Semana Santa, Turismo y Tradición

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Quiero que la ‘primera levantá’ de este blog tenga sabor a mar e incienso, a Semana Santa y a Costa Tropical.  Este es el texto de la presentación del Cartel de la Asociación de Hosteleros y Asociación Francisco Javier de Burgos: ‘Semana Santa, tradición y Turismo’.

Querida alcaldesa; presidente de la Mancomunidad de Municipios de la Costa Tropical; estimado presidente del Aula de Pensamiento Francisco Javier de Burgos; presiente de la Asociación de Hosteleros de la Costa Tropical;  queridos cofrades y amigos todos:

 

Aquel recuerdo

Ya huele a Semana Santa. Y en ese olor mi infancia, que, como tantos otros momentos personales, está anclada aquí en Motril, en la playa, en Poniente. Si cierro los ojos, y pienso en mi vida, a la fuerza llega el sonido de la playa, en el invierno con su quietud, su aire y sus olas, y en verano con el bullicio, las voces, los críos jugando y el tío de las tortas pregonando su mercancía. Un sonido donde todavía, si me fijo, resuena la voz de aquel pescadero que con su motillo recorría las playas cada mañana pregonando boquerones y, como él decía, ‘caramales’ de la vega de Motril.

 

Veo tantas y tantas imágenes que me han ido conformando… veo las caras de tanta y tanta gente… Veo travesuras siendo un crío y tardes en bicicleta por la vega; veo días al sol, sin importar los problemas y en los que las únicas preocupaciones que teníamos eran si al día siguiente haría aire o cual sería la película que la próxima semana echaban en el cine Lecrín.

 

Escucho, casi todavía, a la Juanita Banana hablando sola por aquel antiguo paseo marítimo, y las fiestas de la discoteca Katena, antes de que llegaran los chiringuitos festivos actuales. Veo tantos atardeceres con Playa Granada al fondo… Si, no soy un extraño aquí, porque en Motril nadie es extraño y porque ésta, también, en cierta medida, es mi tierra.

 

Mi infancia, y mi juventud, y mi vida ahora, es como este cartel que hoy presentamos, una superposición de elementos todos ellos vinculados a la Costa, a éste Trópico de Europa que tenemos la suerte de disfrutar.

 

Mi infancia, como tantas otras cosas, está anclada en Motril. Y también la Semana Santa. Mi niñez de inciensos, capirotes y tambores también está aquí, como lo está una noche de feria por aquellas casetas de la Matraquilla, como la Blanca Paloma o El Faro. Como lo está esa silueta del Santuario del Cerro dando siempre la bienvenida al llegar a Motril, o despidiendo al que la visita y marcha. La vida de este contador de historias que un día tuvo la suerte de encontrarse con cámaras de televisión, micrófonos y hojas de periódico que rellenar, comienza, precisamente aquí.  

 

Mi familia el Domingo de Ramos lo pasábamos siempre en Granada. Como a cualquier niño me llevaban a ver la Burriquilla, casi siempre por la Gran Vía, y los días siguientes mi abuelo me acercaba a ver alguna procesión más. Pero luego, enseguida, cogíamos el coche y todos a la playa. Ya, aquí, disfrutábamos todo lo que quedaba de semana. Si el tiempo acompañaba tocaba tomar los primeros rayos de sol de la temporada, y si no, pues a jugar con Manolo, Alberto y los demás críos en la urbanización o acompañar a los padres a tomarse su cervecita por Katena, El Natalio, la Ballena o el desaparecido Lecrín… Y a hacer roscos, que Loli nos cogía a todos y nos llevaba a su casa a que le ayudáramos a hacer tan dulce repostería, y a comérnoslos. Yo, más de una vez, me acuerdo todavía, jugaba a improvisar procesiones con los amigos, mi hermana y mis primas. Las cañaveras igual servían de cirios que de estandartes, una bicicleta, con cuatro flores cortadas de los jardines sin que Joaquín nos viera, eran un paso de palio, y las toallas de la playa echadas sobre la cabeza algo levantadas con la visera de una gorra, capirotes inigualables.

 

Eso si, por las noches, mis padres solían subirme a Motril a que viera alguna procesión. Y aquí, me fui encontrando con la Esperanza, con el Nazareno, el Santo Sepulcro o la Soledad. Y así  me fui dando cuenta que la Costa cuando llegaba la época de la quema de la caña, que era como una inmensa petalá para la procesión que aquel niño improvisaba en su urbanización, en la Costa también olía a Semana Santa.

