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El viaje del veraneante por un día

Muchas generaciones de granadinos tardaron algún tiempo en conocer el mar. Para ellos, el mar era el Genil y el viaje comenzaba muy temprano, casi de madrugada, para coger buen sitio en el tranvía de la Sierra cargado con más remolques de los habituales y con viajeros hasta en los estribos. El día preferido para la escapada era la fiesta del 18 de julio, pero también valía cualquier domingo de agosto. Viajaban las familias enteras, con una tortilla de papas, los avíos de una pipirrana y una bota de tinto, lo suficiente para echar el día entre siestas y chapuzones. Los chavales, en calzoncillos o con toscos bañadores de lona, buscaban el lugar donde las aguas del río bajaban rápidas y frescas, mientras los mayores preferían el remanso de alguna poza del Monachil, Aguas Blancas o el Charcón. Era el billete para el veraneo de un día.

Un grupo de niños se baña en el cauce del río Genil. Torres Molina/Archivo de IDEAL
Un grupo de niños se baña en el cauce del río Genil. Torres Molina/Archivo de IDEAL

Obras en el cauce del Genil

En los últimos días de septiembre de 1952, el ministro de Obras Públicas, Conde de Vallellano, adjudicó las obras de construcción del encauzamiento del tramo del río Genil comprendido entre el puente de su nombre y el Camino de Ronda. Por un precio de 3.322.495 pesetas, se encargaron a la empresa del vecino de Albolote Antonio Morales Martín. El proyecto planteaba la construcción de un canal de 25 metros de anchura y muros de nueve metros de alto por donde iría el río. De esta manera se ganarían 12.000 metros cuadrados de terreno que pasarían a ser de vía pública, en especial en el margen del Paseo de San Sebastián. El Ayuntamiento ya tenía planificado el uso que le daría al solar: la construcción de un amplio ferial ganadero. Las obras comenzaron en enero de 1953, fecha a la que corresponde esta fotografía.

[* Torres Molina]

Buscadores de oro

Su fotografía, en la contraportada de IDEAL, me recuerda a un personaje de un cuento de Jack London. Enrique González era un motrileño que llevaba más de treinta años subiendo a la ciudad para probar suerte en la cuenca del Darro o del Genil. Hacía tiempo que había enseñando el oficio a sus hijos, que esa primavera del año 50 trabajaban a su lado. Viejo y cansado, con la piel oscura de tantos soles, lavaba la arena del río con una vieja sartén en el recodo de San Pedro, su lugar favorito, donde el agua hace un remanso, y las arenas son más ricas en partículas doradas. Todavía tenía la ilusión de que un golpe de suerte le liberara de su modesta posición social. Desde Plaza Nueva hasta Jesús del Valle hay oro procedente de la colina del Generalífe, y no era extraño encontrar en la batea, si no el mineral, sí trozos de monedas y objetos de adorno musulmanes erosionados por la acción de las aguas y el tiempo. Hoy ganará unas 20 o 30 pesetas, jornal modesto para el duro día de trabajo. El gramo se pagaba a 52,50 pesetas y no era raro extraer dos gramos y medio o tres cada seis días. Mark Twain no contó su historia, pero cuando ya el oficio en la ciudad ha desaparecido, la silueta del buscador de oro junto al Paseo de los Tristes se me antojo irresistiblemente romántica.

[* Buscadores de oro en el río Darro. Torres Molina/Archivo de IDEAL 22 de julio de 1948]

Casi cuarenta años después, en el verano de 1987, un grupo de cinco personas se afanaban en la búsqueda de oro en las aguas del río Genil, en las cercanías de la Fuente de la Bicha. Empleaban doce horas diarias en lavar la arena aurífera. Utilizaban como herramientas una sartén, para sacar la tierra y una tabla escalonada, que la filtraba y dejaba adheridas en su superficie las partículas de oro. Y todo por un jornal de entre dos y tres mil pesetas, que conseguían de la venta de pequeños frascos cargados de partículas de oro puro en los establecimientos de compra-venta de metales preciosos. Con ese dinero subsistían varias familias que, ante la falta de trabajo, optaron por este método para ganarse la vida, como ya lo hicieron sus antepasados en las aguas del Darro aunque, tal y como contaba uno de los buscadores de oro ,“allí no nos atrevemos a ir por miedo a que nos atraquen”. Ya quedaban pocos, pero en años anteriores, durante los meses de estío, se vivió una auténtica “fiebre del oro”. Sin embargo el trabajo era tan duro, que no muchos aguantaban más de una jornada. Tampoco la Policía lo ponía fácil, pues las ordenanzas municipales prohibían esa actividad. Así, junto a un asentamiento de gitanos nómadas acampados en la ribera del río, los nuevos buscadores de oro del siglo XX arañaban el caudal hasta la llegada de las lluvias.

[* Eduardo Martos, ‘El Fontanero’ busca oro en el cauce del río Genil a la altura de la Fuente de la Bicha González Molero/Archivo de IDEAL 23 de agosto de 1987]