El efecto Baldwin y la morfogénesis del “digitus primus”

 Se cumplen ahora 120 años de la formulación de la teoría evolutiva ontogénica elaborada por J.M. Baldwin, quien propuso que, bajo determinadas condiciones, las conductas aprendidas y las habilidades para el aprendizaje pueden condicionar los procesos de selección natural de una especie. Planteada como solución para conciliar a los seguidores de Lamarck y a los de Darwin, ha servido de base durante muchos años a diversos autores para explicar diferentes hipótesis sobre la interrelación entre los factores culturales y los hereditarios. En esencia, y en contra de la teoría evolutiva aceptada universalmente que dice que los rasgos obtenidos por un individuo a lo largo de su vida no pueden ser transmitidos a su descendencia (A. Weismann), Baldwin propuso que las conductas adquiridas y repetidas durante un número indefinido de generaciones podían dirigir determinados cambios genéticos o ser favorecidas por alteraciones cromosómicas que las perpetuasen.

De esta manera, equipara la selección natural y el aprendizaje y las define como las dos fuerzas principales que permiten la adaptación de los individuos a su entorno. Aunque la evolución es un proceso lento en tanto que el aprendizaje implica cambios rápidos durante la vida de un individuo (J. Santos). La selección natural requiere del éxito reproductor de las especies; así, los más adaptados al medio tienen mayores probabilidades de continuar la estirpe que los que muestran serias dificultades para sobrevivir o los que están peor capacitados para conseguir apareamientos viables. En términos de edad geológica, las líneas evolutivas sufren mutaciones que hacen que nuevas especies aparezcan y se perpetúen como consecuencia del juego ensayo/error con el entorno.

El aprendizaje también es un proceso de ensayo/error con un alto coste añadido, ya que los errores  continuados o una mayor dificultad para aprender pone en desventaja a unos individuos respecto a otros de la misma población. Los que gozan de una mayor capacidad para aprender, los más preparados, podrán garantizarse un mayor éxito reproductor. Este hecho, repetido a lo largo de generaciones, implicará que determinadas habilidades pasen de ser “aprehendidas” a incorporarse al acervo genético de los individuos. De alguna manera, el aprendizaje guía la evolución de la dotación genética que “ordena” esas habilidades.

Lo que Baldwin proponía es que las criaturas capaces de aprender no sólo obtienen mejores resultados a nivel individual que otras cuya conducta es meramente intuitiva, sino que su especie va a evolucionar más rápidamente debido a su capacidad para buscar mejoras de diseño en su medioambiente; es decir, los animales, por medio de sus actividades inteligentes en el entorno, pueden acelerar o guiar la posterior evolución de su especie (D. Dennett). El efecto Baldwin no es del agrado de los evolucionistas más ortodoxos ya que introduce la influencia de un concepto intangible, como es el caso del aprendizaje (o la mente), en el curso de la evolución.

Pero explica cómo estrategias conductuales inapropiadas para un nuevo entorno pueden significar la paulatina desaparición de una población y, en cambio, individuos con cierta flexibilidad conductual y capacidad para desarrollar nuevas habilidades podrán garantizar su reproducción y supervivencia. Con el tiempo, la aparición de mutaciones que determinen esas habilidades provocará conductas innatas que pueden también conllevar la influencia sobre el mismo entorno para lograr una mejor adaptación, con lo que los individuos poco flexibles o hábiles estarán sujetos a una mayor presión selectiva.

En el caso del hombre, para que una conducta aprendida pase a ser innata es necesaria su repetición y perfeccionamiento a lo largo de 20 a 25 generaciones, es decir, unos cinco siglos. Si comparamos este tiempo con el previsto en la ley de rendimientos acelerados de R. Kurzweil, en la que se postula que la velocidad del cambio tecnológico y, en general, de los procesos evolutivos a él ligados, aumenta exponencialmente hasta alcanzar la “singularidad”, o momento en el que no habrá distinción entre la inteligencia humana y la artificial, es cinco veces mayor ya que en menos de un siglo se habrá producido esta circunstancia.

La rápida adopción de las nuevas tecnologías y, sobre todo, su aplicación a los dispositivos móviles está influyendo sobre la conducta habitual de muchas personas y está demandando determinadas habilidades que suponen discriminación para progresar profesional y económicamente. Entre el porcentaje de tiempo que cada vez más se le dedica a estos medios, la modificación de los modelos de relación entre personas y la incidencia sobre el medioambiente para el abastecimiento de nuevas materias primas, es posible que estemos ante un nuevo proceso de selección en el que algunos genes de nuestros sucesores modifiquen su dotación cromosómica para favorecer a los más preparados y hábiles tecnológicamente, capaces de adaptarse a los sucesivos, frecuentes y vertiginosos cambios que marcan los nuevos avances, tanto en software como en hardware. Dentro de poco, los niños al nacer tendrán un carácter morfológico ligado al progreso tecnológico que implicará una mejor posición social: un dedo pulgar con falanges más largas, una articulación trapezometacarpiana rotatoria, músculos del compartimento tenar más desarrollados…

¿Ciencia ficción? No lo creo. ¿Y usted?

 José Manuel Navarro Llena

@jmnllena  

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