 

Una noche, aquel niño, al que todavía por la playa siguen llamando Fernandito, estaba viendo una procesión en Motril, la de la Soledad. Con los ojos bien abiertos, sorprendido por aquel derroche de seriedad y alegría, de belleza y de llanto, de sonido y de silencios… De repente reparó en la figura de un nazareno que lo estaba observando. El niño quitó la mirada rápidamente, pero de reojo observaba que el penitente con su túnica y su capirote alto no le quitaba ojo de encima. “No puede ser a mi… por qué me va a mirar a mi todo el rato”… Así iba pensando rápidamente aquel niño cuando su sorpresa fue en aumento hasta cuotas inalcanzables, al ver que el nazareno se dirigía hacia él. Recto, directo, sin pensárselo, el penitente iba al encuentro de aquel niño que casi intentaba esconderse sorprendido detrás de sus padres. Según avanzaba el nazareno iba extendiendo la mano, como queriéndole dar algo. El niño llegó ya a la mayúscula sorpresa cuando el penitente le dijo “Toma, Fernandito” y le dio un caramelo. Media vuelta y el nazareno se perdió calle abajo. El niño se fue maravillado. Un nazareno, en Motril, le había dado un caramelo. Todo un tesoro para un crío; toda una historia asombrosa, envuelta por ese sentimiento mágico, casi extraño, que envuelve a una noche de Semana Santa. El crío ya no hizo caso ni a los tambores, ni a la música, ni a la Virgen que detrás venía. Para aquel niño, aquella noche de Semana Santa, solo estaba el caramelo y la figura desconocida de aquel nazareno de Motril.

 

Al mediodía siguiente, cuando los padres fueron a cumplir con esa otra liturgia de nuestra Semana Santa de cerveza, tapa y tertulia, al restaurante Katena, Pepe, tras la barra, con cierta sonrisa en la cara les dijo: “anda que no se os quedó sorprendido el niño cuando anoche le di un caramelo”.

 

Hoy, Pepe, ese niño al que una noche le tendiste la mano ofreciéndole un caramelo, viene a decirle a Motril, a la Costa Tropical, la grandeza del tiempo que se nos viene encima. Una grandeza, que vosotros, empresarios y trabajadores del sector de la hostelería, contribuís a que crezca cada año. Aportáis vuestro esfuerzo y dedicación, vuestra sabiduría en las cocinas y trato amable tras una barra.   

Hoy vengo a deciros que ya huele a Semana Santa.  

Gracias Pepe, por haberme regalado una de las vivencias cofrades que más recuerdo de mi niñez. Y, por supuesto, gracias por haber confiado en mi, como lo han hecho los integrantes de la Asociación Francisco Javier de Burgos, para que sea este año Fernandito la persona encargada de presentar el cartel, tras la propuesta de la Asociación Francisco Javier de Burgos. Gracias por haberme invitado a estar aquí, aunque en realidad a lo que me habéis invitado es a bucear en mis recuerdos y a reencontrarme una vez más con la Costa; a mirar por mis adentros e intentar sacar vivencias y sentimientos para dejarlos plasmados en estos papeles que, ¡aviso!, durante unos veintitantos minutos me vais a dejar que os lea.

 

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El cartel

Este año, nuevamente el Aula de Pensamiento Francisco Javier de Burgos edita un cartel dedicado a nuestras tradiciones, a nuestras costumbres, a nuestra esencia. A lo que en definitiva este pueblo es, y no debe dejarse que desaparezca. Magnífica, e ilustrativo, el trabajo realizado por Julián Molina para plasmar esa unión singular, precisa y necesaria que hoy en día hay entre tradición y turismo. Tradiciones que van desde nuestras fiestas o romerías, a nuestra gastronomía, de la que por cierto tanto y tan bien sabéis los establecimientos hosteleros de la Costa. Tradiciones que son noches de feria y son volantes, que es música sonando y una cruz de mayo, que son aguacates y chirimoyos llevando el nombre de la comarca y que son cañas de azúcar que alimentan la memoria y el tiempo. Tradiciones que son todo un universo por descubrir para el que nos visita de fuera. Que son sol y que son playa, que son Abderramán por Almuñécar y un castillo sobre casas blancas en Salobreña. Tradiciones que son rezos y oraciones ante la Patrona, da igual que se llame Antigua, Cabeza, Carmen o Rosario… porque a todos con sus Patronas les pasa como a vosotros, que

 

Un ramito de azucenas

en el corazón prendido

lleva siempre el motrileño

para quedarse contigo.

