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El atraco de la calle San Antón

El 4 de octubre de 1933, la calle San Antón fue el escenario de uno de los crímenes más luctuosos de la crónica negra de esta ciudad. Un hombre murió cosido a balazos y tres más resultaron heridos en el tiroteo que se desencadenó durante el atraco, en pleno centro de la ciudad y a plena luz del día, a unos empleados de Tabacalera que se dirigían al Banco de España para ingresar la recaudación. Sobre las losas de la calle San Antón «quedó el testimonio de las manchas de sangre, mientras los asesinos huían sin el peso de un solo céntimo robado, pero manchados con un crimen lleno de villanía», decía la crónica de IDEAL.
A las doce y diez minutos, el cajero de Tabacalera Francisco Vinuesa, de 52 años, acompañado por el ordenanza Antonio Martín Melgarejo, de 45 años y por el estudiante e hijo del representante de la entidad, Antonio Montes Valera, de 21, se dirigían al Banco de España que entonces se encontraba en lo que hoy es la iglesia del Santo Ángel Custodio en la calle San Antón. Venían de la sede de la empresa que estaba en la calle Santa Teresa. Se disponían a ingresar una recaudación de 73.000 pesetas. Al llegar a la calle de los Frailes, junto al hotel Imperial, tres sujetos, pistola en mano, les ordenaron el alto al grito de «arriba las manos». Vinuesa sacó el revólver que llevaba consigo desencadenando un tiroteo. Los pistoleros se ensañaron con él y le propinaron cinco tiros a bocajarro que acabaron con su vida en la mesa de operaciones de la Casa de Socorro. El ordenanza, que cargaba con un saco de monedas de cinco pesetas, salió corriendo zafándose de uno de los atracadores que intentó arrebatarle el dinero sin conseguirlo. Entre silbidos de las balas, alcanzó el taller de electricidad Azañón donde llegó maltrecho. Los disparos también hirieron al más joven de los tres empleados y a una criada de 20 años, Encarnación Maldonado, que pasaba por allí.
Las pesquisas policiales no se hicieron esperar y cinco de los seis responsables del atraco fueron detenidos al día siguiente. También una mujer, pareja de uno de los atracadores, fue puesta a disposición judicial por su implicación en el suceso. Los delincuentes, de edades comprendidas entre los 17 y 26 años, formaban parte de organizaciones anarquistas, como Juventud Libertaria y CNT.

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El 17 de noviembre de 1934, en la sección primera de lo Criminal comenzó la vista de la causa contra los autores del robo, pero se suspendió ya que nueva pruebas apuntaban a más implicados. El crimen, que con el paso de los días iba adquiriendo un matiz cada vez más político, nunca fue totalmente esclarecido.

Si quieren saber más sobre este y otros sucesos, les recomiendo el libro de César Girón ‘Crónica negra de Granada 1880-1980’, publicado por Comares.

Misterioso asesinato en Píñar

Dos inexpertos malhechores que se asustan en presencia de su víctima; una criada tan sorda que no oyó ni vio nada; el hijo con discapacidad intelectual que, aunque vio a los asesinos, su testimonio no fue aceptado; un albañil que en el momento en el que se oyó el disparo estaba durmiendo junto al lugar del crimen, pero que aseguró a la Policía no haberse enterado de nada; un marido, en principio sospechoso, y su esposa, Matilde Huertas Ruiz, muerta de un disparo en la cabeza. Son los protagonistas del intrigante suceso que tuvo lugar la noche del 22 de mayo de 1957 en el cortijo «La Cañada» de Píñar, tan complicado de resolver, que el policía granadino Miguel de Guisado Ladrón de Guevara necesitó la colaboración de los inspectores de la B.I.C de Madrid José Hurtado Martínez y Miguel Núñez Ferrer. El crimen se resolvió la noche del 6 de noviembre de ese mismo año, con la detención de Epifanio Castillo Escalona y Francisco Pinel Molina, ambos de Cogollos Vega, como los autores del asesinato. La pista principal fue la aparición, junto a un árbol cercano a la casa, de un billete de tren y trozos de papel de una carta destruida que, una vez pegados con papel celofán, desvelaron el nombre de uno de los acusados. El primero, de la familia de «Los Castillicos», era hermano de varios guerrilleros que habían pertenecido a la partida de «Olla Fría». El segundo, Pinel, había trabajado como peón en la casa que asaltaron. Su plan pretendía conseguir dinero fácil secuestrando a Emilio Martínez Jerez, dueño de una finca de Píñar. La noche del suceso entraron en la vivienda con la cara cubierta con pañuelos doblados en pico, encañonaron al dueño e intentaron llevárselo. Sus gritos sobresaltaron a la esposa que, lejos de amedrentarse, se enfrentó a los asaltantes. Uno de ellos, según la crónica de IDEAL, se asustó y disparó a la mujer que cayó muerta con la frente destrozada. A pesar de que la casa estaba llena de gente, nadie vio ni oyó nada. Tras un interrogatorio en el que, según la policía, confesaron el crimen, los dos detenidos ingresaron en la prisión provincial. Un tribunal los condenó a veinte años de cárcel por homicidio , seis por tentativa de detención ilegal y el pago de 200.000 pesetas al marido de la víctima.

El crimen de la calle Buensuceso

El 17 de febrero de 1987, José Antonio Perea, un estudiante de Informática de 21 años volvía a su casa en el número 46 de la calle Buensuceso cuando fue asaltado por unos desconocidos. Al joven apenas le dio tiempo de pulsar el timbre del portero automático de su piso, que compartía con otros tres compañeros, cuando recibió un disparo que le provocó la muerte. Llevaba quinientas pesetas en el bolsillo y una cadena con una cruz de plata que fue encontrada en la acera. El caso, que conmocionó a la opinión pública granadina, fue complicado de resolver, ya que no hubo testigos y tampoco existía un móvil aparente. No obstante, en marzo de ese año la policía detuvo a Francisco Javier Butgardo “El Quisco”, de 24 años, como autor del disparo. Junto a él, cinco jóvenes más pasaron a disposición de la justicia implicados en delitos de robo, homicidio, tenencia ilícita de armas y encubrimiento. En el juicio, que se celebró en marzo de 1990, tres de los seis jóvenes acusados fueron absueltos, entre ellos, Juan Jiménez Muñoz, que fue declarado inocente tras pasar tres años en la cárcel. Los tres procesados por el crimen fueron condenados a penas de 104 años de cárcel.