COVID-19: ¿cisne negro?

La circulación en redes sociales de “memes” y frases ocurrentes en torno a la alarmante situación producida desde la primera noticia sobre el “coronavirus” (COVID-19) es consecuencia de que intentamos bajar la tensión sobre la gravedad de la epidemia con ciertas dosis de humor. El problema es cuando un inocente meme se puede convertir en un problema económico para un sector productivo o para una empresa.

Este es el caso de la cerveza Corona (comúnmente conocida en estas latitudes como Coronita), la cual ha sido objetivo fácil de algunas “mentes creativas” que han puesto en circulación vídeos e imágenes relacionando la marca con el COVID-19. La gracia, por calificarla de alguna manera, ha supuesto un incremento de búsquedas y de descargas de tal magnitud que, según los datos de YouGov PLC publicados por Bloomberg, se ha traducido en un descenso significativo de la intención de compra de la famosa cerveza por parte de los consumidores estadounidenses, hasta el punto de que la percepción de calidad del producto ha descendido desde los 75 a los 51 puntos y que las acciones de la compañía que la produce (Constellation Brands Inc) han caído un 8%, coincidiendo con la semana en la que se confirmaba la rápida propagación del virus.

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Aunque algunos analistas achacan la conducta del mercado en los últimos días a la estacionalidad del consumo de la marca, asociada a las vacaciones, esta circunstancia no suele afectar a la cotización en bolsa de la compañía que comercializa dos de las diez cervezas más populares en aquel país (Corona y Corona Light). Sin embargo, los consumidores han reaccionado de manera imprevisible vinculando inconscientemente el nombre del producto al del virus, disminuyendo las compras y marcando una anormal tendencia a la baja.

Este hecho podría haberse considerado como una anécdota si hubiera sido una noticia aislada, fruto de una asociación desafortunada, pero es una más de las muchas que se están sucediendo en estos días como consecuencia del avance del virus en cada país y su implicación en la economía a nivel global. Cancelaciones de grandes eventos, prohibición de actos multitudinarios, miedo a viajar y a recibir viajeros, restricciones en la importación de productos de países con alta significación en el número de afectados, etc., están generando inestabilidad económica reflejada en el comportamiento de las bolsas. Fruto del temor de los inversores, prestos a vender sus posiciones en las compañías más sensibles a este escenario de incertidumbre, como son las distribuidoras, algunas tecnológicas, farmacéuticas, prestadoras de servicios energéticos…, se ha ocasionado la depreciación de sus acciones para aprovechamiento de quienes consideran que es el momento de usar el pánico de los “parqués” para comprar a precios de saldo los valores sorpresivamente devaluados.

El sistema financiero, altamente sensible a estas fluctuaciones, ha sido afectado por el temor de los mercados y, en el momento de escribir esta columna, ya ha registrado la bajada de cincuenta puntos básicos en los tipos de interés por parte de la reserva federal de Estados Unidos, sin esperar a la reunión de la cumbre prevista para mediados de marzo. Frente a ello, se espera una respuesta coordinada de los bancos centrales del G7 para intentar dar la sensación de seguridad y contundencia que precisa el sistema para no tambalearse como sucedió durante la anterior crisis financiera global. El problema está en que, mientras que la reserva federal tiene margen de maniobra para bajar los tipos ese 0,5%, el resto de economías pueden no seguir esta iniciativa y entonces tendremos que estar atentos a las medidas que cada banco central adopte para afrontar los riesgos subyacentes. Medidas que podrían estar relacionadas con otras acciones no consistentes en bajar los tipos de interés, sino en impulsar la compra de activos o de deuda, en crear nuevos estímulos fiscales o en revisar la política monetaria.

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No solo se está produciendo el contagio del COVID-19 sino, y más preocupante, del miedo a contraer la enfermedad. Esta situación y el ambiente que se ha creado de pánico contenido, como dicen los psicólogos, está contribuyendo a moldear el comportamiento temeroso de las personas y, como consecuencia de toda la sociedad y de los mercados, que no reaccionan de manera controlada sino con decisiones irracionales de alto nivel de propagación. En tanto que la tasa de contagio o número reproductivo básico (R0) del COVID-19 es inferior a 2,5 (cada enfermo puede contagiar a entre 2 y 3 personas), la tasa de afectación por el miedo es infinitamente superior debido al diario reporte de los medios de comunicación y a una exacerbación de los riesgos reales para la salud mediante mensajes negativos que también habría que poner en cuarentena.

En crisis anteriores (SARS, H1N1, ébola…), estos eventos han podido ser calificados como cisnes negros (N.N. Taleb) porque eran sucesos raros al margen de las expectativas normales, hicieron que lo que no sabíamos fuera más importante que lo que conocíamos, produjeron un impacto económico enorme y se buscaron explicaciones ulteriores que erróneamente los hicieron explicables y predecibles. En esta ocasión es probable que estemos ante otro cisne negro, pero… ¿inesperado o creado?.

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

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