 

Tradiciones de un pueblo y una tierra que pasan de padres a hijos, y así debe ser siempre. Tengo que reconocer que el cartel, por su originalísima concepción, me recuerda a esos carteles tan afamados que cada año se hacen en la ciudad de Sevilla, donde junto al cartel oficial que anuncia la Semana Santa hispalense, siempre aparece otro que bajo el epígrafe de ‘Fiestas de primavera’ une las procesiones, la feria, las casetas, los palios y los toros.

 

Porque especiales, y esperadas, son siempre nuestras tradiciones. Pero sobre todas ellas, ante todas ellas, la tradición más grande, participativa, multitudinaria, transmitida de generación en generación y vivida a lo largo de todo uno año, que es nuestra Semana Santa. Esos días que nos llegan al corazón cuando vemos en Motril, Salobreña o Almuñécar, alargarse los días a la par que van saliendo capirotes de cartón de las casas de hermandad.Este cartel viene a anunciar lo que para nosotros es lo más sagrado, y lo más querido. Lo que para nosotros no necesita ningún anuncio porque llevamos tanto tiempo esperando, acariciando en el discurrir de los días, soñando con encontrarnos con ella de repente a la vuelta de una esquina. A veces nos parece que hasta la tradición nos ha dejado y se nos hace largo y pausado el tiempo del tiempo de la espera. Pero llega, claro que llega, y de repente comienza a oler a Semana Santa. La vamos buscando, y cualquiera de estas noches de un invierno que aquí se hace más corto que en ningún otro sitio, nos la encontraremos de repente.La veremos de pronto una noche al encontrarnos con una cuadrilla en algún ensayo, o cuando por Almuñécar escuchemos los acordes de la Agrupación de la Encarnación, o a la banda del Rosario por Motril , preparándose para el próximo concierto. La veremos dibujada en el cielo cuando los atardeceres se vistan de color rojizo al escaparse, más allá del horizonte, ese sol grande que ilumina también el cartel que hoy presentamos. Ese sol que el Domingo de Ramos no faltará cuando un Dios que se hace niño salga a la calle. Ese mismo sol que aquí tanto brilla y que nos mostrará, en una luminosa mañana, la Resurrección y el Triunfo. Sol de Domingo de Ramos, sol de Semana Santa, para este cartel. Porque la Semana Santa, está ya a la vuelta de la esquina.

 

Vamos a encontrarnos con ella. Lo haremos en la barra de un bar, mientras nos tomamos unas tapas con los amigos y hablamos de la última noticia que ha llegado a nuestros oídos de tal o cual hermandad. Mientras soñamos con las manos entrecruzadas de Jesús del Perdón recorriendo Motril, o con las lágrimas de Nuestra Señora de la Esperanza por El Salvador en Almuñécar.

 

Este cartel viene a anunciar, que la tenemos ya a la vuelta de la esquina. Que nos vamos a dar de bruces con ella. Lo haremos al pasar por delante de cualquier escaparate con carteles cofrades pegados en sus cristales, o ese otro escaparate que por Motril, a mi me gusta ver hasta en el mes de agosto, porque siempre tiene algo cofrade asomando.

 

Pronto estaremos otra vez en la calle con ella. La escucharemos llegar, y seremos felices con su retorno. Lo haremos al sintonizar un día la radio y encontrarnos con las voces de Jose Santiago y su equipo, golpeando un llamador. O cuando hasta nuestras manos llega ‘La Judea’, donde mi buen amigo Fermín Anguita tanto esfuerzo, ilusión y profesionalidad cada año pone. La vamos a descubrir en el ordenador, en ‘La Chicotá’ de jóvenes llenos de entusiasmo o en aquella otra página donde Motril es pasión, o en el Muñidor, o por Facebook, Twitter o cualquier red social. Este cartel que hoy presentamos nos recuerda que ya huele a Semana Santa. Nos lo dicen cinco nazarenos cuyos capillos se confunden en el cielo con los cirios salidos de cualquier candelería. De la de Nuestra Señora del Rosario en el Domingo de Ramos, o de la de María Santísima de la Victoria al pasar por la calle las Cañas. Del paso de la Soledad el Sábado Santo en Motril, o del de Nuestra Señora de los Dolores en Almuñécar.

