El Día Internacional de la Diversión

En Granada hay un dicho que reza: Llovió más que el día en el que enterraron a Zafra. Seguro que muchos de ustedes habrán recordado esta leyenda granadina al ver en la portada del Ideal de hace unos días la Carrera del Darro totalmente anegada. Por ese sitio precisamente navegó el ataúd de César de Zafra el día cuatro de marzo de 1.600. Estaba el cadáver dispuesto para el velatorio en la Casa de Castril, cuando una tremenda riada se lo llevó por delante. Y nunca más se supo de él, dando por válida la maldición de una gitana (“Quiera Dios que lo entierren las aguas del río”) que había sido apaleada meses atrás por el fallecido. El luctuoso suceso no amilanó a los dicharacheros, que enseguida hicieron chanzas de lo acaecido. Dicen que aquella misma noche, uno de los borrachos que salía de una taberna dijo aquello de “si el agua rompe los caminos, qué no hará con los intestinos”. En fin, que toda noticia tiene su punto de humor y nostalgia, un punto que nos desahoga (tal vez en esta ocasión no esté bien elegida esta palabra, dado el tema que nos ocupa), de la tristeza que provoca la realidad actual.  Una tristeza que merece, lo decía en una columna reciente, la  necesidad del optimismo.

Resulta que el cuatro de abril, unos cachondos lo eligieron para que fuera el Día Internacional de la Diversión. Como hay días internacionales para todo, también lo hay para el desahogo. Por lo visto, un grupo de ejecutivos del Banco Central de Humor Positivo (BCHP), cargados con maletines repletos de fajos de billetes de humor en efectivo, se pasearon por algunas capitales españolas  (no tenemos noticias de que la iniciativa tuviera éxito en Granada, ciudad famosa por su malafollá) para repartir entre la ciudadanía un complemento de salario emocional: en total más de un millón de jocosidades, chascarrillos y retruécanos de las arcas del BCHP. Eduardo Jáuregui, uno de los gobernadores del BCHP, explicó hace unos días esta iniciativa de esta manera: “Entre las pésimas noticias económicas y los escándalos de corrupción política, los españoles actualmente no llegan a fin de mes con sus reservas de buen humor habituales. Por eso nos hemos visto obligados a suplirlas con este sobresueldo adicional”. Así que se invitaron a los ciudadanos a retirar fondos del BCHP billetes de humor en efectivo.

Dicho lo cual, sólo basta abrir un periódico para darnos cuenta de la necesidad de esa diversión y del déficit de humor en la sociedad actual. En Granada, por ejemplo, el desánimo cunde cuando leemos noticias como la de la subida del paro o la desaparición de la teleasistencia, por decir sólo dos. Así que sirva como contribución personal a ese Día Internacional de la Diversión este chiste sacado ayer mismo del Banco Central de Humor Positivo. Es sobre un amigo que se encuentra en Puerta Real con otro y le pregunta por qué va tan abatido por la vida.

-Es que me he quedado en el paro y debo 10.000 euros. Mis acreedores me atosigan para cobrarme cada vez que me ven por la calle.

-Pues ponte barba postizas y así los despistas –le recomienda el amigo.

A lo que aquel contesta:

-No puedo. Con barba debo 20.000.

Feliz Día Internacional de la Diversión.

 

Cuando el ‘snowboard’ era una patineta en la Cuesta Gomérez

El otro día subí a Sierra Nevada y vi un letrero que ponía: “Borreguiles. 40 centímetros. Dura”. Y pensé: joder, quién fuera Borreguiles. Más adelante había otro cartel. “Calidad: polvo”. Con tanto letrero predispuesto a la doble interpretación no sabes si anuncian una estación de esquí o son reclamos de una página de contactos.

