La alegría en casa del pobre

Escribía la semana anterior que el pasado pesa, que se lo digan al Partido Popular y al mismo Mariano Rajoy. Sí, Eduardo Zaplana, ex presidente de la Comunidad Valenciana, ex ministro de Trabajo y ex portavoz del Gobierno, no tiene nada que ver con el PP aunque la misma mañana de su detención, por presunto blanqueo de parte de los diez millones de euros que consiguió en mordidas por concesiones, fue suspendido de militancia. Sí, llevaba diez años fuera de la política y se dedicaba al sector privado, pero –qué casualidad– hace un par de meses su sucesor en Valencia, Francisco Camps, aseguró en sede judicial que fue Zaplana quien abrió las puertas a Francisco Correa y sus empresas.


Precisamente, la sentencia de la Gürtel ha pesado aunque sea cosa de hace años, hechos ocurridos entre 1995 y 2002. No se ha condenado a nadie del gobierno, el PP va a recurrir porque la sentencia no es firme, tiene un voto particular exculpatorio y desconocía los hechos. Ya, pero el pasado es una losa, aunque el rocoso Rajoy haya sobrellevado el lastre de la corrupción durante muchos años y pedido perdón «hasta la saciedad», como él mismo dijo en su comparecencia televisada del viernes.
A pesar de eso no le hubiera sobrado reiterarlo ni tampoco haberse mostrado más humilde y menos adalid de la credibilidad, por tener más votos o escaños, pero como mejor defensa inició un ataque. La sentencia ha sido demoledora para el PP, habla de «un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública central, autonómica y local a través de su estrecha y continúa relación con influyentes militantes de dicho partido».
El tribunal estima que se benefició en más de 240.000 euros pero eso, que puede ser poco dinero, o que trabajara con una caja B no es lo más grave. Es que la ciudadanía ante estos comportamientos tan escandalosos pierda la confianza en un partido y también en las instituciones, porque ni uno ni otras han sido capaces de evitar estas actividades, sobre las que Aznar guarda silencio mientras Pedro Sánchez, el rápido, no ha perdido la ocasión y ha registrado una moción de censura para derribar a Rajoy.
Es su momento, tener visibilidad como líder de la segunda fuerza política, frenar a Ciudadanos y dejar en la cuneta a Podemos, enfrascados en una crisis a cuenta de la compra del chalé de Iglesias y Montero. El referéndum que hoy concluye lo superarán con creces pero tampoco eso significa que su credibilidad aumente. Lo veremos en las próximas elecciones.
La moción parece más contra Cs que contra el PP. La aritmética parlamentaria es endiablada y hace que los socialistas lo tengan muy difícil salvo que caigan en brazos de independentistas, pero cómo van a recibir el apoyo de quienes sustentan en Cataluña al Le Pen español, como tachó Sánchez a Torra.
Poco ha durado la alegría en casa de Rajoy. Se las prometía felices con los Presupuestos y el respaldo del PNV (capaces de decir una cosa y hacer la otra), también decisivo a partir de ahora.
Su horizonte de tranquilidad a dos años vista cambió en 48 horas y lo peor es que están por venir otros casos judicializados y sus sentencias: Lezo, Púnica y más coletazos de la Gürtel, entre ellos el de financiación del PP. Mantener el argumento del crecimiento económico y la estabilidad no es suficiente y menos con el problema catalán ni siquiera encauzado.
Rajoy está pobre de apoyos y si la moción no le tumba, necesita consensos y un gobierno fuerte capaz de poner en marcha iniciativas parlamentarias, reformas de calado y cambiar el rumbo. Encastillarse ahora en Moncloa quizá sea alargar una agonía.
¿No les parece?

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