 

La Costa de Granada, durante una semana de ocho días, se hace incienso y se hace clavel, y redoble de tambor tras un paso en el que el racheo de las alpargatas suena a música celestial. Este cartel así lo anuncia, haciéndonos imaginar un sendero por el que caminan nazarenos en penitencia. Puede ser la calle Nueva o la Plaza Burgos, Catalanes o Cardenal Belluga, calles para la gloria de una semana, que Motril escribe verso a verso, chicotá tras chicotá. Puede ser, ese camino de nazarenos, la Carrera de la Concepción o Alta del Mar, la Avenida de Europa o la Puerta de Granada, calles sexitanas para que afilados capirotes anuncien la gloria de Dios. Puede ser que esos nazarenos caminen por la calle Estación, Albaicin Alto o Muralla en Salobreña… pueden ser cien sitios y ninguno, puede ser, simplemente, el pensamiento de un cofrade que saca en estación de penitencia la cofradía cada noche en sus sueños.  

 

Es la tradición de una semana que nos hace redescubrir escenarios urbanos que creíamos casi olvidados. Que nos convierte, a todos, en turistas de nuestra propia ciudad, dispuestos a maravillarnos con momentos como el que cada Martes Santo se vive en Salobreña cuando el Cristo Atado a la Columna cruza la Bóveda, o cuando el Viernes Nuestra Señora de la Piedad acuna el cuerpo sin vida de su hijo por las calles del barrio de San Sebastián de Almuñécar. O cuando la saeta salta por cualquier balcón y nos hiere, como hiere el peso de la cruz a Jesús de Pasión cuando caído baja el Cerro de la Virgen.

 

Es nuestra tradición, nuestra gran tradición de nazarenos y capirotes, de alpagatas y fajas costaleras, de claveles, lirios, pañuelitos, chicotás, besamos en Cuaresma… de cultos y de ciriales, de incienso, navetas y simpecados… de estrenos para este año, de corneta y de tambor, de calles estrechas por las que el paso ni cabe… de cruces de guía, de cirios, de mujeres de mantilla, de estampitas y terciopelos, de bordados de buen realce, de nervios por aquella nube… Es nuestra tradición más grande, la de una cuadrilla ahí debajo, que la porta y que la mece, que la trae y que la lleva, que le va quitando Dolores y nos va dejando Esperanza.

Esta es la tradición

cuando llega primavera

y a la Virgen del Rosario,

sus costaleros la llevan,

mientras Cristo en un olivo

al Padre Eterno le reza.

Esta es la tradición

en esta bendita tierra

que en Motril lleva por nombre

Perdón bajo la luna llena,

Salud y Mayor Consuelo

Gran Poder en penitencia,

Jesús de Pasión, Amargura

Cristo de la Muerte Buena,

Nuestro Padre Nazareno

con la cruz que lleva acuestas

y un Cristo que expirante

el Viernes Santo regresa.

 

Dolores para una Madre,

Soledad por calle Nueva,

y Cristo que se hace Niño

en la dulzura eterna.

 

Esta es la tradición

que anida por Salobreña

con el Cristo la Humildad,

y el que se Humilla en Gardenias.

Nazareno, Esperanza,

Dolores, Madre de Penas,

Perdón y otra vez Soledad,

Esperanza siempre nuestra.

 

Esta es la tradición

que revive Almuñécar,

cuando hombres de larga barba

con Cristo en la burra entran.

Oración que hay en el Huerto,

entre olivos y palmeras,

y un Cristo que Despojado

su Gran Amor siempre entrega.

Los Gitanos con su Cristo,

en una noche flamenca,

y el Perdón, Descendimiento,

la Verónica, Magdalena,

Cristo de la Expiración

que en el silencio nos deja.

La Amargura y San Juan,

La Esperanza, la Piedad

Dolores, el Santo Entierro,

y una plaza siempre llena

el viernes por la mañana

para ver como allí llegan

la Virgen junto a San Juan

y Dios con la cruz a cuestas.

