Nosotros, los niños de la década de los sesenta, además de que todo los aprendíamos en la calle no éramos conscientes de la dictadura de Franco, pero sí de la de Robertito. Robertito era el dueño del único balón de reglamento del barrio en aquella época en la que jugar con la pelota era el estado natural de la infancia. No concebíamos la vida sin jugar de vez en cuando a la pelota en las eras. Por eso, en aquellos años quien tenía un balón de reglamento era el niño más venerado por la chiquillería. Todos querían ser amigo suyo. Si queríamos jugar un partido en condiciones había que ir a buscar a Robertito.
-Anda gafitas, tú que sabes hacer la ‘pelota’, ve a casa de Roberto y dile que si quiere jugar al fútbol. Si dice que sí, que se traiga el balón.
Así aprendimos lo que era la diplomacia.
El Gafitas era yo y Robertito, por supuesto, era el dueño del balón. El único que tenía uno en toda la calle. Los demás teníamos pelotas de goma o de badana que botaban tanto que para controlarlas se necesitaba ser contorsionista. Por eso íbamos siempre en busca de Robertito. Si Robertito decía que sí, salía de su casa con el balón debajo del brazo, con ese orgullo que da el poseer algo que todo el mundo desea y que sólo tu tienes. Luego Robertito ponía sus condiciones:
-Quiero ser el delantero centro.
-Pero si delantero centro ya tenemos. Está Gutiérrez, que es muy bueno.
-Pues si no soy delantero centro me llevo el balón.
Así aprendimos lo que era el chantaje.
Robertito acababa de delantero centro y yo de portero, como siempre.
Robertito sabía de su poder y se comportaba como un auténtico tirano a la hora de fijar reglas y de elegir compañeros de juego. Siempre jugaba con los mejores y era el que hacía y deshacía los equipos. También el que decía si había sido gol o no un tiro que pasaban por una portería a la que le faltaban los postes.
Si Robertito decía que no había sido gol, no había sido gol. Si alguno le contrariaba, amenazaba con terminar el partido porque se iba a su casa con el balón. Jodío Robertito.
Hasta que una tarde, por un azar del destino, Robertito que se quedó sin balón. Fue que Gutiérrez, que era un auténtico crack, le dio tan fuerte a la pelota que salió de las eras y fue a dar al burro del Tío Lucas, que venía de la huerta de coger sandías. La burra comenzó a dar coces y a resultas de lo cual tiró la carga de sandías, que se esparcieron por el suelo rotas y sin posibilidad alguna de recomposición. El Tío Lucas se puso tan furioso que cogió el balón, sacó la albaceteña de su bolsillo y lo rajó como si fuese una pieza de fruta de las que acababa de perder. Robertito de echó a llorar y nosotros, por un lado estábamos tristes porque se había acabado el partido pero por dentro todos estábamos contentos porque se había acabado la tiranía de Robertito. ¡Que le den por culo a Robertito!, pensamos al unísono.
Así aprendimos lo que era la libertad.

La verdad es que te ha quedado cristalino. No es que haya que trasponerlo al pie de la letra y sacar las navajas, (que algunos sí lo piensan)pero ciertamente, la idea queda muy clara. También yo he vivido esa época. Y creo que el concepto más sagrado es el de la libertad (antes que ningún otro), y nada se favoritismos, subvencionalismos, peloteos varios, lameculismos. Este es un país en el que se demoniza al emprendedor, nadie quiere trabajar, pero todos quieren vivir a lo grande. Se prima el “aquí me las traigan” y a mirar cómo trabajan los demás (en otros países, claro) y luego, claro, vienen las quejas. Simplemente si se favoreciera a los emprendedores, que alguno habrá,y se facilitara la vida a los que realmente quieren trabajar, ya ganaríamos mucho. Y a los que quieren vivir de mantenidos, (políticos, liberados sindicales, asesores, gente que cobra y no se sabe de qué, etc) una patada en el culo y a la calle.