Es broma, advierto. Que nadie se me enfade, que luego me falta tiempo para contestar. Como digo, subí a Sierra Nevada, lo que hago al menos una vez al año, para comprobar que la nieve sigue siendo blanca y que las casas de allí se parecen al Congreso de los Diputados: están llenas de chupones. También subo para comer (ya es una tradición) con mi amigo Antonio Morcillo, un hombre que está llenando el mundo de camareros y cocineros formados en el Meliá. De los pocos ratos de optimismo que ofrece la vida hoy día, uno de ellos está en echar unas cañas con los amigos, lo demás son telediarios con malas noticias económicas y periódicos que parecen fichas policiales en cuyas portadas aparecen sinvergüenzas que se han quedado con el dinero de los contribuyentes. Digo que no hay muchas razones para el optimismo en estos tiempos, pero también digo que ese optimismo es necesario si no queremos sucumbir en el desánimo total. Bueno, el caso es que Antonio y yo somos de la misma época y estuvimos riendo un poco a costa de la visión de un grupo de jóvenes que venían de practicar el snowboard, modalidad que ha tenido su campeonato del mundo en nuestra Sierra.

-Ahora lo llaman ‘esnouboar’ pero lo que hacen esos chicos ya lo hacíamos nosotros con la patineta –me dijo Antonio.

Y recordó cuando le quitó a su madre la tabla de lavar en la pila y bajaba con ella a toda leche por la cuesta Gómerez cuando había nieve. Luego su madre, al comprobar que no podía lavar sin su tabla, se tomó su correspondiente revancha con el alpargate. Yo le comenté que en mi pueblo el patín la construíamos con una madera lisa a la que le acoplábamos cuatro cojinetes o rodamientos de aquellos que llevaban bolas de acero por dentro. Y le conté cuando me escalabré cuando al no poder frenar a tiempo (los frenos eran los zapatos) fui a dar con la casa del Comandante, que tenía los quicios de mármol puro. Me pusieron una perra gorda en la frente atada con un pañuelo para que no progresara el chichón y mi madre echó el patín a la lumbre. A tomar por saco. Estuvimos riéndonos un rato, apurando esa ración de optimismo diario que hace falta para subsistir hoy día

Tal vez la infancia, pensé, sea un buen refugio de la mente en estos tiempos de incertidumbre e inquietud. Sobre para todos aquellos que ya tenemos prácticamente el pescao vendío en este valle de lágrimas (que se lo pregunten a los penitentes que no pueden sacar a sus procesiones) que es la vida. Dijo Rilke aquello de que la verdadera patria de uno es la infancia y aún hoy nadie lo ha rebatido. Y creo que es bueno volver a ella con más nostalgia de futuro que con ansia de pasado. No es que creas que aquel tiempo haya sido el mejor de tu existencia, sino que era un tiempo en el que a la vida solo le pedías precisamente eso: vida. Al fin y al cabo la infancia es el domingo de la vida.

Futboleras

En estos días me han caído varios chapetones en el alma que se esconde tras mi serrano cuerpo. Uno de ellos tras la publicación el pasado jueves de una columna sobre el fútbol y las mujeres. Juro por mis ancestros más respetables que jamás mi intención era provocar tal revolera. Me dicen que esa misma mañana el blog en el que aparecía la columna –un día después de publicarse en el papel- fue visitado por 8.000 personas. Y que había cientos de comentarios, la mayoría poniéndome a parir por considerar que lo que yo había escrito era deplorable para el mundo de la mujer. Y en las redes sociales ni te cuento. O sea, que había salido del armario y era un machista. Mi artículo tenía varias intenciones, menos la de molestar a las mujeres a las que les gusta el fútbol. En principio me parecía una medida sexista que hubieran rebajado el precio de la entrada a ellas. Me recordaba esa época de mi infancia en la que en la pizarra que anunciaba el partido del equipo de mi pueblo, se decía: “Mujeres gratis si van acompañadas de un varón”. La mujer hoy día exige pagar el mismo precio por la entrada que un hombre.

La segunda intención estaba tan clara que me asombra que muchos lectores no la hayan apreciado. Considero a la mujer mucho más inteligente que el hombre a la hora de valorar esa pasión desaforada que levanta el fútbol, capaz de anular cualquier intención de la voluntad y de dejarnos imbéciles ante un partido que consideramos trascendental.

