Granada, no passa nada

Tras veinte años de promesas y engañifas, Granada estrenó algo parecido a un Ave. La provincia aspiró a un tren de alta velocidad con doble vía, que llevara a Madrid en menos de tres horas y con frecuencias atractivas para mover turistas y empresarios. Lo que consiguió fue un sucedáneo: el más rápido invierte tres horas y cuarto y los hay que cerca de cuatro horas, con paradita en Antequera para adaptarse a las vías. Solo falta que entre un paisano a vender molletes y lotería de Navidad. Trenes viejos, con la sensación de que de algún vagón puede saltar ‘el Lute’, y caros. Y una cafetería que se mueve tanto que en un descuido te tomas el café del viajero de al lado. 

Pero, oye, tan contentos. 

Tras levantarse el estado de alarma, Renfe recortó las frecuencias con Granada bajo el envolvente argumento de que, sin clientes, no hay oferta. Una ciudad aislada, la organización de congresos cercenada y combinaciones que obligaban a pernoctar en Madrid para coger al día siguiente cualquier enlace. Hasta que los pocos trenes disponibles, pese a todo, se llenaron. 

Entonces, los políticos que de boquilla tanto reivindican Granada, los dirigentes pancarteros, los salvapatrias que se agarran a la silla; los empresarios indignados; los hoteleros mosqueados; la Universidad que es el motor de un vehículo gripado; los sindicatos a las barricadas; asociaciones y prohombres de esta ciudad que habita en el lamento; los medios de comunicación que ya empezamos a repetirnos como villancicos… todos, amenazamos con quemar Madrid si el Gobierno central y centralista no resolvía este agravio. 

El problema es que, en Madrid, las reivindicaciones acaloradas de Granada nunca se tomaron en serio y ahora directamente suenan a cachondeo. 

Ante las puertas del puente de la Inmaculada, y para evitar rozar el ridículo, Renfe concedió a Granada el tren del consuelo. Un servicio pensado solo para traer turistas de Madrid el viernes por la tarde y devolverlos a la capital bebidos y comidos el domingo por la mañana. Unos políticos aplaudieron tímidamente, otros hicieron oposición partidista y los empresarios volvieron a indignarse tanto que, de nuevo, se quedaron quietos. Porque mañana nos podrían quitar la Alhambra que seguiríamos sin hacer nada. En todo caso, le echaríamos la culpa a Madrid, Málaga o Sevilla. 

Pero ni siquiera ese trenecito turístico y cateto, que se anunció para quedarse todos los viernes con nosotros, se mantendrá en Nochebuena y Nochevieja. Y ha tenido que ser un periódico el que lo descubra y destape, porque nuestros dirigentes o no se enteraron -malo- o eran cómplices de esta nueva afrenta -aún peor-. 

Están ante su última oportunidad si quieren resultar creíbles. O reaccionan con firmeza y rompen con eso que un amigo llama el silencio de nómina, o tendrán que aceptar que son simples palmeros de quienes bailan sobre el cuello de Granada.

Hasta que los granadinos se den cuenta de que, en realidad, ni la tapa es gratis.

 

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