Archive for the 'Uncategorized' Category

La guerra del pionono

Lo he dicho en alguna ocasión. En cuanto a polémicas, Granada es como los boletos de la Once: rascas y te sale una. Lo que pasa es que hay algunas que tienen gracia. Por ejemplo, la que surgió hace unas semanas con las escaleras que prestaban las floristerías del cementerio para que sus clientes pudieran poner flores a sus muertos en los nichos más altos. Emucesa, la empresa que gestiona el camposanto granadino, decidió denunciar a tres floristas por considerar que estas incumplían el contrato de cesión de sus locales, ya que no estaba escrito en sitio alguno que pudieran prestar las escaleras. Y mientras tanto allí me tenías a todos los visitantes de la necrópolis desorientados cantando lo de Serrat:

Quién me presta una escalera

para subir al cementerio

y ponerle las flores,

a mi pobre tío Eleuterio”.

Hasta que un juez dijo que las floristas tenía derecho a prestar las escaleras.

Ahora hay otra polémica, aunque ésta mucho más dulce. Verán. Resulta que un investigador motrileño llamado Gabriel Medina ha publicado un librito en el que desmonta la idea de que el pionono fuera inventado por Ceferino Isla, cuyos descendientes regentan un próspero negocio de venta de estos dulces. Dice Gabriel Medina que el pionono ya existía antes de que Ceferino Isla montara su pastelería en Santa Fe y cree que surgió en Cádiz. En fin, que aporta en su libro anuncios de pastelerías y trozos de obras literarias con los que demuestra que este rico dulce (Tico Medina, que padece diabetes, dice que el día que quiera suicidarse no se tirará a las frías aguas de un río como Ganivet, sino que lo hará con una caja de piononos) se expedía en toda España antes de que llegará a Santa Fe. Incluso ha encontrado referencias al pionono en La Regenta, de Leopoldo Alas Clarín, y dice que el pionono ya existía, al menos, desde 1858, antes de que naciera Ceferino Isla.

El caso es que muchas pastelerías también hacen los célebres piononos y los herederos de Ceferino Isla han puesto en manos de los tribunales el asunto ya que ellos tienen registrada la marca ‘pionono’ como suya. No desmienten la investigación de Gabriel Medina, pero consideran que fue Ceferino Isla quién registró el producto y el que lo popularizó e hizo célebre, hasta tal punto que hoy día casi todo el mundo relaciona el nombre de Isla con pionono. Algunos pasteleros alegan que este dulce lo puede elaborar cualquiera, como la torta de aceite o la pastela moruna, que nadie debe tener la patente de corso porque su fórmula no es un secreto, como la Coca Cola. Incluso se han abierto piononerías (palabra aún no aceptada en el diccionario) en Granada. Otra cosa es que los de Isla sean los más conocidos. En fin que un juez decidirá quién lleva razón. El veredicto está al caer. Yo, por si acaso, estoy acaparando piononos. Una de las consecuencias de todas las guerras es la escasez de productos. Vayamos a pollas.

 

 

 

La máquina de despiojar

Advierto, antes de empezar, que esta columna hará que a usted, querido lector, le entren ganas de rascarse la cabeza. Va de piojos. No sé si lo leyeron ustedes el otro día en la última página de este periódico. Resulta que una abogada granadina, Rosario Montero, ha puesto en marcha una franquicia de negocios con despiojadores, gracias a los cuales y después de varias sesiones, la cabeza de una persona se puede ver libre de estos molestos parásitos. Dice la granadina que estos insectos nos traen imágenes de guerras, hambre, peste y hacinamiento, pero que actualmente no estamos libres de ellos y siguen pululando por nuestras cabezas. La franquicia se llama ‘Kids and nits’ (‘Niños y liendres’) y el tratamiento que propone consiste en deshidratar a los piojos con calor, succionándolos con un aspirador y  concluir la operación con un cepillado manual. El tratamiento cuesta entre unos 50 y 70 euros. En nuestra época quitar los piojos resultaba más barato

