El actual debate sobre el rumbo social, político y económico de las democracias avanzadas ha trascendido del ámbito público al espacio de deliberación individual, donde observamos cómo concebimos y percibimos el poder, la desigualdad, la justicia y la participación de los ciudadanos en contraposición a la concepción global de la verdad, la resistencia colectiva y los diagnósticos contemporáneos sobre la crisis de los modelos liberales y las formas sutiles en que las jerarquías políticas y económicas se imponen, reproducen y perpetúan.
El dramaturgo y disidente checo Václav Havel, en su influyente libro “El poder de los sin poder” planteó que, en las sociedades sometidas por la tecnología y el autoritarismo, la negación de la verdad y la sumisión pasiva a discursos oficiales funcionan como mecanismos de dominación. Frente a ello, Havel proponía “vivir en la verdad”, un acto ético y político que, aunque se desarrolle con gestos individuales cotidianos, desestabiliza el peso de las narrativas oficiales y recupera la dignidad humana frente a sistemas que buscan homogeneizar identidades, creencias y comportamientos.
Demandar la verdad cobra vigencia en un momento en el que, como advierten algunos analistas, la democracia liberal, proyecto político que dominó buena parte del siglo XX y entrado el XXI, se enfrenta a tensiones internas inéditas. P. Blázquez nos advierte de una “contrarreforma iliberal” que avanza en muchos países, alimentada por dirigentes populistas que niegan la complejidad y el disenso, y por burbujas morales y culturales que aíslan a los ciudadanos en visiones del mundo parciales y uniformes, reduciendo la capacidad de entendimiento mutuo y erosionando la legitimidad institucional.
Uno de los desafíos más relevantes en este contexto es detectar el llamado sesgo de correlación, un error cognitivo que nos hace percibir relaciones de causa y efecto donde solo hay coincidencias estadísticas o crónicas superficiales sin una base causal sólida. En la discusión pública actual, este sesgo se manifiesta cuando se interpretan fenómenos dispares (como la polarización, la crisis económica o el auge de discursos identitarios) como si fueran consecuencia de hechos aislados no estructurales, ignorando matices contextuales y las múltiples fuerzas interesadas en juego. Reconocer este sesgo es esencial para no sustituir la compleja realidad por relatos simplificados que, aunque dramáticos, carecen de fundamento empírico robusto.
En otra dimensión, el concepto de violencia simbólica, desarrollado por el sociólogo P. Bourdieu, explica cómo las jerarquías sociales no solo se imponen mediante leyes o coerción explícita sino a través de símbolos, discursos, normas y prácticas culturales que naturalizan la desigualdad y hacen que quienes están en posiciones subordinadas acepten su condición como “normal” o “merecida”. Esta violencia no es física, sino simbólica ya que se ejerce a través de la interiorización de significados que refuerzan estereotipos, roles sociales y expectativas que perpetúan relaciones asimétricas de poder.
La violencia simbólica opera, por ejemplo, cuando ciertos grupos sociales asumen prejuicios que limitan sus expectativas de desarrollo o aceptan como legítima una narrativa que pone sus demandas en segundo plano y su futuro fuera de su esfera de responsabilidad. En la práctica, esto puede ocurrir en ámbitos tan diversos como el lenguaje que normaliza estereotipos de género, las representaciones mediáticas que invisibilizan derechos o las prácticas laborales que reproducen exclusión bajo la apariencia de meritocracia.
El desafío para los ciudadanos, por tanto, además de criticar la corrupción o la polarización política, es deconstruir las formas de dominación que se infiltran silenciosamente en nuestras instituciones, en el discurso cotidiano y en nuestra percepción de lo que es posible o legítimo. Aquí convergen el motivador ético de Havel a vivir en la verdad, el reconocimiento del sesgo de correlación para identificar las causas de cualquier crisis y la necesidad de reconocer la violencia simbólica como una forma de coerción que no siempre es evidente, pero cuyas consecuencias son profundas en la estructura social.
En lo económico, esta posición crítica también cuestiona las disertaciones dominantes sobre competitividad y crecimiento. La reflexión de Mark Carney en el Foro de Davos, “el orden ha terminado, pero el decorado sigue en pie”, sugiere que las viejas certezas del capitalismo global (incluido el consenso liberal sobre libre mercado y crecimiento sostenido) ya no están respaldadas por un orden verdadero, sino por instituciones que conservan una apariencia de normalidad mientras las bases materiales y sociales se erosionan. Este diagnóstico, más allá de su tono provocativo, invita a repensar cómo las políticas económicas se deben articular con demandas reales de bienestar, justicia y cohesión social. Recuperar el “estado del bienestar” no es el camino, se trata de redefinirlo en un contexto nuevo y más complejo.
La cuestión política, entonces, deja de ser meramente técnica para convertirse en esencial: ¿cómo reconstruir un contrato social que no reproduzca desigualdades encubiertas y que retome los ideales de libertad, igualdad y justicia? La respuesta no puede estar en restaurar un pasado idealizado de liberalismo, sino en aplicar estos conceptos en su significado real, señalando los posicionamientos ideológicos que disuelven la implicación ciudadana, desde el populismo autoritario hasta la resignación cultural, promoviendo una participación más activa y consciente en la esfera pública.
Esto implica una ciudadanía que vote y/o proteste, pero sobre todo que cuestione planteamientos hegemónicos, identifique sesgos de correlación en los discursos políticos y reconozca las formas simbólicas de dominación que moldean nuestras percepciones. También requiere instituciones que representen honestamente los intereses colectivos y que legitimen procesos de deliberación pública informada, equidad y justicia efectiva.
En última instancia, la reconstrucción de un orden más justo y libre exige que tanto individuos como colectivos recuperen la centralidad de la verdad, rechacen discursos simplistas y se comprometan con la eliminación de las prácticas culturales y estructurales que sostienen la desigualdad. Solo así será posible avanzar hacia un modelo social y político que además de proclamar derechos inalienables, los materialice en la vida cotidiana.
José Manuel Navarro Llena
@jmnllena
Publicado en IDEAL (Grupo Vocento) el 14-02-2026








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