{"id":1824,"date":"2025-12-09T09:20:07","date_gmt":"2025-12-09T09:20:07","guid":{"rendered":"https:\/\/granadablogs.com\/entrelineas\/?p=1824"},"modified":"2025-12-09T09:20:07","modified_gmt":"2025-12-09T09:20:07","slug":"ni-permiso-ni-perdon","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/granadablogs.com\/entrelineas\/2025\/12\/09\/ni-permiso-ni-perdon\/","title":{"rendered":"Ni permiso ni perd\u00f3n"},"content":{"rendered":"\n<p>La reciente afirmaci\u00f3n del presidente del gobierno en sede parlamentaria de que \u201c<em>la izquierda no pide permiso ni perd\u00f3n para gobernar<\/em>\u201d no es un simple recurso ret\u00f3rico o un eslogan oportunista. Constituye un s\u00edntoma del modelo pol\u00edtico actual, marcado por una creciente polarizaci\u00f3n y por la transformaci\u00f3n del debate p\u00fablico en una disputa identitaria. Esta frase desplaza la discusi\u00f3n desde la gesti\u00f3n pragm\u00e1tica de los recursos hacia la legitimidad moral, lo que plantea interrogantes sobre la calidad democr\u00e1tica y el papel de las instituciones puestas al servicio de la permanencia en el poder.<\/p>\n\n\n\n<p>Sinceramente, da miedo. Un miedo oscuro y antiguo que recuerda situaciones que nunca debieron suceder casi un siglo atr\u00e1s. En una democracia, el permiso para gobernar se obtiene en las urnas y el perd\u00f3n se invoca cuando se cometen errores o se incumplen promesas (en pol\u00edtica deben ser como el contrato social con los votantes). Negar ambos conceptos puede interpretarse como una renuncia a la rendici\u00f3n de cuentas, lo que erosiona la confianza institucional y alimenta la percepci\u00f3n de impunidad. Desde la filosof\u00eda pol\u00edtica y la psicolog\u00eda social, esta argumentaci\u00f3n revela una din\u00e1mica que refuerza la radicalizaci\u00f3n y reduce los espacios de consenso, esenciales para la estabilidad del sistema.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero seamos cautos y analicemos la frase desde una perspectiva hist\u00f3rica. La idea de \u201cno pedir permiso\u201d conecta con las corrientes regeneracionistas del primer tercio del siglo XX, cuando la izquierda buscaba modernizar y ampliar derechos frente a estructuras consideradas conservadoras. En ese marco, el ejercicio del poder se concibi\u00f3 no solo como resultado aritm\u00e9tico de las urnas, sino como mandato hist\u00f3rico. Esta visi\u00f3n reforzaba la idea de que el proyecto pol\u00edtico era moralmente superior, reduciendo la necesidad de di\u00e1logo con quienes se percib\u00edan como defensores del statu quo. La Segunda Rep\u00fablica se present\u00f3 como una ruptura con el pasado, legitimada por una narrativa de progreso (la ilustrada, la trabajadora, la laica) frente a la \u201cEspa\u00f1a atrasada y aislada\u201d (la decimon\u00f3nica olig\u00e1rquica y clerical). Ese imaginario sigue influyendo en los discursos actuales.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde la psicolog\u00eda social, ese planteamiento genera un espacio de legitimidad expropiada en el que la justificaci\u00f3n para gobernar se basa en la bondad intr\u00ednseca del proyecto progresista (igualdad, justicia social, representatividad) m\u00e1s que en el di\u00e1logo con la oposici\u00f3n. Si se considera que se est\u00e1 en el \u201clado correcto de la historia\u201d, la negociaci\u00f3n con el \u201clado opuesto\u201d se percibe como innecesaria. As\u00ed, la confrontaci\u00f3n deja de ser meramente pol\u00edtica para convertirse en una cuesti\u00f3n de identidad, donde el adversario no es visto como leg\u00edtimo, sino como un obst\u00e1culo f\u00e1ctico, como una traici\u00f3n al progreso.<\/p>\n\n\n\n<p>Este fen\u00f3meno no es exclusivo de Espa\u00f1a; se observa en democracias donde la polarizaci\u00f3n se intensifica y los liderazgos se apoyan en relatos identitarios, como ocurre en Estados Unidos, Hungr\u00eda o en algunos pa\u00edses latinoamericanos. Aqu\u00ed, esta narrativa act\u00faa como elemento de movilizaci\u00f3n, reforzando la cohesi\u00f3n del electorado propio. El mensaje transmite que la acci\u00f3n autocr\u00e1tica es necesaria y heroica, aun dependiendo de pactos ajustados para aspirar a la gobernabilidad. Este tipo de discurso, lejos de ser anecd\u00f3tico, contribuye a consolidar bloques cerrados, cierra espacios de negociaci\u00f3n y dificulta la b\u00fasqueda de acuerdos transversales&#8230; La pol\u00edtica se convierte en un sistema de reafirmaci\u00f3n moral.