Dicho, esto sólo me falta pedir perdón a aquellas mujeres que se enfadan, se deprimen, se alegran hasta la euforia y llegan a pelearse por el fútbol. Pido perdón a las mujeres que se deprimen psicológicamente cuando pierde su equipo. Pido perdón a esas mujeres que siempre van a los estadios de fútbol y que consideran este juego un dogma o una creencia. Pido también perdón a las mujeres que practican el deporte rey y que disfrutan dándole patadas a un balón. En fin, pido perdón a todas aquellas mujeres que se hayan sentido ofendidas.

Mi tercera intención era la de hacer reír a los lectores, cosa que, visto lo visto, no he conseguido. Dijo Kafka que en un mundo sin Dios se impone el sentido del humor. Por eso permítanme que termine contándoles una anécdota (en España se ha convertido en chiste) sobre el fútbol y la importancia que tiene para muchos hombres. Sucedió en Brasil, donde el fútbol es pan y evangelio: un hombre que estaba con su hijo haciendo la fila para ver jugar a Flamengo descubrió, de repente, que había olvidado las dos entradas. Como vivían cerca, el hijo fue corriendo a buscar los billetes, mientras el padre permaneció en la cola. Cuando el muchacho llegó a la casa, encontró a su madre en la cama con un tipo. El niño tomó las dos entradas y, sin decir nada, partió como un rayo al reencuentro con su papá.
—Papi, te tengo una noticia muy mala —dijo el chico, jadeante.
—¿Cuál es? —preguntó el viejo, más concentrado en su pequeño radio que en el anuncio de su hijo.
—Encontré a mi mamá en la cama con un señor.
—Yo te tengo una noticia peor —repuso el padre—: ¡imagínate que no va a jugar Zico!

Sonrían por favor. Lo demás es úlcera.

 

Mujeres y fútbol

Vaya, al Granada Club de Fútbol se le ha ocurrido poner las entradas de las mujeres para el partido del próximo domingo contra el Levante mucho más baratas. A diez euros. Voy a protestar, pero no porque crea que es un caso más de sexismo, sino porque creo que a las mujeres –a la inmensa mayoría–  no les gusta el fútbol. Estoy convencido de que muchas mujeres van a un partido sólo para reírse de ese estado catatónico en el que entramos cuando nuestro jugador favorito se acerca al área contraria y gritamos gol. Ellas no lo viven o lo sufren, al menos como lo vivimos y sufrimos nosotros. Hay hombres que no conciben la vida sin el fútbol y que todos sus desgracias y alegrías las condicionan si ha ganado su equipo preferido o no. La mujer nunca llega a ese estado de imbecilidad y tratar de atraerla a ese deporte que ninguna ha practicado cuando era niña, creo que no deja de ser un gesto inútil.
Lo han llamado ‘El partido de la mujer’ cuando la mujer, por lo general, odia el fútbol porque se siente desplazada por él. Además, no lo entiende ni hace por dónde porque no le interesa en absoluto. Una vez llevé a mi esposa al fútbol y cuando el Granada metió un gol y las casi 15.000 gargantas lo gritaron, ella me preguntó: «¿Qué ha pasado?» Y cuando un jugador simuló una caída y todo el mundo le silbaba por bribón, mi mujer me dijo: «Pobrecillo, ¿por qué le silban?» Joder, es como si fueras al cine con un ciego que a cada momento te estuviera preguntando: «¿Qué pasa ahora?»
Roberto Fontanarrosa, caricaturista argentino, dibujó a una vieja gorda que, en una tribuna repleta, exclamaba: «A mí el fútbol no me gusta, pero yo insisto en venir al campo, a ver si en una de esas hay un gol y mi marido me abraza».
Para lo que nosotros un gol puede ser una obra sublime, para ellas no es más que una anécdota en un sitio en el que veintidós gilipollas corren detrás de un balón en calzoncillos. Nunca llegarán a comprender cómo un hombre puede quedar totalmente destrozado si es goleado su equipo favorito o que ese mismo hombre considere que el estado de felicidad absoluta es cuando entra en la portería contraria el balón empujado por el delantero centro que él venera. Lo que para nosotros no es más que una religión en el que todos profesamos la misma fe, para ellas no es más que un simple pasatiempo capaz de dejarnos embobados mientras a nuestro alrededor la vida real sigue su curso.
Alberto Salcedo, uno de mis cronistas preferidos, se preguntaba, a propósito de esto, qué suerte habría corrido el mito de la paciencia de Penélope si Ulises, su marido, en vez de permanecer diez años peleando la Guerra de Troya, se hubiera ausentado un domingo -uno solo- para ir a ver un partido de fútbol. Salcedo dice que amamos a las mujeres, nacemos y morimos por ellas, y si aprendemos un lenguaje es sólo para nombrar el paraíso y ofrecérselo. Pero como bien dice el poeta Juan Manuel Roca, «no hay paraíso sin serpiente», lo que en términos pedestres significa que a toda luna de miel le llega su partido. Y si nos dejan tranquilos para que vayamos al fútbol es porque prefieren que paguemos nuestros malos humos con un árbitro antes que con ellas. A esos precios, ¿qué excusa tendrá el domingo el granadino para ir sin la mujer al fútbol? Lo dicho, una mala idea.

