Los mapas ya no los dibujan los geógrafos. Son los alquimistas del poder los que convierten el asombro en melancolía cívica y la impunidad en un acto trivial. Caminar hoy por las calles de algunas ciudades de España es percibir un realismo triste, donde lo que debiera ser extraordinario ya no sorprende, es una excusa más para engrosar el laberinto administrativo. Los ciudadanos contemplan, atónitos, cómo el andamiaje sobre el que se levantó su convivencia democrática se oxida. Las instituciones, antaño garantes de un pacto de concordia, parecen hoy edificios habitados por esperpentos de burócratas ensimismados “en sus cosas” mientras la cotidianeidad se desmorona en las relaciones encontradas entre conciudadanos, en los límites de las fronteras y en la economía de las familias.
La reciente y masiva avalancha humana sobre Ceuta, donde decenas de miles de personas cruzaron ilegalmente el perímetro fronterizo en cuestión de horas, asignó al país la imagen espectral de un Estado desbordado, incapaz de gestionar con firmeza humanitaria y eficacia geoestratégica la guerra híbrida impuesta por el país vecino. Como en los pasajes más densos de la literatura “winslowniana”, la frontera se convirtió en un escenario de convulso tránsito, donde los límites entre dos países vecinos parecían de papel (mojado) ante una marea humana desesperada, esperanzada o manipulada.
La respuesta gubernamental, titubeante y atrapada entre la urgencia humanitaria y el cálculo diplomático, evidenció la fragilidad de una política exterior sometida a los vientos de la debilidad estructural de Estado. Los parches institucionales y los discursos improvisados no ocultaron una soberanía nacional tambaleante al perder el gobierno el control de sus límites y al ceder el protagonismo a las mentiras como excusas prefabricadas, abandonando las ciudades autónomas a su suerte. Allí, la seguridad y la solidaridad compiten en un entramado de adoquines y arena, sin una salida clara para los migrantes ni para los vecinos, hasta que la violencia estalle en el laberinto de sus calles y de sus voluntades.
Este desgobierno fronterizo no es un accidente geográfico, sino la consecuencia lógica de un ejecutivo encadenado a sus propias servidumbres. La debilidad endémica de un gobierno sujeto a las exigencias inapelables de sus socios de investidura, fuerzas heterogéneas cuyos intereses particulares colisionan con el interés general de la nación, ha reducido la gobernabilidad a una frágil partida de ajedrez distópica. Cada acto de gobierno se resuelve con una moneda al aire, en transacciones de poder en las que aquél se desgaja en taifas parlamentarias mientras el presidente se ocupa de banalidades estivales, articula su particular pericia para ocultar sus deudas con el gobierno alauita y maneja la narrativa para aislarse de la vorágine judicial que acorrala a su entorno inmediato.
Es más que palpable que el gobernante hace tiempo que no busca el bien común, sino la supervivencia aritmética de la legislatura. Los sillones de la Moncloa se sostienen sobre puntales tan inestables que la política se ha vaciado de contenido estratégico, convirtiéndose en el arte de postergar las crisis mediante concesiones que erosionan el principio de igualdad entre los españoles. El resultado es un país ingobernable en lo sustancial, hiperregulado en lo necesario y estrujado tributariamente.
En la cúspide de este edificio tambaleante, el deterioro moral alcanza su cota más alta a través de la corrupción generalizada (por obra y omisión). El partido que sustenta al gobierno se encuentra asediado por escándalos recurrentes que carcomen la confianza pública, mientras la oposición carga con el pesado fardo de su propia herencia de prevaricación y malas prácticas en el pasado. Los ciudadanos asisten a un triste espectáculo de reproches cruzados donde la ética se ha volatilizado. La calidad de los representantes públicos se ha degradado hasta límites insondables; han trocado la vocación de servicio por el tacticismo cortoplacista, buscando exclusivamente su interés personal y la perpetuación de sus siglas partidistas.
Frente a esta deriva, la filosofía política clásica y los pensadores contemporáneos nos recuerdan que la democracia sin virtud decae inevitablemente en tiranía o en oclocracia. Como sostenía Simone Weil, la atención radical al sufrimiento humano y el sentido estricto del deber son las únicas bridas capaces de frenar la deshumanización del poder. El pensador Albert Camus, por su parte, abogaba por la mesura, la decencia y la negativa a mentir, exigiendo que la política recupere su dimensión ética fundamental.
Exigir la honorabilidad y la decencia de los gobernantes no es una veleidad romántica ni un ejercicio de ingenuidad, sino una urgencia ontológica para salvar la democracia. Max Weber defendía que la política exige una ética de la responsabilidad; no basta con tener convicciones, hay que responder por las consecuencias de los actos, aunque esta idea parezca ahora extraordinariamente subversiva.
Quizá España no necesite políticos perfectos. Nunca los tuvo. Necesita algo más elemental: gobernantes capacitados (incluso, deberían acceder a sus cargos mediante un exigente examen oposición, como el resto de funcionarios públicos) que asuman que el poder no es una propiedad privada, que un cargo no es una recompensa y que la victoria electoral no convierte al vencedor en dueño de la nación. La democracia puede sobrevivir a un mal gobierno. Incluso a un mal partido. Lo que difícilmente puede soportar indefinidamente es la pérdida de la decencia como criterio de selección de quienes gobiernan.
Los ciudadanos no pedimos héroes. Pedimos algo más sencillo y coherente: que quien administre nuestro dinero y el futuro de la nación sea honrado; quien proteja nuestras fronteras lo haga con eficacia; quien legisle conozca los límites de su poder; quien prometa responda de lo prometido; quien sea sorprendido anteponiendo su interés al de la comunidad tenga la dignidad de marcharse o los ciudadanos tengan el derecho y los medios para echarlo… Todo ello sí, al unísono, el país fuese capaz de no mirar hacia otro lado.
José Manuel Navarro Llena
Publicado en IDEAL (Grupo Vocento) el 04/09/2026








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