<\/p>\n\n\n\n<p>M\u00e1s complejo a\u00fan es el \u201cno pedir perd\u00f3n\u201d. Sociol\u00f3gicamente, esta negativa se vincula a la memoria hist\u00f3rica y al trauma de la guerra civil y la dictadura. Desde esta perspectiva, el poder se interpreta como una forma de reparaci\u00f3n, lo que activa mecanismos de licencia moral; cualquier decisi\u00f3n controvertida (como ataques al poder judicial o alianzas impensables) se justifica como un mal menor frente a la amenaza de involuci\u00f3n. As\u00ed, se normaliza la idea de que los errores no requieren disculpa porque responden a un bien superior. Este razonamiento, aunque comprensible desde la l\u00f3gica partidista, erosiona la cultura democr\u00e1tica basada en la responsabilidad y la autocr\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n<p>El problema surge cuando esta l\u00f3gica traslada el debate desde la gesti\u00f3n legislativa hacia la legitimidad existencial de asumir el derecho a gobernar. Si se presume que no hay que pedir permiso ni perd\u00f3n, se env\u00eda el mensaje de que la cr\u00edtica carece de relevancia y que la oposici\u00f3n no es un interlocutor v\u00e1lido. Este enfoque aproxima la pol\u00edtica a la concepci\u00f3n que Carl Schmitt defini\u00f3 como filosof\u00eda del conflicto, en la que la distinci\u00f3n maniquea entre \u201camigo\u201d y \u201cenemigo\u201d sustituye al di\u00e1logo democr\u00e1tico. La consecuencia es una erosi\u00f3n del consenso que sustent\u00f3 la transici\u00f3n y que garantiz\u00f3 la estabilidad institucional durante d\u00e9cadas. Cuando la pol\u00edtica se define por la negaci\u00f3n del otro, se debilitan los mecanismos de control y equilibrio que sostienen el sistema.<\/p>\n\n\n\n<p>Este tipo de ret\u00f3rica no es exclusivo de un signo pol\u00edtico; se observa en democracias donde la polarizaci\u00f3n se intensifica y los liderazgos se apoyan en relatos identitarios. Sin embargo, su uso en sede parlamentaria adquiere especial gravedad porque institucionaliza una l\u00f3gica de exclusi\u00f3n. La experiencia comparada muestra que, cuando se normaliza la idea de gobernar sin consenso, se incrementa la conflictividad social y se reduce la confianza en las instituciones, abriendo la puerta a din\u00e1micas populistas de defensa de una superioridad moral que pueden derivar en limitaciones al estado de derecho.<\/p>\n\n\n\n<p>Espa\u00f1a necesita liderazgos que integren y generen confianza, no que profundicen la divisi\u00f3n. La frase del presidente puede ser eficaz como recurso persuasivo, pero ampl\u00eda la brecha social y tensiona los equilibrios democr\u00e1ticos. En una democracia madura, la fortaleza del gobierno no reside en la convicci\u00f3n propia, sino en la capacidad de construir consensos y asumir responsabilidades. Y para ello, cuando sea necesario, hay que pedir tanto permiso como perd\u00f3n. La pol\u00edtica no puede reducirse a una l\u00f3gica de bloques irreconciliables; debe recuperar su dimensi\u00f3n deliberativa, donde el adversario es un competidor leg\u00edtimo y no un enemigo existencial. Solo se preserva la esencia del sistema democr\u00e1tico mediante la coexistencia de diferencias ideol\u00f3gicas bajo reglas compartidas.<\/p>\n\n\n\n<p>Jos\u00e9 Manuel Navarro Llena<\/p>\n\n\n\n<p>@jmnllena<\/p>\n\n\n\n<p>Publicado en <a href=\"https:\/\/www.ideal.es\/opinion\/permiso-perdon-20251209220738-nt.html\">Ideal 09-12-2025<\/a><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La reciente afirmaci\u00f3n del presidente del gobierno en sede parlamentaria de que \u201cla izquierda no pide permiso ni perd\u00f3n para gobernar\u201d no es un simple recurso ret\u00f3rico o un eslogan oportunista. Constituye un s\u00edntoma del modelo pol\u00edtico actual, marcado por una creciente polarizaci\u00f3n y por la transformaci\u00f3n del debate p\u00fablico en una disputa identitaria. 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