Monthly Archive for mayo, 2012

Los 20 ‘eurípides’ del Yoni

Y entonces el Jonatan –Yoni, para los amigos- dejó la playestesión y se dirigió a su madre en estos términos:

-Tronca, necesito 20 eurípides. ¡Que me los dés!

El Yoni no tiene ni puta idea de quien fue Eurípides pero sus colegas llaman así a los euros y a él le suena bien ese palabro.

-No tengo ese dinero, hijo. Ya sabes que tu padre está en el paro -le dice su madre en plan comprensivo.

-¿En el paro? Y a mí que cojones me importa. Que me des 20 eurípides y si no tienes se los pides prestados a la vecina.

El Yoni es un producto más del Gran Despilfarro. Su padre era albañil y entre unas cosas y otras se calzaba casi 4.000 euros al mes. Había para ‘naik’ y adidas para el niño, para la videoconsola, para el móvil última generación… Había para todo. Y el Yoni se fue criando en una sociedad en la que se creía que el dinero se plantaba en una maceta y florecía a los dos días. El Yoni abría la boca para pedir algo y allí estaban los padres para dárselo de inmediato. En su primera comunión tuvo casi 50 regalos y cuando cumplió 16 años, su padre le compró para Reyes una moto de las mejores que había en el mercado. El Yoni era Dios con su moto, sus tatuajes en el cuello, sus pantalones vaqueros de sisa baja y su gorra con visera ancha. Una bendición del cielo, un regalo de la Providencia, ese Yoni.

Pero llegaron la época de las vacas flacas y al padre el Yoni lo dejaron en el paro. Ya no había que hacer más casas porque no se venden. El padre del Yoni, fue el parado 4.999.999. Y allí me tienes al niño como un león enjaulado sin dinero para su moto ni para comprarse el último modelo de las ‘naik’ o las adidas, esas que hacen los niños del tercer mundo. Así que por eso apremia a su madre:

-¿O me das los 20 euros o la armo? -dice el Yoni en plan amenazante.

Y la madre se echa a llorar porque los únicos 20 euros que tiene le hacen falta para la compra. Por eso le dice a su hijo que no tiene ese dinero.

Entonces el Yoni, como es un chico de palabra, animalico, la arma. Tira el jarrón, la emprende con la vajilla, suelta borderías por su boca y al final le da un golpe en la cabeza a su madre, que en un momento determinado se arrepiente de haberlo llevado nueve meses en el vientre.

Lo dijo el otro día Chamizo, el Defensor del Pueblo Andaluz. Cada vez hay más hijos del fracaso, amamantados en la opulencia que ahora se dedican a maltratar a sus padres porque no tienen los caprichos de antaño. Una generación remozada del vacío que no ha mamado la austeridad ni han sabido carecer de algo y que trata con violencia inusitada a sus progenitores. También el juez Catalayud, con rictus de ese Salomón que le da una oportunidad al niño antes de que lo haga pedazos la sociedad, dice que los padres no hemos sabido educar a los chavales, pero, entre otras cosas, porque estaba mal visto el darle una buena colleja a tiempo. Padres a los que se pusieran donde se pusieran, estaban seguros de que los iba a pillar el tren. Y ahora a ver quien arregla esto.

Los chinos que no querían a los bancos

Como soy persona que escribe en los periódicos y que a mi columna siempre le acompaña una fotillo mía, muchos lectores me reconocen por la calle y ser acercan a mí para contarme historias que les han pasado o que han visto. Algunos de esos lectores son informadores fijos. Son lo que yo llamo mis corresponsales informativos. Los tengo en el Centro, en Almanjáyar, en La Chana y en el Albaicín. El otro día, mi corresponsal en el Centro, que se llama Miguel y al que estoy unido por los lazos sentimentales que han tejido nuestros respectivos descendientes (todo esto para decir que es mi consuegro), me contó el lío que se montó hace unos días en Correos de Puerta Real con un chino que quería mandar a su país por correo ordinario un millón de euros.

–Pero esto no puede ser –le dijo el funcionario cuando vio el material del envío.

–Yo ganar dinero con sudor frente. Muchas horas –decía el oriental, que hablaba como el señor Siau, el chino de la novela de Eduardo Mendoza.

–Sí, claro, pero esto tiene que hacerlo a través de una transferencia en un banco –le decía el funcionario.

–No. Yo no querer saber nada de bancos. Estar todos mal. Es mi dinero, no de bancos. Correos mejor, más seguro –insistía el chino.

