Granada CF: Desatada frustración

Es extraño que una derrota por 2-1 sea tomada por un entrenador como la cita más sonrojante de su carrera. La confusa estadística aminora el dramatismo al indicar que el equipo perdedor tuvo más disparos a puerta que el que sumó los tres puntos. Pero para Fabri el partido del Granada en Albacete supuso una demostración patética de todo lo que no le gusta en el fútbol. Demasiada individualidad, indolencia sin el balón y regalos en defensa mezclan para contagiar la crispación en el técnico rojiblanco. Pero su discurso vehemente y duro tras la tercera derrota consecutiva en Liga delata una frustración añadida al mero hecho de fracasar en una cancha donde a priori el triunfo era asequible.

Fabri lucha contra los mismos tormentos que se encontró su predecesor Álvarez Tomé al principio de la anterior temporada. Se encuentra un ramillete de futbolistas venidos de categoría superior que todavía no ha aterrizado en el nuevo alojamiento y que él no ha elegido. Jugadores más pendientes del lucimiento personal que de involucrarse en una apuesta de equipo, de los que algunos desprecian el trabajo semanal y sólo se concentran en rendir durante los partidos. Cuando ni siquiera se produce esto último, el hartazgo es máximo para el entrenador.

Fabri tuvo la habilidad el año pasado de meter en cintura a las supuestas estrellas y hacer prevalecer la idea de equipo sobre todas las cosas, con independencia de la estética futbolística. Montó una estructura compacta y contragolpeadora, que explotó sus punzantes bandas y vivió del despliegue goleador de dos puntas en vena, como Tariq e Ighalo, sostenido todo por una defensa con el punto justo de madurez para emplearse con fiereza. Pero ese mecano se le ha desmontado al gallego. Nadie es capaz de adivinar cuál es la pareja de zagueros fetén. No hay dos centrales que sobresalgan sobre los demás, que ofrezcan rotundas garantías. El ataque todavía es una entelequia, donde de vez en cuando interactúan los habilidosos, aunque sin la precisión que aporta el tiempo. El centro del campo ve pasar a unos y otros sin que casi ninguno se asiente.

Estos desajustes están matando la paciencia de Fabri, que quería basar su crecimiento de nuevo en una retaguardia de hierro. Arriba tampoco aparece el gol en la medida que espera y eso dificulta la mejoría. La tremenda autoridad que ejerce la dirección deportiva en la confección del equipo le resta cierto poder de cara a alguna vaca sagrada, que parece atender sólo a las reclamaciones de la jefatura máxima, más que a la de su mando más directo. El amago de divorcio con el preparador físico del club, como éste ha dejado entender con sus propias declaraciones y discrepancias, contribuyen a una desazón que tuvo su cataclismo en Albacete, donde un equipo muy inferior pasó por encima del Granada.

Fabri maneja bien el palo, pero también la zanahoria. Fue capaz de sacar lo mejor de Benítez o Kitoko el curso anterior cuando su destino parecia el ostracismo con Tomé, y ahora le toca conseguirlo con Orellana o Carlos Calvo. Sus impactantes declaraciones le dejan en una posición sin término medio. O soluciona el entuerto involucrando a los díscolos en una idea colectiva o sus días están contados. El modelo de club está muy marcado pero el gobierno del técnico debería de ser indiscutible. No basta con que llegue el domingo y se gane a la Ponferradina. Es necesario reconducir a los hombres llamados a ser importantes, porque si acaban en la grada se mandará un mensaje tenebroso. Los ratos de buen juego justificaban la paciencia a pesar de la ausencia de puntos. El desastre de Albacete despierta la incertidumbre. Fabri se frustra a la par del público, que tolera perder siempre y cuando se de la cara. No cayendo como pasmarotes.