El advenimiento del neopopulismo.

Hasta ahora hemos conocido populismos de izquierda y populismos de derecha. Su naturaleza, manifestada en diferentes contextos sociales y geográficos, no ha estado inherentemente ligada a ideologías progresistas o conservadoras, sino al estilo de hacer política de partidos adscritos a éstas que han buscado una forma de establecer una conexión directa y emocional con el pueblo mediante discursos, pura retórica simplificada, que promulgan una clara diferencia entre “nosotros” (el pueblo) y “ellos” (los adversarios a los que hay que temer y combatir).

A pesar de sus teóricas diferencias en los fundamentos ideológicos, ambos populismos comparten ciertas características: están vacíos de compromisos ideológicos y de planes realistas para solucionar los acuciantes problemas de los ciudadanos, critican a las élites económicas y a otros partidos identificándolos como el enemigo a batir, y se arrogan la representación directa del «pueblo». Sin embargo, difieren en las propuestas para solucionar los problemas sociales y económicos, en las prioridades políticas y en los valores culturales que defienden.

En los populismos de izquierda sus líderes surgen como voces discordantes que prometen luchar contra la desigualdad económica, defender los derechos laborales, expandir el estado de bienestar y desafiar el poder de los privilegiados. Ponen el foco en cuestiones sociales y económicas, abogando por políticas que favorezcan a los trabajadores, los pobres y las minorías. En este ámbito, emerge el autoritarismo progresista que apuesta por un gobierno fuerte y centralizado, con un líder carismático que ejerce un control firme sobre la sociedad, erosionando las instituciones democráticas y concentrando el poder en sus manos con la fórmula de partitocracia.

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Esta posición suele ser percibida como una respuesta efectiva a la inseguridad y la incertidumbre, especialmente en tiempos de crisis económica o social, lo que lleva a un apoyo creciente a quienes prometen restaurar el orden y la estabilidad, contrarrestar la corrupción y el poder de las élites económicas a través de un liderazgo fuerte y decisivo que se arroga la voluntad popular, a quien dice representar. Ejemplos contemporáneos significativos son Hugo Chávez, Evo Morales o Andrés M. López Obrador.

En el otro extremo, los populismos de derecha se caracterizan por apoyarse en conceptos como el nacionalismo, la inmigración, la seguridad nacional, la identidad cultural y la protección de la tradición y los valores conservadores para armar sus argumentos. Sus líderes prometen restaurar la grandeza nacional, proteger los empleos y la cultura local, resistir los cambios sociales percibidos como amenazantes para la identidad nacional y realzar el espíritu patriótico. En su forma extrema, el nacionalismo promueve la primacía de los intereses nacionales sobre los internacionales, fomenta un sentimiento de identidad y pertenencia a una nación particular que ha sido explotado con la promesa de proteger la identidad y los valores culturales tradicionales contra las amenazas percibidas, como la inmigración, el multiculturalismo o la globalización. Esta retórica nacionalista resuena en aquellos colectivos que se sienten marginados o desplazados en una sociedad cada vez más diversa y cambiante. De este cariz encontramos a Donald Trump, Marine Le Pen, Matteo Salvini o Jair Bolsonaro.

Todos los líderes populistas han capitalizado el malestar público al presentarse como “outsiders” que desafían el “statu quo” y prometen soluciones simples a problemas complejos mediante la exposición de una falacia narrativa que maneja varios sesgos cognitivos para manipular a los ciudadanos. Así es común identificar en sus estrategias de comunicación el refuerzo de las creencias preexistentes de sus seguidores, haciendo que ignoren información de otras fuentes y que se fijen sólo en la que refuerza su posicionamiento (“sesgo de confirmación”). También suelen presentar a sus líderes como carismáticos, cercanos, atractivos y amables, de lenguaje comprensible para ganarse la confianza de los ciudadanos sin hacer exposiciones confusas ni exponer soluciones políticas complicadas (“efecto halo”). Los mensajes y el contenido de sus discursos son simples y emocionales para facilitar el recuerdo y la reproducción como mantras que ayudan a aumentar la repercusión y la influencia (“sesgo de disponibilidad”), insistiendo en la división de la sociedad en grupos antagónicos para generar un mayor sentido de pertenencia y de solidaridad entre sus partidarios (“sesgo de polarización”).

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Pero los populismos han evolucionado hacia un neopopulismo único que, manteniendo la simplista retórica “anti-élites” y la afirmación de representar los intereses del pueblo, se ha adaptado a las realidades políticas, sociales y tecnológicas contemporáneas y controlado los actuales medios de comunicación y las redes sociales para difundir su mensaje y movilizar a las masas, adoptando elementos de diferentes ideologías según convenga a sus cambiantes intereses estratégicos. Esta “flexibilidad ideológica” la encarnan figuras con un fuerte atractivo personal que ejercen un control significativo sobre sus seguidores.

La globalización, la interconexión geográfica y la difusión inmediata de ideas y mensajes ha ayudado al neopopulismo a saltar de contextos más localizados a ámbitos internacionales en los que afianzar sus objetivos y estrategias. Se ha despojado del compromiso ideológico, sea de izquierdas o de derechas, y ha abrazado el pragmatismo partidista de un líder carismático que es capaz de usar la mentira y el enredo discursivo con hábil seducción, siempre a favor de sus intereses y los de sus colaboradores. Como consecuencia, se erosionan las instituciones democráticas y se polariza la sociedad, lo que también alimenta la aparición de partidos políticos extremistas que capitalizan el descontento popular de algunos sectores y la amenaza de fragmentación del sistema político.

Como apuntan E. Laclau y C. Mouffe, el neopopulismo ha incrementado la tensión existente entre la tradición liberal (Estado de derecho, separación de poderes, libertades individuales) y la tradición democrática (igualdad y soberanía popular), distrayendo la atención de las masas con cuestiones más baladíes alejadas de los principales problemas del país y sus ciudadanos. En este punto, es necesario que las sociedades comprendan estos mecanismos y trabajen para contrarrestarlos mediante una participación informada y un debate público saludable. Hecho complejo de afrontar, me temo.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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