La máquina quitanieves

A ver, hoy toca una historia de risa pero también triste, incluso de rabia. Al final ustedes decidirán con que opción se quedan. Verán. Hace unos tres o cuatro años, cuando coleaba el tiempo del Gran Despilfarro, alguien en el Ayuntamiento de Granada decidió comprar un llamado vehículo de urgencias. 60.000 euros del ala. Sería un vehículo que, como su propio nombre indica, saldría en caso de emergencias, por ejemplo el día en que hubiera una nevada y se produjeran problemas de circulación en las calles. El vehículo se compró y se metió en una especie de hangar municipal. Todo nuevecito, flamante. Ya verás tú cuando salga a la calle por alguna emergencia lo bien que vamos a quedar, pensaba el que había aprobado el presupuesto para el proyecto en cuestión.

Durante años el vehículo no ha salido a la calle. Al parecer, nunca ha hecho falta. Pero mire usted por donde el pasado jueves amaneció Granada con una gran nevada en sus calles. Como era fiesta poca gente se atrevió a salir en coche, pero algunos que lo hicieron tuvieron problemas. Por ejemplo, en mi calle una furgoneta resbaló y se quedó totalmente atravesada en la vía durante casi una hora. Nadie vino a socorrer al pobre hombre a pesar de las llamadas de socorro que hacía.

En la policía local alguien pensó que era hora, al fin, de sacar la máquina para las emergencias. Estaba nevando y podría ser útil. A ver, Gutiérrez, vaya a buscar las llaves que vamos a sacar este cacharro, ordenó el sargento al número.

Pero Gutiérrez llegó con la noticia de que nadie sabía dónde estaban las llaves. Pero hay más. La máquina tenía incorporada un pala para quitar nieve en caso de necesidad. Pues tampoco nadie sabía dónde estaba la dichosa pala. Había desaparecido. Pero hay más. Cuando se encontraron las llaves, la máquina no arrancaba porque, pardiez, la batería había perdido toda su efectividad. Nadie, absolutamente nadie, se había preocupado en estos cuatro o cinco años por la maquinita en cuestión. Su mantenimiento había brillado por su ausencia. Nadie la había arrancado y, por tanto, la batería no podía funcionar.

