Monthly Archive for junio, 2012

Patriotismo inofensivo

Cuando yo era niño los equipos de fútbol se peleaban por mí a la hora de hacer los equipos.

–Ese os lo lleváis.

–No. Mejor que juegue con vosotros.

Nadie me quería en sus alineaciones. Preferían jugar con uno menos que tenerme en sus respectivas formaciones. Era humillante. Pertenecía pues a esa casta de prescindibles que siempre acababan en la portería, que es donde iban a parar los patosos, los cerragutos y los inútiles. Cuando jugaba de portero lo hacía sin gafas porque no podía exponerme a que alguien me las rompiera de un balonazo. Jugábamos en las eras de la trilla y un día en que yo actuaba bajo los palos imaginarios de una portería (los postes eran piedras), perdimos por ocho a cero. No paré ni una. Pero es que la derrota fue más humillante aún porque el equipo rival jugó sin portero. Fue entonces cuando decidí abandonar el sueño de querer ser futbolista. Durante muchos años el fútbol no sería mi deporte favorito. Es más, lo ignoraba y hubo un tiempo en que ni siquiera me interesó. Hasta que llegué a Madrid a estudiar Periodismo y Vicente Calderón, presidente del Atlético de Madrid, puso en práctica una norma por la cual los futuros periodistas podíamos asistir al estadio de fútbol gratis. Retomé entonces mi afición por el balompié.

Ahora no me pierdo ni un partido de la selección española. Me he tragado la mayoría de los encuentros de la Eurocopa y el otro día coincidí con la frase de Azcona («las mayores demostraciones de inteligencia las he visto en algunos lances de fútbol») cuando Pirlo logró, con un penalti a lo Panenka, que el balón entrara suavemente en la portería de los ingleses. «Ese penalti lo hubiera parado yo en mi infancia porque era de los porteros que hacía la estatua», pensé inmediatamente. 

Mucha gente piensa que el fútbol es pernicioso para esta sociedad y que se le da más importancia que la que tiene. Los columnistas a los que no les gusta el fútbol dicen que nos están narcotizando con ese juego como se hacía en los tiempos del franquismo. La atención desmesurada que recibe es un insulto a la sensibilidad social y es una inmoralidad que unos jugadores ganen millones de euros por darle patadas a una pelota mientras en España hay cinco millones de parados. Yo también pienso de vez en cuando en eso, pero cuando juega España se me olvidan los males de este país y durante noventa minutos vibro o sufro con los goles que marcamos o que nos marcan. El fútbol hace más patriotas inofensivos que cinco guerras seguidas. El otro día vi el partido de España contra Francia con mi hijo, que está de cocinero en San Sebastián. Lo vimos solos en una habitación de la ciudad donostiarra y cuando marcó el primer gol Xavi Alonso, mi hijo le echó cojones y en un acto instintivo salió al balcón para gritar eso que allí nunca se grita: ¡Gooool de Españaaaaa! Después nos abrazamos muy emocionados por haberle ganado a los gabachos. El miércoles también me emocioné y sufrí lo más grande con la victoria en los penaltis de España. Esos momentos sólo los permite nuestra selección de fútbol.

Políticos frescos y fresquitos

Mi colega Carlos Morán es un buen recolector de anécdotas. El otro día me contaba lo que le pasó a Carlos Castilla del Pino la primera vez que llegó a la estación de Córdoba, pues había sido trasladado a esta ciudad para dirigir el psiquiátrico. Era un día en el que los termómetros se subían por las paredes y en la estación hacía un calor insoportable. Transcurrían aquellos años sesenta en los que en los apeaderos había trabajadores que por una propina te llevaban las maletas. Castilla del Pino miraba a un lado y otro y no veían a ningún maletero. Sudaba la gota gorda porque iba embutido en un traje blanco. Así un rato hasta que por fin vio a un maletero al que llamó con cierta urgencia. El hombre, todo tranquilo y fumándose un ‘caldo de gallina’, se presentó ante el eminente psiquiatra y le espetó:

–Tranquilo señorito, que aquí no ‘semos’ escopetas.

Salió a relucir esta anécdota en la Redacción al comentar yo que había un lector de este periódico que me había llamado para contarme algo sobre lo que creía que debía de escribir una columna. Me decía el lector que todos los días pasaba por un organismo público (en este caso de la Junta) y veía cómo un cochazo oficial (un A-6) permanecía encendido siempre al menos una o dos horas, sin que hubiera nadie dentro. Un día se interesó por esta cuestión, pues creía que se estaba despilfarrando el dinero de la manera más tonta. El conductor le dijo que mantenía el coche encendido y con el aire acondicionado puesto para que el político de turno lo encontrara fresquito al terminar su faena. El lector me contó que, además, no era el único político que lo hacía, que en el Ayuntamiento esta práctica también era habitual: hay coches oficiales parados que se tiran horas y horas con el aire acondicionado puesto para que el político no sufra los rigores del calor.

