Y entonces el Jonatan –Yoni, para los amigos- dejó la playestesión y se dirigió a su madre en estos términos:
-Tronca, necesito 20 eurípides. ¡Que me los dés!
El Yoni no tiene ni puta idea de quien fue Eurípides pero sus colegas llaman así a los euros y a él le suena bien ese palabro.
-No tengo ese dinero, hijo. Ya sabes que tu padre está en el paro -le dice su madre en plan comprensivo.
-¿En el paro? Y a mí que cojones me importa. Que me des 20 eurípides y si no tienes se los pides prestados a la vecina.
El Yoni es un producto más del Gran Despilfarro. Su padre era albañil y entre unas cosas y otras se calzaba casi 4.000 euros al mes. Había para ‘naik’ y adidas para el niño, para la videoconsola, para el móvil última generación… Había para todo. Y el Yoni se fue criando en una sociedad en la que se creía que el dinero se plantaba en una maceta y florecía a los dos días. El Yoni abría la boca para pedir algo y allí estaban los padres para dárselo de inmediato. En su primera comunión tuvo casi 50 regalos y cuando cumplió 16 años, su padre le compró para Reyes una moto de las mejores que había en el mercado. El Yoni era Dios con su moto, sus tatuajes en el cuello, sus pantalones vaqueros de sisa baja y su gorra con visera ancha. Una bendición del cielo, un regalo de la Providencia, ese Yoni.
Pero llegaron la época de las vacas flacas y al padre el Yoni lo dejaron en el paro. Ya no había que hacer más casas porque no se venden. El padre del Yoni, fue el parado 4.999.999. Y allí me tienes al niño como un león enjaulado sin dinero para su moto ni para comprarse el último modelo de las ‘naik’ o las adidas, esas que hacen los niños del tercer mundo. Así que por eso apremia a su madre:
-¿O me das los 20 euros o la armo? -dice el Yoni en plan amenazante.
Y la madre se echa a llorar porque los únicos 20 euros que tiene le hacen falta para la compra. Por eso le dice a su hijo que no tiene ese dinero.
Entonces el Yoni, como es un chico de palabra, animalico, la arma. Tira el jarrón, la emprende con la vajilla, suelta borderías por su boca y al final le da un golpe en la cabeza a su madre, que en un momento determinado se arrepiente de haberlo llevado nueve meses en el vientre.
Lo dijo el otro día Chamizo, el Defensor del Pueblo Andaluz. Cada vez hay más hijos del fracaso, amamantados en la opulencia que ahora se dedican a maltratar a sus padres porque no tienen los caprichos de antaño. Una generación remozada del vacío que no ha mamado la austeridad ni han sabido carecer de algo y que trata con violencia inusitada a sus progenitores. También el juez Catalayud, con rictus de ese Salomón que le da una oportunidad al niño antes de que lo haga pedazos la sociedad, dice que los padres no hemos sabido educar a los chavales, pero, entre otras cosas, porque estaba mal visto el darle una buena colleja a tiempo. Padres a los que se pusieran donde se pusieran, estaban seguros de que los iba a pillar el tren. Y ahora a ver quien arregla esto.
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