Todos pertenecemos o conocemos a alguna familia en la que, durante la Guerra Civil, la parte paterna era o quedó en el bando republicano, y la parte materna era o quedó en el sublevado (o viceversa). Hubo muchos casos de cainismo (terribles) y también se quebraron estirpes por su filiación sin tener en cuenta ideologías, o la ausencia de ellas. Aun así, una vez finalizada la contienda y, sobre todo, tras la Transición, en general surgió la necesidad de aferrarse al perdón, al silencio y al olvido como fórmula para recuperar el sentido de la vida y crear un futuro sin fisuras ni anclajes a un pasado nefando.
La reciente polémica entre Arturo Pérez-Reverte y David Uclés a propósito de los actos previstos en torno a “1936, la guerra que todos perdimos”, además de como posible discrepancia sobre el enfoque de la memoria o la oportunidad de confrontar diferentes visiones, se ha manifestado como el síntoma de una dolencia más profunda, la imposibilidad creciente de disentir sin convertir al discrepante en enemigo.
Que dos escritores, uno consolidado y otro aún novel, se enzarcen públicamente no sorprende ya que la literatura siempre ha sido territorio de egos, de visiones enfrentadas y de interpretaciones encontradas. Lo inquietante no es el desacuerdo; lo alarmante es el clima en el que ese desacuerdo inflama la creciente polarización social y política.
Durante décadas, España logró convivir con su pasado sin que cada conversación pública derivara en una reedición simbólica de la Guerra Civil, dejando lo sucedido para los libros de historia. Se trataba de asumir una suerte de pacto tácito para facilitar la convivencia. La Transición, con todas sus imperfecciones, instauró una cultura política basada en el acuerdo práctico y en la renuncia a la revancha. Las heridas no estaban cerradas, pero se impuso la voluntad de no hurgar en ellas como arma arrojadiza.
Hasta la presidencia de Zapatero, el debate histórico permaneció, en términos generales, en el ámbito académico y cultural. Con la aprobación de la Ley de Memoria Histórica en 2007, ese debate adquirió una dimensión política explícita. La norma pretendía reconocer a las víctimas del franquismo y dignificar su memoria, un objetivo que en sí mismo no debería ser polémico en una democracia consolidada. Sin embargo, el modo en que se articuló el discurso público alrededor de la ley abrió una grieta que no ha dejado de aumentar.
Se reactivó una lógica binaria que parecía superada, tildándose de nuevo a buenos y malos, vencedores y vencidos, demócratas impolutos frente a herederos culpables. Se construyó la idea de que la democracia española era una estructura defectuosa desde su origen, contaminada por concesiones inconfesables. Y desde el otro lado se respondió con la negación igualmente simplista de que todo intento de revisar el pasado era presentado como una maniobra sectaria destinada a reescribir la historia.
La falsedad de muchos de esos argumentos no radica tanto en los hechos, que pueden y deben ser investigados, como en la intención que los anima. Más que comprender el pasado, se ha querido instrumentalizar. La memoria dejó de ser un ejercicio de reparación para convertirse en un campo de batalla simbólico. Se instaló la sospecha permanente de que quien habla de memoria busca dividir; quien critica la ley es cómplice de la injusticia. Y así, poco a poco, se reinstaló la ignominia de dos bandos irreconciliables.
La controversia suscitada por Uclés bebe de ese clima. Lo que podría ser un debate intelectual sobre lo que representó 1936, se ha convertido en un episodio más de la guerra política. Las redes sociales amplifican cada declaración, la descontextualizan y la someten al juicio sumario de miles de usuarios que no buscan matices, sino confirmación de sus prejuicios. El algoritmo premia la indignación, no la reflexión. Y la indignación es el pegamento perfecto para consolidar la polarización.
En este contexto, resulta especialmente llamativa la respuesta de la juventud. La neurociencia explica que, salvo matices, durante la juventud se produce una tendencia natural hacia posiciones progresistas, movida por un impulso idealista y por la necesidad de cuestionar el orden establecido. Sin embargo, en los últimos años observamos que una parte significativa de los jóvenes se siente atraída por movimientos conservadores reaccionarios y por figuras que, más que por la solidez de sus ideas, destacan por su instinto afinado para la provocación y la viralización de mensajes en redes sociales.
No se trata de descalificar a toda una generación ni de negar la pluralidad de sensibilidades que conviven en ella. Pero sí conviene preguntarnos por qué determinados discursos simplistas, cargados de épica identitaria y de desprecio hacia el adversario, encuentran eco en quienes deberían cuestionarse los dogmatismos. Tal vez la respuesta esté en que la juventud que ha crecido entre crisis económicas, precariedad laboral y discursos morales grandilocuentes puede sentirse tentada por propuestas que prometen certezas rápidas y enemigos claros.
Las redes sociales han democratizado la libertad de expresión, pero también han erosionado los filtros que antes modulaban el debate público. En ese escenario, la política se convierte en espectáculo; la complejidad, en debilidad; el matiz, en traición. Y el pasado se transforma en arsenal retórico. La Guerra Civil deja de ser un objeto de estudio histórico para convertirse en una metáfora permanente del presente. Cada polémica cultural se interpreta como una nueva batalla; cada discrepancia, como una felonía. Y así se perpetúa la idea de que vivimos en un conflicto latente que solo espera la chispa adecuada para reactivarse.
Frente a esa dinámica, convendría recuperar una noción más exigente de ciudadanía. La convivencia razonable no implica unanimidad ni silencio sobre las injusticias del pasado (de ambos bandos). Implica, más bien, la capacidad de sostener desacuerdos sin convertirlos en trincheras. Implica reconocer que la historia es compleja, que las responsabilidades fueron múltiples y que ninguna generación actual puede reclamar para sí la pureza moral absoluta.
En este punto, reclamo los versos finales de Lorca en “Fábula y rueda de los tres amigos”: “Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba, / y que el mar recordó ¡de pronto!, / los nombres de todos sus ahogados”, para recordarnos que, ante la tragedia colectiva, las divisiones pierden sentido. El mar no pregunta de qué bando vienen los cuerpos que acoge; no clasifica, no jerarquiza, no reclama batalla alguna.
Recordar esa imagen no significa diluir las responsabilidades históricas ni renunciar a la justicia. Significa, más bien, aspirar a una memoria que no sea instrumento de enfrentamiento simbólico, sino espacio de duelo compartido.
José Manuel Navarro Llena
@jmnllena
Publicado en IDEAL (Grupo Vocento) 18-feb-2026








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