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La dura vida del comerciante en Granada

Ser comerciante, de por sí, es un camino complicado. Trabajoso. Supone trabajar más horas que el Sol, vivir a expensas de temporadas, modas y golpes de suerte. Cada vez que he hablado con un empresario me ha dado la sensación de que se sentía capitán de un ejército de un solo soldado en guerra contra una serie de catastróficas desdichas.

El calendario de los comercios granadinos en el último semestre de 2009 está marcado por cuatro eventos:

1.- Eterno verano: el calor no se va. Las calles se llenan de maldiciones y clamores, “¡estoy hasta las narices del calor!” El término ‘temporada’ pierde sentido y las tiendas se copan de stock otoñal que no ve salida. El pueblo sentencia: “Es el peor y más largo verano de la historia”, “¿para qué quiero un abrigo si tengo pantalones cortos?” Sólo queda esperar. Paciencia.

2.- Sin luces: el centro de la ciudad no tiene luces de Navidad. Los comerciantes sufren: “Estamos asfixiados, ¿por qué tardamos tanto en encenderlas? ¡Eso animaría a comprar!” Una vez más, paciencia.

4.- Invasión de obras. Todo el centro patas arriba. El área metropolitana patas arriba. ¿Quién coge el coche? Nadie, está complicado. “Pero cuando esté acabado, todos ganaremos”, sostienen. A esperar con paciencia.

3.- Crisis, por cierto: Pues eso, la sempiterna y alargada sombra de la recesión no desaparece. No hay trabajo, no hay dinero, no hay ahorros, no se compra, no se vende, no hay sonrisas. Los políticos dicen que en 2010, lo mismo, empezamos a salir. Hale, paciencia.

Y entonces, cuando todo parecía perdido, llega la época más consumista del año. Las rebajas suenan a bálsamo de futuro. Las sonrisas de los comerciantes vuelven a la calle, hay ganas de comprar y de vender. “¡Por fin, un respiro!”, dicen unos. “¡Aleluya!”, dicen otros. El optimismo renace y los problemas se ven con perspectiva: “Pues sí, podría ser peor”, afirman con serenidad.

Qué paciencia, cielo santo, qué paciencia para ser comerciante. Pues sí. Podría ser peor, podría llover.

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Hoy salió el Sol. Por fin. Hace frío. Necesito un abrigo nuevo.

Próxima estación, Jacobo Camarero

Esta mañana amanecí con el blog de Juan Carlos García de los Reyes y su equipo de arquitectos. Al parecer, y por muy bien construido y urbanizado que esté el planeta, el mundo sigue siendo un pañuelo. Juan Carlos habla sobre Jacobo Camarero, la persona que inspira el nombre de la primera parada de metro de Granada.

Yo era un colaborador del periódico IDEAL cuando escuché por primera vez el nombre: ‘Jacobo Camarero’. Fue en una rueda de prensa de la Junta de Andalucía en la que presentaron las paradas del metro de Granada. Allí no nos dieron ninguna explicación sobre quién era él y yo, inocente personajillo, escribí: “La primera parada está dedicada a un ilustre y fallecido vecino de Albolote, un camarero llamado Jacobo”. Al día siguiente, un hombre con voz de cuentacuentos llamó al periódico preguntando por mí: “Hola, soy Jacobo Camarero. Y no soy camarero”.

Después de reirnos un rato -tenía un humor maravilloso- quedamos para vernos y que me contara la historia que justificase tantos honores -una historia sin escribir, sin memorizar, sin grabar… una historia que merecía ser contada-.

Escribir aquél reportaje fue maravilloso. Tenía la sensación de que era una de esas aventuras que vivirían para siempre. Y él, Jacobo, el héroe que nunca podría morir.

Por eso, al leer el blog Gr-Arquitectos y descubrir que “había muerto unos días antes” he intentado llevar la atención a otro punto. Negar la frase y obviar el contenido. Quería evitar el escalofrío. Pero no pude.

