorme  sensación de culpa por no poder haberle dicho cuando estaba vivo lo mucho que lo admiraba. Ahora me ha pasado contigo. ¡Tenía tantas cosas que decirte! De ahí que ahora aproveche mi columna, que tú leías siempre, para decir lo que pensaba de ti.

Mira Willy, antes que nada, quiero que sepas que eras un tío estupendo, de las pocas personas que piensan con el corazón antes que con la razón o con las pelotas. Jamás hablabas mal de nadie y nunca te vi enfadado. Sabías tomarte la vida, a pesar de las putadas que ésta te había gastado (la muerte de tu hijo Andrés el pasado año te había minado el ánimo), con esa filosofía que se le pide a alguien que tiene que intentar hacer reír todos los días a miles de personas. Entre todas las funciones que se le piden a un humorista, la de hacernos la vida más agradable es la más urgente. Y tú sabías hacerlo. Entendiste que el humor es una posición ante la vida. Los periódicos están llenos de noticias sobre tragedias, corrupciones y dramas familiares, por eso tus viñetas eran ese agradable aire fresco que entra por la ventana de una habitación que contiene malos humos y que necesita una ventilación urgente. Decía alguien que la risa nos mantiene más razonables que el enojo, por eso tú nos hacías a todos más razonables cada mañana. Demasiadas veces te has echado la obligación moral de ser el chaleco salvavidas de nuestra existencia de lectores apesadumbrados por el desánimo de este país en crisis. Tenías esa esencia de humorista que reflejabas en la sensibilidad y ternura con las que rodeabas los personajes de tus dibujos, tus ‘criaturicas’ como tú los llamabas. Agudo, humilde e imaginativo, sabías sacarle a la realidad ese punto de ironía que toda situación reclama, ese dardo fugaz y certero de la noticia.

Te recuerdo en aquella vieja redacción de la Calle San Jerónimo, cuando decías que el periódico IDEAL era bueno para los pobres porque al ser tipo sábana se podían tapar con él. Te recuerdo en aquellas charlas llenas de humor con José Luis Piñero, Rafael García Manzano y Rafael Gómez Montero. Redacciones como esas ya no existen. Se oía la respiración de los viejos tiempos. Un mundo conveniente, disparatado y genial del que tú formabas parte.

Quiero que sepas Willy, que ahora que te has ido tengo la obligación moral de terminar ese texto que me pediste para acompañar los dibujos de tu hijo sobre el ‘Malafolloski’. Quedará muy bien, ya lo verás, entre otras cosas porque le voy a pedir ayuda a los dibujantes amigos de Andrés  y a Pepe Ladrón de Guevara, al que, por cierto, le has dejado viudas a sus quintillas.

Por lo demás, aquí abajo todo bien. Está el mundo como lo dejaste. Sólo  ha cambiado que ahora te echamos de menos.

La guerra del pionono

Lo he dicho en alguna ocasión. En cuanto a polémicas, Granada es como los boletos de la Once: rascas y te sale una. Lo que pasa es que hay algunas que tienen gracia. Por ejemplo, la que surgió hace unas semanas con las escaleras que prestaban las floristerías del cementerio para que sus clientes pudieran poner flores a sus muertos en los nichos más altos. Emucesa, la empresa que gestiona el camposanto granadino, decidió denunciar a tres floristas por considerar que estas incumplían el contrato de cesión de sus locales, ya que no estaba escrito en sitio alguno que pudieran prestar las escaleras. Y mientras tanto allí me tenías a todos los visitantes de la necrópolis desorientados cantando lo de Serrat:

Quién me presta una escalera

para subir al cementerio

y ponerle las flores,

a mi pobre tío Eleuterio”.

Hasta que un juez dijo que las floristas tenía derecho a prestar las escaleras.

Ahora hay otra polémica, aunque ésta mucho más dulce. Verán. Resulta que un investigador motrileño llamado Gabriel Medina ha publicado un librito en el que desmonta la idea de que el pionono fuera inventado por Ceferino Isla, cuyos descendientes regentan un próspero negocio de venta de estos dulces. Dice Gabriel Medina que el pionono ya existía antes de que Ceferino Isla montara su pastelería en Santa Fe y cree que surgió en Cádiz. En fin, que aporta en su libro anuncios de pastelerías y trozos de obras literarias con los que demuestra que este rico dulce (Tico Medina, que padece diabetes, dice que el día que quiera suicidarse no se tirará a las frías aguas de un río como Ganivet, sino que lo hará con una caja de piononos) se expedía en toda España antes de que llegará a Santa Fe. Incluso ha encontrado referencias al pionono en La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín, y dice que el pionono ya existía, al menos, desde 1858, antes de que naciera Ceferino Isla.