Y allí está la maquina quitanieves de 60.000 euros sin que nadie la use ni se sepa para qué sirve. Como un monumento a aquella época en la que se ataban los perros con longaniza y en la que cualquier concejal podría hacer la compra más absurda y peregrina. Alguien me contó que en un Ayuntamiento de la provincia (no lo pongo porque no me acuerdo qué pueblo era) a un edil se le ocurrió comprar una máquina de proyectar cine y una gran pantalla que pondrían en la plaza del pueblo los días de verano. Costó un dineral. Pero nadie sabía cómo funcionaba aquel cacharro que nunca proyectó cine y que hoy, si no ha desaparecido, acumula polvo en cualquier rincón del Consistorio.

Los sótanos de los ayuntamientos están llenos de cosas inútiles que se han comprado cuando había dinero y con los que los listillos de turno se sacaban las correspondiente comisiones. Si la crisis sirve para algo, es para que se aprenda a utilizar la cordura a la hora de invertir el dinero de los ciudadanos. ¿Cuándo nevará otra vez en Granada? Esa es la cuestión. O sea.

Déjate de ollas

ESTACION DEL AVE EN EL CERRILLO DE MARACENA FOTO: RAMON L. PEREZQue Granada es ciudad adicta a la polémicas no es nuevo. Recordemos la que se lió con el trazado de la circunvalación, cuando se peatonalizó Mesones o cuando se quiso construir un teleférico a Sierra Nevada. Ahora se correrán ríos de tinta sobre la ubicación de la estación del AVE, pues hay quien cree que es mejor que esté en el centro y hay quien apoya la decisión municipal de llevarla a La Chana. El caso es que aquí pasa como en esos boletos de la Once, que rascas y te sale una polémica. De la que le voy a hablar hoy es quizás menos importante pero mucho más divertida. Atiendan.

Hace unos meses un famoso y moderno gimnasio de Granada ideó una campaña publicitaria basada en un lema: ‘Déjate de pollas’. Se trataba de decir a los posibles usuarios con un lenguaje típicamente granadino que ya está bien de esperar a apuntarte a un gimnasio, que con los precios que habían puesto ya no había impedimentos para hacer ejercicio. Ese gimnasio puso en la misma circunvalación un enorme letrero en el que se veía el citado lema en unas grandes dimensiones: ‘Déjate de pollas’. No ha pasado mucho tiempo para que los responsables del gimnasio, quizás acuciados por las críticas adversas, echen marcha atrás. Han tapado la ‘p’ en su enorme letrero y ahora se puede leer: ‘Déjate de ollas’. La solución no ha podido ser más burda, aunque si se mira bien, puede tener el efecto contrario del que querían los ofendidos por la palabra, pues el mensaje se ha convertido en subliminal, lo que persigue cualquier campaña publicitaria que se precie. Ahora se mira más el letrero.

Un lector de este periódico me ha escrito para criticar la decisión de tapar la ‘p’, pues ve en el lema algo muy granaíno, una frase que decimos nosotros constantemente. Por eso lo consideraba acertado. Pero en el gimnasio, al parecer, están atribulados. Como soy un defensor de esa palabra, que hemos asimilado a nuestro lenguaje de la calle (recuerden que soy el autor de ‘Dejaos de pollas, vayamos a pollas’), me veo casi en la obligación de ponerme al lado del lector y del gimnasio. Llamé al local y una chica me explicó que han quitado la ‘p’ porque había quejas de algunos clientes que consideraban el término ofensivo. Así mismo me cuenta que querían ampliar la campaña a los autobuses urbanos y que en la Rober no han aprobado que vaya impresa esa palabra en sus vehículos. ¡Cuidao con la polla!

Esta Granada, llena de tiquismiquis y cascaciruelas varios, no aprende. Nos la seguimos cogiendo (la polla) con papel de fumar. Algún día contaré las anécdotas que está produciendo la venta de mi libro, que algunas librerías conservadoras no se atreven a poner en los escaparates o que lo tienen debajo del mostrador y lo venden a escondidas, como si fueran chanquetes. Pero me agrada pensar que hay muchos granadinos que sí tienen sentido del humor y que lo han comprado y lo han leído. Se ha convertido en un best-seller local. Junto con el de la malafollá de Ladrón de Guevara, es el que hasta ahora tiene más ediciones impresas. En fin, que espero que esta ciudad deje de una vez por todas a oler a cirio y a caspa, deje de ser ese paraíso cerrado para muchos y jardines abiertos para pocos, que decía el poeta, ni pollas.