Sin embargo, ahora, después de volver a sentir aquella tarde en el jardín de su casa, emocionarme con la pasión del recuerdo y leer la experiencia de Juan Carlos, me doy cuenta de la verdad que acompañará siempre a Jacobo Camarero. Él, como todos los grandes, es inolvidable. Es inmortal. Y, más allá de los debates sobre el nombre de metro o tranvía, todos sonreiremos al escuchar la vocecita metálica: “Próxima estación, Jacobo Camarero”.

(Reportaje publicado el 03/06/07)

Título: Próxima estación: Jacobo Camarero

Subtítulo: Con 18 años y 11 pesetas montó una escuela para los niños de las calles de Albolote Con 80 primaveras, da nombre a la primera parada del futuro metro de Granada

TEXTO Y FOTOS:

JOSÉ ENRIQUE CABRERO / ALBOLOTE

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HABÍA tanto barro, que a menudo perdías de vista tus propios pies. Los tobillos se hundían y los zapatos pesaban más a cada paso. Mientras que las huellas que dejaban carros y animales servían de guía a todos aquellos que cruzaban el camino, el estiércol avivado por las lluvias lo convertían en un paseo poco agradecido. Hoy, aquellos despojos, mezcla de tierra, agua y abono, se han convertido en una gran avenida a la entrada de Albolote. Avenida que comparte el nombre con la que será la primera parada de metro de Granada. Dentro de unos años, al escuchar «próxima estación, Jacobo Camarero», podemos caer en el tremendo error -como ya sucede en otras grandes ciudades- de que se convierta en uno de esos nombres que flotan en el olvido y que sólo recordamos porque es allí donde tenemos que bajar.

Sentado en un cómodo sillón, Jacobo, a sus 80 años, no olvida ni uno de los pasos que arrastró durante más de una década por aquel barrizal. Fue en el año 45, con la mayoría de edad recién estrenada, cuando tomó la decisión que cambiaría la vida de muchos: «Albolote tenía unos 4.000 habitantes y no había más que dos escuelas para niños, en las que sólo se admitían a cincuenta. Los que se quedaban fuera y tenían dinero, pagaban a profesores particulares, pero los que no tenía nada, la inmensa mayoría, pasaban los días en la calle».

El amigo Camarero no recuerda haber tenido otra vocación en su vida: «Quería enseñar, ser maestro». Y aquella situación le hizo plantarse en el despacho del alcalde para pedirle un local donde poder impartir clases.

Él, por aquel entonces estudiante de bachiller, propuso una vieja cuadra que solía usarse como Casa del Pueblo que el Ayuntamiento no tuvo problemas en cederle. «Estaba completamente abandonada. No le echaron paja ni nada al suelo, así que había casi cuatro dedos de una pasta indescriptible». En aquel momento no estaba sólo. Un par de amigos del colegio le ayudaron a empezar. Pero fueron los mismos niños de la calle los que pasaron cuatro días limpiando, fregando y sacando todo el estiércol con un escardillo.

«Esos primeros niños, los que serían mis primeros alumnos, se convirtieron en mi mano derecha. Me ayudaban en todo». Una vez limpio, necesitaban mesas y pupitres, por lo que hicieron una colecta: «Los chaveas de la calle juntaron ocho gordas, un amigo puso tres pesetas y yo lo que pude. Juntamos once pesetas, que fue lo que me costó parir la escuela».

Once pesetas después

«En aquella primera época reunimos a unos 40 alumnos, entre los 10 y los 18 años. La mayoría eran analfabetos, aunque entre ellos había algunos que habían estado en la escuela -los mismos que montaron conmigo la escuela-, sabían algo y me ayudaban a dar las clases».

El bachiller se acababa y Jacobo tenía que empezar la mili, por lo que tuvo que cerrar la escuela. A primeros de noviembre del 46 ingresó en el Ejército, con la suerte de que pidieran gente que supiera escribir: «Di un paso al frente, vieron que tenía la letra bonita y me mandaron a registro». «Pasé un mes allí, hasta que juré bandera. Entonces, a principios de diciembre, volví a tener tiempo y abrí la escuela de nuevo, aunque esta vez ya no había ninguno de los amigos del colegio. Estaba solo».