Lo he contado alguna vez que otra. Todas las historias que oía cuando era un niño lo hacía mientras mi madre me despiojaba. Para realizar esa entrañable labor de matar los piojos que acampaban  en mi cabeza, ella necesitaba  que me estuviera quieto, por eso me contaba sucedidos extraordinarios de princesas encantadas y de animales parlantes que me dejaban embobado y tan inmóvil como una estatua.  En esos instantes no había para mí otra cosa que aquel mundo invisible y fantástico del que me estaba hablando mi madre. La vida y los cuentos se entremezclaban en mi mente de una forma tan indisoluble como intensa. Yo creo que por eso me gustan tanto ahora las historias.

En aquellos años había otra manera de exterminar los piojos, el zeta zeta, pero era un líquido blanco y pastoso de dudosa eficacia que dejaba un impúdico olor sobre nuestras cabezas y que delataba  nuestra condición de piojosos. La lógica era aplastante: si hueles a zeta-zeta es que tienes piojos. Por  eso las madres preferían la caza directa de los parásitos, la búsqueda en su estado natural para después masacrarlos. Los cogían, los ponían encima de la uña de uno de los dedos gordos y los aplastaban con el otro. El crepitar que salía de aquel ejercicio era un triunfo. A veces se les oía decir: “¡Dios mío! ¡No sé de donde salen tantos piojos!”.

El otro día comenté esta noticia de la máquina despiojadora con mi madre, que tiene 87 años y su memoria en buen estado. Me recordó que a veces se le acababa el repertorio de los cuentos y me contaba ese que era inacabable, el de la buena pipa. “Yo no digo ni que sí, ni que no, que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa…”. Claro que yo me cabreaba porque el cuento de la buena pipa daba vueltas sobre sí mismo y no tenía fin.

Eso tiene la edad, que te hace sentir una añoranza irresistible por el pasado. Cosas que pasaron hace 40 años llegamos recordarlas como si hubiesen sucedido ayer. Solo falta que a esa máquina mata piojos le añadan un altavoz para que cuente historias mientras hace su trabajo. Entonces sería perfecta. ¡Quieren creen que durante la escritura de este artículo me he rascado cinco veces la cabeza!

 

 

Campeones de la ‘Trinconlí’

Antes, cuando la memoria era un don preciado, a los niños nos hacían aprender de carrerilla un montón de listas de cosas o personas: los doce hijos de Jacob, los ríos de España con sus afluentes, los reyes godos, la tabla periódica… Pero luego vinieron los modelos de la nueva pedagogía que decían que no había que aprenderse de memoria nada, que eso no serví, que lo importante era la compresión. De todas maneras yo todavía me acuerdo de la alineación del Real Madrid que ganó la sexta copa de Europa o los ríos de América del Sur. Ahora dicen los médicos que hacer ejercicios nemotécnicos es bueno para no contraer el… ¿cómo se llama esa enfermedad que te hace perder los recuerdos? Bueno, pues esa. Así que, entrado ya en esa edad en la que se recomienda que hay que darle juego a la retentiva, he decidido aprenderme de carrerilla los nombres de los corruptos que hay en España como si fuese uno de esos equipos de fútbol que los chavales de los sesenta conseguíamos memorizar. Una muestra: De portero, Fabra; de defensas, Mata, Oriol y Cachuli. Medios; Camps y Roca. Y de delanteros, los cinco magníficos del mangoneo: Bárcenas, Gutiérrez, Urdangarín, Diego Torres y Correa. Joder que alineación. En cuanto al banquillo, hay de dónde tirar, no hay más que abrir el periódico todos los días y encontrar alguno en una forma envidiable para sustituir a los titulares, desde Juan Lanzas a la Munar, o esa otra tipa que se llevaba 6.000 euros por cada sesión del consejo de administración a la que no iba. Con estos el Campeonato del Mundo de la Trincaera, la ‘Trinconlí’, está asegurado. El himno podría titularse: ‘España, donde robar es la caña’.