El caso es que muchas pastelerías también hacen los célebres piononos y los herederos de Ceferino Isla han puesto en manos de los tribunales el asunto ya que ellos tienen registrada la marca ‘pionono’ como suya. No desmienten la investigación de Gabriel Medina, pero consideran que fue Ceferino Isla quién registró el producto y el que lo popularizó e hizo célebre, hasta tal punto que hoy día casi todo el mundo relaciona el nombre de Isla con pionono. Algunos pasteleros alegan que este dulce lo puede elaborar cualquiera, como la torta de aceite o la pastela moruna, que nadie debe tener la patente de corso porque su fórmula no es un secreto, como la Coca Cola. Incluso se han abierto piononerías (palabra aún no aceptada en el diccionario) en Granada. Otra cosa es que los de Isla sean los más conocidos. En fin que un juez decidirá quién lleva razón. El veredicto está al caer. Yo, por si acaso, estoy acaparando piononos. Una de las consecuencias de todas las guerras es la escasez de productos. Vayamos a pollas.

 

 

 

La máquina de despiojar

Advierto, antes de empezar, que esta columna hará que a usted, querido lector, le entren ganas de rascarse la cabeza. Va de piojos. No sé si lo leyeron ustedes el otro día en la última página de este periódico. Resulta que una abogada granadina, Rosario Montero, ha puesto en marcha una franquicia de negocios con despiojadores, gracias a los cuales y después de varias sesiones, la cabeza de una persona se puede ver libre de estos molestos parásitos. Dice la granadina que estos insectos nos traen imágenes de guerras, hambre, peste y hacinamiento, pero que actualmente no estamos libres de ellos y siguen pululando por nuestras cabezas. La franquicia se llama ‘Kids and nits’ (‘Niños y liendres’) y el tratamiento que propone consiste en deshidratar a los piojos con calor, succionándolos con un aspirador y  concluir la operación con un cepillado manual. El tratamiento cuesta entre unos 50 y 70 euros. En nuestra época quitar los piojos resultaba más barato

Lo he contado alguna vez que otra. Todas las historias que oía cuando era un niño lo hacía mientras mi madre me despiojaba. Para realizar esa entrañable labor de matar los piojos que acampaban  en mi cabeza, ella necesitaba  que me estuviera quieto, por eso me contaba sucedidos extraordinarios de princesas encantadas y de animales parlantes que me dejaban embobado y tan inmóvil como una estatua.  En esos instantes no había para mí otra cosa que aquel mundo invisible y fantástico del que me estaba hablando mi madre. La vida y los cuentos se entremezclaban en mi mente de una forma tan indisoluble como intensa. Yo creo que por eso me gustan tanto ahora las historias.

En aquellos años había otra manera de exterminar los piojos, el zeta zeta, pero era un líquido blanco y pastoso de dudosa eficacia que dejaba un impúdico olor sobre nuestras cabezas y que delataba  nuestra condición de piojosos. La lógica era aplastante: si hueles a zeta-zeta es que tienes piojos. Por  eso las madres preferían la caza directa de los parásitos, la búsqueda en su estado natural para después masacrarlos. Los cogían, los ponían encima de la uña de uno de los dedos gordos y los aplastaban con el otro. El crepitar que salía de aquel ejercicio era un triunfo. A veces se les oía decir: “¡Dios mío! ¡No sé de donde salen tantos piojos!”.

El otro día comenté esta noticia de la máquina despiojadora con mi madre, que tiene 87 años y su memoria en buen estado. Me recordó que a veces se le acababa el repertorio de los cuentos y me contaba ese que era inacabable, el de la buena pipa. “Yo no digo ni que sí, ni que no, que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa…”. Claro que yo me cabreaba porque el cuento de la buena pipa daba vueltas sobre sí mismo y no tenía fin.

