Pedro Sánchez y los acontecimientos

No hace siquiera tres meses, Pedro Sánchez y su equipo organizaron una ‘escuela de buen gobierno’ y lo más parecido a un periodista independiente de reconocido prestigio que encontraron –probablemente después de rechazar la invitación Salvador Sostre y algún otro- fue éste que esto escribe.

No me lo han contado sino que estuve allí. Y conozco los nombres de quienes pasaron por aquella nave en esos días de aparente ocurrencia disparatada, cuando algunos confiaban a Pedro Sánchez las mismas opciones que al pequeño Nicolás el día que se postuló de candidato al Senado.

De grandes alcaldes andaluces apenas se puede apuntar la participación de la cordobesa Isabel Ambrosio; la presidenta andaluza Susana Díaz se ausentó y pasó lista; y allí se detuvieron, entre otros, la vicepresidenta del Parlamento Teresa Jiménez o el diputado y catedrático de Derecho Constitucional Gregorio Cámara.

Por eso ahora, cuando observo en las redes sociales los espontáneos vítores de algunos, recuerdo cuando no hace tanto me decían en privado que Pedro llevaría el PSOE a la ruina. Pero es el momento de los oportunistas y hasta yo he rescatado la foto del presidente del Gobierno con mi novela.

Aquel día, Pedro Sánchez nos saludó al concluir la jornada y, sin provocarle siquiera, se refirió a quienes habían decidido darle la espalda: “Se habla mucho de las ausencias, pero los que están también son importantes”, concluyó refiriéndose a nosotros con elegancia obligada.

Ni siquiera han pasado tres meses y aquel líder eternamente en entredicho es presidente del Gobierno.

Y ahora es cuando comprobamos que algunos no se han enterado de nada. Que todavía piensan que la política es un juego de estrategia prêt a porter en el que ante cualquier escenario encaja el mismo traje.

Los que pretenden dirigir un partido con la ascendencia sobre los barones y baronesas, aquellos que todavía piensan que el poder es una carrera meritoria que se cuece a fuego lento, y los que cerrando la puerta a un canal creen controlar todos los mensajes.

Ni siquiera Albert Rivera lo ha entendido y estaba convencido de que la necesidad iba a esperar a sus necesidades; que podía manejar el tiempo para detenerlo en su momento oportuno.

Más avezado ha estado Pablo Iglesias, que ha preferido desalojar a Mariano Rajoy de La Moncloa antes de que lo echaran a él de su chalé.

El PP afronta el martes su renovación. Y quizás todavía no se haya percatado de lo que ha ocurrido.

Que desde la política todavía se podrá controlar el poder, pero se ha perdido el control de los acontecimientos.

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