Primero aparquemos la cuestión política, sobre la que no tengo ninguna intención de hablar en este artículo y acerca de la que ya se ha escrito mucho a lo largo de la semana. La reflexión que comparto va más allá. Asumimos con normalidad que una persona de 65 años sea capaz de entretenerse con cualquier videojuego. Es un argumento determinante para acabar con el tópico que dice que este entretenimiento es cosa de niños y solo los jóvenes son los únicos que se descargan videojuegos para móviles. Es mentira y nos impide colocar a este sector en importante lugar que la sociedad lo ha situado.

El caso de Celia Villalobos es significativo por su edad, pero la industria ya se encuentra insertada en la vida de muchas familias como algo normal. No es extraño ver a un padre intentando vencer un duelo en Preguntados o a un hermano abriendo cada hora Clash of Clans para saber si hay novedades entre sus tropas. Candy Crush o Apalabrados ahora han decaído, pero fueron una aplicación casi obligada meses atrás. El hecho de que se vinculen a plataformas móviles no los desmerece. El mercado de videojuegos para móviles superará al de consolas en 2015, que quedará para un público más exquisito y exigente.

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Celia Villalobos, durante el Debate del Estado de la Nación. :: LA MAREA

Arturo Monedero, de Delirium Studios, reflexionaba con acierto sobre si los videojuegos deben ser considerados un arte en Granada Gaming: “A ver, nadie duda de que la literatura es arte… Pero estoy seguro de que la mayoría coincidimos en que el libro de Belén Esteban no lo es tanto. Con los videojuegos, igual“. Son un arte, que es rentable y que se encuentra en alza. En 2014, la industria de los videojuegos ingresó 75.000 millones de dólares y creció un 6% con respecto a 2013, mientras que el cine, por ejemplo, sumó 90.000 millones e incrementó sus ganancias un 3%.

La imagen de Villalobos juntando caramelos mientras que hablaba el presidente del Gobierno refuerza a los números. Podría haber estado leyendo un libro, buscando un viaje para el fin de semana, intercambiando mensajes con algún familiar o respondiendo a algún correo electrónico relacionado con su trabajo. Y, sin embargo, decidió ponerse a jugar. Cuando quiera, nos echamos un reto de velocidad, señoría.

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