Sociología de la revolución

En los cuatro artículos anteriores (“1O la marca perdida”, “La conjura de los miserables”, “El Teorema de Thaler” y “Nacionalismos animales”), abordaba la “cuestión catalana” como excusa para hacer un análisis desde la perspectiva del marketing, atendiendo a cuestiones tan relevantes como las que estamos viviendo en la actualidad pero intentando ampliar el foco para no caer en posiciones viscerales.

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Así hablamos de posicionamiento de marca del catalanismo, del storytelling como técnica de adoctrinamiento, de economía del comportamiento para entender cómo se puede influir en la toma de decisiones de las personas, y de evolución social para comprender cómo las sociedades avanzadas llegan a ese estado mediante la cooperación. Pero lo sucedido en estos días y, sobre todo, la semana en la que se convocó una huelga de escasa respuesta pero de grandes repercusiones y execrables métodos, me ha recordado la obra de J. Monnerot, “Sociología de la Revolución”.

Ahora les explico por qué, pero antes permítanme una primera reflexión acerca de los nacionalismos en general. El nacionalista defiende un estado connatural al hombre, en el que se atrinchera con un individualismo basado en la protección de una supuesta identidad que le define y distingue de otros colectivos. Su comunidad es fuerte y está cohesionada gracias a que mantiene unos usos, costumbres y lengua que han perdurado a lo largo del tiempo y que no está dispuesto a compartir con ningún extraño. Es más, los “extraños” son el peligro, el enemigo que les puede usurpar sus bienes y contaminar su tradición. Esos “otros” pueden ser admitidos como sujetos que ayuden en los estamentos más bajos pero nunca podrán ostentar los privilegios de los ‘puros de sangre’. Esto está muy bien, y hay que respetarlo como opción de vida para un pequeño colectivo de personas…, y hace más de 10.000 años (o para una tribu del Amazonas o del centro de África). Las sociedades evolucionadas han llegado a serlo gracias a la cooperación y al intercambio cultural con otras sociedades, al aperturismo y la aceptación de la diversidad para alcanzar mejores logros sociales. Todos sabemos a lo que han conducido la pureza de sangre y la primacía de la raza.

Observar al expresidente catalán y a sus exconsejeros mofarse de sus conciudadanos es hasta cierto punto gracioso, por el esperpento que están representando y por las continuas e infantiles mentiras que usan como argumentos independentistas, pero constatar que parte del pueblo se echa a la calle siguiendo sus misivas sin un mínimo de reflexión acerca de lo que están haciendo en contra de ellos mismos y de sus vecinos, es altamente preocupante. Sobre todo porque están convencidos de que son los protagonistas de una nueva revolución contra el poder, y no se dan cuenta de que sólo son meras marionetas en manos de a quienes les han cedido el poder autonómico.

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Pero volvamos a Monnerot. Una revolución surge cuando un amplio grupo de una población entra en desacuerdo con sus dirigentes y sus políticas económicas y sociales debido a que la riqueza y los privilegios los ostentan unos pocos mientras que la mayoría sufren precariedades, opresión, desigualdad, vulneración de sus derechos y represión de sus libertades. Por ello se producen de “abajo hacia arriba”. El pueblo toma las plazas para derrocar al gobierno y a sus allegados siguiendo el liderazgo de iguales que han sufrido las mismas vejaciones e injusticias (recordemos las revoluciones francesa, mexicana y rusa).

Los objetivos de las revoluciones son, por tanto, acabar con el dirigente opresor y su estructura de poder, poner en valor los derechos de toda la población e instaurar un nuevo estado de igualdad y justicia, en el que se garanticen las libertades y los derechos sociales. Por ello, Monnerot se aproxima a su estudio desde el punto de vista sociológico, sin olvidar los aspectos políticos o ideológicos que separan la revolución bolchevique de la nacionalsocialista alemana, o de la fascista italiana. Unas tienen un carácter conservador mientras que otras son deconstructivas. Pero todas ellas se caracterizan por el desmoronamiento de las estructuras sociales después de un período de agitación social y desórdenes violentos.

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En las revoluciones deconstructivas se produce una efervescencia social, una involucración de las masas populares que ha de ser catalizada a posteriori con el desarrollo de una organización política (por ejemplo, el leninismo). En cambio, en las conservadoras, los elementos propios de la estructura social se mantienen a pesar de que sufran disociación o caos al superar el umbral crítico de agitación pública. Esto sucede en las sociedades desarrolladas, cuando su base reclama el poder generando el desorden a instancias de los grupos más descontentos, para alcanzar un nuevo orden y la aplicación de un poder basado en principios más conservadores (por ejemplo, el surgimiento del fascismo). Es una acción de “arriba hacia abajo”.

En cualquier caso, “la sociedad queda cubierta en todos los sentidos de reacciones emocionales intensas, como limaduras de hierro por una corriente magnética” (Monnerot), mecanismo que es aprovechado por los dirigentes del alzamiento para manejar las masas a su antojo.

Imagino que les suena lo descrito. Ciertamente,  es muy preocupante.

 

José Manuel Navarro Llena.

@jmnllena

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