Desvergonzados de primera

Body bags containing African migrants, who drowned trying to reach Italian shores, lie in the harbour of Lampedusa

 Al menos 144 muertos y más de doscientos desaparecidos. El ‘barco de la muerte’ ha hundido en las agua frías de Lampedusa la vida de cientos  de sueños. Un barco con alrededor de 500 inmigrantes a bordo naufragó de madrugada a media milla de la isla de los Conejos, cerca de Italia, cerca  de la esperanza. Entre los desaparecidos hay mujeres embarazadas y niños. Cuando el barco empezó a hundirse encendieron un fuego para que  alguien los viese, pero las llamas se propagaron y la muerte les segó de cuajo sus vidas. Y eso porque nadie los quiso ver. Ellos son invisibles. Un  superviviente asegura que pasaron cerca del lugar del barco en llamas una veintena de pesqueros y que nadie les hizo caso y nadie avisó a las  autoridades. Pasaron indiferentes ante la tragedia. Miraron a otro lado porque recoger inmigrantes les habría impedido seguir con la faena de la  pesca y, además, habrían tenido que hacer demasiado papeleo. No extraña que se piense así en un país en el que Berlusconi promulgó una ley que  consideraba a los ‘sin papeles’ delincuentes a los que había que detener.
   Como son muertos de segunda, o de tercera, el interés de su desgracia durará pocas horas en los medios y alimentará pocos telediarios. Después serán un montón féretros arrinconados en el olvido y en las cifras estadísticas, como otros muchos en el mismo lugar o en las costas andaluzas.
  Hoy me importa un carajo si han enterrado políticamente a Berlusconi, los catalanes y su viaje suicida, el Bárcenas de los millones o de un tipo  antipático que se apellida Fabra y oculta con unas gafas de sol la risa que le causamos todos.
   Me importa una mierda la prima de riesgo y los índices del Ibex 35, la Merkel, la rabona de Di Maria, la resurrección de Casillas o por qué Rajoy no inclinó la rabadilla los 45º que manda la tradición ante el emperador del sol naciente, que en esas cosas estamos nosotros detrás de los muros y alambradas que levantamos para que los parias de la tierra no osen invadir nuestro paraíso frívolo de farsas y mentiras. Hoy solo me importan las casi 150 almas ahogadas en el mar de Lampedusa y los cientos que tal vez ni siquieran llegarán a encontrarse.
Ellos son muertos de segunda, o de tercera, y nosotros desvergonzados de primera.

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