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La dura vida del comerciante en Granada

Ser comerciante, de por sí, es un camino complicado. Trabajoso. Supone trabajar más horas que el Sol, vivir a expensas de temporadas, modas y golpes de suerte. Cada vez que he hablado con un empresario me ha dado la sensación de que se sentía capitán de un ejército de un solo soldado en guerra contra una serie de catastróficas desdichas.

El calendario de los comercios granadinos en el último semestre de 2009 está marcado por cuatro eventos:

1.- Eterno verano: el calor no se va. Las calles se llenan de maldiciones y clamores, “¡estoy hasta las narices del calor!” El término ‘temporada’ pierde sentido y las tiendas se copan de stock otoñal que no ve salida. El pueblo sentencia: “Es el peor y más largo verano de la historia”, “¿para qué quiero un abrigo si tengo pantalones cortos?” Sólo queda esperar. Paciencia.

2.- Sin luces: el centro de la ciudad no tiene luces de Navidad. Los comerciantes sufren: “Estamos asfixiados, ¿por qué tardamos tanto en encenderlas? ¡Eso animaría a comprar!” Una vez más, paciencia.

4.- Invasión de obras. Todo el centro patas arriba. El área metropolitana patas arriba. ¿Quién coge el coche? Nadie, está complicado. “Pero cuando esté acabado, todos ganaremos”, sostienen. A esperar con paciencia.

3.- Crisis, por cierto: Pues eso, la sempiterna y alargada sombra de la recesión no desaparece. No hay trabajo, no hay dinero, no hay ahorros, no se compra, no se vende, no hay sonrisas. Los políticos dicen que en 2010, lo mismo, empezamos a salir. Hale, paciencia.

Y entonces, cuando todo parecía perdido, llega la época más consumista del año. Las rebajas suenan a bálsamo de futuro. Las sonrisas de los comerciantes vuelven a la calle, hay ganas de comprar y de vender. “¡Por fin, un respiro!”, dicen unos. “¡Aleluya!”, dicen otros. El optimismo renace y los problemas se ven con perspectiva: “Pues sí, podría ser peor”, afirman con serenidad.

Qué paciencia, cielo santo, qué paciencia para ser comerciante. Pues sí. Podría ser peor, podría llover.

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Hoy salió el Sol. Por fin. Hace frío. Necesito un abrigo nuevo.

Vocaciones contra la crisis

La crisis lo replantea todo. Los obreros se bajan a empujones del andamio, los empresarios cierran filas y la filantropía pasa a un irrevocable segundo plano. Nos empeñamos en creer que la solución del problema está en estudiar una carrera de prestigio y en dulcificar los aparatos reproductores que nos darán la estabilidad deseada. O, mejor, sacar una plaza de funcionario y ver cómo los problemas económicos dicen adiós. ¿Quién no querría esa estabilidad?

Pues tú. Tú que tienes vocación. Llevamos una temporada leyendo noticias sobre los estudios universitarios que deberíamos haber hecho y las pasiones que necesitamos olvidar para sobrevivir a la crisis. Amigos, amigas, digan ‘no’.

Vivimos una crisis mucho más relevante. Después de escuchar durante años que para ser feliz hay que ser médico. O informático. O arquitecto. Y no ser filólogo. Ni físico. Ni documentalista. Resulta que es precisamente lo que necesitamos: vocaciones. Gente auténtica que quiera ser feliz cumpliendo con su parte del pastel.

Si le preguntas a alguien cuál es su vocación es posible que, tras un momento para pensarse la respuesta, te lo diga dubitativamente. Puede que se base en lo que estudia o en su trabajo. En muchas ocasiones, no tendrá respuesta. Sin embargo, si la cuestión fuera cuál es tu vocación perdida, todos seríamos capaces de dar una respuesta sincera, absoluta y, probablemente, rápida.

La vocación perdida. El camino que te gustaría estar escalando, la historia que debería ser contada cuando todo termine… ¿No deberían coincidir ambas?

Yo tengo una. ¿Y tú? La crisis muere con una vocación perseguida.

Mantecados en verano

Amigos, la vida puede ser maravillosa. ¿El cambio climático es malvado y perverso? ¡Falacias! Gracias al constante, detallista e insistente desgaste que hacemos de nuestro bello planeta hoy he vivido una de esas experiencias que todo niño goloso soñó algún día con hacer realidad: mantecados en verano.

Sí, sí. Y turrón. Y alfajores. ¡Maldita sea, la Navidad en verano!

Hoy salí a la calle y Frank Sinatara cantaba para mí. Me sentía dentro de la escena más empalagosa de Mary Poppins. Pero sólo por lo del musical, nada más: El sol pegaba con fuerza, el cielo azul decía ¡buenos días, JE!; la gente sonreía, las parejas retozaban en los parques, los pájaros se posaban en mis manos, el tráfico era fluido. Pese a que era 31 de octubre y a que sólo me protegía por una camiseta de manga corta, al llegar a casa descubrí el pastel: ¡Hemos adelantado la Navidad!

Una enorme bandeja de mantecados, alfajores, turrón de chocolate (grrrr….) y demás manzanas caídas del árbol del Edén llamaron poderosamente mi atención. “¿Son sobrantes del año pasado? ¿Nos han elegido para un programa especial de sobreingesta compulsiva? ¿Hemos ganado un concurso de Casa Pasteles?” Ninguna de las preguntas que me hacía eran verdad, la realidad es un obvio silogismo:

  1. La crisis está comiéndose las cuentas de resultados de los comercios.
  2. Los comercios cierran porque no venden.
  3. Cuando más se vende es en Navidad, época por excelencia del consumo.
  4. La crisis muere algo en Navidad.
  5. Luego alarguemos la Navidad y que se coma a la crisis.