Al final tuvo que intervenir la Policía y el chino se fue cabreado a su casa con el millón de euros debajo del brazo.

Pero es que el otro día, una señora de la limpieza de la Estación de Autobuses se encontró un paquetito que contenía 14.000 euros en billetes varios. ¿De quién creen ustedes que era? Pues de un chino que dijo que prefería llevar ese dinero consigo antes que ingresarlo en un banco.

–¿Un banco? ¡Puaff! –dijo con cara de asco cuando le recomendaron que lo ingresara en una entidad.

El chino se fue a toda leche sin darle las gracias a Palmira, la señora que se encontró el dinero.

Por cierto, dicen que el otro día vieron a un chino que parecía desorientado por el Clínico, el que vamos a abandonar cuando funcione el que hay en el Parque de las Ciencias de la Salud. Un médico que lo vio dar vueltas, le preguntó si quería algo. «No, yo estar viendo el local», le contestó el chino. Los chinos representan la cultura del esfuerzo que quiere para los españoles el dueño de Mercadona. Son una fuerza invasora que parece dispuesta a arrasar, como dice Eduardo Mendoza. Y, además, su triunfo es gracias a que pensamos que las cosas que venden son estupendas y baratas. China es un país que se está comiendo el mundo sin tener recursos naturales ni riqueza de ningún tipo. Todo lo han conseguido vendiendo birrias que nosotros compramos como flores de plástico o escobillas para el retrete. Luego envían el dinero a su país a través de Correos, como el chino de la primera historia.

Estas noticias sobre el recelo de los chinos hacia los bancos han sucedido unos días antes de que el Gobierno nacionalizara Bankia por su mala gestión y que el premio nobel de Economía, el tal Krugman, dijera que España está cada vez más cerca del ‘corralito’. No, si verás tú si…

Instrucciones para sufrir

Bien, de acuerdo. Lo del Granada con el Real Madrid del otro día se puede enmarcar bajo el epígrafe de la mala suerte. Vamos ganando por uno cero. Es el minuto 80 y quedan diez para quedarse definitivamente en primera división. El rival ya ha ganado la liga y ha jugado muy relajado. Pero los aficionados granadinos parecen haberle cogido el relevo a los del Atlético de Madrid en eso del sufrimiento. Hay un penalti y un gol en propia meta. Y una tángana. Y el botellazo a un árbitro.

Pero dejando de lado los antecedentes, ahora atengámonos a la manera correcta de sufrir el próximo domingo en el campo del Rayo Vallecano ante la posibilidad de que nuestro equipo baje a segunda, con el trabajo que nos costó subir a primera. Antes que nada, digamos que el sufrimiento medio u ordinario de un hincha consiste en una contracción general del alma que se traduce en un rostro desencajado y que puede desembocar en un ruido espasmódico más propio del llanto que de la alegría, más propio de la rabia que de la tranquilidad, más propio del cabreo que de la compresión.

Así que, llegado el momento, debe tomar asiento delante de la pantalla del televisor (si es que no ha viajado hasta el barrio madrileño para ver el partido) y tomarse antes un par de güisquis para alegrar la mente y, sobre todo, evitar un posible infarto. Si es posible, vea el partido con un amigo o con varios que, evidentemente, tengan los mismos intereses porque ya se sabe que un sufrimiento compartido es al fin y al cabo más sobrellevable. Entra aquí en juego ese manido refrán que dice que el mal de muchos es el consuelo de los tontos.

Para no sufrir más de la cuenta, en un momento determinado del lance dirija su imaginación a los momentos más felices de su vida, tal vez cuando ganó un boleto de la primitiva o cuando echó su primer polvo.  Y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer que no hay mayor felicidad que ver tu equipo ganar, piense que hay un mundo en el que las pelotas no tienen porterías en las que entrar y que nuestros antepasados apenas estaban sujetos a los vaivenes emocionales que produce el fútbol. Piense… ¿somos nosotros acaso más primitivos que los hombres que vivían en cuevas?

Llegado el sufrimiento ante la posibilidad de un gol del contrario, se tapará usted con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Se palpará el pecho para comprobar que al corazón no se le ha olvidado dar alguna puntada y se pondrá tiritas en los dedos para evitar que las uñas sean devoradas por los nervios. Los niños sufrirán tirando de la manga del padre y las mujeres, que serán muchas, también llevarán tiritas en las uñas para evitar marcar los brazos de sus vecinos de butaca en un momento dado.

Duración media del sufrimiento, noventa minutos.