Eso tiene la edad, que te hace sentir una añoranza irresistible por el pasado. Cosas que pasaron hace 40 años llegamos recordarlas como si hubiesen sucedido ayer. Solo falta que a esa máquina mata piojos le añadan un altavoz para que cuente historias mientras hace su trabajo. Entonces sería perfecta. ¡Quieren creen que durante la escritura de este artículo me he rascado cinco veces la cabeza!

 

 

Campeones de la ‘Trinconlí’

Antes, cuando la memoria era un don preciado, a los niños nos hacían aprender de carrerilla un montón de listas de cosas o personas: los doce hijos de Jacob, los ríos de España con sus afluentes, los reyes godos, la tabla periódica… Pero luego vinieron los modelos de la nueva pedagogía que decían que no había que aprenderse de memoria nada, que eso no serví, que lo importante era la compresión. De todas maneras yo todavía me acuerdo de la alineación del Real Madrid que ganó la sexta copa de Europa o los ríos de América del Sur. Ahora dicen los médicos que hacer ejercicios nemotécnicos es bueno para no contraer el… ¿cómo se llama esa enfermedad que te hace perder los recuerdos? Bueno, pues esa. Así que, entrado ya en esa edad en la que se recomienda que hay que darle juego a la retentiva, he decidido aprenderme de carrerilla los nombres de los corruptos que hay en España como si fuese uno de esos equipos de fútbol que los chavales de los sesenta conseguíamos memorizar. Una muestra: De portero, Fabra; de defensas, Mata, Oriol y Cachuli. Medios; Camps y Roca. Y de delanteros, los cinco magníficos del mangoneo: Bárcenas, Gutiérrez, Urdangarín, Diego Torres y Correa. Joder que alineación. En cuanto al banquillo, hay de dónde tirar, no hay más que abrir el periódico todos los días y encontrar alguno en una forma envidiable para sustituir a los titulares, desde Juan Lanzas a la Munar, o esa otra tipa que se llevaba 6.000 euros por cada sesión del consejo de administración a la que no iba. Con estos el Campeonato del Mundo de la Trincaera, la ‘Trinconlí’, está asegurado. El himno podría titularse: ‘España, donde robar es la caña’.

Pero es que también he decidido aprenderme las obras inútiles en las que los políticos se han gastado un montón de millones y no sirven para nada: las de los aeropuertos en los que no aterriza ni un avión (Murcia, Castellón, Ciudad Real…), la de los tranvías por los que no pasa ni un tranvía (Jaén) o la de los metros inacabados, autovías o ‘Aves’, como el de Granada que, a este paso, no verán ni mi bisnietos. En cuanto a la autovía, hace sólo unos días que se ha dicho que el tramo de la A-7 que unirá en un futuro incierto (cada día más incierto) Taramay con Lobres, está a la mitad y no se abrirá este verano, tal y como se venía anunciando. Tampoco se acabará la A-7 en Granada en esta legislatura, como ya se ha admitido. O sea que tenemos unos cuantos años más por delante antes de que podamos cruzar la costa por dos carriles de ida y otros dos de vuelta. También quiero aprenderme de memoria todos aquellos proyectos que se han quedado en el aire en Granada y que, como decía mi compañero Javier Barrera el otro día, han resultado gafes para esta ciudad en la que se señorea como en ninguna ese virus que acarrea la malafollá. A saber: segunda circunvalación, espacio escénico, centro García Lorca, Palacio del hielo, funicular a Sierra Nevada, la Alhambra mecánica, el parque de la Vega, la autovía, el ferrocarril a Motril y el Milenio. Todo de carrerilla. Sólo me falta paciencia. ¿Paciencia? ¿De qué me suena a mí esta palabra? No si verás tú…

¿Y si el escaqueo fuera un delito?

Cuando todo iba bien y había dinero, las refriegas entre los colectivos eran menos. Todo el mundo se comportaba como aquel que fue a sacarse una muela y cuando el dentista le dijo que abriera la boca le cogió los huevos y le dijo: “¿Verdad que no nos vamos a hacer daño?”. En el colectivo judicial (funcionarios de administración de justicia, magistrados y jueces) por lo visto todos lo hacían mal (laboralmente hablando) y nadie hablaba por no hacerse daño entre ellos. Pero resulta que en la memoria del Tribunal Superior de Justicia de este año se ha resaltado que parte del retraso que llevan los asuntos judiciales es porque algunos funcionarios no fichan y se escaquean de su trabajo, por lo que es fácil encontrarlos por las rebajas de El Corte Inglés en horario laboral (esto último lo digo yo). Los funcionarios han contestado duramente al presidente del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y han dicho que sus salidas sí están controladas y que los que no fichan son los jueces y los magistrados que llegan y se van a su casa cuando quieren. O sea, que los que se escaquean son los que llevan toga.