Pero es que también he decidido aprenderme las obras inútiles en las que los políticos se han gastado un montón de millones y no sirven para nada: las de los aeropuertos en los que no aterriza ni un avión (Murcia, Castellón, Ciudad Real…), la de los tranvías por los que no pasa ni un tranvía (Jaén) o la de los metros inacabados, autovías o ‘Aves’, como el de Granada que, a este paso, no verán ni mi bisnietos. En cuanto a la autovía, hace sólo unos días que se ha dicho que el tramo de la A-7 que unirá en un futuro incierto (cada día más incierto) Taramay con Lobres, está a la mitad y no se abrirá este verano, tal y como se venía anunciando. Tampoco se acabará la A-7 en Granada en esta legislatura, como ya se ha admitido. O sea que tenemos unos cuantos años más por delante antes de que podamos cruzar la costa por dos carriles de ida y otros dos de vuelta. También quiero aprenderme de memoria todos aquellos proyectos que se han quedado en el aire en Granada y que, como decía mi compañero Javier Barrera el otro día, han resultado gafes para esta ciudad en la que se señorea como en ninguna ese virus que acarrea la malafollá. A saber: segunda circunvalación, espacio escénico, centro García Lorca, Palacio del hielo, funicular a Sierra Nevada, la Alhambra mecánica, el parque de la Vega, la autovía, el ferrocarril a Motril y el Milenio. Todo de carrerilla. Sólo me falta paciencia. ¿Paciencia? ¿De qué me suena a mí esta palabra? No si verás tú…

¿Y si el escaqueo fuera un delito?

Cuando todo iba bien y había dinero, las refriegas entre los colectivos eran menos. Todo el mundo se comportaba como aquel que fue a sacarse una muela y cuando el dentista le dijo que abriera la boca le cogió los huevos y le dijo: “¿Verdad que no nos vamos a hacer daño?”. En el colectivo judicial (funcionarios de administración de justicia, magistrados y jueces) por lo visto todos lo hacían mal (laboralmente hablando) y nadie hablaba por no hacerse daño entre ellos. Pero resulta que en la memoria del Tribunal Superior de Justicia de este año se ha resaltado que parte del retraso que llevan los asuntos judiciales es porque algunos funcionarios no fichan y se escaquean de su trabajo, por lo que es fácil encontrarlos por las rebajas de El Corte Inglés en horario laboral (esto último lo digo yo). Los funcionarios han contestado duramente al presidente del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y han dicho que sus salidas sí están controladas y que los que no fichan son los jueces y los magistrados que llegan y se van a su casa cuando quieren. O sea, que los que se escaquean son los que llevan toga.

Pero es que el lunes pasado el presidente socialista del Parlamento Andaluz dijo que iba a modificar el reglamento de la Cámara para sancionar económicamente a los diputados que se ausente sin justificación. O sea, que hay señores políticos, profesionales del escaqueo, que ni siquiera acuden al Parlamento a hacer su trabajo.

El escaqueo de los que tienen un sueldo público en su horario laboral es ya un clásico en esta sociedad nuestra y si hasta el momento se ha llevado medianamente bien, ahora, en tiempos de desesperación, la cosa adquiere un tinte más dramático. Moralmente es inadmisible. ¿Cómo puede haber personas que se marchan horas enteras de su puesto laboral y siguen cobrando mientras hay miles de parados que quisieran cobrar por no marcharse de un puesto laboral? En esa pregunta cabe una novela. Antes no se fichaba, los funcionarios llegaban, ponían la chaqueta en el respaldar de la silla y se iban a sus otras labores. En Granada, en tiempos del pluriempleo, cuando un sueldo menguado no daba para sacar adelante la familia, se cuenta que había un tal López que trabajaba en una dependencia municipal y todos los días entraba a la oficina, colgaba su chaqueta y se iba a otro trabajo privado. Si alguien preguntaba por él, un colega de dependencia decía: “Venir si ha venido porque está ahí su chaqueta, debe estar haciendo un ‘mandao’”. Pero el López aparecía sólo a la hora de irse para recoger su chaqueta. Así estuvo hasta que se jubiló. Aquel día sus compañeros le regalaron una chaqueta nueva.