El verano del año siguiente, los alumnos ya rondaban la centena y Jacobo volvió a hablar con el alcalde. «Le dije que ya no cabíamos allí y nos cedieron un sitio en las escuelas de niños. Pero al final de las vacaciones de verano, al volver al trabajo normal, se quejaron porque mis niños eran muy grandes y decían que lo iban a romper todo así que de vuelta a la cuadra».

La banca

«En el año 50 la escuela estuvo cerrada». Por aquel entonces, Jacobo, que de siempre había querido estudiar Magisterio, optó por prepararse para trabajar en un banco, ya que de hacer lo primero «le podían mandar a las Alpujarras o por ahí» y él quería quedarse cerca de su escuela.

«Estuve un año preparándome: derecho mercantil, contabilidad por partida doble, matemáticas en cálculo Hice unas oposiciones al Banco de España y me saqué el 10 de 12. Pero hubo una plaza libre en el Banco Popular, me presenté y la gané yo. En cuanto entré en el banco, al día siguiente, me volví a la cuadra Aquello se llenó de tal manera -dice emocionado- doscientos niños. Gracias a Dios, allí estaban los mismos alumnos que me ayudaron a montar la escuela para echarme una mano».

«Fui otra vez en busca del alcalde y le pedí un sitio más grande: El Servicio Nacional del Trigo, que estaba sin usar. Compramos mesas y bancos y a limpiar otra vez: telarañas, barrer, pintar lo hicimos nosotros. Aquello costó una pila de pesetas, 20.000 o por ahí, que pagué a base de prestamos. Pedí a la Delegación maestros que no estuvieran haciendo nada y me mandaron dos. Pero ni con ellos». «Por aquel entonces ya eran cerca de trescientos alumnos -sonríe sincero-. Imagínate si teníamos prestigio, que los alumnos del turno nocturno de un colegio de esos con suelo de madera y todo muy bien puesto se vinieron conmigo, por lo que el alcalde mandó a su profesor, que se había quedado sólo, a venirse a mi escuela».

Corría abril de 1956. Aprendices de todas las edades, desde los 10 a los 40. Y entonces, pasó: «Éramos 297 alumnos, recuerdo que dije que en un par de días seríamos 300 pero en vez de llegar tres personas llegaron los 300 temblores que trajo el terremoto que destrozó Albolote el 16 de abril de aquel año. Dejó la escuela que daba miedo entrar con tanta grieta Fue el fin de una historia».

Satisfacciones

La muerte de la escuela no fue en vano. Años más tarde, el Ministerio de Guerra premió al Ayuntamiento de Albolote con 10.000 pesetas porque no iba ningún soldado analfabeto a la mili. «Fue un gran premio, un orgullo».

«Con parte de aquel dinero nos fletaron dos camiones grandes y nos llevaron a la playa era la primera vez que yo iba», comenta mientras revive aquel sol primerizo en la cara. Con la llegada de la democracia la mitad de aquellos alumnos “especiales” que ayudaron a Jacobo desde el principio se convirtieron en el corazón del Ayuntamiento.

Otros fueron concejales, empresarios, capitanes del ejército Y la escuela, situada en la plaza central de Albolote, se convirtió en una biblioteca.

Fútbol a los cuarenta

«Yo no he podido ir al cine, al teatro o a bailar, ¡si empecé a jugar al fútbol con 40 años!, no hacía nada más que ir a la escuela, pero aquello fue una satisfacción, porque las satisfacciones del alma son las mejores. Mis alumnos son ahora los dueños de Albolote, son los que ha transformado aquel barrizal en el cemento que es ahora».

También organizó la reconstrucción de la casa de un amigo que se derrumbó, llenó de papeletas de lotería Albolote, llegó a visitar más de 100 pueblos de Granada como apoderado del Banco Popular, tuvo cuatro hijos, fue director de un grupo de teatro que llenó las plazas de Maracena, ilusionó a grandes y pequeños con sus trucos de magia e incluso una vez ganó un patín con los puntos del café. Pero todo eso, ya es otra historia.

Se la cuento en la próxima estación.

Lorca (1898-¿1936?) no estuvo aquí

Fábula y Rueda de los Tres Amigos. Poeta en Nueva York (Federico García Lorca)

Estaban los tres helados:
Enrique por el mundo de las camas;
Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos,
Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados.