Los peligros del amor

Me apetece contarles una historia que escribí hace unos meses y que tenía reservada para difundirla el día de San Valentín, tal como hoy.

Es la historia de un chico, estudiante de Filología, que compartía piso en la capital con tres estudiantes más. Era un alumno muy aplicado y sacaba buenas notas, lo que le permitía obtener una beca con la que poder seguir estudiando, pues sus padres, con escaso poder económico, no se podían permitir esa inversión en su hijo. Fueron precisamente sus padres, que viven en un pueblo de la provincia de Granada, los que me contaron lo que le había pasado a su hijo.

El caso es que el joven, un tanto alelado y romanticón, se enamoró de una chica morena que vio un día salir del portal de un bloque de pisos de la calle en la que vivía. Un día la siguió y comprobó que trabajaba en el Centro de Transfusión Sanguínea. Era una enfermera que se dedicaba a extraer sangre a los donantes. Como este chico era extremadamente tímido, nunca le dijo nada. Su amor era platónico. Así que decidió, para estar cerca de ella, ir a sacarse sangre cada vez que el amor le acuciaba. Se hizo donante e iba de cuando en cuando a que su amada le extrajera el líquido de la vida. Era hermoso contemplar sus movimientos mientras él tenía el brazo asaeteado. Durante los minutos que duraba la extracción, él podía mirarla sin rubor y amarla en el más completo de los silencios. Él era feliz a su manera pero en su casa estaban muy preocupados. Cada vez lo veían más flaco y retraído. La madre creyó que era porque el esfuerzo de los estudios le estaban robando la energía a su hijo.

Hasta que un día en el Centro le dijeron al chico que no podía dar más sangre porque se iba a resentir su salud. Era una de las normas el no permitir las extracciones muy consecutivas de sangre. Además, el enamorado se estaba quedando famélico, como Pepe Sacristán en ‘Oro rojo’, que perdió la vida a causa de la mucha sangre donada. El chico, como buen ‘wertheriano’, creyó que todos los males del mundo se habían cernido sobre su persona. Su desventura era tal que incluso pensó en el suicidio como solución a su amor imposible.

Él último día en que le permitieron sacarse sangre, salió deprimido y paseó sin rumbo por las calles. Hasta que le entró hambre y se metió en una pastelería a comprar una torta de cabello de ángel, su preferida. La chica que atendía la pastelería era rubia y muy guapa. Tenía el rostro angelical y unos modales agradables.

Ahora el estudiante de Filología va todos los días a comprarse una torta de cabello de ángel. Se ha enamorado de la pastelera. Sin duda es un amor más dulce y menos peligroso. El estudiante ha engordado cinco kilos y en su casa ya no están preocupados.

La moraleja que nos deja esta historia es que el amor siempre ha sido así: o te mata o te engorda.

Mi cuenta en el Suizo

El otro día un lector me preguntaba un tanto intrigado si todo lo que contaba en estas columnas en realidad me había pasado o era pura invención. ¡Qué más quisiera yo tener tanta imaginación!, le contesté. Le dije que a todos nos pasan cosas todos los días, lo que ocurre es que yo soy un privilegiado porque tengo un sitio alquilado como éste para narrarlas. Los clásicos griegos, Homero y demás, estaban convencidos de que las cosas sucedían para que las personas las contaran. ¿A quién no se le ha roto la caldera alguna vez y ha tenido problemas con los técnicos? ¿Quién no ha sido multado en alguna ocasión por ‘Pavarotti’, el gran recaudador municipal? ¿A quién no han llamado a las tres de la tarde para ofrecerle cambiar de compañía telefónica? ¿Quién no ha ido en el autobús y ha visto algo que le ha hecho imaginar el argumento de una buena historia? La vida está llena de sucedidos interesantes, sólo hay que mirar a nuestro alrededor y comprobar que todos somos en realidad protagonistas de muchas historias como las que yo cuento en este espacio.  