En la mili el que más se escaqueaba tenía cierta aureola de héroe. Había sorches que sabían estar en el sitio adecuado y en el momento oportuno para librarse de un trabajo determinado. Y encima se jactaban de eso. Eran considerados unos tipos listos, de los que sabían abrirse el camino en la vida. Hoy, tal y como está el patio laboral, con millones de personas lampando por un trabajo, el escaqueo debería ser considerado un delito. El peligro que se corre es que el que tenga que juzgar ese delito sea un juez que se escaquea.

No es país para chistes

Les cuento. Hace unas semanas, en una reunión preparatoria de la Feria del Libro, que comienza hoy, alguien propuso que la edición de este año se dedicará a la literatura de humor. Incluso se había pensado en tirarle los tejos a Eduardo Mendoza, autor destacado y representante de este género literario en España, para que diera el pregón. El que había tenido la idea tenía que defenderla ante una comisión integrada por representantes de la Junta, el Ayuntamiento, la Diputación, los libreros, los escritores… En fin, ocho o nueve. El hombre comenzó a hablar ante la comisión sobre la literatura de humor, que tan requetebién está representada en un país como el nuestro en el que el libro más famoso de todos los tiempos, El Quijote, es un libro de risas. La presentación fue inmejorable. Incluso dijo que veía bien que este año en el que todos estamos tan tristes y deprimidos, la feria se dedicara al humor.

Estaba terminando su exposición cuando uno de los integrantes de la comisión entró apresuradamente en la sala. Nada más sentarse preguntó en voz alta en donde estaba el tema.

Su vecino en la mesa le informó:

-Es que hemos planteado que la Feria del Libro sea dedicada a la literatura de humor.

Entonces el perla, haciendo gala de su incompetencia congénita y de su ignorancia supina, dice:

-Sí, hombre, para eso estamos, pa que nos cuenten chistes.

Ni que decir tiene que la propuesta de dedicar la Feria del libro de Granada a la literatura de humor fue rechazada. En su lugar se decidió dedicarla al Milenio.

Pero esta es una anécdota dentro del objetivo de esta columna, que no es ni más ni menos que sumarme al homenaje que esta tarde le van a dedicar los humoristas gráficos a Andrés Soria Moreno, un hombre al que la muerte se lo ha llevado demasiado pronto y que ha dedicado su vida a intentar sacar una sonrisa a los lectores de los periódicos en los que colaboró. Andrés era hijo del inefabledibujante  Guillermo Soria, que está convencido de que el humor es algo que en cualquier situación, por muy crítica que sea, puede salvarnos del desastre anímico.

Andrés Sopeña y un servidor presentarán hoy el libro de dibujos del hijo de Guillermo, ‘Smile, please’ (Sonría, por favor). Aparte de eso, se le ha dedicado una exposición de chistes sin palabras que el fallecido dibujó en sus últimos años, procedentes en su mayoría de trabajos para la agencia inglesa Cartoon Stock. Andrés fue el creador ‘Malafoiosky’, un personaje tipo que encarna a ese amplio colectivo de granadinos que supuran malafollá por donde quieran que vayan, como dice  la canción de Serrat. Ladrón de Guevara había hallado el ejemplo típico de un malafollá en ese estanquero del Realejo que al entrar un cliente y pedirle unos puros que estuvieran frescos, le contestó: “¿Frescos? A ver si se cree usted que aquí vendemos boquerones”. Si Andrés Soria estuviera aún en este mundo,  hubiera encontrado una inspiración para su ‘malafoiosky’ en ese adalid de la cultura granadina que al plantearle que la Feria del Libro fuera dedicada al humor, dijo eso de: “Sí hombre, para eso estamos, pa que nos cuesten chistes”.

