Granada CF: El niño de Mazinho

Sólo me perdí un partido del Mundial de Estados Unidos. Tiene mérito porque se disputaron muchos partidos de madrugada y porque fue bastante soporífero. Curiosamente, no vi el empate de España con Alemania, con aquel gol de Goicoetxea, cuyo lanzamiento nació como centro al área y acabó en la red. Brasil ganó su tetracampeonato del mundo, igualando en su deporte al gran Ayrton Senna, el gran as de la fórmula uno que falleció meses antes, al cual dedicaron el éxito. Era un Brasil extraño, alejado de los lujos técnicos del pasado, más contundente que mágico, con Romario y Bebeto poniendo la elegancia y tres centrocampistas rocosos en el centro del campo. Uno era Dunga, el capitán, con cara de pillo, al que debió marcar tanto el triunfo de ese fútbol más industrial que brillante que trató de encorsetar de la misma manera como seleccionador al combinado que dirigiría recientemente, con tan mala pata, en el Mundial de Sudáfrica. A su lado circulaba también Mauro Silva, uno de los mediocentros más completos que hayan visto mis ojos, lúcido y trabajador, impulsor de aquel primer Súper Depor de La Coruña. Pero había un tercer centrocampista, que cerraba lo que hoy llamaríamos un ‘trivote’. Era Mazinho, al que el entonces director de orquesta brasileño, Parreira, se traería para su aventura posterior en el Valencia.

Así llegamos a Thiago.

Mazinho echó raíces en España, emigró a Vigo donde fue figura en el mejor Celta que se recuerda y decidió tomar nuestro país como residencia. Era uno de esos brasileños de piel muy oscura, cabeza redonda, potencia de piernas y brújula en el cerebro. Algo de su herencia legó a sus hijos. Ambos le salieron tan buenos que los fichó el Barcelona. Thiago y Rafa aúnan la creatividad brasileña y la armonía táctica de la escuela azulgrana. El mayor, Thiago, hizo las delicias del Nou Camp en el partido de Copa ante el Ceuta. Este viernes sabremos si viene a Granada. La sola posibilidad haría temblar a cualquier rival.

El hijo de Mazinho recoge el linaje de los Guardiola, Xavi o Iniesta. Juega en el centro del campo, en cualquiera de sus posiciones. Es esquemático pero a la vez vivo para inventar situaciones destructivas para cualquier defensa. Tiene guante de seda en las botas y una agilidad en el regate que ya la hubiera querido su progenitor. Forma parte de una camada excelsa, la de un Barcelona B que ha progresado ante la admiración hacia un primer equipo ganador de ocho equipos con un fútbol impresionante y que aplica idénticos esquemas tácticos.

El Barcelona B es el rival más peligroso de cuantos haya visitado Los Cármenes. Juega casi con tanto vértigo como sus mayores, aunque carezca de las individualidades que sí reúnen los de Guardiola. Luis Enrique es un entrenador metódico, que rota con lógica y explota todo el potencial de una plantilla a la que hay que dar pocas lecciones cuando saltan al campo porque conocen la estrategia a seguir a la perfección. Temía una trampa en Cartagena, pero este sábado pero alarma una posible derrota amplia del Granada. Acudiré al campo con confianza en el Granada pero también con cierto temor. Es que el niño de Mazinho es muy bueno, aunque lo mismo no viene. Ojalá apliquen descanso también para Nolito, Bartra o Sergi Roberto. Aunque hasta sin esos son capaces de lo imposible. La afición tiene mucho que decir. El sábado, más que nunca, tendrá que contribuir a derrotar a estos muchachos. Ante la efervescencia del juego barcelonista, el temperamento rojiblanco y la transmisión de miedo escénico desde la grada.