Pero es que el lunes pasado el presidente socialista del Parlamento Andaluz dijo que iba a modificar el reglamento de la Cámara para sancionar económicamente a los diputados que se ausente sin justificación. O sea, que hay señores políticos, profesionales del escaqueo, que ni siquiera acuden al Parlamento a hacer su trabajo.

El escaqueo de los que tienen un sueldo público en su horario laboral es ya un clásico en esta sociedad nuestra y si hasta el momento se ha llevado medianamente bien, ahora, en tiempos de desesperación, la cosa adquiere un tinte más dramático. Moralmente es inadmisible. ¿Cómo puede haber personas que se marchan horas enteras de su puesto laboral y siguen cobrando mientras hay miles de parados que quisieran cobrar por no marcharse de un puesto laboral? En esa pregunta cabe una novela. Antes no se fichaba, los funcionarios llegaban, ponían la chaqueta en el respaldar de la silla y se iban a sus otras labores. En Granada, en tiempos del pluriempleo, cuando un sueldo menguado no daba para sacar adelante la familia, se cuenta que había un tal López que trabajaba en una dependencia municipal y todos los días entraba a la oficina, colgaba su chaqueta y se iba a otro trabajo privado. Si alguien preguntaba por él, un colega de dependencia decía: “Venir si ha venido porque está ahí su chaqueta, debe estar haciendo un ‘mandao’”. Pero el López aparecía sólo a la hora de irse para recoger su chaqueta. Así estuvo hasta que se jubiló. Aquel día sus compañeros le regalaron una chaqueta nueva.

En la mili el que más se escaqueaba tenía cierta aureola de héroe. Había sorches que sabían estar en el sitio adecuado y en el momento oportuno para librarse de un trabajo determinado. Y encima se jactaban de eso. Eran considerados unos tipos listos, de los que sabían abrirse el camino en la vida. Hoy, tal y como está el patio laboral, con millones de personas lampando por un trabajo, el escaqueo debería ser considerado un delito. El peligro que se corre es que el que tenga que juzgar ese delito sea un juez que se escaquea.

No es país para chistes

Les cuento. Hace unas semanas, en una reunión preparatoria de la Feria del Libro, que comienza hoy, alguien propuso que la edición de este año se dedicará a la literatura de humor. Incluso se había pensado en tirarle los tejos a Eduardo Mendoza, autor destacado y representante de este género literario en España, para que diera el pregón. El que había tenido la idea tenía que defenderla ante una comisión integrada por representantes de la Junta, el Ayuntamiento, la Diputación, los libreros, los escritores… En fin, ocho o nueve. El hombre comenzó a hablar ante la comisión sobre la literatura de humor, que tan requetebién está representada en un país como el nuestro en el que el libro más famoso de todos los tiempos, El Quijote, es un libro de risas. La presentación fue inmejorable. Incluso dijo que veía bien que este año en el que todos estamos tan tristes y deprimidos, la feria se dedicara al humor.

Estaba terminando su exposición cuando uno de los integrantes de la comisión entró apresuradamente en la sala. Nada más sentarse preguntó en voz alta en donde estaba el tema.

Su vecino en la mesa le informó:

-Es que hemos planteado que la Feria del Libro sea dedicada a la literatura de humor.

Entonces el perla, haciendo gala de su incompetencia congénita y de su ignorancia supina, dice:

-Sí, hombre, para eso estamos, pa que nos cuenten chistes.

Ni que decir tiene que la propuesta de dedicar la Feria del libro de Granada a la literatura de humor fue rechazada. En su lugar se decidió dedicarla al Milenio.

Pero esta es una anécdota dentro del objetivo de esta columna, que no es ni más ni menos que sumarme al homenaje que esta tarde le van a dedicar los humoristas gráficos a Andrés Soria Moreno, un hombre al que la muerte se lo ha llevado demasiado pronto y que ha dedicado su vida a intentar sacar una sonrisa a los lectores de los periódicos en los que colaboró. Andrés era hijo del inefabledibujante  Guillermo Soria, que está convencido de que el humor es algo que en cualquier situación, por muy crítica que sea, puede salvarnos del desastre anímico.

