¿Quién necesita educación financiera?

Imagínense que, cuando sus hijos les entreguen el cuaderno de calificaciones, entre sus asignaturas lean: “Cálculo de la resistencia de los materiales para viviendas unifamiliares”, “Legislación básica para dirimir conflictos en la administración de fincas”, “Sistemas de tarifado de telefonía fija y móvil”…

Cuanto menos, sería sorprendente y preocupante porque, al ya devaluado programa educativo, se les añadirían materias que no están relacionadas con el crecimiento intelectual y cultural de los individuos, sino contenidos orientados a prevenir futuros conflictos en la vida de estos cuando deban enfrentarse a comprar una casa, ser presidentes de una comunidad de propietarios o cambiar de compañía de teléfono…

¿Les parece absurdo? Sí, lo es. Y ¿qué me dirían si a sus hijos de 0 a 5 años les impartieran “el valor del dinero, los precios, el ahorro y las posesiones”? O ¿en la etapa de 6 a 9 años “las necesidades y los deseos, el plan de ahorro, las recompensas, reconocer los bancos y los servicios financieros”?

Pues estos, y los previstos para los mayores de 10 años, son los contenidos recogidos en el Marco Internacional de la Educación Financiera para los Niños y los Jóvenes, redactados por la Sección de Educación de Unicef en colaboración con Aflatoun (Child Savings International), para impartirlo en la red de escuelas amigas de la infancia.

Unicef justifica su propuesta aludiendo que “los niños y los jóvenes son actores sociales y económicos en el presente y en el futuro, cuyas decisiones influirán en el desarrollo de sus sociedades. La reciente crisis financiera ha puesto en relieve la importancia de promover la responsabilidad social y el desarrollo de aptitudes en la gestión financiera de todas las personas. Esto es especialmente cierto para los niños y los jóvenes, quienes son especialmente vulnerables. Los importantes valores de la ciudadanía y las aptitudes en el manejo de los recursos financieros a una edad temprana pueden disminuir la vulnerabilidad social y económica, lo que reduce el riesgo de la pobreza causada por la deuda”.

También hace referencia a que “la OCDE informa que la educación financiera debe comenzar en la escuela. Las personas deben ser educadas acerca de los asuntos financieros lo antes posible” […] ya que “la educación financiera ofrece a los niños una mejor comprensión de las cuestiones financieras, enseñándoles los principios de la administración del dinero, la generación de ingresos, el ahorro y el gasto, la inversión y el crédito. Esta educación se combina a menudo con la oportunidad de participar en los planes de ahorro, ya sea a través de un ahorro individual o una cuenta corriente, o a través de un club basado en grupos de ahorro”.

Por otro lado, el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores desarrollaron el Plan de Educación Financiera y llegaron a acuerdos de colaboración con el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para fomentar programas formativos en la ESO, justificando su conveniencia en “la evolución más reciente de nuestra sociedad, caracterizada por la progresiva complejidad de los mercados, de las relaciones financieras entre los individuos y las empresas, y de los propios productos y servicios financieros, poniendo de manifiesto una creciente necesidad de prestar atención a la educación financiera de los ciudadanos, consumidores y demandantes, actuales o potenciales, de tales productos y servicios […] La reciente crisis financiera ha puesto de manifiesto algunas situaciones que posiblemente se hubieran podido mitigar mediante un mejor conocimiento financiero de los individuos”.

Es decir, la causa de la crisis económica es más achacable a la falta de cultura financiera de los ciudadanos que a las prácticas especulativas de los bancos, al diseño de productos complejos ofrecidos a sencillos ahorradores, al desenfreno de la oferta hipotecaria o a la anuencia entre lobbies económicos y administraciones centrales.

En ninguno de los dos documentos reseñados se reconoce el origen de la situación global, sólo las consecuencias. Pero las causas no son la incultura financiera sino la mala praxis llevada a cabo por organizaciones al auspicio de un marco neoliberal impulsado por personas sin escrúpulos ni moral. Permítanme que lo diga así de crudo.

Lo más flagrante es que al frente de los programas de formación financiera se ha puesto la misma banca que ha jugado con el ahorro de las familias y con el futuro económico de los ciudadanos. Y, por supuesto, se ha insistido más en cómo administrar y distribuir los recursos financieros de los individuos y de los hogares con las fórmulas que mejor encajan con sus carteras de productos y servicios, que desarrollar las habilidades y talentos de los niños, creando espacios de colaboración, participación y corresponsabilidad que conlleven el aumento de sus posibilidades de felicidad personal y, por tanto, social (J.A. Marina).

No sé a ustedes, pero yo preferiría que los planes de educación contemplasen la interrelación de los colegios con las familias para que los hijos aprendieran a ser autónomos, a incrementar sus capacidades cognitivas, a mejorar su visión crítica, deductiva y reflexiva, antes que la banca les muestre las reglas para administrar su dinero y el camino hacia la dependencia de su estructura financiera.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

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