 

 

Las costras de la vida

En aquellos tiempos en los que la bella Sara Montiel (q.e.p.d.) nos calentaba los sueños vestida de india, los niños exhibíamos con orgullo coágulos de sangre reseca en los codos y las rodillas. Las costras eran las medallas por nuestra valentía y osadía ante los retos de la vida. Los infantes de ahora apenas tienen costras porque no corren por las calles y no se caen. Y si lo hacen es sobre pistas mullidas. Pero en aquellos tiempos de los que estoy hablando, las calles ni siquiera estaban asfaltadas y las eras en las que jugábamos a la pelota tenían las piedras necesarias para causar el  consabido estropicio en nuestro cuerpo. Íbamos todos en pantalón corto, esa inefable prenda de la infancia que ha perdido glamour con los años. Así que cualquier caída en busca del balón o tras el empujón del matón de turno, provocaba una herida en nuestras rodillas, que luego exhibíamos sin recato porque era la señal más clara de que habíamos salido airosos de los peligros que ofrecía la supervivencia. Aunque el verdadero placer estaba en desprenderse de la concha. En esta práctica había dolor pero era soportable. Disfrutábamos como marranos en un charco arrancándonosla,  lo que provocaba la consiguiente salida de sangre y la aparición, al cabo de unos días, de otra nueva costra. Nuestras madres nos regañaban si nos desprendíamos de ellas, pero la tentación siempre ganaba. “No te la quites que ella se cae sola”, nos decían las progenitoras. No conocíamos la función de las costras, que es de la proteger la herida para mantener alejados a los gérmenes y ofrecerles a las células de la piel la oportunidad de cicatrizar. Sólo sabíamos que nos invadía un extraño placer si nos las extirpábamos, sobre todo cuando empezaban a picar y estábamos aburridos.

Recordé la fascinación que provocaban en mí las costras de la infancia el otro día oyendo a Eduardo Chirinos, un poeta peruano que vino a Granada a hablarnos de su poesía. Contaba el escritor como su gran amigo Fernando Iwasaki, para no enfadar a su madre, que le había prohibido tajantemente que se arrancara las costras de las rodillas, éste se las quitaba primero, las guardaba con esmero en el bolsillo de su pantalón y se las pegaba con pegamento al llegar a su casa.

Las costras son una metáfora más en el devenir de nuestra vida. Lo dicen los poetas y las frases hechas. La mayoría de las heridas se cierran con el tiempo, aunque otras las renovamos constantemente, en un masoquista deseo de que nunca cicatricen.  El mismo Chirinos lo expresa así: hay heridas que duelen, aunque no les hagas caso están allí, con sus manos terribles y sus ojos mirándote y mirándote, esperando a que le hagas caso de nuevo. Muchas veces, tal vez demasiadas, el devenir nos empuja a comportamos como niños, que nos arrancamos las costras de las heridas del alma porque nos produce placer recordar que una vez nos dolió la vida. Otro poeta, Lamartine, dijo que después de la propia sangre, lo mejor que el hombre puede dar de sí mismo es una lágrima. Y eso se basa la existencia, en alternar lágrimas y heridas que producen cierto placer abrirlas. Jodía vida.

 

El Día Internacional de la Diversión

En Granada hay un dicho que reza: Llovió más que el día en el que enterraron a Zafra. Seguro que muchos de ustedes habrán recordado esta leyenda granadina al ver en la portada del Ideal de hace unos días la Carrera del Darro totalmente anegada. Por ese sitio precisamente navegó el ataúd de César de Zafra el día cuatro de marzo de 1.600. Estaba el cadáver dispuesto para el velatorio en la Casa de Castril, cuando una tremenda riada se lo llevó por delante. Y nunca más se supo de él, dando por válida la maldición de una gitana (“Quiera Dios que lo entierren las aguas del río”) que había sido apaleada meses atrás por el fallecido. El luctuoso suceso no amilanó a los dicharacheros, que enseguida hicieron chanzas de lo acaecido. Dicen que aquella misma noche, uno de los borrachos que salía de una taberna dijo aquello de “si el agua rompe los caminos, qué no hará con los intestinos”. En fin, que toda noticia tiene su punto de humor y nostalgia, un punto que nos desahoga (tal vez en esta ocasión no esté bien elegida esta palabra, dado el tema que nos ocupa), de la tristeza que provoca la realidad actual.  Una tristeza que merece, lo decía en una columna reciente, la  necesidad del optimismo.