Lorenzo,
Emilio,
Enrique.

Estaban los tres quemados:
Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;
Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos;
Enrique por el mundo de los muertos y los periódicos abandonados.



Lorenzo,
Emilio,
Enrique.


Estaban los tres enterrados:
Lorenzo en un seno de Flora;
Emilio en la yerta ginebra que se olvida en el vaso;
Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

Lorenzo,

Emilio,
Enrique,
fueron los tres en mis manos
tres montañas chinas,
tres sombras de caballo,
tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas
por los palomares donde la luna se pone plana bajo el gallo.

Uno
y uno
y uno.


Estaban los tres momificados,
con las moscas del invierno,
con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano,
con la brisa que hiela el corazón de todas las madres,
por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos.

Tres
y dos
y uno.


Los vi perderse llorando y cantando
por un huevo de gallina,
por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,
por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de luna,
por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,
por mi pecho turbado por las palomas,
por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado.

Yo había matado la quinta luna
y bebían agua por las fuentes los abanicos y los aplausos,
Tibia leche encerrada de las recién paridas
agitaba las rosas con un largo dolor blanco.
Enrique,
Emilio,
Lorenzo.
Diana es dura.
pero a veces tiene los pechos nublados.
Puede la piedra blanca latir con la sangre del ciervo
y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.

Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que cl mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

 

Vídeos antiguos de Granada

La sensación es parecida a cuando ves una fotografía en blanco y negro de tus abuelos cogiendo las manos de tus padres. O a tus padres cogiendo las tuyas, de niño. Granada es nuestro pariente más cercano. Es el lugar del que nos sentimos tan orgullosos como apenados. Es el último reino, el suspiro del moro, la primera olvidada. Pero es, al fin, con sátiras y rarezas, nuestro ’sweet, sweet love’.

Este vídeo lo ha realizado un granadino -desconozco quién- que ha conseguido emocionarnos a todos los que creíamos que habíamos olvidado para siempre aquél paseo por Isabel La Católica, Puerta Real, La Fuente de las Batallas… Cómo hemos cambiado.

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Para ser granadino hay que querer serlo tanto como no quererlo. Y sólo un granadino puede entender la ironía.

(EDITADO)

El fenómeno José Bayona ha grabado un vídeo para que comparemos el antes y el después. Gracias a los dos autores, maestros:

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Vocaciones contra la crisis

La crisis lo replantea todo. Los obreros se bajan a empujones del andamio, los empresarios cierran filas y la filantropía pasa a un irrevocable segundo plano. Nos empeñamos en creer que la solución del problema está en estudiar una carrera de prestigio y en dulcificar los aparatos reproductores que nos darán la estabilidad deseada. O, mejor, sacar una plaza de funcionario y ver cómo los problemas económicos dicen adiós. ¿Quién no querría esa estabilidad?

Pues tú. Tú que tienes vocación. Llevamos una temporada leyendo noticias sobre los estudios universitarios que deberíamos haber hecho y las pasiones que necesitamos olvidar para sobrevivir a la crisis. Amigos, amigas, digan ‘no’.

Vivimos una crisis mucho más relevante. Después de escuchar durante años que para ser feliz hay que ser médico. O informático. O arquitecto. Y no ser filólogo. Ni físico. Ni documentalista. Resulta que es precisamente lo que necesitamos: vocaciones. Gente auténtica que quiera ser feliz cumpliendo con su parte del pastel.

Si le preguntas a alguien cuál es su vocación es posible que, tras un momento para pensarse la respuesta, te lo diga dubitativamente. Puede que se base en lo que estudia o en su trabajo. En muchas ocasiones, no tendrá respuesta. Sin embargo, si la cuestión fuera cuál es tu vocación perdida, todos seríamos capaces de dar una respuesta sincera, absoluta y, probablemente, rápida.

La vocación perdida. El camino que te gustaría estar escalando, la historia que debería ser contada cuando todo termine… ¿No deberían coincidir ambas?

Yo tengo una. ¿Y tú? La crisis muere con una vocación perseguida.

