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Hacía tiempo que Manuel Sola, alcalde de Granada, estaba empeñado en reorganizar la policía municipal, con más efectivos y material más moderno, para estar en consonancia con las nuevas necesidades que demandaba la ciudad. Pero había un problema: que el presupuesto era muy ajustado y apenas si llegaba para aumentar el número de agentes a los 300 que se consideraban necesarios para la inspección de las ordenanzas. Así que la vigilancia nocturna, es decir, los serenos, eran responsabilidad del vecindario.

El Ayuntamiento controlaba los nombramientos y proveía al personal de uniformes, credenciales y licencias para la tenencia de armas. En 1954, el cuerpo de serenos lo constituían 45 miembros. Se habían recaudado entre los vecinos 145.000 pesetas, lo que fijaba el jornal diario de los vigilantes en 8,50 pesetas., una cantidad irrisoria que impedía exigirles más dedicación, así que su trabajo era bastante ineficaz. En los primeros días de agosto del 55, el alcalde Sola presentó en un pleno el nuevo servicio municipal nocturno de rondas volantes, que sustituía a los antiguos serenos. Estaban constituidos por tres patrullas de tres guardias ciclistas que recorrían la ciudad desde las 12 de la noche. También atendían a las llamadas de emergencia de cualquier vecino que pidiera auxilio al teléfono 1602 y, en función de la gravedad del asunto, se disponía de motocicletas o automóviles que podían destinarse a la atención de las urgencias. En realidad los serenos no se marcharon, porque la mayor parte de los que trabajaban en Granada incorporaron su experiencia a la Guardia Urbana.

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