Hace poco, por ejemplo, me llegó una carta de Hacienda pidiendo que declarara todos los bienes que tengo en el extranjero. La misiva es deliciosa. A muchos granadinos que no tienen nada en el extranjero les habrá llegado una carta parecida, digo yo. A mí me dio que pensar. A lo mejor es que se han creído que tengo una cuenta en Suiza, cuando en realidad lo que tuve fue una cuenta en el ‘Suizo’. Manolo el camarero me fiaba los cafés y se los pagaba a final de mes. Yo participé junto con mi buen amigo Juan de Loxa en la campaña ‘Salvemos el Suizo’ y a lo mejor ahora quieren que lo declare. No sé. También he abierto últimamente cuentas en el feisbuq, en hotmail y en el twiter. Es posible que también me la abriera en Suiza y ahora mismo no me acuerdo. En fin. También he pensado que a lo mejor me confunden con el tal Bárcenas, al fin y al cabo mi apellido se diferencia del exgerente del PP en dos letras y mi nombre completo en 22 millones de euros. Luego he llegado a maquinar que posiblemente mi cónyuge haya comprado algo en el extranjero y no me lo ha contado. La Infanta Cristina, Isabel Pantoja y Ana Mato tampoco se han enterado de lo que han hecho sus respectivos maridos. Sospechas tengo muchas, pero certezas ningunas. A lo mejor Hacienda cree que todos somos corruptos, que es la impresión que tienen los que viven fuera de aquí. Ayer mismo recibí vía e-mail un mensaje de mi amigo irlandés Harry, que se había enterado de toda la corrupción que había en este país con los sobres del Partido Popular. Me preguntaba cómo estábamos los españoles de ánimos y le conté el chiste de esa mujer que llama muy preocupada a su marido a media mañana para preguntarle cómo se encontraba, pues en un despiste le había dado la pastilla contra los nervios en vez de la pastilla contra la diarrea. «Te llamo para preguntarte cómo estás», le dijo la mujer. «Estoy cagándome por las patas abajo. Eso sí, muy tranquilo». Pues así estamos aquí, tranquilos, aunque cagándonos por las patas de abajo.

Oye, si te enteras de algo…

Te lo encuentras en cualquier calle y, como lo conoces, te paras y hablas con él. La conversación es la misma que emprendes con cualquier otro conocido. Aquella que se refiere a lo mal que está la cosa y que como esto siga así nos vamos a comer los unos a los otros. Entonces él te relata su situación personal, que también es similar a la de ciento sesenta y pico mil granadinos que hay ya en el paro. Te cuenta que lo está pasando mal, que llevaba no sé cuántos años en la empresa y que lo han echado de mala manera, y que él no quiere cobrar el subsidio de desempleo porque se siente mal y porque aún se encuentra con muchas ganas de trabajar. Mientras él te cuenta sus penalidades, tú pones cara de circunstancias, como diciendo, venga hombre, no te desanimes que ya verás cómo esto cambia algún día. Eso le dices. «¿Tú crees? Esto tiene mala pinta», te dice él. Y tú le contestas eso que siempre repites, que esto es cíclico y que ahora estamos en la época de las vacas flacas pero que ya verás tú como dentro de poco habremos superado la crisis. Él no está muy convencido y a la hora de despedirte, te suelta la frase que más se dice en estos tiempos: «Oye, si te enteras de algo…» Lo dice porque últimamente lo hace mucho y porque se siente como obligado, aunque sepa que en este puto país hoy día no hay nada de qué enterarse porque no hay curro, de que tendrá que plantearse algo que nunca antes se había planteado: emigrar. Emite la dichosa frase con ese punto de desesperanza que hay en cualquier mensaje del que se sabe que no habrá una respuesta positiva: «Si te enteras de algo…». Y tú, cuando lo despides, te imaginas a ese conocido tuyo con el carnet de paro cinco millones y pico ir a su casa y sentarse a ver la tele para oír noticias sobre sinvergüenzas y corruptos que han mangoneado lo más grande con el dinero público o sobre aeropuertos que no funcionan o proyectos de cientos de millones de euros que se han tirado a la basura. Y te imaginas la cara de mala leche que le tiene que entrar cuando pase por obras faraónicas de los tiempos del Gran Despilfarro que hoy no tienen utilidad alguna. Si es de Jaén, por ejemplo, cuando pase por esas millonarias obras del tranvía que no funciona. Y si es de Granada, cuando vea obras impresionantes como el Palacio de Congresos o el de Deportes, que costaron la intemerata y en donde hoy apenas hay actividad. ¿Se puede permitir el lujo tener una ciudad un costosísimo Palacio de Deportes donde no se juega ni a las canicas?, se preguntará ese parado cinco millones y pico. Y luego te lo imaginas levantándose al día siguiente y salir a la calle para contarle sus penas a otro conocido al que al despedirse le dirá: «Oye, si te enteras de algo…»