Granada, de 9:00 a 17:00

En Alemania han decidido, por orden celestial, que los domingos no se abren los comercios. Bajo ninguna circunstancia. Menudo error.

Cuanto más viajo por Europa -ya no contamos Alemania- más me doy cuenta de que la decisión de no trabajar en domingo por regla es absurdo. Londres, París, Estocolmo, Copenahgue, Bruselas… Todas tienen fines de semana menos activos, pero vivos.

El problema que veo es que para alguien que trabaja durante toda la semana y, al llegar el finde, quiere ir a comprar o a cuchichear precios en tiendas, lo tiene complicado. Es tanta la impotencia de levantarte un domingo y decir “hoy no puedo hacer casi nada” que da qué pensar.

¿Quieren cerrar todo los domingos? Bien, pues pongamos horarios lógicos para los tiempos que corren. Vital: horarios de oficina de 9.00 a 17.00 horas o de 7:00 a 15:00. El esquema de trabajo partido no es funcional y nos impide disfrutar de lo que se cuece en la calle.

Cada vez que saco este tema siempre hay alguien que apunta: “En Granada tiene sentido el horario partido porque es una ciudad pequeña y podemos volver a casa, hacer vida familiar, etc”. Prueben a ir y venir de un polígono, coger la autovía en hora punta o pillar un bus a un pueblo del área metropolitana. Luego hablamos.

Los cines de Granada no quieren a Sam Mendes (American Beauty, Revolutionary Road)

El lunes es un día para hablar de muchas cosas anodinas, pero yo les voy a hablar de cine. Hoy no es viernes, no es el día del espectador, no tenemos estrenos de los que hablar y aún nos estamos recuperando de la resaca de Luna Nueva. Quiero que hablemos de ‘cines’, de las salas de proyección de Granada.

Ver una película es uno de los planes más habituales dentro del fin de semana español. En Granada también, claro. El problema es que aquí, pese a tener tropecientas salas de proyección digital en tres dimensiones, sonidos envolventes y sillones que se mueven con una palmada -todas ellas, características estupendas, ojo-, nos perdemos muchísimas películas que ni siquiera llegan a estrenarse.

Ayer quería ir a ver Un lugar donde quedarse. Pero no pude. “¿Cómo es eso, JeCabrero, te quedaste sin dinero en la taquilla del cine?” No amigos, no. No estaba en ninguno de nuestros flamantes y espectaculares cines. “Pero es que te fuiste a ver una película de esas rarunas que nadie conoce”. Una vez más mi querido lector, no. O al menos eso creo: El tipo que la dirige es un tal Sam Mendes, un mindundi por el que todos los culturetas babeaban el año pasado con ‘Revolutionary Road‘. También, el mozalbete, hizo Jarhead, la incuestionable Camino a la Perdición y la ya clásica ‘American Beauty‘. La película está protagonizada por John Krasinski, actor de moda gracias a su papel en la gloriosa serie The Office. Pues toma frasco carrasco, en Granada no se estrena.

Por cierto, echando un ojo a la cartelera, he visto que tampoco se estrenó aquí ‘La noche que dejó de llover’. Cinta española protagonizada por el mismo Luis Tosar que despunta como ningún hollywoodiense en Celda 211.

A cambio tenemos 2012 en 6 salas y Luna Nueva en 7. Sí, muy taquilleras y blablablá. Pero es una pena. Ambas películas han sido retratadas por la crítica como “absurdas”, “la misma bazofia de siempre”, “previsibles”, “dinero mal empleado”, etcétera. La verdad es que la crítica tampoco ha sido muy generosa con la última cinta de Sam Mendes (de la que él mismo ha dicho que le costó trabajo terminar), pero aún así es mejor opción que los vampiros y el fin del mundo.

Que conste que la culpa la tengo yo. Y otros tantos como yo que fuimos al cine a ver 2012 y Luna Nueva (ambas, insisto, detestables) arrastrados por un poderoso, infernal e insistente plan de marketing (aunque, también es cierto, un servidor ve todo lo que puede en el cine).

