Un grupo de ocho niños sonríen formando una estrella en el suelo. :: FOTOLIA
Un grupo de ocho niños sonríen formando una estrella en el suelo. :: FOTOLIA

Que la crisis tiene explicación para todas las calamidades que vienen aconteciendo es algo a lo que ya estamos acostumbrados. Si alguien nos dice que desde que comenzó la debacle de la economía española, allá por el año 2008, la población no ha sido capaz de remontar y garantizar un reemplazo generacional, nadie se cuestionaría que gran culpa de ello la tiene la manida crisis. ¿Quién en su sano juicio se plantea formar una familia si uno no tiene ni para mantenerse?  Sin ingresos estables, en el mejor de los casos; sin facilidades para acceder a una vivienda; con unas condiciones laborales poco proclives a la conciliación familiar; y por qué no, con una sociedad cada vez más individualizada, difícilmente un español se plantea hoy en día formar una familia. Éstas y otros estigmas laborales que bien conocen las candidatas a ser madres, no solo pasan factura al bajo índice, sino que también afecta a la edad para dar el paso, que se eleva a los 32,7 años.

Es por ello que como señala el INE, una año más y ya van cinco, el número de nacimientos vuelva a caer. El dato, más que alarmante pese a la poca relevancia que se le está dando al mismo, va a suponer a medio y largo plazo un tremendo problema para las presentes generaciones, máxime si tenemos en cuenta que por el otro lado, las defunciones, cada vez se demoran más como consecuencia del mayor índice de esperanza de vida. La población española por tanto, envejece a pasos agigantados sin que se vislumbre ningún atisbo de esperanza que evite el desastre demográfico al que nos encaminamos todos. Que no se extrañe de nada si el día de mañana no puede jubilarse o si su pensión no le da para vivir decentemente. Vamos camino de ello. Ríanse de esta crisis, porque la que está por llegar dejará a la presente en una mera anécdota económica.

Los perniciosos efectos de una japonización de nuestra demografía no serán inmediatos pero sí permanentes durante varias generaciones. De hecho, ya hemos empezado a pagar las primeras facturas como el retraso de la edad de jubilación, y habrá más por pagar en forma de impuestos, cotizaciones o recortes a las prestaciones.  A medida que la proporción de dependencia entre trabajadores y no cotizantes, (niños, ancianos y parados), se incremente, mayor probabilidad habrá de que el sistema quiebre con todas sus nefastas consecuencias.

Es por ello que urge tomar medidas políticas que favorezcan el reemplazo generacional y que verdaderamente faciliten la conciliación laboral y favorezcan la natalidad. Decisiones atrevidas que favorezcan la inmigración cualificada y eviten la fuga de la élite laboral. Y cómo no, y cada vez más apremiante, incrementar la productividad vía innovación y no devaluación salarial para garantizar la revalorización de la caja social y evitar el empobrecimiento de la población anciana.


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