Andrés Sopeña y un servidor presentarán hoy el libro de dibujos del hijo de Guillermo, ‘Smile, please’ (Sonría, por favor). Aparte de eso, se le ha dedicado una exposición de chistes sin palabras que el fallecido dibujó en sus últimos años, procedentes en su mayoría de trabajos para la agencia inglesa Cartoon Stock. Andrés fue el creador ‘Malafoiosky’, un personaje tipo que encarna a ese amplio colectivo de granadinos que supuran malafollá por donde quieran que vayan, como dice  la canción de Serrat. Ladrón de Guevara había hallado el ejemplo típico de un malafollá en ese estanquero del Realejo que al entrar un cliente y pedirle unos puros que estuvieran frescos, le contestó: “¿Frescos? A ver si se cree usted que aquí vendemos boquerones”. Si Andrés Soria estuviera aún en este mundo,  hubiera encontrado una inspiración para su ‘malafoiosky’ en ese adalid de la cultura granadina que al plantearle que la Feria del Libro fuera dedicada al humor, dijo eso de: “Sí hombre, para eso estamos, pa que nos cuesten chistes”.

 

 

Las costras de la vida

En aquellos tiempos en los que la bella Sara Montiel (q.e.p.d.) nos calentaba los sueños vestida de india, los niños exhibíamos con orgullo coágulos de sangre reseca en los codos y las rodillas. Las costras eran las medallas por nuestra valentía y osadía ante los retos de la vida. Los infantes de ahora apenas tienen costras porque no corren por las calles y no se caen. Y si lo hacen es sobre pistas mullidas. Pero en aquellos tiempos de los que estoy hablando, las calles ni siquiera estaban asfaltadas y las eras en las que jugábamos a la pelota tenían las piedras necesarias para causar el  consabido estropicio en nuestro cuerpo. Íbamos todos en pantalón corto, esa inefable prenda de la infancia que ha perdido glamour con los años. Así que cualquier caída en busca del balón o tras el empujón del matón de turno, provocaba una herida en nuestras rodillas, que luego exhibíamos sin recato porque era la señal más clara de que habíamos salido airosos de los peligros que ofrecía la supervivencia. Aunque el verdadero placer estaba en desprenderse de la concha. En esta práctica había dolor pero era soportable. Disfrutábamos como marranos en un charco arrancándonosla,  lo que provocaba la consiguiente salida de sangre y la aparición, al cabo de unos días, de otra nueva costra. Nuestras madres nos regañaban si nos desprendíamos de ellas, pero la tentación siempre ganaba. “No te la quites que ella se cae sola”, nos decían las progenitoras. No conocíamos la función de las costras, que es de la proteger la herida para mantener alejados a los gérmenes y ofrecerles a las células de la piel la oportunidad de cicatrizar. Sólo sabíamos que nos invadía un extraño placer si nos las extirpábamos, sobre todo cuando empezaban a picar y estábamos aburridos.

Recordé la fascinación que provocaban en mí las costras de la infancia el otro día oyendo a Eduardo Chirinos, un poeta peruano que vino a Granada a hablarnos de su poesía. Contaba el escritor como su gran amigo Fernando Iwasaki, para no enfadar a su madre, que le había prohibido tajantemente que se arrancara las costras de las rodillas, éste se las quitaba primero, las guardaba con esmero en el bolsillo de su pantalón y se las pegaba con pegamento al llegar a su casa.

Las costras son una metáfora más en el devenir de nuestra vida. Lo dicen los poetas y las frases hechas. La mayoría de las heridas se cierran con el tiempo, aunque otras las renovamos constantemente, en un masoquista deseo de que nunca cicatricen.  El mismo Chirinos lo expresa así: hay heridas que duelen, aunque no les hagas caso están allí, con sus manos terribles y sus ojos mirándote y mirándote, esperando a que le hagas caso de nuevo. Muchas veces, tal vez demasiadas, el devenir nos empuja a comportamos como niños, que nos arrancamos las costras de las heridas del alma porque nos produce placer recordar que una vez nos dolió la vida. Otro poeta, Lamartine, dijo que después de la propia sangre, lo mejor que el hombre puede dar de sí mismo es una lágrima. Y eso se basa la existencia, en alternar lágrimas y heridas que producen cierto placer abrirlas. Jodía vida.