Que en esta sexi bendita

Dios tiene su nombre y su lema

y se llama Nazareno

y lo hizo Sánchez Mesa.

 

Esta es nuestra tradición

y así queremos que sea,

que sean coronas, diademas,

y pañuelitos de seda.

Que sea una bambalina

con sus bellotas que suenan,

unos faldones bordados,

una peana de reina,

unas jarras con sus flores,

y un techo lleno de estrellas.

Un rosario entre las manos,

candelerías de velas,

y unos ojos que llorando

nos quitan todas las penas.

Que sea un paso de palio

que se asome la luna llena

y que grite el capataz

al cielo vamos con Ella.

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Turismo

Esa es la Semana Santa que vivimos los cofrades, pero también está esa otra semana que viven los que no visitan. Los que eligen nuestras playas y nuestros pueblos para pasar sus días de descanso y que, afortunadamente, cada vez son más. Los turistas, con sus maletas cargadas, como vemos pintadas en el cartel de Julián. Igual que Motril, Salobreña o Almuñécar no serían ya imaginables sin su movimiento cofrade, tampoco estas localidades serían ellas mismas sin sus turistas, sin sus visitantes. Ya sean los que vienen desde países lejanos a hospedarse en nuestros hoteles, o los que simplemente recorren unos cuantos de kilómetros, para escaparse de sus obligaciones y su rutina y descansar en apartamentos que compraron por Torrenueva, Salobreña o la Playa de Velilla.

 

Ahí, en ellos, en los de fuera, tenemos un extenso muestrario de todo tipo de personas que se acercan a nuestras tradiciones desde las más variadas perspectivas y prismas. Están los que llegan sabiendo ya lo que van a encontrarse, y deseosos se lanzan a la Plaza de las Palmeras de Motril o al Paseo del Altillo de Almuñécar buscando nuestra esencia y tradición.Están también los que vienen dispuestos a sorprenderse, a dejarse cautivar cuando en el atardecer del Jueves Santo, Nuestro Padre Jesús Nazareno surca las calles de Almuñécar, mecido no se sabe bien, si por la suave brisa de un viento de poniente, o por la dulce cadencia del andar de los hombres que lo llevan. Están los que solo buscan esos días el sol y la playa, pero que al final se dejan caer por el centro de nuestras ciudades a ver cualquier procesión. O los que simplemente vienen buscando descanso a este paraíso que nosotros tenemos la suerte de vivir.Pero todos ellos, seguro, se van a llevar cuando vuelvan a casa de regreso un recuerdo imborrable de su paso por nuestra Costa. Imborrable por lo que han visto en la calle, por la amalgama de sentimientos que se han encontrado de repente: Vírgenes llorando pero que son hermosas, flores cuyo olor se mezcla con el incienso, ojos que se llenan de lágrimas al sonar una marcha y treintaytantos hombres allí abajo llevándose de uno a otro costero esos pasos en los que orfebres, carpinteros, bordadores y priostes dejaron todo su arte.

 

Pero también imborrable será su recuerdo por todo lo que han vivido cuando han ido a tomar el sol a la playa, han entrado en el chiringuito a tomarse una cerveza y un pescaíto al mediodía, o por la cara de sorpresa que se les quedó cuando se pidieron un vinito en el bar y vino el camarero y les puso un plato de migas con sardinas bien asadas. «Pero oiga ¿esto se paga?»El recuerdo que cada persona que nos visita se llevará de la Costa Tropical vendrá dado no solo por el número de saetas que lleguen a escuchar o las levantás a pulso que delante de ellos se den, sino también por las exquisiteces gastronómicas que les pondrán en cualquier comida, cuando se sienten a disfrutar de un buen almuerzo en cualquiera de nuestros restaurantes o chiringuitos.

 

Y se irán satisfechos de haberse encontrado un pueblo echado a la calle en torno a un Cristo que lleva la cruz a cuestas mostrando su Gran Poder por la calle las Monjas, pero también por haber recibido un trato afable, cordial, respetuoso y profesional gracias a los profesionales de la hostelería de la comarca. Así es la gente de la Costa, así sois los profesionales hosteleros de la Costa. Los que con mucho esfuerzo, constancia y buen hacer conseguís que todos, absolutamente todos, al irse de aquí solo tengan un pensamiento: volver.   

