Y… ¿Un gobierno humanista?

Siempre he creído que los gobiernos, en función de su carácter y grado de pluralismo, pueden ser democráticos, autoritarios, monárquicos, republicanos, totalitarios… y sus variantes presidencialista, parlamentarista, dictatorial, etc., que responden a diferentes modelos de organización constitucional y de relación entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Por ello, me genera cierta inquietud que los representantes actuales del gobierno reiteren coordinada y contundentemente que son un “gobierno feminista”; aunque prefiero pensar que. en realidad, intentan decir que “la coalición de partidos que gobierna el país es feminista”. Los gobiernos no tienen color ni ideología, sino estructuras y formas de relación entre sus componentes; aquellas características son inherentes a los partidos o personas que lideran y ejercen el poder durante el tiempo que les toque por elección o por ocupación.

En marketing político, el uso de las palabras no es casual y, menos aún, cuando se repiten como eslogan fuera de campaña y de contexto. Instrumentalizar el feminismo desde los órganos de poder es, valga la comparación, como utilizar el “Día Internacional de la Mujer” por parte de las marcas que se han sumado a la corriente violeta (de manera bienintencionada, estoy seguro) para generar notoriedad de marca y, de paso, incrementar la venta de sus productos.

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De manera ¿inopinada?, al frente de las manifestaciones el 8 de marzo hemos visto a partidos (incluso los que no se esperaban) y sindicatos, a asociaciones relacionadas o no con los movimientos feministas, a personajes públicos, etc., que, como muchas marcas, no quieren quedarse fuera de la foto y perder la oportunidad de que se les asocie con el movimiento que defiende la igualdad entre géneros. Es tal la saturación de mensajes publicitarios y de discursos y frases reivindicativas que se cae en el riesgo de convertirse en paisaje desvaído, en murmullo de fondo en el que se pierden las verdaderas voces que luchan por hacer valer los derechos de las mujeres y poner punto final a la incesante lacra de violencia machista y a la discriminación que tácitamente se sigue colando en nuestra sociedad, a pesar de que formalmente la Constitución (artículo 14) iguala a hombres y mujeres ante la ley; también en derechos y deberes; se supone.

Comentario al margen: nótese que los partidos que han declarado ser un gobierno feminista tienen al frente una figura masculina y se articulan estructuralmente como patriarcados donde la última palabra la tiene su secretario general. Curioso eufemismo. Y fijémonos en que gran parte de las compañías que han saturado el mercado de campañas dirigidas a la mujer están dirigidas por hombres y no tienen claramente definidos entre sus valores corporativos principios que pudiéramos encuadrar en la teoría feminista.

El feminismo, como movimiento social y filosófico, debería desgajarse del entorno político porque es a él a quien debe reclamar la formulación de un nuevo contrato social (ya lo hemos apuntado otras ocasiones) para alcanzar una transformación real de la sociedad en la que los roles de hombres y mujeres no dependan de su sexo sino de sus capacidades y voluntad. La lucha por la igualdad no es legislar para garantizar el igualitarismo ni las cuotas de participación, sino sentar las reglas para que los ciudadanos asuman que la equidad entre todas las personas está sustentada desde la base de la sociedad (las familias) y formulada desde las escuelas, donde se ha de enseñar reconociendo y respetando las diferencias para que cada cual encuentre su propio camino haciendo valer su derecho a obtener igual trato y oportunidades como otro ser humano, no por cuestión de género u otro tipo de categoría o estatus.

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Hemos de entender que no somos iguales, que no todas las personas tenemos el mismo nivel de intelecto, de capacidades cognitivas y físicas, de respuesta fisiológica ante agentes externos e internos, de voluntad y predisposición hacia el futuro, de confianza en uno mismo y en los demás, de fe, de condiciones económicas y de acceso a la educación, de expectativas ante la vida…, un largo etcétera que nos hace maravillosamente diferentes por mucho que se empeñen en hacernos iguales, en etiquetarnos por cuestiones que ni siquiera hemos elegido al nacer y que, solo de nosotros mismos, depende aceptarlas o cambiarlas, nunca imponerlas a nuestros semejantes.

Reducirnos a dos sexos o a dos géneros (o a los que cada cual decida sentir que protagoniza su yo más íntimo), es sumamente simplista ya que las personas somos mucho más que gónadas y hormonas. La complementariedad entre lo innato y lo adquirido, la plasticidad y dinamismo de nuestros cerebros y la cambiante influencia del entorno en el carácter y en la personalidad, nos hace particularmente disímiles, aunque globalmente similares. Si queda lejos la idea de que las mujeres representan la forma más inferior de la evolución y de que están más próximas a los niños y los salvajes que un hombre adulto (Gustave Le Bon), es debido a la infatigable y valiente lucha de muchas mujeres (y muchos hombres) por hacer valer su posición en la sociedad y ser tratadas no de manera privilegiada, sino con equidad.

Sinceramente, preferiría tener un gobierno humanista.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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