Hay una enorme lista de estrenos que hemos tratado con negación o desprecio (ahora mismo se me viene a la cabeza Mi vecino Totoro, clásico de la animación japonesa que después de 25 años de su estreno en Japón llegaba a España. Y que estuvo un fin de semana en Kinépolis, una semana más tarde. Bueno, algo es algo).

Para más inri, el único cine que mantiene peliculones como El secreto de sus ojos o Si la cosa funciona, está tan descuidado que, mientras oyes a Ricardo Darín susurrar al oído de Soledad Villamil en una escena íntima y personal, las metralletas de los Malditos Bastardos de Tarantino se cuelan tras las paredes de papel que separan la sala 7 y la 8. Eso, claro, cuando no se achata la imagen o se parte por la mitad.

Con lo bonito que es ir al cine…

La Ordenanza municipal: Who watch the Watchmen?

Lo de la ordenanza municipal es como lo del vaso medio lleno o medio vacío, depende de los ojos del que mira. Mientras que unos ven las bondades de regular la higiene de la ciudad, la prostitución, el uso de la calle y su seguridad, otros analizan las maldades de prohibir usar el monopatín o jugar al balón, la mendicidad, regar macetas y, sobretodo, el arte en la vía pública.

Hace poco mantuve una conversación con un periodista muy puesto en el tema. Yo, indignado, le dije que no podía creer que ahora fueran a multarme si mi perro orinaba en una esquina. Él, sabiamente, me dijo: “¿Cuántas veces te han multado por cruzar en rojo? La norma está para tener algo a lo que acogerse cuando haga falta. Y si no, ¿cuánta gente ves a diario que va con su bici -o moto- por la acera?  Pues eso está prohibido”.

Medio Lleno
La ordenanza nació con titulares que sonaban a cámaras de seguridad instaladas por toda la ciudad, a ‘watchmen’ de otra época oteando desde las gárgolas de la Catedral cada uno de nuestros incívicos movimientos. El ojo del gran hermano que te sigue cuando sacas al perro, cuando vas en monopatín o, incluso, cuando te conviertes en estatua en mitad de Puerta Real. Nada más lejos de la realidad.

Ayer mismo, aquella estatua viviente de Rumanía que apareció en todos los informativos de España mientras que varios agentes le informaba sobre la ordenanza, volvía a alzarse en el mismo sitio de siempre. A su lado, un coche de policía pasa. Y no pasa nada. Sin embargo, gracias a esta ordenanza  la policía tiene capacidad para frenar la prostitución y otras actividades que malogran la ciudad. Es el primer paso para cortar meadas fuera de tiesto y calles caóticas.

Medio Vacío
Detrás de todas las bondades y buenas intenciones del documento, deja a la policía la capacidad de decidir qué es y qué no es delito. ¿Cuándo es la mendicidad un problema de “insistencia” y cuándo una necesidad? ¿Ellos decidirán? La calle ahora tiene dueños y no puedo cantar, bailar o pintar si me apetece. Necesito permiso. Brunoat, fotobloguero de Granada, piensa: “’La autoridad municipal también evitará cualquier actitud o práctica que conculque el derecho a la intimidad, a la convivencia ciudadana pacífica, a la libre elección y al uso colectivo de los espacios y bienes públicos’. ¿Significa estoque un policía me puede decir que no puedo hacer fotos en la calle sino son de un monumento? ¿De verdad que todos los policías van a saber considerar qué puede ser una expresión artística de valor cultural, y no una violación del derecho de nadie?”

¿Y si resulta que, detrás de la palabras bien escritas, hay un ‘vigilante’ que decide por nosotros?

Conclusión
La ordenanza es un lienzo de manchas vivas sobre la que cada granadino vemos lo que nos conviene. A fin de cuentas, eso fue siempre Granada: una máscara de Roscharch en la que nunca hay dos visiones parecidas.

