Liberalismo, progresismo y sesgos cognitivos.

Les recomiendo que vean “Oppenheimer”, del director Christopher Nolan, o que lean la novela biográfica en la que está basada, “American Prometheus”, escrita por Kai Bird y M.J. Sherwin. Ambas narran la vida de J. Robert Oppenheimer, el físico teórico conocido como “padre de la bomba atómica. Les sugiero reparar en cómo abordan el posicionamiento intelectual del protagonista cuando se le acusa de comunista por haber tenido relación con miembros del partido comunista americano, su mujer y su hermano estuvieron afiliados a éste, y simpatizar con la causa republicana en España, defendiendo la idea que caracterizó su carácter independiente e íntegro: “Prefiero ejercer la libertad de pensamiento que conduzca a mejorar la vida de las personas antes que atarme a un dogma”.

Esta afirmación, como ejercicio de libertad intelectual y moral, es una declaración de compromiso coherente con sus actos y las circunstancias que le condujeron por caminos realmente intrincados. Esa integridad le supuso estar sometido a la persecución del macartismo y a estar expuesto ante la opinión pública como antiamericano. También se le identificó como un liberal ecléctico que antepuso la creatividad científica a las normas políticas de turno, hecho que le valió el respeto de la comunidad científica.

De personalidad controvertida y excesivamente racional, defendió el principio de que cada persona es libre para explorar y ejercer sus capacidades, y se opuso al absolutismo y conservadurismo de la administración pública y de las élites económicas y políticas. Fue un claro ejemplo de liberalismo, doctrina que defiende la libertad y la tolerancia en las relaciones humanas, que promueve la libre iniciativa como mecanismo para garantizar el crecimiento económico y que persigue el bienestar social mediante la cooperación, la igualdad y el respeto de los derechos de todo ser humano.

Robert Oppenheimer - Wikipedia, la enciclopedia libre

El nuevo pensamiento liberal ha evolucionado hacia una ideología dinámica y flexible, que se reinventa constantemente, aunque mantiene sus principios esenciales inmutables. En palabras de M. Freeden, se resumen en la defensa de la libertad y del pluralismo, la fe en el progreso y la razón, el individualismo y la sociabilidad natural, la protección de los derechos humanos y la limitación del poder. Se trata de un “liberalismo social” en línea con el definido por J.S. Mill, J.M Keynes o T.H. Green.

Algunas de las ideas que defiende el liberalismo pueden ser en apariencia compartidas por otras doctrinas, como el progresismo cuando hace referencia a la igualdad, la tolerancia, el libre mercado o el pluralismo. En cambio, el uso que hacen los progresistas actuales esconde una utilización retórica y tendenciosa para conseguir que los ciudadanos aprecien y acepten narrativas populistas desde posiciones de izquierda. En el populismo de derechas ocurre algo similar, aunque con referencias a un neoliberalismo maquillado muy alejado de los principios liberales.

Es curioso escuchar a algunos progresistas presumir de liberalismo, con tono laxo y premeditado, para justificar argumentos y acciones que no se sustentarían desde la óptica liberal, discurso que les resulta válido para convencer a los ciudadanos acerca de cuestiones que afectan a su estado de bienestar y que dulcifican el intervencionismo y proteccionismo estatalista. El amplio espectro ideológico de los progresistas (desde las posiciones moderadas de la socialdemocracia hasta las más extremas del comunismo) da cabida a múltiples interpretaciones de la voluntad de sus líderes en materias como las libertades personales, el control de la economía, la defensa de la igualdad, la justicia social o la protección de los desfavorecidos, produciéndose una importante brecha entre el progresismo ideológico y el pragmático, siendo este último el que domina la vida política actual, salpicada de hipocresía, de abuso de la mentira, de apropiación de la moral colectiva o de la auténtica democracia.

Progresismo: aprender a desaprender

En teoría, su objetivo es el “progreso” de la sociedad mediante la defensa de los derechos de igualdad, libertad y justicia. Bases en las que coincide con el liberalismo, si bien éste no transforma la igualdad en otorgamiento de privilegios y discriminación positiva, la libertad en proteccionismo y la justicia en control de los poderes públicos. Ejemplos tenemos más que suficientes en todos los países que, bajo mandatos progresistas, han ampliado la base de población pobre (pero presuntamente feliz), han deteriorado el mercado laboral y hundido las tasas de productividad, han endeudado la economía hasta extremos insostenibles, han fomentado la redistribución negativa de la riqueza, han sobredimensionado la estructura de la administración pública, han propiciado la corrupción y consentido la malversación, y han fomentado la inseguridad jurídica.

Lejos de avivar el pensamiento crítico de la población, han movilizado su emocionalidad mediante la utilización de sus frustraciones y la excitación del miedo a enemigos imaginarios (imperialismo, fascismo, supremacismo, capitalismo…), y han aportado soluciones abstractas, simplistas, poco científicas y, desde el punto de vista económico, irrealistas. Apelar a las emociones es la parte esencial de su discurso (radicalmente opuesto a la racionalidad que defiende el liberalismo) y, como tal, no baraja argumentos sólidos, sino que promueve la interpretación errónea de la información ofrecida para que las personas emitan juicios favorables o secunden las decisiones propuestas por los progresistas, hábiles explotadores de los sesgos cognitivos.

Los sesgos cognitivos son efectos psicológicos que afectan al procesamiento mental lógico y que conducen a hacer interpretaciones irracionales (emocionales) de la realidad. Usan con frecuencia las falacias formales e informales, induciendo a las personas al autoengaño para que determinadas propuestas, basadas en premisas aparentemente veraces, se den también por ciertas o viables, aunque no lo sean. En el progresismo actual observamos un exceso de demagogia y de retórica haciendo uso de sesgos como el de confirmación (se busca reforzar las propias creencias y despreciar otras alternativas), el de falso consenso (convencimiento de que los propios valores e ideas son compartidos por la inmensa mayoría de los conciudadanos), o el de memoria (manipulación de un recuerdo alterando su contenido mediante la introducción de datos falsos).

Decía A. Adler que “una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa”. Si las mentiras se transforman en “cambios de opinión” y las verdades se maquillan para reducir la sensación de riesgo, el perdedor siempre es el pueblo, aunque éste no se sienta ofendido ni engañado (respuesta irracional) ante una agresión ideológica que, en muchos casos, puede abocarle a situaciones de precariedad económica o social.

 

José Manuel Navarro Llena

@jmnllena

 

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