Resulta que el cuatro de abril, unos cachondos lo eligieron para que fuera el Día Internacional de la Diversión. Como hay días internacionales para todo, también lo hay para el desahogo. Por lo visto, un grupo de ejecutivos del Banco Central de Humor Positivo (BCHP), cargados con maletines repletos de fajos de billetes de humor en efectivo, se pasearon por algunas capitales españolas  (no tenemos noticias de que la iniciativa tuviera éxito en Granada, ciudad famosa por su malafollá) para repartir entre la ciudadanía un complemento de salario emocional: en total más de un millón de jocosidades, chascarrillos y retruécanos de las arcas del BCHP. Eduardo Jáuregui, uno de los gobernadores del BCHP, explicó hace unos días esta iniciativa de esta manera: “Entre las pésimas noticias económicas y los escándalos de corrupción política, los españoles actualmente no llegan a fin de mes con sus reservas de buen humor habituales. Por eso nos hemos visto obligados a suplirlas con este sobresueldo adicional”. Así que se invitaron a los ciudadanos a retirar fondos del BCHP billetes de humor en efectivo.

Dicho lo cual, sólo basta abrir un periódico para darnos cuenta de la necesidad de esa diversión y del déficit de humor en la sociedad actual. En Granada, por ejemplo, el desánimo cunde cuando leemos noticias como la de la subida del paro o la desaparición de la teleasistencia, por decir sólo dos. Así que sirva como contribución personal a ese Día Internacional de la Diversión este chiste sacado ayer mismo del Banco Central de Humor Positivo. Es sobre un amigo que se encuentra en Puerta Real con otro y le pregunta por qué va tan abatido por la vida.

-Es que me he quedado en el paro y debo 10.000 euros. Mis acreedores me atosigan para cobrarme cada vez que me ven por la calle.

-Pues ponte barba postizas y así los despistas –le recomienda el amigo.

A lo que aquel contesta:

-No puedo. Con barba debo 20.000.

Feliz Día Internacional de la Diversión.

 

Cuando el ‘snowboard’ era una patineta en la Cuesta Gomérez

El otro día subí a Sierra Nevada y vi un letrero que ponía: “Borreguiles. 40 centímetros. Dura”. Y pensé: joder, quién fuera Borreguiles. Más adelante había otro cartel. “Calidad: polvo”. Con tanto letrero predispuesto a la doble interpretación no sabes si anuncian una estación de esquí o son reclamos de una página de contactos.

Es broma, advierto. Que nadie se me enfade, que luego me falta tiempo para contestar. Como digo, subí a Sierra Nevada, lo que hago al menos una vez al año, para comprobar que la nieve sigue siendo blanca y que las casas de allí se parecen al Congreso de los Diputados: están llenas de chupones. También subo para comer (ya es una tradición) con mi amigo Antonio Morcillo, un hombre que está llenando el mundo de camareros y cocineros formados en el Meliá. De los pocos ratos de optimismo que ofrece la vida hoy día, uno de ellos está en echar unas cañas con los amigos, lo demás son telediarios con malas noticias económicas y periódicos que parecen fichas policiales en cuyas portadas aparecen sinvergüenzas que se han quedado con el dinero de los contribuyentes. Digo que no hay muchas razones para el optimismo en estos tiempos, pero también digo que ese optimismo es necesario si no queremos sucumbir en el desánimo total. Bueno, el caso es que Antonio y yo somos de la misma época y estuvimos riendo un poco a costa de la visión de un grupo de jóvenes que venían de practicar el snowboard, modalidad que ha tenido su campeonato del mundo en nuestra Sierra.

-Ahora lo llaman ‘esnouboar’ pero lo que hacen esos chicos ya lo hacíamos nosotros con la patineta –me dijo Antonio.

