La nueva (y no tan nueva) didáctica

“La docencia ha de ser cara a cara

y de corazón a corazón”.

J.H. Pestalozzi (s. XIX)

Aquella mañana de final de enero, un tímido y frío sol se colaba por los ventanales emplomados del aula de ciencias. En realidad, era en un laboratorio donde las mesas de madera, dotadas de grifos, enchufes y soportes para diferentes instrumentales de experimentación, se alineaban en dos filas sobre amplias plataformas dispuestas en escalera frente a la mesa de profesor. Tras ésta, una amplia pizarra gris ocupaba el ancho de la pared. El resto de paredes estaban ocupadas por láminas de diferentes temáticas: anatomía, evolución, geografía, geología, botánica…; dibujos y reproducciones de los padres de las diferentes ciencias: Arquímedes, Darwin, Newton, Pascal, Lavoisier, Fleming, Curie…, vigilaban la enseñanza de sus teorías y sus experimentos. Varias vitrinas guardaban con celo matraces, pipetas, buretas, mecheros bunsen, probetas, gradillas, vasos de precipitación, balanzas,…, perfectamente ordenados y limpios, esperando ser usados en las clases prácticas.

Aquel invierno fue de los de verdad. Un tiempo inclemente hacía más pesado ir a clase. Pero a las de D. Rafael no faltaba nadie. Alto, con amplias entradas alternadas por cabellos blancos primorosamente peinados, siempre lucía camisa blanca con cuellos almidonados y corbata negra bajo una bata de laboratorio pulcramente planchada.

A las ocho en punto, D. Rafael apareció con una sonrisa amplia ante cuarenta alumnos que con respeto y en silencio se pusieron en pie hasta escuchar un monótono “pueden sentarse” pronunciado con la calidez de quien de su vocación ha hecho profesión y dedicado una vida. “Hoy vamos a hablar sobre la energía electrostática, ¿alguien sabe qué es?…”

Algunas respuestas tímidas e improvisadas se fueron desgranando para dar pie a conceptos como cargas eléctricas, generadores, inductores, que ocuparon la pizarra junto a diferentes fórmulas. De improviso, mirando por encima de unas diminutas gafas permanentemente posadas sobre el extremo de su nariz, dijo “¿alguna vez le he hablado de Robert van der Graaff?”. Los alumnos se removieron en sus asientos en señal de no saber quién era. Del bolsillo derecho de su bata extrajo una foto en blanco y negro que entregó a un alumno de la primera fila y, sin necesidad de instrucción alguna, la foto empezó a pasar de mano en mano al tiempo que D. Rafael desgranaba anécdotas del físico estadounidense.

Resultado de imagen de robert van der graaff

Su vida fue aderezada con más fórmulas que se sumaban a lo ya escrito en la pizarra; y aparecían otros nombres como Faraday o Franklin; las cargas eléctricas que se repelen o atraen y los aparatos de medición completaban los escasos huecos del encerado cuando sacó un extraño objeto de una de las vitrinas: una caja de madera sobre la que había una extraña bola de metal, parecía un globo terráqueo plateado sin océanos ni continentes. Sonriente, dijo “necesito un voluntario y bajad por favor las ventanas”. Algo extraño iba a suceder. Como ningún alumno se ofreció a participar, se acercó a una de las filas y posó su mano sobre el hombro de uno de ellos susurrándole “…pin, pon fuera, le ha tocado”.

Profesor y alumno se pusieron en torno a aquella “bola mágica”. D. Rafael le entregó una especie de batuta con una bola de metal en un extremo y le dio instrucciones precisas de lo que debía hacer. Entonces empezó a darle vueltas a una manivela de la base de madera y, pasados unos segundos, con un leve gesto indicó al temeroso alumno que acercara la bola de metal a la esfera. En la penumbra de la clase, cuando la bola de metal estaba a unos treinta centímetros de la esfera plateada, un rayo azul cruzó con estrépito ese espacio. Todos los alumnos se movieron entre las mesas queriendo, ahora sí, ser voluntarios del experimento. Sus ojos brillaban entre la sorpresa del misterio desvelado y la esperanza de poder “fabricar” un rayo más grande que cualquiera de sus compañeros. En la pizarra apareció un nombre subrayado: Generador de Van der Graaff.

Más tarde, en los pasillos, al cambiar de aulas, los alumnos no dejaron de comentar con júbilo lo sucedido, emocionados con la posibilidad de repetirlo en la próxima clase o de descubrir un nuevo experimento…

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Hasta aquí, una historia real. El profesor era D. Rafael Martínez Aguirre y el alumno “voluntario” el que suscribe estas palabras.

Leo los últimos artículos de U. Herrmann, N. Westerhoff, G. Friedich y G. Preiss sobre la neurociencia de la didáctica y me agrada saber que los pilares fundamentales para una educación eficiente son la exploración, la emoción, la diversión, la estimulación del entorno y el juego. El aprendizaje se consolida cuando el alumno participa activamente en el descubrimiento de los contenidos y lo hace disfrutando del proceso. Por el contrario, cuando se enfrenta a la recepción pasiva para memorizarlos con una carga emocional neutra, se produce escasa asimilación y memorización (= fracaso).

Excepciones como la descrita más arriba, nos deberían servir de ejemplo para cambiar el modelo educativo, cuya efectividad está más que probada como viene la refrendar la nueva didáctica.

Estoy seguro que los alumnos de D. Rafael estarán de acuerdo.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

Nota Final: El profesor Martínez Aguirre había sido durante 40 años catedrático de Física y Química del instituto de bachillerato Padre Suárez de Granada, centro que dirigió desde 1969 hasta 1975, y del que fue nombrado director honorífico a raíz de su jubilación, en 1982. Fue premio extraordinario de licenciatura en la facultad de Ciencias de la universidad granadina y número uno de su oposición al cuerpo de catedráticos de instituto en 1941. Doctorado en Física en Madrid en 1953, fue profesor de esta materia en la facultad de Ciencias de Granada hasta 1960, y había sido distinguido con la Orden de Alfonso X el Sabio al mérito docente.

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