 

Y aunque las hermandades, los cofrades, no salimos a la calle para que nos vean, sino para hacer estación de penitencia, nos gusta que nos presten atención. Y además, agradecemos cualquier colaboración que nos llegue por parte de las administraciones y otros colectivos.Por eso, gracias, Asociación de Hosteleros de la Costa Tropical. Gracias no solo por vuestra indispensable colaboración para que este cartel salga a la calle, sino también por estar ahí, por estar junto a nuestras cofradías. Gracias por vuestro apoyo y, ojalá, que este nunca cese, y si puede ser crezca. Y gracias también a nuestros ayuntamientos por su colaboración, tanto en los días de la Semana Santa, como en tantos otros momentos a lo largo del año, con las distintas cofradías. Y entre todos, tenemos que conseguir que el mundo cofrade vaya a más, que crezca, tanto aquí en la Costa como fuera de ella, convirtiéndose en bandera de nuestra tierra. Por eso, hay que felicitarse por iniciativas como las que la próxima semana en la Feria de Turismo de Fitur darán a conocer los carteles de nuestras Semanas Santas, y donde espero que esté el que hoy presentamos.

 

Tradiciones

El cartel que hoy ve la luz es el que anuncia esa Semana Santa que ahora renace, pero que nunca muere. Esa semana en la que el temblor de lo bello, está más a flor de piel que nunca. La Semana Santa que atravesará el horizonte lejano que desde Sacratif se divisa, siempre unida al sentir del pueblo, al Dios sufriente y a la Madre dolorosa; siempre con ellos, como hace el discípulo amado cada mañana de Viernes Santo en el Paso por Almuñécar. Como hacen esas palmeras que por frente la puerta de la iglesia de la Encarnación de Motril santiguan el aire cuando la hermandad de la Veracruz se pone en la calle.

Pero este cartel que presentamos, no se queda solo en los días del gozo que culminan con el Domingo de Resurrección. Va más allá, avanza todavía más en el tiempo. Y esa cruz grande que marca la tradición, esa cruz que se nos antoja la del Cristo de la Buena Muerte, es la misma cruz que en mayo veremos llena de claveles y en torno a la que las mujeres vestirán volantes y bailarán sevillanas.Porque la Semana Santa no solo es la conmemoración que hace este pueblo de la Pasión, Muerte y Resurrección de aquel Hombre de Galilea que vivió hace ya más de dos mil años. La Semana Santa es mucho más, es la fiesta del inicio de la vida; de la llegada de la primavera a esta tierra donde es primavera cada día del año. Es el pistoletazo de salida a ese ciclo de fiestas y tradiciones que en el calendario se van abriendo paso. Y ahí están, en el cartel, las cruces de mayo con su color y su alegría, y está también el baile en una noche de feria por las casetas, y la romería a la playa en el mes de octubre por Salobreña. En ese cartel, está la gente de la Costa, estáis vosotros, los que por agosto buscáis a San Cayetano en Lobres o en Jolucar, o salís a la calle de fiesta por San Isidro o San Miguel.

 

Ahí están las copas de vino dispuestas para un brindis, y el tonel con sus mejores esencias para un rato de tertulia en animada noche en una caseta de feria.Ahí están los aguacates y las chirimoyas, y esas cañas que en el cartel, incluso, se confunden con el cielo, como pasa cada mes de agosto con las palmas reales y las palmeras de color de los castillos de fuegos artificiales que por mi Playa de Poniente o Almuñécar se disparan. Están todas y cada una de las tradiciones de nuestros pueblos. Y nos imaginamos las hogueras por San Juan, o a Vírgenes del Carmen sobre barquitas en una noche de julio. Y están los pescados de nuestra tierra, rica en productos del mar que luego, la profesionalidad, conocimientos y experiencia de nuestros hosteleros, saben servir como auténticos manjares de dioses.     

 

Y en el cartel, no podía ser de otra manera, aparece el Cerro de la Virgen, la casa de la Señora, el joyero de Motril, el palacio para que esté la Reina en su Reino. Aparece la silueta del santuario, y nos imaginamos a la Señora de rostro moreno. Bendita tradición de Motril la de cada 15 de agosto, el día de la Asunción de la Virgen, el día que mayor número de tradiciones se celebran en toda España. Yo, hace ya casi cinco años, tuve el honor único en la vida de pregonaros a la Patrona de Motril, y hoy me gustaría recordar unas palabras que entonces dije, porque la tradición de Nuestra Señora de la Cabeza Coronada, también está en este cartel.