Practicar el buenos días

Como tengo el colesterol haciendo escalada y la tensión cerca del Veleta, el médico me ha recomendado que ande. Más suela y menos cazuela, ha sido su consejo.  Y yo le he hecho caso. Me voy a andar todas las mañanas a partir de las siete y media. En mis largas caminatas me encuentro a gente, la precisa, para practicar una costumbre que se está perdiendo: decir buenos días. A esa hora van por la calle los que pasean perros, los que salen a andar como yo, los que se dirigen a trabajar o chavales que van al instituto. ¿Qué cómo se practica el buenos días? Muy sencillo, vas por la calle solitaria, te encuentras a una persona que pasa por tu lado y le dices: ‘Buenos días’. Como digo es una costumbre que se está perdiendo. En mi barrio quedamos tres que practicamos el ‘buenos días’, el frutero de la esquina, doña Pilar y yo. Creo que a los que decimos buenos días quieren declararnos especie protegida.

Así que yo me he propuesto este año intensificar mi campaña pro-buenos días. Desde primeros de año vengo haciéndolo. Me cruzo con alguien y ¡zas!, se lo suelto en voz alta: ¡Buenos días! Casi todos me contestan, aunque hay algunos que van todavía durmiendo y no se enteran de nada. Otros llevan unos auriculares en las orejas oyendo la radio y tampoco se enteran de nada. Cuando me falta gente para practicar, me meto en algún lugar poblado de personas.

El otro día entré en la cafetería y lo grité en voz alta. ¡Buenos días! Me contestaron el camarero y una señora que estaba mojando churros en el café. De diez personas, sólo dos se dieron por saludados. O sea, el 20 por ciento. El titular de periódico sería: ‘Ocho de cada diez granadinos no responden al saludo mañanero’. Otro parroquiano me miró con cara de asco, como diciendo: «¿Y este gilipollas? Buenos días lo serán para ti, capullo». Eso debió pensar a juzgar por su mohín de desprecio que me lanzó al rostro.

Los jóvenes son los que más se extrañan de esta costumbre. Andan todos pensando en lo suyo o dale que te pego con el teléfono móvil. Cuando yo les digo buenos días, muchos me miran como diciendo: ¡Anda, la gente habla! Hace poco entré en el autobús por la mañana muy temprano y sólo había un chico muy joven que estaba con los ojos en la pantalla del móvil y los dedos manejando el teclado (hay que ver los útiles que son ahora los dedos gordos, antes no servían para nada). Le dije buenos días y no me contestó, no se dio por aludido. Me incomodé un poco y lo volví a repetir. «He dicho buenos días». El chico me miró extrañado y me soltó: «Y yo le he contestado por el ‘guasas’». La gente es buena, aunque de vez en cuando hay que recordárselo.