Y recordó cuando le quitó a su madre la tabla de lavar en la pila y bajaba con ella a toda leche por la cuesta Gómerez cuando había nieve. Luego su madre, al comprobar que no podía lavar sin su tabla, se tomó su correspondiente revancha con el alpargate. Yo le comenté que en mi pueblo el patín la construíamos con una madera lisa a la que le acoplábamos cuatro cojinetes o rodamientos de aquellos que llevaban bolas de acero por dentro. Y le conté cuando me escalabré cuando al no poder frenar a tiempo (los frenos eran los zapatos) fui a dar con la casa del Comandante, que tenía los quicios de mármol puro. Me pusieron una perra gorda en la frente atada con un pañuelo para que no progresara el chichón y mi madre echó el patín a la lumbre. A tomar por saco. Estuvimos riéndonos un rato, apurando esa ración de optimismo diario que hace falta para subsistir hoy día

Tal vez la infancia, pensé, sea un buen refugio de la mente en estos tiempos de incertidumbre e inquietud. Sobre para todos aquellos que ya tenemos prácticamente el pescao vendío en este valle de lágrimas (que se lo pregunten a los penitentes que no pueden sacar a sus procesiones) que es la vida. Dijo Rilke aquello de que la verdadera patria de uno es la infancia y aún hoy nadie lo ha rebatido. Y creo que es bueno volver a ella con más nostalgia de futuro que con ansia de pasado. No es que creas que aquel tiempo haya sido el mejor de tu existencia, sino que era un tiempo en el que a la vida solo le pedías precisamente eso: vida. Al fin y al cabo la infancia es el domingo de la vida.

Futboleras

En estos días me han caído varios chapetones en el alma que se esconde tras mi serrano cuerpo. Uno de ellos tras la publicación el pasado jueves de una columna sobre el fútbol y las mujeres. Juro por mis ancestros más respetables que jamás mi intención era provocar tal revolera. Me dicen que esa misma mañana el blog en el que aparecía la columna –un día después de publicarse en el papel- fue visitado por 8.000 personas. Y que había cientos de comentarios, la mayoría poniéndome a parir por considerar que lo que yo había escrito era deplorable para el mundo de la mujer. Y en las redes sociales ni te cuento. O sea, que había salido del armario y era un machista. Mi artículo tenía varias intenciones, menos la de molestar a las mujeres a las que les gusta el fútbol. En principio me parecía una medida sexista que hubieran rebajado el precio de la entrada a ellas. Me recordaba esa época de mi infancia en la que en la pizarra que anunciaba el partido del equipo de mi pueblo, se decía: “Mujeres gratis si van acompañadas de un varón”. La mujer hoy día exige pagar el mismo precio por la entrada que un hombre.

La segunda intención estaba tan clara que me asombra que muchos lectores no la hayan apreciado. Considero a la mujer mucho más inteligente que el hombre a la hora de valorar esa pasión desaforada que levanta el fútbol, capaz de anular cualquier intención de la voluntad y de dejarnos imbéciles ante un partido que consideramos trascendental.

Dicho, esto sólo me falta pedir perdón a aquellas mujeres que se enfadan, se deprimen, se alegran hasta la euforia y llegan a pelearse por el fútbol. Pido perdón a las mujeres que se deprimen psicológicamente cuando pierde su equipo. Pido perdón a esas mujeres que siempre van a los estadios de fútbol y que consideran este juego un dogma o una creencia. Pido también perdón a las mujeres que practican el deporte rey y que disfrutan dándole patadas a un balón. En fin, pido perdón a todas aquellas mujeres que se hayan sentido ofendidas.

Mi tercera intención era la de hacer reír a los lectores, cosa que, visto lo visto, no he conseguido. Dijo Kafka que en un mundo sin Dios se impone el sentido del humor. Por eso permítanme que termine contándoles una anécdota (en España se ha convertido en chiste) sobre el fútbol y la importancia que tiene para muchos hombres. Sucedió en Brasil, donde el fútbol es pan y evangelio: un hombre que estaba con su hijo haciendo la fila para ver jugar a Flamengo descubrió, de repente, que había olvidado las dos entradas. Como vivían cerca, el hijo fue corriendo a buscar los billetes, mientras el padre permaneció en la cola. Cuando el muchacho llegó a la casa, encontró a su madre en la cama con un tipo. El niño tomó las dos entradas y, sin decir nada, partió como un rayo al reencuentro con su papá.
—Papi, te tengo una noticia muy mala —dijo el chico, jadeante.
—¿Cuál es? —preguntó el viejo, más concentrado en su pequeño radio que en el anuncio de su hijo.
—Encontré a mi mamá en la cama con un señor.
—Yo te tengo una noticia peor —repuso el padre—: ¡imagínate que no va a jugar Zico!