En Granada hay, por lo menos, 4.000 hijos de perra

Espero no dañar la sensibilidad de ningún lector, pero las palabras sonoras están para usarse en el momento adecuado: Hijos de perra. Con todas las letras. Es que no lo soporto: “Abandonados cerca de 4.000 animales en Granada durante 2009”. Y si el número les sienta mal, escuchen esta cifra: Un 15% más que en 2008. La Plataforma Animalista de Granada, además, prevé que el número de abandonos aumente para final de año, por aquello de los regalos navideños

Me resulta tan increíble que exista una persona en el mundo capaz de abandonar en mitad de la vega o del campo o de una puñetera gasolinera a un animal, que me dan ganas de reinventar al ser humano y darle, al menos, algo de sensibilidad.

Todo el que ha tenido perro o gato -o cualquier animal de compañía- se ha encontrado con esa mirada que parece decir “colega, en serio, lo que haga falta; tú pide que yo te ayudo con lo que sea”. Y entonces me pongo en el lugar de todos esos malnacidos. Me imagino a mí, dejando a mi perro en una carretera anegada de silencio, diciéndole: “Quieto, chico, quieto”… El estómago me patalea. La horca me parece una opción aceptable.

Una de las opciones propuestas por las Asociaciones de Animales para evitar el abandono es la castración. Sí, me parece correcto. Cualquier persona capaz de tirar un animal a la basura, como un juguete roto, merece que le quiten el derecho a procrear… Ya, ya sé que la recomendación es castrar a los animales, es sólo que me parece que habría que probar con la otra opción. Verían como mejoraban los resultados.

En serio, eduquen a sus hijos. No les den el capricho de una mascota porque están con la fiebre de los Pokemon. Háganse un favor y digan ‘no’. A no ser, claro, que ustedes estén dispuestos a enseñarles lo que es la responsabilidad. Por lo que más quieran.

El muro que no derribamos en Granada

El día 9 cayó un muro en Berlín. Hoy lo celebramos como lo que fue: un ejemplo a seguir. Sin embargo, cuanto más miro a nuestro alrededor, más me doy cuenta de que hay muros que decidimos no ver. Y, por supuesto, no tirar.

Atención, pregunta: ¿Dónde está la barriada de Las Parcelas? ¿Y La Paz? Si les suena de algo ya saben mucho más que un enorme porcentaje de Granada. Porque sí, ambas barriadas son granadinas. Y, posiblemente, las áreas peor tratadas de la ciudad. Tres kilómetros en línea recta separan Puerta Real de la Avenida Julio Moreno Dávila, el centro de la Zona Norte. Allí no llegaron el espíritu del 78, no llegaron los derechos y las obligaciones y, por supuesto, nadie sabe dónde quedó la dignidad de la democracia. Ni siquiera la dignidad. Tres kilómetros y un siglo de diferencia.

Entrar en las barriadas de la Zona Norte supone un enorme pellizco estomacal. Un retortijón de conciencia: Calles desoladas por la prostitución y la droga, niños jugando en la puerta de lo que, por la noche, será el picadero donde emplear energías contaminadas por el vicio. Favelas por casas y clanes por familias. Coches que aún huelen a quemado, basura amontonada en las esquinas, navajas de reluciente rojo y un aroma a pólvora que nunca abandona el barrio.

Una vez estuve allí y casi se me olvida; cuando nadie habla de ti, es fácil que pases a un lugar oscuro de la memoria. El caso es que, cuando fui, un niño intentó robarme la cámara de fotos. Por suerte, la llevaba atada a la muñeca y no pudo dar el tirón. Cuando me di la vuelta y le vi a mis espaldas, el zagal me sonrió y dijo: “Había que probar”. No sé porqué, pero le devolví la sonrisa. Joder, me cayó bien. Me pareció uno de esos truhanes con honor, un pirata que se atiene a las reglas que marca la vida. El Luís Tosar de la Celda 211.

Aquel muchacho vivía en Las Parcelas. Una barriada que no tiene muros infranqueables físicos, pero de la que procuramos que no salga nadie. Que no entre nadie. Que no hable nadie. Que todos olviden. Es un gueto. Nuestro gueto. No tengo ni la menor idea de qué habrá sido de aquel chaval, pero sí sé que no va a celebrar hoy la caída de ningún muro. En su mundo, la intransigencia empieza a partir de la Carretera de Jaén.

Preferimos no tirar ningún muro, vayamos a que haga ruido.

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