Morfología de la guerra

Observar lo que sucede estos días de ecos de triste guerra, por desgracia, me lleva a una conclusión: “el ser humano ha terminado siendo la única especie que, arriesgando su progreso evolutivo, ha desarrollado la capacidad de pensar una cosa, manifestar otra, hacer lo contrario y terminar negando las tres acciones”. A título individual, seguramente casi nadie querrá identificarse con esta definición, pero a nivel colectivo me temo que es un argumento válido para calificar y entender la deriva de la sociedad actual.

El neurocientífico Antonio Damasio describe con precisión en su libro “El extraño orden de las cosas” que los sentimientos de dolor y placer, desde el bienestar hasta el malestar y la enfermedad, habrían sido los catalizadores que llevaron al ser humano a interrogarse acerca del mundo y a tratar de comprender y resolver problemas. De esta forma, habría podido desarrollar soluciones interesantes para los dilemas de su vida y dotarse de los medios necesarios para su prosperidad. Cuando la causa del sufrimiento eran los demás o la reflexión de sus propias condiciones de vida, el ser humano habría usado sus crecientes recursos individuales y colectivos para crear una diversidad de respuestas a estas preguntas que abarcarían desde preceptos morales y principios de justicia hasta formas de organización y gobierno social, manifestaciones artísticas y creencias religiosas.

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Aunque no es posible precisar cuándo surgieron estos procesos, sí existe unanimidad en asegurar que ya estaban presentes en los neandertales y los Homo sapiens de hace 50.000 años que poblaban el área mediterránea, Europa central y meridional, y Asia. Desde entonces, diversos hitos han marcado la organización social: el paso de cazador-recolector a agricultor, la gestión de excedentes de producción y la aparición de la figura de propiedad y su relación con el estatus de poder, la invención del dinero para agilizar y simplificar el intercambio económico, la invención de la escritura y sus mayores derivadas: la cultura y su difusión. La ética y la moral, que inicialmente se configuraron a partir de los procesos emocionales inconscientes como respuesta al estado fisiológico resultante del dolor y el placer experimentado por actuaciones propias o ajenas, fueron transformándose en principios y reglas de conducta para regular las relaciones entre los individuos de una comunidad.

La empatía, la capacidad relativa de un individuo para comprender los pensamientos, emociones e intenciones de los demás, empezó a actuar como un factor individual que alivia la resolución de conflictos en la toma de decisiones sociales. Por ello, hacer o ver que se hace algo correcto nos produce bienestar; provocar dolor o ver que se infringe a alguien nos causa malestar. Construir una sociedad solo podía hacerse sobre la base de individuos que se sintieran bien en las relaciones con sus congéneres, lo cual facilitaría la cooperación y la convivencia. Producir daño o causar el mal era contraproducente para todo el colectivo, por lo que fue penado a partir de unas reglas comúnmente aceptadas, que terminaron por convertirse en leyes y normas que sentaron las bases de las diferentes civilizaciones.

Este marco normativo (el Derecho) tomó forma para salvaguardar unos valores y principios mínimos que nos caracterizasen como humanos, íntegros y libres. Lo que implicaba el respeto por la vida y la propiedad de todos los integrantes de la comunidad. Saltarse esas normas no solo conllevaba la repulsa de la sociedad, sino también la acción de la justicia para sentenciar un castigo proporcionado al mal ejercido, con independencia del estatus social, económico o de poder del responsable.

Se necesitan líderes no corruptos

A lo largo de ese proceso han surgido figuras que, en contra de la naturaleza del mismo, han alcanzado el poder para ejercer algún tipo de maldad (eran corruptos) o, una vez ubicados en lo más alto, han antepuesto su propio beneficio mediante acciones execrables (se han convertido en corruptos). La historia está llena de estos personajes sin empatía en puestos políticos, empresariales, gubernamentales, académicos, laborales, etc.; muchos de ellos, paradójicamente, elegidos para liderar y ejercer un poder que terminó siendo autocrático. Modelo de poder al que numerosas personas se afilian por diversas razones, incluidos el miedo a represalias o no cuestionar el sistema por temor a quedar fuera de él. En cambio, en la actualidad se supone que tenemos los recursos y las herramientas para, en palabras de B. Klaas, plantearnos cómo rediseñar la sociedad y el sistema de relaciones para asegurarnos de que las personas incorruptibles busquen y obtengan el poder, y que el poder en realidad no las corrompa, sino que las dignifique.

En este contexto es inevitable hablar de la guerra. De todas las guerras. No solo Ucrania nos debe doler. También Siria, Yemen, Afganistán, Etiopía, Haití, Mozambique, Myanmar, Malí, Níger, Congo, el Sahel… Y todos los conflictos armados en Venezuela, México, Colombia, Salvador, Israel-Palestina, Camerún, República Centroafricana… Lo que observamos a través de los medios de comunicación y, sobre todo, lo que no vemos, no son más que las consecuencias de las decisiones de individuos que ocupan o quieren ocupar cualquier tipo de poder abrazados a cuestiones que tienen más que ver con beneficios particulares que con hacer más grande la patria. Todos los conflictos, en el fondo, se han creado con una justificación económica en forma de territorio, de recursos naturales o energéticos, de capital humano, de control de pasos estratégicos, etc.; se hayan justificado en defensa o expansión de ideologías, religiones o soberanías, la acción de un agresor sobre un agredido, de un invasor sobre un invadido, solo ha tenido como única e incuestionable realidad las calles y campos sembrados de muertos, las vidas truncadas sin sentido, los futuros expropiados y las esperanzas abatidas al ritmo del estruendo de las armas.

La muerte inocente y gratuita de miles de personas (de uno u otro bando) que ni han aspirado a esas riquezas, ni serían obsequiadas con parte del “botín”, llena de regocijo a quienes les han ordenado abanderar la defensa de sus carteras. En tanto que ellos permanecen a salvo, sus camas y manteles se mantienen calientes y limpios, el barro y el frío acogen los cadáveres inútiles del pueblo para que ese mismo pueblo aprenda quien es el dueño de su destino. Y mientras el pueblo recoge y entierra cuerpos convertidos en anónimos testigos, a los líderes del mundo “libre” les valen de excusa para debatir y convenir medidas sancionadoras con las que calmar conciencias y salvaguardar sus intereses geopolíticos. ¿Han calculado cuántas vidas son segadas entre reunión y reunión, cuántos humanos han huido para poder sobrevivir durante el tiempo que les lleva tomar una decisión?

Cada parte considera que la contraria es el enemigo que abatir cuando, en realidad, el enemigo es quien da la instrucción de asesinar a personas, de arrasar ciudades y destruir voluntades (incluidas las de su propio bando). Y también lo es el sistema que alimenta y consiente que se vulneren derechos y libertades individuales, se socaven normas internacionales y se negocie con el futuro de los pueblos con la complicidad del silencio o la indiferencia de quienes lo permitimos.

Si el placer y el dolor fueron las bases fisiológicas que impulsaron el uso de la racionalidad para alumbrar la ética y la moral, ¿en qué punto de la evolución estamos para tolerar que individuos corruptos sin empatía sigan alcanzando el poder a costa del sufrimiento de millones de personas?

 

José Manuel Navarro Llena

Experto en marketing

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