La pobreza global, medida en términos de umbral de ingresos, se presenta con una narrativa engañosamente optimista si observamos los datos desde 1981. En este tiempo, las instituciones públicas internacionales han celebrado la drástica reducción del número de personas que viven bajo la línea de pobreza extrema, fijada actualmente en torno a los 2,15 dólares diarios, según el Banco Mundial. Sin embargo, este indicador es una simplificación posibilista que oculta la precariedad profunda de más de mil cien millones de personas. Definir el umbral mínimo como la cantidad necesaria para cubrir necesidades alimenticias básicas ignora deliberadamente la complejidad de la vida humana, pues un individuo necesita, además de nutrirse, del acceso a una vivienda digna y, crucialmente, a servicios de salud, educación y financieros adecuados.
El consenso técnico sobre este límite ha servido para anestesiar la conciencia pública, creando la falsa ilusión de un progreso lineal que erradica paulatinamente la indigencia. No obstante, la realidad es que cientos de millones de personas siguen atrapados en un bucle de pobreza estructural donde sus ingresos son solo una variable menor dentro de un sistema que les niega la capacidad de progresar con autonomía. La discusión no debe centrarse en la cuantía necesaria para la “cobertura alimentaria”, sino en el desmantelamiento de los mecanismos que perpetúan la exclusión.
Para entender este fenómeno, recurramos al concepto de violencia estructural propuesto por Paul Farmer. La pobreza no es un estado natural ni una fatalidad geográfica; es, fundamentalmente, el resultado de mecanismos políticos y económicos que distribuyen la desigualdad de manera diferencial y sistemática. Cuando observamos que ciertos grupos sociales experimentan índices de mortalidad prematura, desnutrición endémica o aculturación generacional, no estamos ante un error de la evolución, sino ante la consecuencia de un diseño social que margina a unos para proteger la acumulación de otros.
Esta perspectiva nos obliga a abandonar la pasividad de entender la pobreza como una desgracia sin rostro, ya que tiene autores y responsables; arquitectos que sostienen leyes comerciales, sistemas impositivos y reglas de inversión que priorizan el capital sobre la vida. Es un ejercicio de poder consciente, de construcción política de una violencia estructural cuya continuidad depende de la inacción colectiva y del blindaje de un sistema que ha normalizado el descarte humano como un coste aceptable de la eficiencia macroeconómica.
En este terreno, las aportaciones de Mario Bunge resultan cruciales para diseccionar la patología de nuestro pensamiento económico. Bunge denunció cómo la economía moderna ha sido infectada por lo que él denominaba el pensamiento mágico. Este enfoque se manifiesta en la fe ciega hacia mercados que se autorregulan mágicamente, en la creencia de que el crecimiento del PIB se derramará por gravedad hacia la base de la pirámide sin intervención directa. Esta «magia» sustituye la observación empírica por dogmas que protegen el statu quo de las élites económicas y políticas. Al tratar la economía como una ciencia indiferente a la realidad social, se ha legitimado una forma de competencia excluyente que es injusta y técnicamente ineficiente al ignorar las bases de la cooperación humana que han permitido nuestra supervivencia como especie.
Atendiendo a las aportaciones de Marcelo Tedesco, si observamos la historia humana y los sistemas naturales bajo el prisma de la antropología social, descubrimos que el modelo de competencia depredadora tiende a la destrucción de los recursos, a la fractura de los tejidos productivos primarios y a la jerarquización de la sociedad, mientras que la cooperación construye, articula capacidades y optimiza el uso de la energía colectiva. La evolución del capitalismo dogmático y del socialismo pragmático, si aspirasen a ser sostenibles, deberían transitar hacia una concepción de bienestar social donde se reformulen de raíz las jerarquías. Para ello se requiere una reingeniería cultural de todas las organizaciones e instituciones. Las jerarquías empresariales y políticas actuales, diseñadas bajo el paradigma de la dominación y la acumulación, deben dar paso a estructuras horizontales que fomenten la interdependencia y la colaboración.
La antropología evolutiva nos enseña que hemos sobrevivido no por ser los más fuertes ni los más competitivos, sino por nuestra capacidad inigualable para crear redes de cuidado mutuo. Insistir en un modelo que castiga la cooperación y premia la competencia es, en última instancia, ir en contra de nuestra propia naturaleza y, por tanto, una estrategia destinada a fracasar. Reformular las jerarquías significa entender que el éxito de una empresa o de una nación no se mide por la brecha entre sus estratos, sino por la colaboración como base social, construida sobre modelos de igualdad y justicia ejemplares.
Estamos ante la disyuntiva histórica de seguir gestionando la pobreza mediante la retórica del desarrollo basado en la “manutención vital” (que conserva intacta la maquinaria que reproduce la violencia estructural) o ser audaces para proponer una economía basada en el impulso de la actividad colaborativa. Si queremos erradicar la pobreza, debemos empezar por erradicar el pensamiento mágico que justifica su existencia y reconocer a los responsables de un sistema que, por diseño, nos empobrece a todos.
Pero el desafío fundamental sigue siendo político, social y moral. No se trata de discutir sobre dónde situar el umbral mínimo de supervivencia. Se trata de preguntarnos por qué, en un mundo con recursos sin precedentes, millones de personas continúan privadas de las condiciones básicas para desarrollar una vida digna. La respuesta obliga a examinar las estructuras que generan desigualdad y a imaginar modelos económicos donde la cooperación, la justicia y el bienestar colectivo ocupen el lugar que durante demasiado tiempo se ha reservado exclusivamente a la competencia y al beneficio. Ello incluye reformular los modelos de socialismo ideológico y de capitalismo decimonónico que siguen cultivando sociedades donde una parte importante de la población está anclada en la pobreza mientras unos pocos acumulan riqueza y privilegios.
José Manuel Navarro Llena
Publicado en IDEAL (Grupo Vocento) el 02-07-2026









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