Sonrían por favor. Lo demás es úlcera.

 

Mujeres y fútbol

Vaya, al Granada Club de Fútbol se le ha ocurrido poner las entradas de las mujeres para el partido del próximo domingo contra el Levante mucho más baratas. A diez euros. Voy a protestar, pero no porque crea que es un caso más de sexismo, sino porque creo que a las mujeres –a la inmensa mayoría–  no les gusta el fútbol. Estoy convencido de que muchas mujeres van a un partido sólo para reírse de ese estado catatónico en el que entramos cuando nuestro jugador favorito se acerca al área contraria y gritamos gol. Ellas no lo viven o lo sufren, al menos como lo vivimos y sufrimos nosotros. Hay hombres que no conciben la vida sin el fútbol y que todos sus desgracias y alegrías las condicionan si ha ganado su equipo preferido o no. La mujer nunca llega a ese estado de imbecilidad y tratar de atraerla a ese deporte que ninguna ha practicado cuando era niña, creo que no deja de ser un gesto inútil.
Lo han llamado ‘El partido de la mujer’ cuando la mujer, por lo general, odia el fútbol porque se siente desplazada por él. Además, no lo entiende ni hace por dónde porque no le interesa en absoluto. Una vez llevé a mi esposa al fútbol y cuando el Granada metió un gol y las casi 15.000 gargantas lo gritaron, ella me preguntó: «¿Qué ha pasado?» Y cuando un jugador simuló una caída y todo el mundo le silbaba por bribón, mi mujer me dijo: «Pobrecillo, ¿por qué le silban?» Joder, es como si fueras al cine con un ciego que a cada momento te estuviera preguntando: «¿Qué pasa ahora?»
Roberto Fontanarrosa, caricaturista argentino, dibujó a una vieja gorda que, en una tribuna repleta, exclamaba: «A mí el fútbol no me gusta, pero yo insisto en venir al campo, a ver si en una de esas hay un gol y mi marido me abraza».
Para lo que nosotros un gol puede ser una obra sublime, para ellas no es más que una anécdota en un sitio en el que veintidós gilipollas corren detrás de un balón en calzoncillos. Nunca llegarán a comprender cómo un hombre puede quedar totalmente destrozado si es goleado su equipo favorito o que ese mismo hombre considere que el estado de felicidad absoluta es cuando entra en la portería contraria el balón empujado por el delantero centro que él venera. Lo que para nosotros no es más que una religión en el que todos profesamos la misma fe, para ellas no es más que un simple pasatiempo capaz de dejarnos embobados mientras a nuestro alrededor la vida real sigue su curso.
Alberto Salcedo, uno de mis cronistas preferidos, se preguntaba, a propósito de esto, qué suerte habría corrido el mito de la paciencia de Penélope si Ulises, su marido, en vez de permanecer diez años peleando la Guerra de Troya, se hubiera ausentado un domingo -uno solo- para ir a ver un partido de fútbol. Salcedo dice que amamos a las mujeres, nacemos y morimos por ellas, y si aprendemos un lenguaje es sólo para nombrar el paraíso y ofrecérselo. Pero como bien dice el poeta Juan Manuel Roca, «no hay paraíso sin serpiente», lo que en términos pedestres significa que a toda luna de miel le llega su partido. Y si nos dejan tranquilos para que vayamos al fútbol es porque prefieren que paguemos nuestros malos humos con un árbitro antes que con ellas. A esos precios, ¿qué excusa tendrá el domingo el granadino para ir sin la mujer al fútbol? Lo dicho, una mala idea.