‘LOS GALGOS SIDERALES’ DE JOSÉ AMEZCUA

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'El páramo de los galgos' de José Amezcua.
'El páramo de los galgos' de José Amezcua.
El pintor y artista accitano José Antonio Amezcua, colaborador en materia de asesoria plástica de GRarquitectos, expone en la sala de exposiciones Ismael de la Serna de Guadix, desde el día 26 de agosto al 12 de septiembre, la exposición pictórica ‘El páramo de los galgos’.
Los galgos corren por los lienzos de Amezcua desde el año 2006 y desde entonces han saltado también a la escultura. Amezcua ha sido capaz de detener casi en un instante fotográfico a estos animales que si por algo se caracterizan es por su velocidad. Pero la serie de ‘Galgos’ sigue teniendo en cada lienzo el mismo carácter reivindicativo con el que nació, la defensa de unos animales amenazados precisamente por quienes disfrutan de su utilidad. «Cada año después de la temporada de caza se sacrifican en España 50.000. Hay una línea de investigación y un trabajo que va desde 2006. Se va definiendo con el tiempo y por eso no quiero hacer un cuadro de costumbre o anecdótico; a mí lo que me interesa es expresarme a través del galgo y por eso me interesa aislarlo, definirlo, incluso redibujarlo», explica el artista.
Amezcua subraya con su trazo la belleza de un animal que en unos casos casi sólo se deja ver como una silueta, una sombra. Otras descubre con la precisión de un estudio anatómico toda la potente musculatura que convierten a este animal en sinónimo de velocidad.
Pero no todo es belleza, uno de sus cuadros también expone con toda crudeza el sacrificio clandestino por ahorcamiento de uno de estos animales.
Tanto Juan Carlos García de los Reyes como GRarquitectos poseen innumerables obras del autor accitano convirtíendose de esta manera en pequeños mecenas del arte granadino.
Una de las obras expuestas.
Una de las obras expuestas.

En un galgo lo que primero vemos es su esencialidad y esquematismo: sus fuertes vértebras, su anatomía cincelada, su predisposición a la celeridad, sus patas largas, su cola ondulada. Después, lo que apreciamos es su euritmia, su armonía en movimiento: la esencia de la velocidad, la ingravidez, el aire, la mínima materia en el ritmo más compacto. Y luego aún, el símbolo que encarna su inquietante figura.

Esto, el símbolo, que no es sino la configuración de su misterio, es lo que indaga el pintor José Amezcua. No es su estética incandescente, o no es solo esto, no se detiene ahí. José Amezcua plantea la iconografía de galgo en su atmósfera mítica y atemporal.

Es cosa, el galgo, fuera de la superficie. Está arriba, o abajo, subsumido entre fósiles, porque un galgo quieto, o bien, si de perfil, se esconde en el aire, se camufla como una lente virada de canto sobre un espejo, o bien está muerto y enterrado. Pero si está arriba, roza la cúpula celeste, transmigra en la noche del tiempo y del abismo. No cabe más poesía de los sentidos en esta bíblica figura, que anduvo con el hombre desde los días en que no hubo pecados capitales. El galgo se parece al pan por su bondad, no sólo por su piel cenceña. El galgo, tan ceñido de lomos, tan prieto de angosturas, afila el pescuezo y lo proyecta hacia la faz delgada, como una piqueta que pretendiese desescombrar las nubes. Y nadie puede decir, a ciencia cierta, qué piensa o qué sueña cuando, sedente sobre sus patas traseras, erguido el torso, puro brote de sangre y nervio, entorna los ojos y entreabre la boca, oscila la lengua y la expone como si deseara beber el aire y nutrirse de azules. Él es la superación de su propio cuerpo, geométrica razón del espacio mundo e inmutable. Tal vez, simplemente, el galgo sea una condición de la luz, a cuya transparencia aspira. José Amezcua es un poeta de los galgos, un poeta visionario, a los que aspira desentrañar su alma hechizada.

¿Qué significa su garabato enhiesto, su pictograma, la traslación del alfabeto de sus posturas? José Amezcua delira, y su pación es a brochazos clarividentes, envuelto en una bruma de símbolos rayanos en las catarsis, poseído por un afán que excede los límites del arte.

Hay un intenso amor en estos éxtasis que repentiza mediante la sagrada iconografía del galgo nocherniego, del galgo errante por los silicatos de las azoteas, del galgo dormido que sueña con las meninas, que se apesadilla con visiones goyescas, que se estraga en ensueños  giacomettianos, que aparece su simiente de llama alarido bajo un fondo cruel de ocasos medievales, con Celestina dictando los destinos. Ahí, cuando copulan, son un mandala, el macho y la hembra, el oro y la plata, o el bronce y el castaño. Qué cosa de esfinge egipcia o presa, sasánida o Nubia, estos galgos siderales, cuando reposan a los umbrales de una ciudad amurallada y muerta. Se nos vienen encima, por manos de este pintor de prodigios, lo que hemos sido en la orilla de la Estigia, tantas veces si saberlo.

Creo que sí, que aquella madrugada en la que José vio a unos galgos, merodeando por el accitano Caño de San Antón entre la niebla, estuvo signada por el destino, fue una revelación de su vida. El arte se construye así, cuando más silencioso habita dentro de nosotros y fuera, en el mundo que nos inviste con su angustia y su desvelo. Cuando retornó al taller, era como si un viento lo hubiera trastocado todo. Supo que, en adelante, habría de mojar los pinceles en la materia del aire y hundir sus ojos en el éter para sonsacar a la armonía su más profundo secreto. Estos cuadros hay que mirarlos con una honda turbación. No son galgos lo que ves, sino almas, lo que el alma deja ver en forma de suspiro, jadeo, resuello infinito e incesante.

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