Si nos fijamos ya no hay grandes derroches a estilo de los que el otro día informaba Vicki Cobos, teatros a medio terminar que son utilizados para criar setas, pabellones cubiertos sin suministro de luz, torres en las que se ha gastado una millonada en su rehabilitación y que están siendo utilizadas por botelloneros… No, ya no hay grandes despilfarros, pero no porque hayamos comprendido que no se pueden hacer, sino porque no hay dinero. Pero hay detalles en los que se ve que los políticos no asimilan ese concepto del ahorro. No es el combustible que gasta el coche oficial para recibir fresquito al señorito (que también), sino la degradación mental que lleva a alguien a entender que con él no van los sacrificios. Hay parados que al Corte Inglés para no pasar calor y gente que sufre lo más grande cuando en su casa enchufa el aire acondicionado porque sabe que luego viene la factura. No es el combustible que gasta el coche oficial para recibir fresquito al señorito (que también), sino a la malformación a la que han llegado los de los coches oficiales al creer que eso de abrocharse el cinturón es para los ciudadanos, que nunca para ellos, pues se han acostumbrados a que les digan:

–Tranquilo, señorito, que yo le mantengo el coche fresquito.

Follar por un tubo

Echemos la culpa a alguien de lo que le ha pasado a este granadino que hace unos días necesitó de los bomberos para sacar el pene del tubo en el que lo había metido. La culpa la tiene el De Guindos ese que nos anuncia los rescates económicos y que, debido a su gestión, cada vez se parece más al título de una popular canción: ‘Échale guindos al paro’. Verán, el granadino en cuestión, lo más probable es que estuviera parado, desempleado, de los que debido a su situación laboral se pierden en la pesada bruma de la ociosidad. El día en el que le pasó el percance seguro que había visto el partido de la Eurocopa y el de Nadal y había estado toda la tarde sentado en el sofá. Y como siempre se ha dicho que la inactividad es la tierra fértil en donde germinan todos los malos pensamientos, pues allí me tienes al hombre imaginando una vulva allí donde sólo había un objeto metálico, algo que sólo Freud sabría explicar. ¡Joder cómo están las cabezas! Bueno, pues el caso es que el pene se le hinchó de tal manera que el cirujano necesitó de los expertos en cortar hierros para salvar el órgano sexual del paciente. Pasó en Urgencias del hospital granadino Ruiz de Alda y los cirujanos que atendieron al atribulado dijeron que habían visto cosas muy raras, pero nunca una penetración de estas características. «¡Y la polla el tío!», dicen que exclamó uno de los bomberos cuando tuvo que acudir a cortar el tubo en el que se había atorado el pene. Gracias a Dios no pasó nada y el hombre podrá seguir utilizando su aparato, aunque creo que nunca más para meterlo en un tubo. Desde entonces se dice que en Granada follamos por un tubo.

Bueno, el caso es que noticias como esta son las que nos hacen hablar de otra cosa que no sea el estado de la economía española (con un rescate que ni el Cristo del mismo nombre que hiciera José de Mora para los Trinitarios) o el estado de la selección española, que esta noche precisamente se la juega con Irlanda. Un periódico de Lorca el otro día daba la noticia de la falsa alarma que provocó la denuncia de una mujer, un poco dura de oído, que dijo a la policía que había escuchado a una joven vecina gritar y pedir socorro. La policía llamó al piso de donde procedían los gritos y el joven que abrió la puerta le tuvo que explicar a los uniformados que la joven que gritaba era su novia y que no estaba diciendo «¡socorro! ¡socorro!», sino «¡me corro!, ¡me corro!».

Yo creo que el Gobierno aquí tiene un filón para desviar la atención de los españoles, que hartos de oír términos que nunca antes habían escuchado, como prima de riesgo o hipoteca ‘subprime’, buscan en los periódicos sucedidos que al menos les haga esbozar una sonrisa o les transmitan una emoción. Estamos a un paso de la ruina moral y necesitamos ahora más que nunca situaciones que nos hagan pensar que no todo se reduce a las malas noticias económicas que nos dan el Rajoy y el De Guindos. Noticias que no nos hagan gritar ¡socorro, socorro!, sino lo otro.

Vuelve la costumbre de limpiarse el culo con el papel de periódico

El otro día me pasó algo que creo que merece ser contado en una columna. Al menos tiene gracia y te da una idea de lo cabreada que anda la gente con lo que está cayendo.

Resulta que el viernes pasado, en un acto sin precedentes, casi 200 personas se reunieron en el Palacio Conde de Gabias para homenajear a la imprenta. Se presentaba un libro de Paco Martínez Vela en el que escribe una historia del invento de Gutenberg, que tan entredicho está en estos tiempos en los que los apocalípticos le ven un futuro muy negro. El acto resultó un canto al libro de papel y casi todos los reunidos creíamos a pie juntillas que nunca desaparecerá. Si el libro ha sobrevivido a las hogueras, seguro que sobrevivirá a la electrónica. Bueno, el caso es que yo intervine en el acto para hacer un elogio de los periódicos de papel, que también, según dicen los apocalípticos, están en la última etapa de su historia. Yo, a la vez que defendí el olor a tinta, los tipos de plomo, los chibaletes, los tipómetros y todos esos productos que han acompañado al invento del alemán, dije que los periódicos siempre han tenido mucha utilidad ajena a la de la propia lectura. Y les hablé de cuando las mujeres lo utilizaban para ponérselos en las espinilleras para que no le salieran cabrillas, de cuando servían para liar el pescado y sobre todo, la utilidad que tenían en los retretes donde, partidos convenientemente, se ponían en un gancho de alambre y podían servir también de información mientras alguien hacía sus necesidades. Dije que todas las páginas servían menos las de las esquelas porque no estaba bien visto que uno se limpiara el culo con el nombre de alguien que había fallecido recientemente.

