Posfactual

Cuenta T. Schaarschmidt cómo la presidenta de Alemania  A. Merkel, tras la derrota de su partido en las elecciones de septiembre de 2016, expresó sus reflexiones públicamente sobre el inesperado resultado argumentando que “últimamente vivimos tiempos posfactuales. Ello seguramente significa que la gente ya no se interesa por los hechos, sino que obedece sólo a sus sentimientos”.

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Tras su intervención pública, la Sociedad de la Lengua Alemana eligió el término “posfactual” como la palabra del año. Casi al mismo tiempo, los responsables del Diccionario de Oxford seleccionaron otra palabra como el neologismo del año: “posverdad” (“post-truth”). Este último también viene a expresar la apelación a las emociones para construir verdades que no responden a los hechos objetivos sino a una realidad interesada e inexistente, relacionada con las creencias de las personas y su manipulación para obtener más adeptos o seguidores de una ideología o un movimiento social.

En ambos casos no estamos ante una falsificación de la realidad sino ante la construcción de una realidad diferente donde esos hechos objetivos son ignorados y, en su lugar, son formulados hechos alternativos con una clara intención negligente y premeditada.

La aparición de ambos términos sólo ha sido la nominación de una práctica sembrada en un territorio patrimonio de la política, donde ha encontrado acomodo y se ha convertido en la estrategia de comunicación casi prioritaria. Ejemplos tenemos muchos y cotidianos, desde las controvertidas afirmaciones de D. Trump y su gabinete de presidencia (que no son más que la continuidad de algunos de sus predecesores en el cargo, como G.W. Bush) hasta las soflamas propagandísticas de los secesionistas catalanes (que tampoco han inventado la estrategia reaccionaria a través de la construcción de realidades paralelas).

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¿Hasta qué punto están preparadas las personas para modificar sus creencias y su posicionamiento ante su realidad particular? Pues depende de los valores identitarios de cada una de ellas (D. Kienhues) y del grupo al que pertenecen. Los fieles seguidores de una ideología o de una creencia difícilmente podrán cambiar de opinión o aceptarán otras visiones que no sean las suyas debido a lo que se ha venido a llamar sesgo partidista, una tergiversación cognitiva a favor del propio partido o grupo de referencia.

Cuando la información no encaja en nuestras actitudes preexistentes, nos sentimos pronto incómodos y, en muy pocos casos, nos vemos obligados a modificar nuestra visión del mundo por completo. Estas contradicciones desencadenan la llamada disonancia cognitiva. Para combatirla, las personas tratan de ignorar las discrepancias y prefieren permanecer en su burbuja ideológica (J. Frimer), llegando a justificar incluso acciones injustificables desde el punto de vista moral o ético.

En relación con estos dos términos, C. Crouch acuñó el de “posdemocracia” para sintetizar la idea de que las elecciones se llevan a cabo y de ellas nacen nuevos gobiernos o se asientan los preexistentes, pero el debate previo para ganarlas se ha convertido en un espectáculo minuciosamente controlado por equipos de campaña que manejan muy bien las claves de la comunicación y de la persuasión, también de la manipulación.  Ello ha venido traduciéndose en una amplia crisis de confianza hacia los partidos y sus representantes, pues han sabido manejar hábilmente las propuestas de soluciones hacia los problemas residentes en la “posverdad” y no en la realidad de sus ciudadanos.

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A esta situación se suman las dificultades que tienen los medios de comunicación para contrastar en tiempo real la información vertida desde los gabinetes de prensa de los partidos políticos, en algunos casos la pérdida de independencia informativa por parte de algunos periodistas, y el uso cada vez más prolífico de las redes sociales como fuentes de información válidas. Todo ello da lugar a un espectáculo de proporciones incalculables ya que sus consecuencias son la manipulación de la ciudadanía y la fragmentación y enfrentamiento de las posiciones ideológicas.

Es ciertamente una situación controvertida y preocupante ya que está empezando a ser muy complejo determinar dónde está la verdad y dónde la posverdad cuando no se está muy cercano, directamente relacionado con los hechos o no se tiene el acceso a los datos y la información veraz.

De hecho, las fuentes de información se están circunscribiendo casi en exclusiva a las redes sociales y a internet, medios con los que los usuarios mantienen una relación de credibilidad casi religiosa ya que consideran sus contribuciones como un reflejo de su personalidad y la de sus iguales. Y es en los servicios que permiten una fuerte personalización, como las redes sociales, donde se contemplan a sí mismos como fuente informativa. Por ello, apenas ponen en duda la veracidad de los nuevos contenidos (H. Kang & S. Sundar), sobre todo cuando coinciden con sus creencias. Y cuando se pretende refutar sus dogmas o manifestaciones erróneas mediante la demostración de los hechos, se puede provocar el efecto contrario: defienden sus opiniones con mayor vehemencia. A esto se le llama efecto contraproducente (T. Schaarschmidt).

Quizá sea el momento de saber cómo funcionamos mentalmente y de luchar para eliminar el prefijo “post” de algunos sustantivos que no admiten paralelismos falsos ni virtualidades fugaces.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

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