Si no lo han hecho, háganlo: den un paseo por sus supermercados favoritos y descubrirán de qué les hablo. Toneladas de mantecados que se las prometen hasta febrero de 2010 sugieren un mensaje divino: ¡Jou, jou, jou, felices -y largas- fiestas!

Daños colaterales de la construcción: Los arquitectos

Es una tragedia, sin duda: 12.000 obreros al paro. Menuda frutada. No es que su problema no me preocupe, pero quiero analizar otro asunto que está pasando desapercibido: los arquitectos. O, más bien, los que acaban de titular su vocación.

Terminar tus estudios no puede ser motivo de tristeza. Hoy por hoy, lo es. Construir un sueño es una carrera de fondo. Y si tu sueño es construir, los cimientos nacen hundidos. Después de 6-8 años en la Universidad, gastando un dineral en proyectos y planos, pasando noches en vela trazando lineas sobre mapas de una ciudad e imaginando, piedra sobre piedra, la torre más alta del mundo, merecen algo mejor.

La situación es detestable. Les cuento dos ejemplos: Curro es un arquitecto recién licenciado. Ha mandado currículums (con copia de su proyecto final, fruto del trabajo de innumerables meses sin dormir) por tierra, mar y aire. Algunos se han dignado a contestar con un “le tendremos en cuenta para futuros proyectos” o “la situación ahora es complicada, pero estamos entusiasmados con su proyecto de fin de carrera”, etc. Nada. Hasta que, cierta mañana de verano, recibe una llamada de un estudio de Málaga: “Venga mañana a las ocho de la mañana. Le esperamos con los brazos abiertos”.

Amaneció y Curro marchó a la tierra del boquerón. Hizo una entrevista triunfal y, un par de horas después, le llamaron: “Le esperamos por aquí mañana”. Viva, viva, viva: trabajo. Pues el amigo Curro estuvo 14 días trabajando una media de 14 hora diarias. En el día 15 le pagaron por el proyecto que había finalizado: 70 euros (más o menos). Aquel estudio aprovechó la ilusión de un apasionado recién titulado con la excusa de “será una buena formación para ti”. No escribo el nombre de este magnánimo cabronazo porque no lo recuerdo. Pero ese tipo preocupado por el aprendizaje de Curro no le ha vuelto a llamar… Claro, es lo que tiene no hacer ni un puñetero contrato.

Por otro lado está Fátima. La chica ha terminado Arquitectura Técnica y busca trabajo sin suerte. Ella, como tantos otros del gremio en su misma situación, decide estudiar un máster para aprovechar el tiempo, sin olvidar el curro. ¿Qué le ocurre? Si busca trabajo, digamos, en Woman Secret, le dicen que “buscamos a chicas de menos de 21 años sin preparación alguna ni estudios”. Ajá. Si busca trabajo, digamos, en un estudio de arquitectura, le dicen que “buscan a alguien que tenga al menos dos años de experiencia en el sector”.

¿Conclusión?

  • 1.- Hay que tragar con gilipollas como el de Málaga para que un estudio te explote durante dos años para luego poder optar a hacer una entrevista digna. Ojo, que no tienen por qué darte el curro, siempre habrá un sobrino, un nieto, un primo…
  • 2.- O no sabes nada o lo sabes todo. No hay términos medios. La única opción razonable para alguien de 23 años es mentir: “No terminé la ESO, deme el trabajo para poder ganar unos cuartos”.
  • 3.- Que no te dejen soñar es un asco.

La agonía de Granada y sus empresas

Guarden un profundo y serio luto por las 2.200 empresas que han fallecido. Pero sufran, aún más, por las miles que ahora agonizan.

La linea de meta no siempre es una metáfora positiva. Ver el final de tu carrera dibujado en el calendario es tan angustioso como saber el día de tu muerte. Así no se puede vivir. El artículo de M. V. Cobo desprende un sufrimiento palpitante entre los empresarios de Granada. Y ya está bien de ver a los emprendedores como los malos de la película.

Imaginen a dos ejércitos guerreando en un campo de batalla. Coloque a las tropas de asalto, la artillería, la caballería, el armamento pesado, el naval y el aéreo. Ellos son el músculo; el cerebro es un estratega que, sin ver, tiene que manipular todo lo que le rodea a él y a los suyos y, lo más importante, tiene que prever qué pasará, cuándo pasará, dónde pasará y cómo pasará.

Supongamos que uno de esos ejércitos sólo cuenta con la infanteria. Nada más. El mismo ejército que está llamado a ser los que defiendan la seguridad del pueblo. Al otro lado del tablero, una armada invencible con todos los juguetes que da la tecnología.

“No tenemos Circunvalación; el AVE a Málaga, Sevilla y Córdoba, nuestras principales competidoras, está a pleno rendimiento; necesitamos invertir un aeropuerto de más categoría; el Milenio no es más que un nombre escrito en el papel… Y encima, presiones fiscales, impuestos, ayudas económicas que no llegan”.

Habla Javier Jiménez, presidente de la Cámara de Comercio. Uno de esos estrategas que no tiene con qué pelear.

Sin embargo, esto de la crisis deja otra reflexión sobre nosotros, los consumidores. Nos hemos convertido en hipocondríacos económicos y sabios de la nada. Ante el miedo a que “pase algo”, no sabemos muy bien qué, cerramos la cartera y no gastamos nada. Ojo, no les hablo de los que pasan penurias. Obviamente. Hablo de usted y de mí, de personas que, gracias a Dios, tienen sueldo y estabilidad y más que ser motor de cambio estamos siendo huchas cerradas que engordan como cerdos de juguete.

La agonía es la pero de las muertes. Es peor que la propia muerte. Reflexionemos sobre el tema.

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