 

                                                    Cuando salga en procesión

la que es reina del cielo,

no me la subáis muy arriba,

no la levantéis hasta el cielo,

no despeguéis mucho los pies

de este bendito suelo.

Vayamos a que, por esas cosas,

de la imaginación y los sueños,

la Virgen eleva sus plantas

y entonces se vaya al cielo;

y nos prive de su aroma,

de su color, de su aliento,

de su hermosura perfecta

de su semblante moreno,

de su Niño entre los brazos

entretenido entre juegos…

Hacedme caso os los pido

esta noche sin desvelos,

esta noche de alegrías

cumplid este último deseo,

saber que Ella navega,

que va dando su consuelo

con el vaivén tierno y dulce

que le dan sus horquilleros.

Dejad que la Virgen piense

cuando salga de paseo

que cada portal de las casas

son nubes de terciopelo,

que las ramas de palmera

son un celestial velo

mecido por los ángeles

en alegre revoloteo.

Y haced creer a la Virgen

que las calles son espejo

de los mares de Poniente,

y que su blanco pañuelo

es un encaje de espumas

que le dio el Padre Eterno

para enjugar las lágrimas

de todos los motrileños.

Dejad que la Virgen piense

cuando vuelva por el Cerro

que la Gloria está en Motril

y que ya ha subido al cielo.

 

En este cartel la iglesia del Cerro simboliza a todas las iglesias de la comarca, donde las tradiciones se confunden con los siglos. Donde la veneración del pueblo entona credos y salves en torno a la Virgen de la Antigua por Almuñécar, la del Rosario en Salobreña, la del Carmen por el Puerto, Torrenueva o la Caleta, las Angustias por su barrio o la Divina Pastora por cualquier calle de Motril. Y, aunque no se vean, está San José con sus costaleros, y la Virgen del Carmen en Castell o la Mamola, San Joaquín en Calahonda, la Virgen de los Llanos en Carchuna y todas y cada una de las costumbres de esta bendita tierra. Este es el cartel del turismo y la tradición.    

 

Ya huele a Semana Santa

Y todo eso pasará en cuanto que el olor a incienso rebrote por nuestras calles. Ya huele a Semana Santa en el Trópico de Europa. Ya está en la calle el cartel. Gracias, y enhorabuena al Aula de Pensamiento Francisco Javier de Burgos por ser los impulsores de esta magnífica iniciativa, y gracias a la Asociación de Hostelería de la Costa Tropical por patrocinar el proyecto. Gracias ayuntamientos de nuestra Costa por tener la sensibilidad a flor de piel y apoyar nuestra tradiciones. Y gracias hermandades, cofradías, tertulias, asociaciones, comercios, empresas, gentes de nuestra Costa por mantener, más viva que nunca, la tradición. Vosotros sois los auténticos protagonistas de este cartel.

 

Ahora, vivid el momento, cada uno de los momentos que están a punto de llegar. No dejéis escapar ni un instante, ni una sola emoción, ni un redoble de tambor siquiera. Atrapad el tiempo entre las manos, que ya huele a Semana Santa. Que vuelvan a prepararse los nazarenos del cartel para salir a la calle. Que sus capirotes arañen las tardes. Que vuelvan los días de Cuaresma y las noches en la casa de hermandad. Que vuelva Loli a prepararnos sus roscos y Fernandito a recibir caramelos. Que regresen las buenas tapas por la mesa de cualquier bar mientras se habla de Semana Santa, y que venga, que venga siempre, ese sol grande del cartel, para alumbrar los días del gozo.

Que ya el tiempo ha querido

vestirse de verde de caña,

y en una barca chiquita

que está anclada en la playa

ha subido sentimientos,

emociones, hasta lágrimas

porque el tiempo, sabe el tiempo

que llena todo de gracia.

                                                      Ha metido tradiciones,

romerías, fiestas, danza,

de esta tierra que es bendita

y ahora la gloria alcanza.

Abrid vuestros corazones,

llenadlos de toda esperanza,

que en la Costa de Granada

ya huele a Semana Santa.

 

Gracias. 

Fernando Argüelles

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