El pasado pesa en política

Chalet en Galapagar, plena sierra madrileña, a 40 kilómetros del centro, con vivienda de 260 metros cuadrados, estilo neocolonial, techos con vigas de madera, suelos de gres y calefacción por suelo radiante. Parcela de 2.000 metros cuadrados, piscina, amplios jardines, huerto con riego automático y casita de madera para invitados. Su precio, después de alguna rebaja, ha sido de unos 615.000 euros. Los compradores, Pablo Iglesias e Irene Montero. Han tenido que firmar una hipoteca de 540.000 euros, a un interés estupendo de una caja vinculada al soberanismo catalán porque sólo deben pagar algo más de 800 euros al mes cada uno de ellos durante treinta años.

Han emprendido este proyecto, como ambos justificaron en un comunicado, gracias a que gozan de dos sueldos que son públicos, aunque saben que muchas familias españolas no pueden permitirse esa compra, y tendrán una herencia que les ayudará. Ese estilo de vida es absolutamente respetable para quien pueda disfrutar de él, pero lo que ahora no aguanta es lo que predicaban entre «los de arriba y los de abajo», ni tampoco eso tan «peligroso» como es que los políticos vivan aislados, en chalets, que no saben lo que es coger el transporte público.

La pareja deja de ser podemita y pasa a integrarse en la casta. Perfecto, pero no se dan cuenta de algo importante, quienes son políticos están presos de su pasado para afrontar el presente. ¿Cómo no iba a dimitir Cifuentes por lo del máster y dos botes de crema? ¿Cómo van a demostrar Iglesias y Montero a su electorado que ellos están al mismo nivel que los parados, pensionistas, mileuristas, desfavorecidos, indignados? ¿Qué diferencia tiene comprar un ático como el exministro De Guindos y ellos ese casoplón, si ambos son legales? Que se lo expliquen a sus votantes. No lo tienen fácil. Las urnas dirán.

Lo que ya tenemos es presidente de la Generalitat con una toma de posesión patética del tal Quim Torra, que pretende ser una versión corregida y aumentada del desvarío independentista con el nombramiento de cuatro consejeros presos o huidos, un buen motivo para mantener o aplicar de nuevo el 155, además de una provocación tras reclamar diálogo a Rajoy. Lo mejor de todo este desaguisado ha sido conocer también alguna parte del pasado de Torra. ¿Cómo puede ejercer ese cargo quien ha escrito opiniones racistas, supremacistas o totalitarias y ofensivas contra los españoles? ¿Qué dirían los catalanes independentistas si alguien hubiera opinado así de ellos? Es lo único bueno que puede pasarle al ‘procés’, que se conozca en todo el mundo el verdadero pensamiento de los independentistas catalanes.
Tiene razón Pedro Sánchez al decir que el tal Torra es el Le Pen de España, como también Albert Rivera al señalar que lo del chalé de Iglesias y Montero es populismo por decir una cosa para los demás y hacer otra. Y más populismo es acusar a los medios, propiciar el victimismo y convocar a modo de plebiscito a la militancia de Podemos para preguntarles si aceptan la compra inmobiliaria o deben dimitir. El resultado que más interesa no será sólo el de sus fieles seguidores. ¿No les parece?

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