La gente pasó un buen rato con mi intervención, a juzgar con las risas de nostalgia (casi todos los asistentes habían rebasado ya la mitad de su vida) que suscitó la misma. Y es que habían vivido esa época de necesidades y miserias y yo se la había recordado.

Cuando terminó el acto y me dispuse a bajarme de la tarima para salir al patio del edificio, un hombre de unos setenta años me dijo que quería hablar conmigo. Era un señor alto, con barba blanca y una camisa de rayas.

-¿Sabe? Yo he vuelto a utilizar el papel de periódico para limpiarme el culo.

Me lo dijo con tanta seriedad que yo llegué a pensar que tal vez era un jubilado  al que, debido a la crisis o a los recortes de las pensiones, no tenía ni para papel higiénico y había vuelto a utilizar la técnica del aseado del trasero con papel de los diarios.

-¿Tan mal están las cosas en su casa? –le dije con cierta preocupación.

-No, hombre, tampoco es eso –contestó cuando comprendió en el error de interpretación en el que yo había caído-, yo recorto los periódicos por donde están las fotos de Urdangarín, de los que han arruinado a Bankia, de los de los ERE y de ese gachó del Consejo del Poder Judicial que se iba a Marbella a costa del dinero público. ¡Esa satisfacción de limpiarme el culo con sus caras no me las quita nadie!

Dicho esto, se fue tan campante por donde había venido.

La tecnología nos quita amigos

 

Antes, uno de los privilegios que tenía entre mis amistades era el enterarme antes que nadie de cualquier noticia. Para algo servía que yo fuera periodista. Llegaba a la reunión a la que había quedado con mis amigos y les decía: “Oye… ¿sabéis que….?” Y luego les daba la última noticia que había oído en la redacción. Ahora son ellos los que me la dan a mí. Ayer, sin ir más lejos, llegué a una taberna y me encontré con que el tabernero me informaba  de la dimisión de Fernández Ordóñez y del tipejo ese que quiere llevarse 14 millones de euros de indemnización en Bankia. La sobreabundancia de información, ese espejismo de conocimiento, como lo llama mi colega Julio Villanueva, nos hace creer que hoy hay infinidad de periodistas explicándonos qué esta sucediendo.

Pero bueno, yo de lo que quería hablar es de esa sobreabundancia de información debido al móvil, ipad u ordenador portátil que llevamos con nosotros a todos sitios. Con demasiada frecuencia vemos a alguien que está delante de ti y en vez de escuchar algo que tienes que decirle está revisando la pantalla de su móvil e incluso contestando mensajes que le han enviado. Y ahora les voy a contar lo que me pasó el otro día con un viejo conocido al que no veía hacía un par de años. Me llamó para tomarnos unas cañas.  Yo creía que iba a pasar un buen rato porque lo recordaba como un personaje dado al humor y gran contador de anécdotas y chistes. Pero al llegar a la terraza en la que yo estaba sentado, lo primero que hizo fue poner el móvil encima de la mesa, como hacían en las películas del oeste con las pistolas aquellos que se sentaban a echarse una partida de cartas. En la casi media hora que estuvimos juntos aquel aparatejo no dejó de dar el coñazo y cada vez que se oía un inclasificable pitido que salía de él, su dueño miraba la pantalla y revisaba lo que a través de ella le decían. No reconocí a mi amigo en aquella persona totalmente atada a un aparato  La tecnología lo había cambiado por completo.

Yo estaba incómodo. En un momento determinado sonó de nuevo el teléfono y él, al ver de quién se trataba, me dijo que perdonara, que tenía que contestar porque era muy importante. Se levantó de la mesa y comenzó a andar por la manzana con el móvil pegado a la oreja. Yo no pude resistir más esa indiferencia, pagué la consumisión y me largué sin despedirme. Cuando iba por la calle pensé en enviarle un mensaje a través del móvil. Podría haberle puesto algo parecido a lo que le dijo Reynaldo Arenas a Nicolás Guillén cuando dejaron de ser amigos. “De acuerdo con el balance de liquidación de amistad que cada año realizo –balance que se rige por rigurosas constataciones- le comunicó que usted ha engrosado la lista del mismo. Por lo tanto, desde el momento en que expido este documento queda usted desvinculado, en forma definitiva, de todos mis afectos”. En lugar de eso le puse: “No me llames más para tomar cervezas. ¡Vete a tomar por saco!”.

Le envié el menaje, pero aún no me ha contestado. El muy capullo…